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A cualquier precio [Saving Faith - es]

Электронная книга - «A cualquier precio [Saving Faith - es]». Краткое содержание книги:

David Buchanan aplica sucias presiones para financiar causas honrosas. Robert Thornhill, un alto cargo de la CIA, descubre el juego y empieza a chantajearle, pues quiere devolver a la CIA el prestigio perdido. Faith Lockhart, una tercera persona implicada en este asunto, opina que se ha ido demasiado lejos y decide confesarlo todo al FBI. Su vida a partir de entonces tiene un precio
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Lee adoptó una expresión de escepticismo.

– ¿Me estás diciendo que sobornabais a cargos del gobierno para ayudar a los países del Tercer Mundo?

Ella dejó la copa de vino y lo miró a los ojos.

– En realidad, la denominación oficial ha cambiado. Las naciones ricas han creado una terminología políticamente correcta para sus vecinos necesitados. Es más: la CIA ha publicado un manual al respecto. Así pues, en vez de «Tercer Mundo» hay nuevas categorías: los PPD, países poco desarrollados, son los que integran el último grupo dentro de la jerarquía de países desarrollados. Hay oficialmente ciento setenta y dos PPD, es decir la amplia mayoría de los países del mundo. Luego están los PMD, que son los países menos desarrollados. Están al final de la cola, muriéndose de hambre. «Sólo» hay cuarenta y dos de éstos. Quizá te sorprenda, pero la mitad de la población de este planeta vive en un estado de miseria absoluta.

– ¿Y eso lo justifica? -preguntó Lee-. ¿Eso justifica el soborno y la estafa?

– No te pido que apruebes esa conducta. En realidad no me importa si estás de acuerdo con ella o no. Tú querías hechos, y eso es lo que te he dado.

– Estados Unidos gasta mucho en ayuda externa. Y de hecho no estamos obligados a dar un solo centavo.

Faith le clavó la vista con una fiereza que Lee nunca había percibido en ella.

– Si hablamos de datos concretos, tienes todas las de perder -espetó.

– ¿Cómo?

– ¡Llevo investigando y viviendo con esto más de diez años! Pagamos a los agricultores de este país más dinero para que no cultiven que el que destinamos a ayuda humanitaria en el extranjero. Del total del presupuesto federal, la ayuda externa representa alrededor del uno por ciento, y la mayor parte va a parar a dos países, Egipto e Israel. Los americanos gastan cien veces más en maquillaje, comida rápida o alquiler de vídeos en un año que en dar de comer a niños moribundos en los países del Tercer Mundo en toda una década. Podríamos erradicar una docena de enfermedades infantiles graves en los países subdesarrollados de todo el mundo con menos dinero del que gastamos en muñecos Beanie Babies.

– Qué ingenua eres, Faith. Probablemente, tú y Buchanan sólo estáis llenando los bolsillos de algún dictador.

– ¡No! ¡Eso no es más que una excusa fácil y ya estoy harta de oírla! El dinero que conseguimos va directamente a organizaciones legítimas de ayuda humanitaria y nunca al gobierno. Yo misma he visto demasiados ministros de sanidad en países africanos vestidos de Armani y conduciendo un Mercedes mientras los niños mueren de hambre a sus pies.

– ¿Y en este país no hay niños que pasen hambre?

– Reciben mucha ayuda y la merecen, sin duda. Lo único que digo es que Danny y yo teníamos nuestro objetivo, que era echar una mano a los pobres del extranjero. Hay millones de seres humanos a punto de morir, Lee. Niños de todo el mundo mueren por la sencilla razón de que están desatendidos. Cada día, cada hora, cada minuto.

– ¿Y de verdad esperas que me crea que lo hacíais porque tenéis buen corazón? -Echó un vistazo a la casa-. Esto no es precisamente un comedor de beneficencia, Faith.

– Los primeros cinco años que colaboré con Danny hice mi trabajo, representé a los clientes importantes y gané mucho dinero, mucho. No tengo problemas en reconocer que soy una materialista redomada. Me gusta el dinero y me gustaba lo que podía comprar con él.

– ¿Y entonces qué pasó? ¿Encontraste a Dios?

– No, él me encontró a mí. -Lee parecía desconcertado y Faith se apresuró a continuar-. Danny había empezado a cabildear en nombre de los pobres extranjeros. Pero no conseguía nada. A nadie le preocupaba, me decía siempre. Los otros socios de nuestra empresa empezaban a hartarse de los empeños caritativos de Danny. Querían representar a IBM y a Philip Morris, no a las multitudes hambrientas de Sudán. Un día Danny entró en mi despacho, me dijo que iba a fundar su propia empresa y que quería que yo participara en ella. No tendríamos clientes poderosos, pero Danny me dijo que no me preocupara, que él cuidaría de mí.

Lee pareció calmarse.

– Hasta ahí me lo creo. No sabías que estaba sobornando a gente, o por lo menos que ésa era su intención.

– ¡Claro que lo sabía! Me lo contó todo. Quería que me implicara en esto con los ojos bien abiertos. Él es así. No es un sinvergüenza.

– Faith, ¿tienes idea de lo que estás diciendo? ¿Accediste a participar aun sabiendo que infringías la ley?

Ella le clavó una mirada helada.

– Si podía ocuparme de que las tabacaleras siguieran vendiendo cáncer en un cigarrillo a cualquier persona con un par de pulmones y de que los fabricantes de armamento repartieran metralletas a todo bicho viviente, supongo que pensaba que nada estaba fuera de mi alcance. Además, en este caso el fin era algo de lo que podía enorgullecerme.

– ¿La materialista redomada se ablandó? -soltó Lee con desdén.

– No es la primera vez que ocurre -replicó ella.

– ¿Cómo os lo montabais vosotros dos? -preguntó Lee en tono acusador.

– Yo era la agente exterior y me trabajaba a todas las personas que no teníamos en el bolsillo. Se me daba bien conseguir que ciertas celebridades aparecieran en actos sociales e incluso viajaran a algunos de los países. Sesiones de fotos, reuniones con miembros, etcétera. -Sorbió un poco de vino-. Danny era el agente interno. Trabajaba con las personas sobornadas mientras yo presionaba desde el exterior.

– ¿Y te dedicaste a esto durante diez años?

Faith asintió.

– Hace aproximadamente un año Danny empezó a quedarse sin dinero. Pagaba muchos de nuestros gastos de cabildeo de su propio bolsillo. Tampoco podíamos cobrarles nada a nuestros clientes, y él tenía que invertir mucho capital propio en esos «fondos de inversiones», como él los llamaba, para las personalidades que sobornábamos. Danny se tomaba esa parte muy en serio. Él era su fideicomisario. Se encargaba de que todos y cada uno de los centavos que les prometía estuviesen ahí.

– El honor entre ladrones.

Faith hizo caso omiso del comentario sarcástico.

– Entonces fue cuando me pidió que me dedicara a pagar a los clientes mientras él se ocupaba del resto de los asuntos. Me ofrecí a vender mi casa, y esta casa también, para ayudar a recaudar fondos. Se negó. Dijo que ya había hecho suficiente. -Ella negó con la cabeza-. Quizá debería venderla, créeme, nunca se hace lo suficiente. -Faith se quedó callada por unos instantes y Lee decidió no romper el silencio. Ella lo miró-. Estábamos consiguiendo muchas cosas buenas.

– ¿Qué pretendes, Faith? ¿Quieres que te aplauda? Los ojos de ella centellearon.

– ¿Por qué no te montas en esa estúpida moto de una maldita vez y desapareces de mi vida?

– De acuerdo -dijo Lee con voz queda-, si te parecía tan bien lo que hacías, ¿cómo acabaste siendo testigo del FBI?

Faith se cubrió el rostro con las manos, como si estuviese a punto de romper a berrear. Cuando por fin se descubrió, parecía tan angustiada que Lee notó que su propio enfado se esfumaba.

– Danny llevaba algún tiempo comportándose de forma extraña. Sospeché que quizá alguien lo había descubierto. Eso me asustó muchísimo. Yo no quería ir a la cárcel. No hacía más que preguntarle qué había sucedido pero se negaba a hablar conmigo de ello. Se retraía cada vez más, se volvió paranoico y al final incluso llegó a pedirme que dejara la empresa. Por primera vez en mi vida me sentí muy sola. Era como si hubiera vuelto a perder a mi padre.

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