El Tercer Lado De Los Ojos
- Автор: Фалетти Джорджо
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El Tercer Lado De Los Ojos». Краткое содержание книги:
Había tenido que adaptarse a su cardiopatía desde la infancia, cuando se vio que era un niño delgado y propenso a fatigarse. Hubo un momento en que los médicos temieron incluso que sufriera una cardiomiopatía dilatante, una patología degenerativa que hace que el corazón se agrande progresivamente hasta que impide los latidos casi por completo; entonces es necesario un trasplante.
Cuando su padre, Arthur Campbell, el gran «Águila» Campbell, el hombre que había hecho más big shots en la historia del golf, supo que su hijo no sería jamás un campeón ni en su deporte ni en ningún otro lo dejó a un lado como a otras tantas cosas sin importancia. Por otra parte, estaba tan ocupado en mantener viva su leyenda que no le quedaba mucho tiempo para ocuparse de la miserable realidad de quienes lo rodeaban, aunque se tratara de su propio hijo.
La madre, Hillary, se comportaba de forma exactamente opuesta y provocó, si ello era posible, daños aún mayores. Lo puso bajo sus sofocantes alas protectoras y le enseñó qué era el miedo y la huida.
Y desde ese momento Alistair no hizo más que tener miedo y huir.
El móvil volvió a sonar, esta vez con el campanilleo imperioso de una llamada. Abrió la tapa del Samsung y vio en la pequeña pantalla el nombre y la foto de Ray Migdala, su agente literario.
– Diga.
– Hola, Alis. ¿Dónde estás?
– Acabo de aterrizar. Ahora estoy en un taxi, casi llegando a casa.
– Muy bien.
– ¿Has leído el material que te envié?
– Desde luego. Lo terminé anoche.
– Y ¿qué me dices?
Hubo un instante de silencio que fue como una alarma para la impaciencia y el entusiasmo de Alistair.
– Creo que debemos vernos.
– Joder, Ray, cuánto misterio. ¿Te ha gustado o no?
– Precisamente de eso quiero hablarte cuando nos veamos. ¿Te viene bien mañana por la mañana, o estás muy cansado por el viaje?
– No, hablemos ahora. Y habla claro, al menos por una vez en tu vida.
Ray Migdala tomó esas palabras como una pequeña instigación, y no le costó responder a la provocación.
– Como tú quieras. He leído tu nueva novela y es una mierda. Creo que esta vez he sido bastante claro.
– Pero ¿qué dices? ¿La has leído bien? Yo la encuentro muy buena.
– Entonces será mejor que sepas que eres el único que la encuentra muy buena. He hablado con Haggerty, tu editor de Holland & Castle, y es del mismo parecer.
Quizá en aquel momento Ray recordó el estado de salud de Alistair y se dio cuenta de que había sido demasiado duro. Cambió de tono y trató de echar un poco de bálsamo en las heridas.
– Alis, te lo digo por tu bien. Si sigues con esto los críticos te machacarán.
– Sabes muy bien cómo es la crítica, Ray. En los resultados comerciales no influyen para nada.
– En este caso, yo no estaría tan seguro. De todos modos, te informo que Ben Ayeroff, el director editorial, no tiene la intención de verificar tu afirmación.
Notó un síntoma de pánico. Ahora la ciudad que se acercaba ya no parecía un lugar donde encontrar las confirmaciones y los elogios que necesitaba, sino un sitio amenazador donde el fracaso siempre estaba al acecho. El túnel Queens Midtown, en el que estaban a punto de entrar, parecía un abismo sin salida, un gusano de la arena del planeta Dune.
Alistair respondió tratando de mantener firme la voz.
– ¿Qué quieres decir?
– En pocas palabras, que no tienen intención de publicar tu libro. Incluso están dispuestos a renunciar al anticipo que ya te han dado.
– Me importa un comino. Hay otras editoriales en el mundo. Knopf, Simon & Schuster y…
Aquel arrebato de orgullo sin convicción se apagó muy pronto; bastaron unas cuantas palabras.
– Lo sé, pero esta vez soy yo quien no tiene intención de ir a presentarlo. No quiero matarte con mis propias manos.
Esta aclaración alteró ligeramente los latidos en el pecho de Alistair Campbell. Leyendo entre líneas, estaba claro que a Ray le preocupaba mucho más su reputación que la de su cliente.
– Tal vez debamos dar un paso atrás, Alis. Y perdóname si soy demasiado franco. Publicaste tu primera novela con Holland & Castle porque al mismo tiempo tu padre aceptó publicar para ellos una biografía suya. La verdad es que tu novela era muy mediocre y no le llamó la atención a nadie, pero el editor recuperó las pérdidas con los abundantes beneficios que dejaron las ventas del otro libro. Lo sabías, ¿verdad?
Alistair lo sabía demasiado bien. Recordaba la humillación que sufrió cuando su madre le informó del acuerdo y le convenció de que no era más que un paso necesario para darse a conocer.
– Desde luego que lo sabía, pero ¿qué tiene que ver? La primera era una obra juvenil, y se consideró como tal.
– Exacto. Por eso logré hacer leer la segunda. Cuando presentaste esa pequeña obra maestra que era El alivio de un hombre acabado, el éxito llegó. Y con el favor de la crítica…
Ray dejó la frase sin terminar; era una evidente réplica al anterior juicio de Alistair sobre las reseñas literarias.
– No sé cómo decírtelo. Tu tercera novela no parece ni de lejos escrita por la misma persona que escribió El alivio de un hombre acabado.
Fue una suerte que Ray, del otro lado del teléfono, no pudiera ver la expresión de Alistair. Si hubieran estado el uno frente al otro, quizá su agente hubiera visto cuánta verdad había en lo que acababa de decir.
«No parece ni de lejos escrita por la misma persona.»
De haber podido, Alistair Campbell se habría reído.
En la gran casa de Vermont donde estaban casi siempre solos él y su madre, había una especie de factótum que casi habían heredado del propietario anterior. Se llamaba Wyman Sorhensen y vivía en una casita al final del parque. Desde que Alistair le recordaba, había estado siempre igual. Un hombre con el pelo blanco, alto y flaco, que daba la impresión de haber nacido viejo y haber vestido siempre una ropa que parecía una talla más grande que la que correspondía a su cuerpo.
Pero tenía una voz tranquila y la sonrisa y los ojos más serenos del mundo.
Para Alistair se convirtió en la única y verdadera referencia, ya que la presencia paterna era cada vez más borrosa y su madre lo había aislado por completo de todos, cubriéndolo con las redes de su afecto y su preocupación. Wyman era la única persona que no lo trataba como a un enfermo sino como a un niño normal y lo compensaba de la prohibición de jugar, sudar y reír con otros niños.
Le enseñó todo lo que sabía, con la complicidad de dos náufragos que se enfrentaban al resto del mundo, ese mundo que a Alistair le estaba vedado y a Wyman no le interesaba para nada. Parecía un personaje de ciertas novelas de Steinbeck, un hombre que se había construido una cómoda morada en su personal Tortilla Flat.
De él aprendió el amor por los libros y la lectura, él le hizo descubrir un universo de evasión y viajes, sin moverse un palmo de su silla colocada bajo el pórtico de la pequeña casa del parque. Gracias a él entendió la importancia de las palabras y la fantasía, aunque no estuviera muy familiarizado con ellas. Gracias a él, mucho tiempo atrás, maduró en Alistair la idea de matricularse en el Vassar College para orientarse hacia la escritura; esa fue la primera decisión que tomó contra la voluntad de su madre.
El viejo murió tranquilamente en su cama cuando él tenía catorce años; pasó de la vida a la muerte a través del filtro indoloro de la noche y el sueño. Alistair todavía pensaba con ternura que el viejo Wyman Sorhensen había merecido con creces ese privilegio.
No le dieron permiso para asistir al funeral porque, según Hillary Campbell, podía ser una emoción demasiado fuerte y perjudicial para la endeble constitución de su hijo. De modo que aquella mañana vagó por el parque, sintiéndose por primera vez verdaderamente solo. Llegó a la casa de su amigo y encontró la puerta abierta. Entró, un poco incómodo, como si violara la intimidad y la confianza de una persona que ya no podía defenderse. Pese a ello, comenzó a curiosear entre las cosas de Wyman, mientras se preguntaba adónde iría a parar todo aquello, ya que el viejo no tenía parientes.