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El Monje Desaparecido

Электронная книга - «El Monje Desaparecido». Краткое содержание книги:

La abadía de Imleach, al suroeste del reino irlandés de Muman, se está convirtiendo en un serio rival de Armagh como centro de la fe, gracias sobre todo a las reliquias que conserva. Por ello, las sospechas se dirigen sólo en una dirección cuando se producen simultáneamente dos enigmáticas desapariciones que tal vez estén vinculadas: por un lado, el monje más veterano de la abadía parece haber sido raptado, pero, por si fuera poco, las preciadas reliquias, de gran valor simbólico tanto religioso como político, han sido robadas, lo cual puede tener consecuencias muy indeseables.
Se trata sin duda de una investigación muy delicada, pues un error en la identificación de los culpables puede ser desastrosa, y además nadie consigue hallar la más mínima pista. Hasta que llegan a la abadía sor Fidelma y su inseparable Eadulf.
Paso a paso, con cautela, Fidelma va descubriendo una de las más siniestras conspiraciones con la que jamás se ha enfrentado, en la que intervienen hombres que parecen no detenerse ante nada, ni siquiera ante el asesinato más despiadado, para alcanzar sus objetivos. Sin duda, la novela más terrorífica y emocionante (de momento) de una serie espléndida.
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– ¿Y qué ocurrió luego?

– A la noche siguiente, a la hora acordada, fui a la capilla y, sin que nadie me viera, saqué el relicario. Me disponía a llevarlo al lugar de encuentro, cuando algo me detuvo. Quizás había empezado a desconfiar de él, así que decidí llevarme sólo el crucifijo de Ailbe como muestra, pues en el dorso hay una fecha grabada. Saqué el crucifijo del relicario y lo llevé a la puerta del huerto. Fuera estaba mi hermano con el arquero… ¡Dios perdone a Baoill! Me arrebató el crucifijo y me exigió que le dijera dónde estaban el resto de las Reliquias. Al ver que no las llevaba conmigo, perdió los estribos. Me asestó tal golpe, que caí contra la puerta produciéndome una herida sangrienta.

– Eso explica la sangre seca de la jamba -dijo Eadulf.

– Fue entonces cuando me di cuenta de que mi hermano había pretendido robar las Reliquias desde el principio.

– ¿Creéis que fue idea suya o que alguien lo indujo a hacerlo? -preguntó Fidelma-. ¿Ultán de Armagh, por ejemplo? Todo apunta a que el propósito es desacreditar a Ailbe e Imleach.

– Sólo sé que mi vida pendía de un hilo. Creo que, de haber podido, mi hermano me habría matado. Entonces apareció el hermano Bardán, que había salido a recoger hierbas. Al ver el ataque, intervino sirviéndose de un bastón para rechazar a mi hermano y el arquero. Mientras Bardán se afanaba en asegurar la puerta, mi hermano amenazó con que otros vendrían a tomar lo que yo no había querido darle.

– En tal caso, no hay duda de que vuestro hermano Baoill y el arquero no actuaban por cuenta propia.

El hermano Mochta inclinó la cabeza dándole la razón.

– En eso estáis en lo cierto. Yo estaba demasiado impresionado para sopesar las circunstancias. Bardán me acompañó a mi aposento y le conté lo que sabía de la historia. Me dijo que comunicara sin demora al abad Ségdae que habían robado el crucifijo. No pude hacerlo, pues quería dar tiempo a Baoill para que reflexionara sobre el delito y devolviera la cruz. Me negaba a creer que mi hermano se hubiera convertido en un ser tan perverso.

– Y no la devolvió, claro está -apuntó Eadulf.

– Pasaron unos días y no regresó a devolverla. Por tanto, decidí ir en su busca.

– Solicité al hermano Bardán que me acompañara. Fuimos a la posada de Cred. Allí nos encontramos con uno de los carreros del mercader de Cashel mirándome con extrañeza.

– Eso es porque os vio entrar en la posada en días anteriores -murmuró Eadulf.

– Yo no le vi.

– Él os vio a vos.

– Lo cierto es que al salir Cred, le dije que buscaba al arquero y su acompañante.

– Ella dijo que no sabía nada de ningún acompañante…

– Lo cual era verdad -afirmó Fidelma-. Al ser gemelo vuestro, no podía arriesgarse a dejarse ver sin más por el pueblo, dado el parecido con vos. Habría llamado la atención. Se alojaría fuera del pueblo.

– Cred dijo que el arquero se hallaba de caza en las colinas -continuó el hermano Mochta-. Bardán y yo dimos una vuelta por el pueblo por si veíamos al arquero, aunque en balde. Acto seguido regresamos a la abadía. Bardán solía dejar abierta la puerta del huerto, así que resolvimos entrar por allí. A la altura de la hilera de tejos, antes de cruzar el brezal, no muy lejos de la puerta, mi hermano apareció repentinamente. Al parecer nos había estado esperando.

– Le pedí el crucifijo que había robado, pero él pretendía el relicario con todo el contenido. Me amenazó. Al negarme en redondo, se echó a reír diciendo que había querido pedirlo por las buenas, y que no nos gustarían nada los siguientes visitantes que vendrían a Imleach.

– ¿Y entonces?

– Le dije que estaba fuera de sí -continuó el hermano Mochta-. A esto me respondió que gozaba del respaldo de un poderoso príncipe y que era Muman quien estaba fuera de sus casillas al no bajar la cerviz ante lo inevitable. Dijo que habría una sola primacía para los cinco reinos y un único poder gobernante.

Fidelma se animó.

– ¿Lo dijo con estas mismas palabras?

– Sí. Con estas mismas palabras.

– Creo que veo la mano de Mael Dúin, rey de Ailech, en esta conspiración. Los comarbs de Patricio quieren para Armagh lo mismo que los reyes Uí Néill pretenden para su dinastía: que la suprema soberanía de Éireann sea un dominio fuerte y central, como el de los emperadores de Roma. Este misterio empieza a resolverse. Proseguid, Mochta. ¿Qué pasó después?

– Indignados, Bardán y yo dimos media vuelta, dando la espalda a mi hermano y sus disparates. Nos dirigimos campo traviesa hacia la puerta del huerto…

– Ya conocemos el lugar -se adelantó Eadulf.

– A medio camino, oímos un zumbido cruzando el aire y al instante noté un intenso dolor en el hombro -explicó, llevándose la mano a la herida-. Caí de bruces. Luego Bardán me contó que vio al arquero de pie junto a la hilera de tejos, colocando otra flecha en la cuerda del arco. Bardán me agarró y me arrastró como pudo hacia la puerta. Justo al llegar, el arquero lanzó la segunda flecha y me alcanzó en la pierna.

– ¿Nadie más presenció este suceso en toda la abadía?

Mochta movió la cabeza, explicando:

– Ya habéis visto esa zona. Ninguna ventana da al campo, y tampoco es un lugar frecuentado. Bardán me ayudó a entrar, corrió los cerrojos y me ayudó a subir a mi celda. Dado que es boticario, pudo extraer las flechas (que gracias a Dios no habían penetrado mucho) y vendó las heridas.

– Entonces hablamos de cuál sería la mejor posibilidad. Estaba claro que mi hermano y su amigo formaban parte de una conspiración para desacreditar a Muman y a Imleach, pero, ¿por qué? La intención, la desconozco. Para mí, la preocupación más inmediata en ese momento era la amenaza del asalto y el robo de las Reliquias. Me angustiaba la idea de que mataran a los hermanos durante el suceso.

«Pasamos un largo rato hablando de todo esto y al fin acordamos que yo tendría que desaparecer con las Santas Reliquias que quedaban. Bardán se encargaría de que al día siguiente corriera la voz de que tanto yo como las Santas Reliquias habíamos desaparecido sin dejar rastro. Con este recurso, esperábamos disuadir un posible ataque o intento de robarlas a la abadía y, en consecuencia, la comunidad quedaría a salvo de cualquier daño posible.

»Nadie me vio regresar maltrecho a la abadía. Vendadas las heridas, asistiría a vísperas para dejarme ver. A continuación regresaría a mi aposento. Ello resultó ser una experiencia desagradable, pues al tener vendadas las heridas me dolían más. Lo pasé bastante mal. Sin embargo, cuando acabó la misa, regresé a mi aposento.

»Lo preparamos todo para que Bardán se llevara el relicario de la capilla y me lo trajera. Desordenamos mi aposento sin descuidar ningún detalle, de modo que pareciera que alguien se me había llevado a la fuerza. Nos llevamos unas cuantas cosas. Dejé que una de las flechas que me habían lanzado quedara a la vista, esperando facilitar así un indicio sobre el atacante.

– Y la vimos -observó Eadulf.

– Entonces Bardán me condujo a este lugar. Al ser de esta región, él conocía la cueva y sabía que no suele utilizarse. Pensó que podría ocultarme aquí hasta que mi hermano y el arquero fueran descubiertos. Al día siguiente, vos llegasteis a la abadía con la nueva de que mi hermano y su compañero habían muerto en un intento de asesinar a Colgú y al príncipe de los Uí Fidgente. Bardán dijo que los hechos no eran tan simples como parecían, ya que no llegaron a confesar quién estaba detrás de la conspiración. Aquello significaba que debíamos ponderar el siguiente paso, que debíamos decidir en quién podíamos confiar.

Fidelma dio un hondo suspiro.

– Desearía que hubierais confiado antes en mí.

– Poco habría servido para impedir el ataque a la abadía -señaló el hermano Bardán.

– ¿Quiénes decís que eran los atacantes? ¿Guerreros del rey de Ailech que secundan el plan de Armagh para ejercer el control en la región? -inquirió Eadulf.

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