El Monje Desaparecido
- Автор: Тримейн Питер
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El Monje Desaparecido». Краткое содержание книги:
Se trata sin duda de una investigación muy delicada, pues un error en la identificación de los culpables puede ser desastrosa, y además nadie consigue hallar la más mínima pista. Hasta que llegan a la abadía sor Fidelma y su inseparable Eadulf.
Paso a paso, con cautela, Fidelma va descubriendo una de las más siniestras conspiraciones con la que jamás se ha enfrentado, en la que intervienen hombres que parecen no detenerse ante nada, ni siquiera ante el asesinato más despiadado, para alcanzar sus objetivos. Sin duda, la novela más terrorífica y emocionante (de momento) de una serie espléndida.
Tomó las alforjas y se dirigió a las cuadras.
Como de costumbre, el hermano Tomar andaba atareado dando de comer a los caballos.
– ¿Nos dejáis ya? -le preguntó en cuanto vio las alforjas.
Fidelma se quejó para sí.
– Una temporada -respondió con simpatía-. ¿Podríais ayudarme a ensillar los caballos? El mío y el del hermano sajón.
El hermano Tomar apartó la vista del morral y la miró con la cabeza inclinada.
– ¿El caballo del hermano sajón también?
– Sí. Mientras vos ensilláis el caballo del hermano Eadulf, yo iré preparando el mío.
– ¿Entonces os vais los dos?
– Sí -respondió Fidelma con paciencia.
– ¿Se ha resuelto ya el misterio de la desaparición del hermano Mochta?
– Sabremos más al respecto cuando los brehons se reúnan en Cashel dentro de unos días -explicó Fidelma a la vez que pasaba la brida sobre la cabeza de la yegua.
Ajustó las correas y colocó luego la alforja sobre el lomo de la paciente bestia.
Sin muchas ganas, Tomar empezó a colocar la brida al alazán de Eadulf.
– He oído que el abogado Uí Fidgente ya ha regresado a Cashel.
Fidelma no quería mostrar mucho interés, pero el comentario le llamó la atención. De modo que por eso no había visto a Solam aquella mañana.
– ¿De verdad? Creía que pretendía hacer más indagaciones en Imleach antes de volver a Cashel.
El hermano Tomar soltó una risilla sarcástica.
– Mucho le costaría con la antipatía que se han ganado los Uí Fidgente. Ha tenido que requerir protección del príncipe de Cnoc Áine hasta para cruzar la región. Lo acabo de ver partir a caballo en compañía de Finguine hace tan sólo una hora.
– ¿Os referís con ello a que Finguine ha escoltado personalmente a Solam de camino a Cashel?
El hermano Tomar volvía a reírse.
– Si hubiera ido solo, dudo que hubiera llegado al Pozo de Ara. De hecho, creo que Finguine sospecha que Solam sufrirá un asalto en su camino hacia Cashel.
Fidelma se volvió al establero, dedicándole así toda su atención.
– ¿Por qué lo decís? -le preguntó.
– Porque al marcharse, aunque han dicho que se iban a Cashel, han tomado la ruta del norte, cuando la que lleva a Cashel discurre en dirección este. Imagino que Finguine habrá llevado a Solam por una ruta circular para sortear el camino principal hacia el Pozo de Ara y Cashel.
Fidelma inclinó la cabeza en actitud pensativa y siguió preparando a la yegua.
– ¿Estáis seguro de que han dicho que se dirigían a Cashel?
El hermano Tomar la miró con una sonrisilla de indulgencia y le aclaró:
– Solam en persona me ha dicho que se dirigía a Cashel.
Fidelma no comentó nada más. Lo que Solam había dicho al hermano Tomar no podía ser la verdad. Lo que no alcanzaba a comprender era por qué razón Finguine le había acompañado en persona, cuando podría haber encomendado esa labor a algunos de sus guerreros, si es que sólo se trataba de proteger al Uí Fidgente en su recorrido por territorio de Cnoc Ame.
Fidelma acabó de ensillar el caballo en silencio. Se aseguró de que las alforjas estuviesen bien atadas y de que el bastón de su compañero estuviera bien sujeto a la montura. El hermano Tomar guió al caballo de Eadulf fuera de la cuadra.
– ¿Dónde está el sajón? -preguntó, mirando en derredor.
– Me encontraré con él en el pueblo -mintió Fidelma sin más, justificándose al recordar el proverbio mínima de malis, «maldades, las menos», pues no tenía más remedio que elegir la alternativa menos deseable; la más deseable era no permitir que el hermano Tomar sospechara de sus intenciones.
Antes de subirse a la yegua y tomar las riendas del potro de Eadulf, prefirió tirar de ella. Se despidió del hermano Tomar, que permaneció de pie, observándola a la puerta de las cuadras. Fidelma condujo a los caballos a través del patio y la entrada de la abadía, agradeciendo que sólo el inquisitivo hermano Tomar estuviera allí para verla partir. Cuando dejó la abadía, cruzó la plaza al galope en dirección al pueblo. Un grupo de vecinos y guerreros de Finguine seguían limpiando los escombros del ataque
Al acercarse al pueblo moderó el trote, hizo pasar a los caballos por la forja del herrero y luego les hizo girar en un callejón lateral, al abrigo de miradas curiosas. Vio a Nion, el bó-aire, y a su ayudante Suibne trabajando entre las ruinas de la forja. Nion levantó la cabeza para seguirla con la vista, pero ella fingió no haber advertido su presencia. No le gustó nada la forma en que la miró. De soslayo vio cómo le decía algo al oído al ayudante y se marchaba a todo correr. Fidelma torció sin dilación a la calle principal en dirección a la asolada estructura de la posada de Cred, antes de entrar en una callejuela lateral, entre los edificios, encaminándose entonces hacia los campos que rodeaban la población. Eligió a conciencia aquella ruta para eludir miradas curiosas.
Primero cabalgó siguiendo una dirección que la alejaba del límite del pueblo, en sentido contrario al de la colina del Hito, donde debía encontrarse con Eadulf y Mochta. De este modo, si alguien la observaba desde el pueblo o la abadía, creerían -o eso pensaba ella- que seguiría aquella ruta. Había pradera de sobra entre el pueblo y el bosque lindante, a través de la cual pretendía cabalgar hasta alcanzar los árboles; una vez allí corregiría el rumbo describiendo un semicírculo, dirigiéndose entonces hacia el lugar de encuentro convenido.
De hecho, cuando llegó al socaire del bosque por el sendero, empujó suavemente al caballo para que volviera al galope, con el potro de Eadulf pacientemente a la zaga. No estaba segura de si alguien la había visto. Tardó unos diez minutos en reducir el paso. Sólo entonces osó mirar atrás. Entre los árboles y arbustos aún se veía el límite del pueblo. Desde aquella distancia, el pueblo, y la abadía al fondo, parecían desiertos. No había signo alguno de actividad. Fidelma dejó escapar un suspiro de alivio. A partir de allí, el camino habría de ser fácil.
Siguió adelante por la senda y cambió el rumbo, haciendo un giro para proseguir en el semicírculo que tenía en mente y que la llevaría hasta la colina del Hito. El bosque era frío y húmedo. Se preguntó si los lobos tendrían allí sus guaridas y sintió un leve escalofrío. Prefería no recordar el peligro que afrontaron aquella noche.
Notaba la permanente actividad que bullía entre la espesura. Era el constante ajetreo de sus moradores, desde el sigiloso paso de los pequeños mamíferos al chasquido de ramas que indicaba la presencia de un ciervo. A esto se sumaba la algarabía de las aves ponederas en la parte más alta de las copas.
Se desplazó lo más deprisa que permitían las ramas, cruzando un arroyuelo aquí y allá, antes de llegar a la estrecha franja de un prado. Estaba a punto de alcanzar aquel sitio y salir del bosque, cuando oyó un ruido que se superponía a los de la floresta. Era ruido de cascos. De cascos herrados. Y eran veloces. Sin perder tiempo desvió a los caballos del sendero boscaje adentro, buscando una zona frondosa para ocultarse. Cerca había una espesura de matorrales que le serviría, de modo que desmontó, tomó a los dos caballos por las riendas y los dejó bien amarrados junto a una rama. Acto seguido, se acercó al sendero agachándose.
Por un lado del bosque apareció una media docena de jinetes, que se detuvo cerca del acceso al sendero.
Al reconocer a los jinetes que iban en cabeza, no dio crédito a sus ojos.
Uno era el dálaigh de los Uí Fidgente, Solam, y el otro era su primo, Finguine, el príncipe de Cnoc Ame. Sin asomo de duda, los otros cuatro eran guerreros de Finguine.