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El Tercer Lado De Los Ojos

Электронная книга - «El Tercer Lado De Los Ojos». Краткое содержание книги:

Nombre: Jordan Marsalis Nombre: Maureen Martini Estatura: 1,86 Estatura: 1,72 Ojos: Azules Ojos: Negros Pelo: Canoso Pelo: Negro Edad: 37 años Edad: 29 años Dirección: 54 West 16th Dirección: Via della Polveriera 44 Cargo: Ex teniente de Cargo:Comisario de policía policía Ciudad: Nueva York Ciudad: Roma Las vidas de Jordan y Maureen, que no se conocen entre ellos, se ven sacudidas por el azote del crimen. En Roma, la mafia albanesa acaba atrozmente con la vida del amante de Maureen y ella queda sumida en una profunda ceguera. A miles de kilómetros, el extravagante hijo del alcalde de Nueva York y sobrino de Jordan aparece brutalmente asesinado en su estudio de la Gran Manzana. Se trata del primero de una serie de crímenes que van a sucederse vertiginosamente, puntuados por enigmáticos mensajes. ¿Cuál es la misteriosa pieza que enlaza estas muertes? Unidos por las circunstancias, Maureen y Jordan han de enfrentarse juntos a la mente perturbada de un despiadado asesino que se divierte caracterizando de forma extraña los cuerpos de sus víctimas, después de torturarlos. Las cálidas calles romanas contrastan con la elegancia sombría de Nueva York: dos escenarios en los que Giorgio Faletti confirma su capacidad para tejer apasionantes tramas de novela negra.
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Accedieron a una pantalla donde había una secuencia de fechas que correspondían a los años académicos. La lista parecía interminable.

– ¿Y ahora?

Jordan se volvió hacia su hermano, sin apartar los ojos de la pantalla.

– Christopher, ¿en qué año estuvo Gerald en el college?

– En el 92 y en el 93, me parece.

Ese «me parece» decía mucho de las relaciones entre padre e hijo.

Arriba, a la izquierda, había una pequeña ventana con las herramientas para definir los criterios de búsqueda.

– Propongo que veamos el período entre 1992 y 1994. ¿Hay algún criterio para reducir la búsqueda? ¿Es posible separar a los hombres de las mujeres? -preguntó Jordan.

Maureen se encogió de hombros.

– Me temo que no. Es la base de datos de una universidad, no un programa de investigación. Suele existir la posibilidad de llegar a una ficha personal si se conoce el nombre, pero creo que cualquier recorrido inverso será un poco difícil.

Jordan apoyó las manos en los hombros de la mujer. No era un gesto de exceso de confianza, sino de solidaridad.

– Ahora creo que tendremos que ver algunas caras. Esperemos que entre ellas esté la que buscamos.

Empezaron a mirar una larga serie de rostros. Chicos y chicas que ya estaban en otra parte convertidos en hombres y mujeres, distribuidos por la casualidad en algún lugar, transformados en lo que habían elegido ser o debatiéndose en lo que se habían visto obligados a convertirse. En esa larga, interminable, sucesión de rostros se hacía patente la sensación del paso del tiempo y de su ineluctabilidad. Patente también era el escozor de la arena en los ojos de Maureen a causa de las emanaciones luminosas de la pantalla. Cuando en ese desfile silencioso y carente de alegría, vio las caras de Gerald Marsalis y Chandelle Stuart, Maureen intentó no pensar que para algunos de ellos el tiempo había terminado, evitó que volviera el recuerdo de Connor.

Se concentró en una lista sin fin de nombres: Alan, Margaret, Jamie, Robert, Allison, Scarlett, Loren…

– ¡Aquí está! ¡Es él!

Un joven con el cabello de color castaño rojizo y unos rasgos delicados les dirigía una sonrisa tímida, congelada en una foto de hacía diez años. Maureen se estremeció al pensar que en aquel momento la versión adulta de aquella imagen se hallaba en alguna parte, sin saber que ellos estaban luchando contra el tiempo para salvarle la vida.

La voz de Jordan llegó desde atrás.

– Alistair J. Campbell, nacido en Filadelfia el…

La voz de Christopher Marsalis interrumpió la exposición de datos personales.

– Pues claro. Es el hijo de Arthur «Águila» Campbell, el campeón de golf. Su padre es inglés pero vive en Estados Unidos desde hace años. Creo que ya debe de tener la ciudadanía estadounidense. Ahora vive en Florida y juega en el circuito sénior.

Maureen completó la ficha biográfica del muchacho que seguía mirándolos sonriendo tímidamente.

– Sí, pero Alistair Campbell es también escritor. Figuró hace un par de años en la lista de los más vendidos con una novela que generó, además, bastante sensación. Me parece que se titulaba El alivio de un hombre acabado. La he leído. Creo que la publicó Holland & Castle.

Fue Jordan quien dijo en voz alta lo que estaban pensando todos.

– Y la frase que encontré en el piano en la casa de Chandelie Stuart recuerda a Snoopy cuando se las da de escritor.

Hubo un instante de calma tensa, el breve lapso de tiempo entre el relámpago y el trueno. Luego Jordan sacó el móvil de la chaqueta como si quemara.

Marcó un número. Expuso los hechos deprisa, pero claramente.

– Burroni, soy Jordan. Escúchame y toma nota. Tenemos otro nombre. Ex alumno del Vassar College. Es escritor. Se llama Alistair Campbell y publica en una editorial que se llama Holland & Castle. Su padre es Arthur Campbell, un campeón mundial de golf que vive en Florida. Tal vez él sea Snoopy. ¿Has tomado nota?

Se quedó escuchando y luego asintió satisfecho tras la respuesta.

– Perfecto. Búscalo, pero con discreción y sin crear alarma. Debemos encontrarlo antes que nuestro hombre.

Jordan cortó. Se hizo el silencio en la habitación. Solo se oía el ligero zumbido de una pantalla y de sus pensamientos. Ahora que la máquina se había puesto en movimiento y que había una pequeña esperanza, solo quedaba esperar y rogar que con eso bastara. Todos sabían que era un viaje en el que descubrirían si a la llegada les aguardaba otro cadáver o no.

Maureen se levantó de la silla y se volvió hacia Jordan. Instintivamente, desde el primer momento lo había considerado su único referente, como un animal cazador al que basta el olfato para reconocer a su semejante. Acaso también Jordan sentía lo mismo. Lo miró a los ojos y pareció que le leyera los pensamientos. Luego, casi como una confirmación, expresó en voz alta la hipótesis que todos tenían en la cabeza.

– Tal vez el vínculo que une a las víctimas es justamente lo que tú has dicho. Todos fueron testigos de un asesinato. Y si no conseguimos encontrar a Alistair Campbell a tiempo, quizá nunca sepamos cuál fue.

Maureen no respondió. Se puso las gafas oscuras porque le dolían los ojos y la incomodaba sentirse protagonista en ese momento y de ese modo. Con ese gesto recuperó la soledad y se volvió impermeable a las miradas de las personas que estaban presentes en la habitación. De ese modo, obtuvo la respuesta a una pregunta que nunca había hecho. Jamás se lo había preguntado a Connor, pero ahora sabía qué gélida sensación podía tenerse frente al calor de un aplauso.

31

– Al West Village, en la esquina de Bedford y Commerce.

Alistair Campbell dio al taxista la dirección de su casa y se relajó apoyándose contra el respaldo de un asiento que había visto tiempos y resortes mejores. El conductor se alejó de la terminal del aeropuerto JFK, donde acababa de aterrizar el avión; el taxi se sumó a la fila de coches amarillos que se dirigían hacia la ciudad.

Las luces de Nueva York estaban encendidas pero en realidad aún no habían iniciado su batalla contra la oscuridad. Después de todo el tiempo que había pasado en su casa de Saint Croix, en las islas Vírgenes, volver a encontrarse con los resplandores de colores de la ciudad lo intimidaba y lo sorprendía, como siempre. Cada regreso era un alivio y una angustia a la vez. Alistair Campbell era hombre, además de escritor. Pero era un hombre sin valor, y ello hacía de él un escritor frágil e inseguro. Como todas las personas inseguras necesitaba continuas confirmaciones, y esa ciudad iluminada que se acercaba como si quisiera tragarse el coche en el que viajaba parecía la única capaz de dárselas. Cuando las confirmaciones y los halagos agotaban su poder taumatúrgico y se convertían en necesidades apremiantes y objeto de nuevos miedos, sabía que había llegado el momento de volver a su isla.

En su casa a la orilla del mar la noche era noche y el día traía el sol y la posibilidad de levantarse y después de andar unos pasos por la arena, llegar al océano y poder mear en él.

El móvil que llevaba en un bolsillo empezó a sonar con un timbre atenuado. Lo apagó sin ni siquiera mirar el visor. Había programado el aparato para que le indicara las horas de las diversas píldoras que debía tomar a lo largo del día. Abrió la cremallera de la mochila que llevaba y sacó del compartimiento interior un comprimido de amiodarona. Hacía tiempo que su corazón manifestaba una tendencia a la fibrilación auricular, y solo con ese fármaco podía mantenerla a raya.

Se puso la cápsula en la boca y, debido a la costumbre, consiguió tragarla sin necesidad de agua.

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