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El Monje Desaparecido

Электронная книга - «El Monje Desaparecido». Краткое содержание книги:

La abadía de Imleach, al suroeste del reino irlandés de Muman, se está convirtiendo en un serio rival de Armagh como centro de la fe, gracias sobre todo a las reliquias que conserva. Por ello, las sospechas se dirigen sólo en una dirección cuando se producen simultáneamente dos enigmáticas desapariciones que tal vez estén vinculadas: por un lado, el monje más veterano de la abadía parece haber sido raptado, pero, por si fuera poco, las preciadas reliquias, de gran valor simbólico tanto religioso como político, han sido robadas, lo cual puede tener consecuencias muy indeseables.
Se trata sin duda de una investigación muy delicada, pues un error en la identificación de los culpables puede ser desastrosa, y además nadie consigue hallar la más mínima pista. Hasta que llegan a la abadía sor Fidelma y su inseparable Eadulf.
Paso a paso, con cautela, Fidelma va descubriendo una de las más siniestras conspiraciones con la que jamás se ha enfrentado, en la que intervienen hombres que parecen no detenerse ante nada, ni siquiera ante el asesinato más despiadado, para alcanzar sus objetivos. Sin duda, la novela más terrorífica y emocionante (de momento) de una serie espléndida.
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Fidelma se sentó en el jergón junto al hombre. No parecía demasiado sorprendida por la aparición del orondo religioso que, según todos los indicios, había sido visto por última vez, muerto, en la botica del hermano Conchobar en Cashel.

– ¿Son muy graves las heridas, hermano Mochta? -se interesó.

– Siguen doliendo, pero me han dicho que se curarán -respondió el hombre.

– Se lo ha dicho el hermano Bardán, ¿no es cierto?

El hermano hizo una mueca afirmativa.

Eadulf no podía apartar la vista de aquel hombre, cuyos rasgos no se diferenciaban en nada del asesino muerto, salvo en algo que no era capaz de discernir. El hombre que tenía delante todavía llevaba la tonsura irlandesa de san Juan, con la cabeza afeitada a partir de una línea que iba de oreja a oreja. Pero había otra diferencia indiscernible.

– Imagino que el hermano Bardán os ha tratado las heridas mientras estabais aquí, ¿me equivoco? No confiabais en nadie.

– Es difícil confiar en nadie, sobre todo cuando te traiciona alguien a quien has conocido toda la vida; alguien que es de tu propia carne, de tu propia sangre y junto a quien has crecido. Cuando un familiar te traiciona, ¿cómo volver a confiar en alguien?

Con una seña, Fidelma indicó a Eadulf que tomara asiento. Así lo hizo, aunque reacio, pues no podía apartar la vista del corpulento monje.

– Os referís a vuestro hermano gemelo, claro -quiso aclarar Fidelma.

– Por supuesto.

Eadulf no pudo ocultar la expresión de sorpresa.

– ¿Su hermano gemelo? -repitió como un estúpido.

El hermano Mochta movió la cabeza asintiendo con pesar.

– ¡Mi hermano gemelo! Conmigo, no hace falta andarse con rodeos, hermana. El hermano Bardán me dijo de qué modo murió en Cashel. Así es, era mi hermano gemelo, Baoill.

– Había empezado a sospecharlo -dijo Fidelma con escasa satisfacción en la voz-. Una persona no puede estar en dos sitios distintos a la vez, ni llevar dos tonsuras tan características. La respuesta a esa incongruencia sólo podía ser que fuerais dos personas distintas. ¿Cómo es posible que dos personas puedan parecerse tanto? La única explicación es que estén emparentados, que sean hermanos. Y, aun así, sólo puede darse el caso si son gemelos.

El hermano Mochta asintió con aire algo taciturno.

– Gemelos idénticos -corroboró-. ¿Cómo me habéis encontrado aquí? Supongo que Bardán os ha dicho dónde estaba. Hablamos de esto ayer, después del ataque. Empezaba a estar convencido de que podíamos confiar en vos. Aconteció que os vio en buenos términos con ese abogado de los Uí Fidgente, Solam, que ha mostrado interés por saber mi paradero.

– ¿Por eso Bardán identificó unos restos humanos como los vuestros? -preguntó Fidelma.

– La idea no me hacía ni pizca de gracia, pero a Bardán le pareció que era la única manera de impedir que Solam me siguiera buscando, y que nos daría tiempo para pensar en qué era lo mejor que podíamos hacer.

– Tal vez lo mejor sea que nos contéis con vuestras propias palabras qué sucedió para dejaros en estas condiciones -lo invitó Fidelma.

El hermano Mochta la miró, pensativo, un momento.

– ¿Puedo confiar en vos?

– No puedo responderos a esa pregunta -respondió Fidelma-. Sólo puedo deciros que soy hermana de Colgú y que debo lealtad a Muman. Que soy dálaigh e hice juramento para respetar y hacer cumplir la ley por encima de todas las cosas. Si eso no os basta para confiar en mí, no puedo añadir nada más.

El hermano Mochta guardó silencio un momento, apretando los labios, como si estuviera ante un dilema.

– ¿Cuánto sabéis acerca de lo ocurrido?

Fidelma se encogió de hombros.

– Bastante poco. Sé que fingisteis vuestra propia desaparición y que os llevasteis casi todas las Santas Reliquias. Imagino que vuestro hermano se las arregló para robaros una, el crucifijo de Ailbe, y al tratar de impedírselo probablemente os lastimasteis. Al no confiar en nadie, os ocultasteis aquí, y el hermano Bardán os ha ido suministrando alimento y medicinas. Por cierto, ¿dónde está?

El hermano Mochta parecía confuso.

– ¿El hermano Bardán? No le he visto desde anoche. ¿Acaso no os ha enviado él?

Fidelma entornó los ojos, inclinándose hacia delante. Con cierta tensión, preguntó:

– ¿Decís con esto que no ha estado aquí en toda la mañana?

El monje herido movió la cabeza.

– Espero su llegada de un momento a otro, ya que anoche decidimos que lo más recomendable era buscar protección, sobre todo tras el ataque.

– ¿Qué clase de protección?

– Bardán decidió acudir al príncipe de Cnoc Áine y contárselo todo. Sabemos que Finguine es amigo de la abadía y leal a su primo, el rey. Acordamos exponerle los hechos, y entonces él podría tomar la decisión de decíroslo o no. Al veros llegar, he pensado que Finguine o Bardán os habían enviado… -vaciló, pues estaba desconcertado-. ¿Cómo me habéis encontrado? -insistió.

– Con suerte -murmuró Eadulf, que todavía estaba estupefacto por todo lo acontecido.

– ¿Por qué no confiasteis en mí y me dijisteis que estabais a salvo en cuanto llegué a la abadía? -quiso saber Fidelma, molesta porque se hubiera perdido tanto tiempo con el subterfugio.

El hermano Mochta la miró con una sonrisa forzada, que reflejó cierto dolor, de modo que relajó la pierna izquierda para notar la presión de la herida.

– No sabíamos si podíamos confiar en vos, hermana. No sabíamos distinguir a los amigos de los enemigos.

– Yo soy la hermana del rey de Cashel -repitió Fidelma.

– Pero también una hermana que ha pasado mucho tiempo fuera del reino y…

El hermano Mochta le lanzó una mirada a Eadulf.

– … además siempre vais en compañía de un clérigo de la orden católica.

– ¿Acaso es ello un factor descalificativo en este país? -se indignó Eadulf, enrojeciendo de furia.

– Es un hecho que quienes abogan por la doctrina de Roma no siempre simpatizan con quienes seguimos la forma de hacer de nuestros padres…

– ¿De verdad que vos o el hermano Bardán sospecháis que podría traicionar a mi hermano y a este reino? -interrumpió Fidelma.

– La sangre no consolida la unión -respondió Mochta con serenidad-. Lo he aprendido de la peor forma posible.

– Quizá tengáis razón. ¿Por qué no desconfiar del abad Ségdae, que habría sido el apoyo más normal a quien acudir en un momento de crisis?

– El padre abad es un hombre honorable -dijo Mochta-. No habría aprobado mi plan de ocultar las Santas Reliquias. Él las habría mantenido en la capilla, porque cree que allí están a buen recaudo. Y luego, ¿qué? Eso casi sería una invitación para atacar la abadía. ¿Por qué creéis que los atacantes no fueron directamente a la abadía? Porque se enteraron de que las Santas Reliquias no estaban allí.

– ¿Sabéis quiénes eran los atacantes? -exigió Fidelma.

– Tengo una idea.

– Muy bien. Escuchemos vuestra historia desde el principio -lo invitó Fidelma-. Vuestro hermano Baoill formaba parte de una conspiración para derrocar la Casa Real de Cashel. ¿Cómo llegó a ocurrir?

– Mejor será que empiece por el principio. Nací en el territorio de Clan Brasil…

– Eso ya lo sabemos -lo interrumpió Eadulf, lo cual le valió un gesto de irritación por parte de Fidelma.

– Proseguid, Mochta -le exhortó Fidelma.

– Por tanto, soy del norte. Como bien sabéis, mi hermano y yo éramos gemelos idénticos. Éramos tan parecidos, que nadie era capaz de reconocernos; a veces, ni siquiera nuestra propia madre. Crecimos como dos jóvenes rebeldes e intrépidos. Cuando se aproximó la edad de elegir, nuestro padre, un hombre distraído, pidió a un tatuador ambulante que nos grabara un emblema en el brazo de manera que pudiera distinguirnos. Nosotros sobornamos al tatuador para que dibujara exactamente el mismo emblema en ambos brazos, un ave de presa…

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