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El Tercer Lado De Los Ojos

Электронная книга - «El Tercer Lado De Los Ojos». Краткое содержание книги:

Nombre: Jordan Marsalis Nombre: Maureen Martini Estatura: 1,86 Estatura: 1,72 Ojos: Azules Ojos: Negros Pelo: Canoso Pelo: Negro Edad: 37 años Edad: 29 años Dirección: 54 West 16th Dirección: Via della Polveriera 44 Cargo: Ex teniente de Cargo:Comisario de policía policía Ciudad: Nueva York Ciudad: Roma Las vidas de Jordan y Maureen, que no se conocen entre ellos, se ven sacudidas por el azote del crimen. En Roma, la mafia albanesa acaba atrozmente con la vida del amante de Maureen y ella queda sumida en una profunda ceguera. A miles de kilómetros, el extravagante hijo del alcalde de Nueva York y sobrino de Jordan aparece brutalmente asesinado en su estudio de la Gran Manzana. Se trata del primero de una serie de crímenes que van a sucederse vertiginosamente, puntuados por enigmáticos mensajes. ¿Cuál es la misteriosa pieza que enlaza estas muertes? Unidos por las circunstancias, Maureen y Jordan han de enfrentarse juntos a la mente perturbada de un despiadado asesino que se divierte caracterizando de forma extraña los cuerpos de sus víctimas, después de torturarlos. Las cálidas calles romanas contrastan con la elegancia sombría de Nueva York: dos escenarios en los que Giorgio Faletti confirma su capacidad para tejer apasionantes tramas de novela negra.
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Se veía un resplandor amarillo e intermitente a cierta distancia. Quizá fuera un faro que indicaba el camino del puerto a los marineros, o una señal de peligro para los aviones, o simplemente las lágrimas de un hombre aterrado que velaban la imagen de una estrella en la noche.

Oyó el golpe de la puerta delantera que se abría y poco después notó una ráfaga de viento que entraba por la puerta de su lado. El aire olía a herrumbre y algas, y a pesar de su embotamiento logró tener un pensamiento lúcido. Se dio cuenta de que debían de encontrarse en algún lugar cercano al agua, aunque jamás conseguiría saber o recordar cuál.

En su campo visual empañado por el narcótico y la oscuridad apareció un hombre vestido con un chándal barato de felpa y con la cara cubierta por un pasamontañas con aberturas por las que se entreveían los ojos y la boca. Lo cogió con dos manos enfundadas en guantes negros, lo levantó con la misma facilidad con la que habría cogido un paquete ligero y lo hizo sentarse en el asiento posterior, con las piernas hacia fuera. Alistair sintió que sus piernas pendían en el vacío con la lasitud antinatural de un muñeco sometido por completo al poder del ventrílocuo.

Sin otra reacción posible más que el miedo, vio que su agresor sacaba de un bolsillo un rollo de cinta adhesiva y un grueso cúter. No sabía dónde, pero en esa semioscuridad de claridades lejanas la hoja encontró luz suficiente para lanzar un centelleo amenazador; con unos gestos rápidos y precisos el hombre le tapó la boca con un pedazo de cinta y le ató las manos, con los brazos delante del cuerpo.

Lo cogió y lo sostuvo sin esfuerzo mientras lo arrastraba hacia la parte posterior del coche. Apuntaló al prisionero apoyándolo contra su cuerpo duro y macizo y lo mantuvo en esa posición sosteniéndolo con un brazo alrededor de la cintura, mientras con la mano libre abría la cerradura del maletero.

Lo metió dentro de un empujón. Alistair sintió que la mano de su secuestrador le levantaba las piernas y colocaba el resto del cuerpo en el oscuro hueco. La luz de una linterna lo deslumbró. Caía sobre él desde lo alto como algo mortal, extraterrestre, una luz sobrenatural que llegaba de ese lugar maldito donde se esconden todas las pesadillas que la locura humana decide hacer reales.

Vio que la hoja del cúter entraba en el cono de luz delante de sus ojos. Su corazón desbocado no dejó espacio para la vergüenza; su cuerpo se libró de cualquier inhibición y se orinó y defecó encima.

Finalmente emitió un alarido desesperado que el hombre no tuvo en cuenta, como tampoco dijo una palabra cuando vio la mancha oscura que se ensanchaba en sus pantalones. Con calma pero con destreza empezó a cortar las prendas livianas que llevaba su prisionero. Alistair sentía un estremecimiento, que no solo era de frío, cada vez que la hoja rozaba su piel.

Lágrimas que no despertaban ninguna piedad seguían saliendo de sus ojos. Corte tras corte, estremecimiento tras estremecimiento, gota tras gota, quedó desnudo frente a esa luz estéril, rodeado de esos trapos que olían a orina, mierda y miedo, que ahora eran su única vestimenta. El cierre de la puerta sumó oscuridad a la oscuridad y lo dejó solo en compañía de su terror y su hedor.

En el silencio, oyó ruido de puertas que se cerraban y luego el arranque del motor; entonces supo que aquel no había sido más que un alto pero no el destino final. El Dodge volvió a ponerse en marcha, y ahora él viajaba encerrado en el retumbo desquiciado del coche y de sus pensamientos.

¿Quién era ese hombre?

¿Qué quería de él?

Volvieron a su mente las palabras de Ray, que hacía poco -¿una hora?, ¿un siglo?- había oído que salían del teléfono con el ruido del hielo que se rompe bajo los pies.

Gerald Marsalis y Chandelle Stuart habían muerto.

Aquellos a los que en otros tiempos conocía como Linus y Lucy habían sido asesinados por alguien que los había buscado y encontrado. Y ahora él estaba encerrado, atado y desnudo en el maletero de un coche que tal vez lo llevaba hacia el mismo destino.

Sintió que, bajo la cinta adhesiva que le cubría la boca, sus dientes comenzaban a castañetear con el ritmo incontrolable del miedo. Por algo sucedido mucho tiempo atrás, su alma de cobarde había programado el remordimiento del mismo modo que él programaba el móvil para que le recordara cuándo debía tomar sus píldoras.

Le bastaba con despertarse para encontrar un recuerdo claro y vivo en su mente, como si todo aquello estuviera sucediendo en ese preciso instante frente a sus ojos. Durante años había querido contarlo, pero no encontraba el valor. Indirectamente, había tratado de hacerlo en sus libros, a través de las palabras, un confíteor literario oculto en la metáfora; pero sabía que esos signos no significaban la liberación de la confesión y menos aún una posibilidad de absolución ante el tribunal del espejo.

Al cabo de un rato -¿una hora?, ¿un siglo?-, Alistair oyó que el coche se detenía con una sacudida, como si hubiera subido a un bordillo. A causa del brusco movimiento, sus manos atadas chocaron dolorosamente contra los testículos.

Sobre el ronquido del motor al ralentí, oyó el sonido de una puerta que se abría. Poco después, un ruido metálico seco y luego otro, como de una cadena de ancla que se deslizara y luego el chirrido de una verja al abrirse sobre un quicio al que le hacía falta aceite.

Otra vez la puerta del coche que se cerraba y otra vez el movimiento, mientras el Dodge recorría lentamente un camino bastante largo y lleno de baches. Tras un breve trayecto, se detuvo al fin y el motor se apagó.

Alistair oyó de nuevo el chirrido de la portezuela abierta y luego un rumor de pasos sobre la grava; cada paso iba acompañado de un golpe sordo de su corazón. Se abrió el maletero y la luz de la linterna, esta vez apuntada hacia abajo, le permitió entrever la silueta del hombre, que sostenía en la mano derecha unos largos alicates para cortar metal y los apoyaba en el hombro. Echó una breve ojeada a su pasajero, mientras iluminaba por un instante el hueco del maletero; luego, como si estuviera satisfecho con lo que había visto, volvió a cerrarlo, dejando en los ojos de Alistair una mancha amarilla como único recuerdo de la luz.

Todos los sonidos del exterior llegaban al prisionero a través de las pulsaciones que sentía en los oídos. Los latidos bajo las costillas y después una serie interminable de extrasístoles, se convirtieron de golpe en el paroxismo de la fibrilación, que con el tiempo Alistair había aprendido a reconocer y a temer. Sintió que se le cortaba el aliento, y a partir de ese momento parecía que la respiración no podía llevar a los pulmones su indispensable carga de oxígeno.

En condiciones normales respiraría por la boca, aspirando con avidez el aire que necesitaba para sobrevivir, pero en esa situación, con la cinta adhesiva que se lo impedía, solo disponía de las fosas nasales para aferrarse a la vida. El polvo y el olor de sus propios excrementos eran como una película que poco a poco contribuía a cerrar los agujeros a través de los cuales aquel aire estancado y viciado podía dirigirse al interior de su caja torácica.

El corazón ya solo era una sucesión de contracciones cortas y desesperadas, sin el familiar consuelo del latido sistólico

«pa-tuc pa-tuc pa-tuc pa-tuc pa-tuc pa-tuc»

un sudor ácido le empezó a bajar por la frente hasta llegar a los ojos. Trató de alzar los brazos para enjugarse la cara, pero la posición en que se encontraba y la cinta adhesiva que le apretaba las muñecas le impedían realizar tal movimiento.

De fuera llegó un nuevo ruido seco y metálico, como el de un candado cortado, y luego el rechinar de una puerta corredera.

Esta vez, los pasos sobre la grava que se acercaban tendrían que haber sido una carrera muy veloz para ganar a los desenfrenados latidos del corazón

«pa-tuc pa-tuc pa-tuc pa-tuc pa-tuc pa-tuc»

oyó saltar la cerradura del maletero y la puerta se abrió de golpe. Justo en el momento en que un hilo de luz penetraba en el interior, Alistair oyó un grito sofocado y vio que su agresor hacía un movimiento con el brazo izquierdo para sostener el derecho, como si la tapa del maletero, al abrirse, lo hubiera herido.

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