A cualquier precio [Saving Faith - es]
- Автор: Балдаччи Дэвид
- Год: 1999
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «A cualquier precio [Saving Faith - es]». Краткое содержание книги:
– Dios mío, lo que dices tiene sentido. -Una sombra de terror asomó a los ojos de Faith al pensar en las implicaciones de todo aquello-. Eso significa que…
– Significa que otra persona quiere verte muerta.
– ¿Quién? ¿Quién? -preguntó ella casi gritando.
– No lo sé -admitió él.
Faith se levantó con brusquedad y dirigió la vista hacia la chimenea. Las sombras de las llamas se reflejaban en su rostro. Habló con voz calmada, casi resignada.
– ¿Ves mucho a tu hija?
– No mucho, ¿por qué?
– Pensé que el matrimonio y los hijos podían esperar. Y luego los meses se transformaron en años y los años en décadas. Y ahora esto.
– Todavía no has llegado a la tercera edad.
Faith lo miró.
– ¿Puedes asegurarme que estaré viva mañana o dentro de una semana?
– Nadie tiene esa garantía -repuso él-. Siempre podemos acudir al FBI. Quizá deberíamos.
– No puedo hacer eso, sobre todo después de lo que acabas de decir.
Él se levantó y la agarró por los hombros.
– ¿De qué estás hablando?
Ella se apartó de él.
– El FBI no me dejará que incluya a Danny en el trato. 0 él o yo tendremos que ir a la cárcel. Cuando creía que él estaba detrás del intento de asesinato probablemente habría vuelto para testificar. Pero ahora no puedo. No puedo contribuir a su encarcelamiento.
– Antes de que atentaran contra tu vida, ¿qué pensabas hacer? -Iba a darles un ultimátum. Si querían mi cooperación, entonces tendrían que conceder la inmunidad a Danny.
– ¿Y si no aceptaban el trato, tal como hicieron?
– Entonces Danny y yo habríamos desaparecido. No sé cómo, pero de alguna manera. -Fijó los ojos en él-. No voy a regresar. Por muchas razones. No quiero morir ahora que estoy en la cima.
– ¿Y puedes decirme dónde diablos encajo yo en todo esto?
– Este lugar no está tan mal, ¿no? -comentó Faith con timidez.
– ¿Estás loca? No podemos quedarnos aquí para siempre.
– Pues entonces será mejor que pensemos en otro sitio adonde huir.
– ¿Y mi casa? ¿Y mi vida? Yo sí tengo una familia. ¿Pretendes que lo deje todo atrás?
– Quienquiera que desee verme muerta dará por supuesto que tú sabes todo lo que yo hago. No estarías a salvo.
– Me corresponde a mí tomar esa decisión, no a ti.
– Lo siento, Lee. Nunca pensé que otra persona se vería involucrada en esto. Especialmente alguien como tú.
– Tiene que haber otra solución.
Ella se dirigió hacia las escaleras.
– Estoy muy, pero que muy cansada. ¿Y de qué más podemos hablar?
– Maldita sea, no puedo marcharme así como así y empezar de cero.
Faith había subido medio tramo de escaleras. Se paró, se volvió y bajó la vista hacia él.
– ¿Crees que la situación nos parecerá mejor mañana? -le preguntó.
– No -respondió Lee con sinceridad.
– Ésa es la razón por la que no tenemos nada más de que hablar. Buenas noches.
– ¿Por qué tengo la sensación de que tomaste la decisión de no volver hace mucho tiempo? Incluso me atrevería a decir que fue en el momento en que me conociste…
– Lee…
– Me embaucas para que vaya contigo, montas ese numerito estúpido en el aeropuerto y ahora yo también estoy atrapado. Muchas gracias, señora.
– ¡Yo no lo planeé así! Te equivocas.
– ¿De verdad esperas que me lo crea?
– ¿Qué quieres que diga?
Lee alzó los ojos hacia ella.
– Ya sé que mi vida no es gran cosa pero me gusta, Faith.
– Lo siento. -Faith desapareció escaleras arriba.
33
Lee asió un paquete de seis Red Dog del frigorífico y al salir cerró la puerta lateral de un portazo. Se detuvo junto a la Honda, preguntándose si no debía montar en la monumental moto y correr hasta agotar la gasolina, el dinero o la cordura. Acto seguido se le ocurrió otra posibilidad. Podría acudir a los federales por su cuenta, entregar a Faith y decir que no sabía nada del asunto. Porque no sabía nada. Él no había hecho nada malo. Y no debía nada a esa mujer. De hecho, ella no había sido sino una fuente de misterio, terror y experiencias que a punto habían estado de costarle la vida. Entregarla debería resultarle fácil. Entonces, ¿por qué demonios se resistía a hacerlo?
Salió por la verja trasera y recorrió el camino que discurría más allá de las dunas. Lee tenía la intención de sentarse en la arena, contemplar el mar y beber cerveza hasta que, una de dos, o su cerebro dejara de funcionar o se le ocurriera un plan brillante que los salvara a los dos. O por lo menos a él. Por algún motivo, se volvió para observar la casa por unos instantes. En el dormitorio de Faith había luz. Las persianas estaban bajadas pero no cerradas.
Lee se puso tenso cuando Faith entró en su campo de visión. No cerró las persianas. Cruzó la habitación, desapareció en el baño durante un rato y luego reapareció. Cuando empezó a desvestirse, Lee echó un vistazo alrededor para cerciorarse de que nadie lo veía mientras la espiaba. Si alguien lo denunciaba por mirón, la policía pondría la guinda a un día espectacular en la encantadora vida de Lee Adams. No obstante, las otras casas estaban a oscuras, por lo que podía continuar practicando el voyeurismo sin problemas. Faith se quitó primero la camisa y luego los pantalones. Fue despojándose de la ropa hasta que su cuerpo llenó toda la ventana. Además, no se puso un pijama ni una camiseta. Al parecer esta acaudalada cabildera convertida en una especie de Juana de Arco dormía en cueros. Lee vio con claridad todo aquello que la toalla había insinuado. Quizá supiera que él se hallaba allí y estuviera ofreciéndole un espectáculo privado. ¿Por qué? ¿Como compensación por destruir su vida? La luz del dormitorio se apagó y Lee abrió una cerveza, se dio vuelta y se encaminó a la playa. El espectáculo había terminado.
Cuando llegó a la arena ya había apurado la primera cerveza. La marea empezaba a subir y no tuvo que ir demasiado lejos para que el agua le llegara por encima de los tobillos. Abrió otra cerveza y se adentró más, hasta que le llegó a las rodillas. El agua estaba helada pero se internó todavía más, casi hasta la entrepierna; entonces se detuvo por una cuestión práctica: una pistola mojada no resultaba de especial utilidad.
Regresó a la arena, tiró la cerveza, se quitó las zapatillas llenas de agua y arrancó a correr. Estaba cansado, pero parecía que las piernas se le movían por propia voluntad mientras él espiraba grandes bocanadas de vaho. Recorrió un kilómetro y medio a una velocidad que le pareció inaudita. Acto seguido, se desplomó sobre la arena al tiempo que inspiraba el oxígeno del aire húmedo. Pasó de tener calor a sentir escalofríos. Pensó en sus padres y en sus hermanos. Imaginó a su hija Renee de pequeña, cayéndose de su gran caballo y llamando a papá a gritos hasta cansarse al ver que no aparecía. Era como si se le hubiera invertido el flujo sanguíneo; retrocedía porque no sabía adónde ir. Le pareció que las paredes de su cuerpo cedían, incapaces de contener sus entrañas.
Se levantó con las piernas temblorosas y corrió con paso vacilante hacia donde había dejado la cerveza y las zapatillas. Se sentó en la arena durante un rato, escuchó los bramidos que le dedicaba el océano y se bebió otras dos latas de Red Dog. Entrecerró los ojos para escrutar la oscuridad. Tenía gracia. Unas cuantas cervezas y veía con claridad el final de su vida en la línea del horizonte. Siempre se había preguntado cuándo ocurriría. Ahora lo sabía. A los cuarenta y un años, tres meses y catorce días, el Altísimo había expedido su billete. Levantó la mirada hacia el cielo y saludó con la mano. «Muchas gracias, Dios.»