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El Club de París

Электронная книга - «El Club de París». Краткое содержание книги:

Cuando Napoleón Bonaparte murió en 1821, se llevó a la tumba un impactante secreto. Como emperador, había saqueado incalculables riquezas de palacios y tesoros nacionales, e incluso de los Caballeros de Malta y el Vaticano. En sus últimos días, sus captores británicos esperaban averiguar dónde se ocultaba el botín. Pero él nos les desveló nada. ¿O tal vez sí? Cotton Malone está a punto de averiguarlo cuando los problemas llaman a la puerta de su librería: un agente del servicio secreto estadounidense que terminara convirtiéndose en su aliado. Sólo igualando el ingenio de un terrorista a sueldo, frustrando un atentado catastrófico, y emprendiendo una desesperada búsqueda del legendario tesoro perdido de Napoleón, podrá Malone evitar la anarquía económica internacional. Desde Dinamarca, pasando por Inglaterra y terminando en las calles de París, Malone participa en un intenso juego de duplicidad y muerte, todo para conseguir un tesoro de valor incalculable. Pero, ¿a qué precio?.
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Eliza colgó el teléfono y pensó de nuevo en lo que Henrik Thorvaldsen había predicho: “Si voy bien encaminado, le dirá que no pudo conseguir lo que anda buscando, que no estaba allí, o pondrá cualquier otra excusa”, y en lo que le había dicho una vez más, justo antes de terminar la comida y abandonar el restaurante: “Usted deberá juzgar si es verdad o mentira”.

Se sentía segura en su hogar de Le Marais, cerca del lugar de reunión del Club de París. Su familia era propietaria de la casa desde mediados del siglo xix. Se había criado entre aquellas elegantes paredes y ahora pasaba gran parte del tiempo allí. Sus fuentes en el gobierno francés le habían asegurado que el libro que andaba buscando se encontraba en el museo. Se trataba de una reliquia menor de escasa importancia histórica, al margen de que pertenecía a la biblioteca personal de Napoleón y de que este la mencionaba en su testamento. Sus fuentes habían formulado pocas preguntas y tampoco la interrogarían cuando supieran que el libro había desaparecido, ya que habían aprendido hacía tiempo que agradecer la generosidad de Eliza significaba mantener la boca cerrada.

Eliza había ponderado qué hacer con Thorvaldsen desde que se marchó de Le Grand Véfour. El multimillonario había aparecido de la nada con una información que sencillamente no podía ignorar. Sin duda, Thorvaldsen conocía sus negocios y el oráculo había confirmado sus intenciones. Ahora el propio Ashby había corroborado los pronósticos del danés. Eliza no tenía intención de seguir ignorando las advertencias.

Cogió el número de teléfono que Thorvaldsen le había facilitado el día anterior y lo marcó. Cuando el danés respondió, Eliza le dijo:

– He decidido extenderle una invitación para unirse al grupo.

– Es usted muy generosa. Supongo, entonces, que lord Ashby la ha decepcionado.

– Digamos que el señor Ashby ha despertado mi curiosidad. ¿Está libre mañana? El club se reúne para una importante sesión.

– Soy judío. Para mí la Navidad no es un día importante.

– Ni para mí. Nos encontraremos por la mañana en La Salle Gustav Eiffel, en la primera plataforma de la torre, a las once. Tienen una maravillosa sala de banquetes y hemos programado una comida para después de la reunión.

– Suena muy bien.

– Nos vemos mañana.

Eliza colgó el teléfono.

Mañana. Un día que Eliza había esperado desde hacía mucho tiempo. Pensaba explicar con todo lujo de detalle a sus cohortes lo que los pergaminos habían enseñado a su familia. Había confiado parte de ello a Thorvaldsen durante la comida, pero había omitido intencionadamente una advertencia. En una sociedad basada en la paz, sin guerras, estimular el miedo a través de amenazas políticas, sociológicas, ecológicas, científicas o culturales podría resultar casi imposible. Hasta la fecha, ningún intento había tenido suficiente credibilidad o magnitud durante mucho tiempo. Algo como la peste negra, que había supuesto una amenaza a escala global, estuvo cerca, pero un peligro como ese, concebido a partir de condiciones desconocidas, con poco o ningún control, era poco práctico. Y cualquier amenaza tendría que ser contenible.

A fin de cuentas, esa era la idea. Asustar a la gente para que obedeciera y sacar provecho de su miedo. La mejor solución era la más sencilla. Inventar la amenaza. Ese plan conllevaba multitud de ventajas, como un regulador de voltaje en una lámpara de araña que pudiera ajustarse a grados infinitos de intensidad. Por suerte, en el mundo actual existía un enemigo creíble y ya había galvanizado el sentir ciudadano: el terrorismo.

Como le había dicho a Thorvaldsen, esa amenaza había funcionado en Estados Unidos, así que debería funcionar en cualquier lugar. Al día siguiente vería si los pergaminos eran correctos. Ella culminaría ahora lo que Napoleón pretendió en su día.

A lo largo de doscientos años, su familia se había aprovechado del infortunio político de otros. Pozzo di Borgo descifró suficiente contenido de los pergaminos para enseñar a sus hijos, como estos enseñaron a los suyos, que realmente no importaba quién redactara las leyes: “Controla el dinero y tendrás poder”. Para hacer eso, Eliza necesitaba controlar los acontecimientos. Lo del día siguiente sería un experimento. ¿Y si funcionaba? Entonces habría más.

XLIII

Londres, 18.40 h

Ashby buscó en la oscuridad, entre el centenar de rostros, una bufanda verde y dorada de Harrods. La mayoría de los que lo rodeaban eran turistas, a los que su guía estaba explicando algo sobre “la atmósfera de la luz de gas y la niebla” y agosto de 1888, cuando Jack el Destripador “sembró el terror entre las prostitutas borrachas del East End”.

Ashby sonrió. Jack el Destripador parecía interesar solo a los extranjeros. Se preguntaba si, en su país, esa misma gente pagaría dinero por una visita a los lugares que frecuentaba un asesino en serie.

Ashby caminaba por una concurrida acera de Whitechapel, al este de la ciudad. A su izquierda, al otro lado de una calle abarrotada, se alzaba la Torre de Londres, con sus piedras de color gris oscuro bañadas en una vaporosa luz esmeralda. Desde el Támesis soplaba una fría brisa hacia el interior de la isla, con el Puente de la Torre iluminado a lo lejos.

– Buenas noches, lord Ashby.

La mujer que apareció junto a él era menuda, con el pelo corto, de unos sesenta años, estadounidense, y llevaba una bufanda verde y dorada alrededor del cuello. Exactamente como le habían dicho.

– Es usted nueva -le dijo Ashby.

– Estoy al mando.

Esa información le llamó la atención. Se había reunido con su contacto habitual del espionaje estadounidense en varios paseos por Londres. Habían recorrido el British Museum, el Londres de Shakespeare, Old Mayfair y ahora los lugares frecuentados por Jack el Destripador.

– ¿Y quién es usted? -preguntó.

– Stephanie Nelle.

El grupo se detuvo para que el guía explicara algo sobre el edificio de enfrente, donde se había hallado a la primera víctima del Destripador. Stephanie lo agarró del brazo y, mientras los demás prestaban atención al guía, ellos se situaron detrás.

– Muy oportuno que nos hayamos citado en esta salida guiada -dijo Stephanie-. Jack el Destripador aterrorizaba a la gente y nunca lo atraparon.

Ashby no sonrió ante su intento de mostrarse irónica.

– Si ya no necesita mi ayuda, puedo terminar mi colaboración ahora mismo y marcharme.

El grupo avanzó de nuevo.

– Soy consciente de que el precio que tendremos que pagar es su libertad, pero eso no significa que me guste.

Ashby se forzó a guardar la calma. Había que satisfacer a aquella mujer y a quienes representaba, como mínimo durante veinticuatro horas más, y al menos hasta que obtuviera el libro.

– Lo último que supe es que estábamos juntos en esta empresa -afirmó Ashby.

– Prometió usted facilitar cierta información hoy. He venido para escuchar en persona lo que tiene que ofrecer.

El grupo hizo un alto en otro lugar destacado.

– Mañana, Peter Lyon pondrá una bomba en la iglesia del Domo, en los Inválidos -dijo en voz baja-. El día de Navidad, a modo de demostración.

– ¿Demostración de qué?

– Eliza Larocque es una fanática. Posee una sabiduría ancestral de la que su familia ha vivido durante siglos. Es bastante compleja y, para mí, en general irrelevante, pero existe un grupo extremista francés – ¿no hay siempre uno?- que quiere lanzar un mensaje.

– ¿Quiénes son esta vez?

– Se trata de la discriminación contra los inmigrantes que promueve la ley francesa. Norteafricanos que llegaron en tropel a Francia hace años, recibidos en su momento como trabajadores invitados. Ahora representan un diez por ciento de la población y están hartos de la opresión. Quieren dar a conocer su postura. Larocque cuenta con los medios y no quiere honores, así que Peter Lyon ejerció de intermediario en la sociedad.

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