El Club de París
- Автор: Берри Стив
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El Club de París». Краткое содержание книги:
– Pero yo no quiero tener miedo. Odio estar asustado.
Norstrum le puso una mano en el hombro.
– No hay elección, Sam. Son las circunstancias las que crean el miedo. Lo único que puedes controlar es cómo te enfrentas a él. Concéntrate en eso y siempre triunfarás.
Sam le tocó el hombro con suavidad. Era la primera vez que había contacto físico y Meagan no se apartó. Sam se alegró de ello, lo cual lo sorprendió.
– Todo irá bien -le dijo a Meagan.
– Esos hombres que fueron ayer al museo… creo que al final me habrían hecho daño.
– ¿Por eso forzaste las cosas cuando yo estaba allí?
Meagan dudó un momento y luego asintió.
Sam agradecía su honestidad. Finalmente dijo:
– Parece que los hemos irritado bastante.
Meagan sonrió.
– Eso parece.
Sam retiró la mano y ponderó la muestra de vulnerabilidad de Meagan. Se habían comunicado en numerosas ocasiones durante el último año por medio de correos electrónicos. Sam creía estar hablando con un hombre llamado Jimmy Foddrell. Por el contrario, al otro lado de la red se encontraba una misteriosa mujer. Volviendo la vista atrás, Meagan le había tendido la mano en algunos de aquellos mensajes. Nunca de aquella manera, pero lo suficiente para que Sam sintiera una conexión.
Meagan enfocó los pasillos con su linterna.
– Al final de esos pasadizos se encuentran las catacumbas. Allí se amontonan los huesos de seis millones de personas. ¿Has estado alguna vez allí?
Sam negó con la cabeza.
– Estos dibujos -explicó Meagan- fueron hechos por gente corriente, pero son un ensayo histórico. Aquí, los muros están cubiertos de pinturas a lo largo de kilómetros y kilómetros. Muestran la vida y la época de la gente, sus miedos y supersticiones. Son un archivo completo -Meagan hizo una pausa-. Sam, tenemos la oportunidad de hacer algo real, algo que podría cambiar las cosas.
Se parecían mucho. Ambos vivían en un mundo virtual de paranoia y especulación y tenían buenas intenciones.
– Pues hagámoslo -dijo él.
Meagan se echó a reír.
– Ojalá fuese tan sencillo. Tengo un mal presentimiento con todo esto.
La joven parecía sacar fuerzas de aquel espectáculo subterráneo. Quizá cierta sabiduría, también.
– ¿Te importaría explicarme eso?
– La verdad es que no puedo. Es solo una intuición.
Ella se acercó a escasos centímetros de él.
– ¿Sabías que un beso acorta la vida tres minutos?
Sam reflexionó sobre su extraña pregunta y luego negó con la cabeza.
– Un beso en la mejilla, no. Un beso de verdad, con ganas, provoca palpitaciones hasta el punto de que el corazón late más rápido en cuatro segundos de lo que lo haría en tres minutos.
– ¿En serio?
– Lo dice un estudio. Caray, Sam, hay estudios para todo. Cuatrocientos ochenta besos, de los de verdad, acortan la vida de una persona un día. Dos mil trescientos te cuestan una semana. ¿Y ciento veinte mil? Un año perdido.
Meagan se acercó todavía más.
Sam sonrió.
– ¿Qué quieres decir con eso?
– Puedo prescindir de tres minutos de mi vida si tú también puedes.
XLV
Londres
Malone vio que Stephanie desaparecía en la oscuridad y que otro hombre se acercaba de inmediato a Graham Ash-by con una bolsa de Selfridges en la mano. Malone se había mezclado con el grupo de visitantes, camuflándose entre la parlanchina muchedumbre. Su misión era cubrirle las espaldas a Stephanie, vigilar de cerca, pero puede que ahora finalmente hubieran dado con algo importante.
Malone se fijó en los rasgos del compañero de Ashby. Cabello rojizo, nariz fina, estatura media y entre setenta y cinco u ochenta kilos. Iba vestido como todos los demás, con abrigo de lana, bufanda y guantes. Pero algo le decía que aquel era distinto.
Muchos de los turistas se dirigieron hacia el pub Ten Bells y el rumor de una multitud de conversaciones resonó en la quietud de la noche. En la calle, los comerciantes vendían camisetas y tazas conmemorativas de Jack el Destripador. Ashby y el pelirrojo callejeaban y Malone los acechaba a unos diez metros, conun torrente de bulliciosos transeúntes entre ellos. Las luces de los flashes iluminaban la penumbra cuando los integrantes del grupo hacían una foto ante la colorista fachada del pub.
Malone se unió al jolgorio y compró una camiseta a uno de los vendedores.
Ashby estaba preocupado.
– Creí que sería mejor que habláramos esta noche -le dijo Peter Lyon.
– ¿Cómo supo que me encontraría aquí?
– Por la mujer. ¿Es una conocida suya?
Ashby recordó su conversación con Stephanie Nelle. Habían hablado en voz baja y se habían apartado del grupo. No había nadie cerca. ¿Habría oído algo Lyon?
– Tengo muchas conocidas.
Lyon soltó una carcajada.
– Estoy seguro de ello. Las mujeres procuran el mayor de los placeres y el peor de los problemas.
– ¿Cómo ha dado conmigo? -insistió.
– ¿De verdad creía que no descubriría lo que se trae entre manos?
A Ashby empezaron a temblarle las piernas, y no a causa del frío. Con un gesto, Lyon le indicó que echaran a andar y se alejaran del pub para ir a un lugar más oscuro donde hubiera menos gente. Ashby caminaba con inquietud, pero se dio cuenta de que Lyon no haría nada con tantos testigos. ¿O sí?
– Tengo constancia de sus contactos con los estadounidenses desde el primer momento -le dijo Lyon con voz grave y controlada-. Es curioso que se crea usted tan listo.
Era absurdo mentir.
– No tenía elección.
Lyon se encogió de hombros.
– Todos la tenemos, pero eso me da igual. Quiero su dinero y usted quiere un servicio. Imagino que eso sigue en pie.
– Más que nunca.
Lyon lo señaló con el dedo.
– Entonces le costará el triple de mis honorarios iniciales. El primer cien por cien es por su traición. El segundo por el embrollo en el que me ha metido.
Ashby no estaba en posición de discutir. Además, estaba utilizando dinero del club de todos modos.
– Podré arreglarlo.
– Ella le entregó un libro. ¿Qué es?
– ¿Eso es parte del nuevo trato? ¿Quiere conocer todos mis negocios?
– Debería usted saber, lord Ashby, que me ha costado resistir la tentación de meterle una bala entre los ojos. Detesto a los hombres sin carácter y usted, señor, no tiene ninguno.
Era una actitud interesante para tratarse de un asesino de masas, pero Ashby se guardó su opinión para él.
– Si no fuera por su dinero… -Lyon hizo una pausa-. Le aconsejo que no siga poniendo a prueba mi paciencia.
Ashby aceptó el consejo y respondió la pregunta.
– Es un proyecto en el que he estado trabajando. Un tesoro perdido. Los estadounidenses me confiscaron una pista vital para que obedeciese. Ella me lo ha devuelto.
– ¿Un tesoro? Me dijeron que en su día fue usted un ávido coleccionista, que robaba objetos ya robados y se los quedaba. Es usted bastante listo, pero la policía le paró los pies.
– Temporalmente.
Lyon se echó a reír.
– De acuerdo, lord Ashby, céntrese usted en su tesoro. Pero transfiérame el dinero al amanecer. Lo comprobaré antes de que ocurra lo que usted y yo sabemos.