El Tercer Lado De Los Ojos
- Автор: Фалетти Джорджо
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El Tercer Lado De Los Ojos». Краткое содержание книги:
A la luz de la linterna que había apoyado en el techo del coche para tener las manos libres, el hombre se subió instintivamente la manga del chándal para ver la gravedad de la herida. Una marca roja de sangre surcaba la piel a lo largo de la muñeca y…
Desde su lugar de observación, Alistair abrió mucho los ojos a causa de la sorpresa.
En el antebrazo derecho de su secuestrador había un gran tatuaje que representaba un demonio con cuerpo masculino y etéreas y multicolores alas de mariposa.
Alistair conocía ese tatuaje y conocía al que lo llevaba. Sabía cuándo y dónde se lo había hecho y quién tenía uno igual.
El efecto del líquido que había aspirado ya había pasado por completo. Con los ojos reducidos a dos grandes e inútiles monedas que no podían pagar el precio de su vida, empezó a gemir, dar tirones y patalear en un ataque histérico mientras el corazón
«pa-tuc pa-tuc pa-tuc pa-tuc pa-tuc pa-tuc»
era ya un latir ininterrumpido que le clavaba espinas en la garganta y el pecho.
Como si lo hubiera sorprendido su propio gesto, el hombre se bajó deprisa la manga del chándal y cerró en parte el maletero, apoyándose en el coche con el cuerpo. A través de la rendija que quedaba abierta, Alistair vio cómo se inclinaba, y se sujetaba el brazo como si el dolor fuera muy fuerte, mientras una mancha roja de sangre aumentaba y empapaba la manga del chándal.
En ese momento, desde un lugar indefinido de la oscuridad del lugar en que se hallaban, llegó una voz.
– ¡Eh! ¿Qué sucede aquí? ¿Quiénes sois? ¿Cómo habéis entrado?
El peso sobre el maletero se aligeró y la chapa se elevó un poco, liberada del cuerpo del hombre. Ese movimiento hizo que la linterna cayera del techo del coche y se apagara.
Alistair oyó los pasos de alguien que se acercaba deprisa, seguidos por el ruido sobre la grava de las pisadas de su secuestrador, que se alejaba del coche.
– Eh, tú, ¡alto ahí!
Por un lado del Dodge pasó velozmente un hombre que corría tras su agresor, que huía. El eco de los pasos de los dos hombres se hizo más débil y se desvaneció a lo lejos.
Silencio.
Una breve espera y, al cabo de siglos, aún silencio.
Alistair alzó la cabeza y empujó con la frente la tapa del maletero. La puerta se abrió del todo y le permitió mirar el lugar donde se encontraba. Era un terreno enorme, iluminado solo por unas pocas luces lejanas. A su izquierda, a mucha distancia, quizá del otro lado del río, las luces familiares de Nueva York. A su derecha, al límite de donde alcanzaba su mirada, se divisaban unas farolas, y unas casas y un camino que bordeaba una zona señalada por una alambrada.
Esas luces y esas casas significaban que había coches, gente, ayuda.
Que había vida.
Apoyando las piernas contra los laterales del maletero, logró con esfuerzo girar y sentarse. Levantó las manos atadas y como pudo se arrancó la cinta que le tapaba la boca. Sin hacer caso del ardor de los labios, bebió como si fuera de un seno materno el aire húmedo de la noche mientras el corazón todavía latía su danza guerrera en el pecho. Le parecía que de un momento a otro estallaría y transformaría su cuerpo desnudo en una lluvia de fragmentos ensangrentados que alimentarían a los pocos y enclenques arbustos que había cerca del coche
«pa-tuc pa-tuc pa-tuc pa-tuc pa-tuc pa-tuc»
tratando de no golpearse la cabeza contra la tapa de chapa que se balanceaba sobre él, Alistair se volvió y se arrodilló. Apoyó las manos en el borde del maletero y consiguió salir del hueco, dejando atrás la ropa sucia y rota como testimonio de su miserable humanidad ante la presencia de la muerte.
Dio unos pasos vacilantes hacia las luces lejanas, sin prestar atención a la dureza del camino de tierra que debía recorrer. No se detuvo a observar el gran almacén industrial ante el cual se había detenido el coche, un Nova de quince años de antigüedad, con la carrocería toscamente reparada, con restos de masilla. Dejó a sus espaldas aquella puerta abierta a la oscuridad del interior de la construcción y, atraído como una mariposa nocturna por la ilusión de claridad que tenía delante, se dirigió hacia lo que en ese momento representaba la única esperanza de sobrevivir.
Volvió a ver como un relámpago el tatuaje ensangrentado bajo la débil luz de la linterna y la figura amenazadora del hombre que lo llevaba. Alistair sabía quién era y sabía qué sería capaz de hacer si regresaba, aunque ignoraba sus motivos.
Este pensamiento lo aterrorizó y su cerebro buscó la energía necesaria para ordenar a sus piernas entumecidas que se movieran.
Echó a correr hacia esas luces del fin del mundo movido por el pánico y con un dolor sordo en los oídos y en el pecho
«pa-tuc pa-tuc pa-tuc pa-tuc pa-tuc pa-tuc»
sin preocuparse por sus pies descalzos que, como en un cuento de terror, empezaron casi enseguida a dejar manchas de sangre tras de sí, como un rastro sobre la grava.
33
El Ford Corona blanco y azul de la policía bajó despacio por la rampa del puente Williamsburg y dobló a la derecha, dejando atrás una plaza llena de autobuses dormidos sobre sus neumáticos. En esa zona vivían principalmente judíos ortodoxos, con sombrero negro, barba y largos bucles a ambos lados de la cara, pero a esa hora no se veía a casi nadie. Los carteles de las tiendas, de las carnicerías y los supermercados que vendían carne y productos kosher estaban apagados, y las persianas metálicas bajadas, como ojos que no ven y oídos que no oyen.
Manhattan, con todos sus colores, estaba muy lejos, tanto que casi parecía un lugar imaginario. Por aquella zona, en aquel momento, solo circulaban algunos automóviles y las ondas de radio de los satélites que dirigidos hacia abajo se cruzaban con las plegarias de las sinagogas que iban hacia lo alto.
La agente Serena Hitchin, una bella mujer negra de veintinueve años, iba al volante, y Lukas First, su compañero, iba sentado a su lado con el cuerpo echado hacia delante. Tenía la cabeza vuelta hacia ella, sonreía y marcaba, golpeando con las manos en el salpicadero de plástico del vehículo, el ritmo de alguna melodía.
– Tú que entiendes de esto, ¿voy bien así?
Serena había iniciado, hacía ya un tiempo, una relación con un miembro del repertorio de Stomp, un musical ya mítico, lleno de números de percusión, que se representaba desde hacía varios años en el Orfeus, un teatro de la calle Segunda, en el East Village. Lukas sabía qué importante era aquella relación para su compañera, pero no perdía la ocasión de provocarla; podía hacerlo porque se llevaban muy bien.
La mujer se rió del torpe intento de su compañero.
– Eres un desastre, Lukas. La música no es tu fuerte.
Lukas adoptó una voz y una expresión de suficiencia mientras volvía a apoyarse contra el respaldo.
– ¡Qué raro! De pequeño cantaba en el coro de la iglesia.
– Fue en ese momento cuando Dios apareció durante la función, te señaló con el dedo y dijo: «O él o yo».
Lukas se volvió hacia ella con los índices cruzados, como si Serena fuera un vampiro.
– Calla, blasfema. Si él hubiera aparecido me habría señalado y habría dicho: «Aquí tenéis mi obra maestra. Un día este hombre será grande».
Serena rió, mostrando sus perfectos dientes blancos.
– Eres un tozudo. ¿Sigues pensando lo mismo?
– Por supuesto. Ya verás como tarde o temprano sucederá. Mi nombre en Broadway en un cartel luminoso y yo iré de visita al distrito, en un coche que os dejará a todos verdes de envidia. Mira lo que le ha pasado al capitán Shimmer…
Lukas First era un hombre muy atractivo, sobre todo con el uniforme, que le sentaba de maravilla. Por amor al arte había asistido a algunos cursos de declamación y de vez en cuando obtenía pequeños papeles como actor de reparto. En el distrito todos recordaban aún el orgullo con que había anunciado su participación en una película de Woody Allen. Los arrastró a todos al cine, y cuando al fin llegó la escena en que se lo veía, de espaldas, durante apenas dos segundos, empezaron las burlas, que duraron días.