Desaparecida [Long Lost-es]
- Автор: Кобен Харлан
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Desaparecida [Long Lost-es]». Краткое содержание книги:
Rick, el ex marido de Collins y periodista estrella de la CNN, ha aparecido asesinado en París. Ella es la única sospechosa. La prueba preliminar de ADN, sin embargo, señala a otra: su hija. ¿Pero no murió hace más de diez años? Bolitar nunca habría imaginado todo lo que ocultaba Terese Collins: un íntimo secreto que sólo devastará a los dos, sino que podría cambiar el mundo. Un secreto en el que se cruza el periodismo y la Interpol, incluso el Mossad.
– Sí.
– Encontré a otras personas que también lo hicieron. Visité sus páginas en Facebook. Uno de ellos tiene toda una galería de fotos de los asistentes. Te envío una. Es una foto del grupo. El doctor Jiménez está de pie en el extremo derecho.
– Vale, espero a que cortes.
Colgué y el Blackberry comenzó a zumbar. Abrí el e-mail de Esperanza y cliqué en el adjunto. La foto se cargó poco a poco. Berleand miró por encima de mi hombro.
Taylor y Erickson llegaron a la puerta principal. Taylor tocó el timbre. Un adolescente rubio abrió la puerta. No estaba lo bastante cerca como para oírlos. Taylor dijo algo. El chico respondió.
La foto se cargó en mi Blackberry. La pantalla era muy pequeña, y también lo eran los rostros. Apreté la opción de zoom, moví el cursor a la derecha y otra vez el zoom. La figura se amplió, pero entonces era borrosa. Apreté el enfoque. Apareció un reloj de arena mientras se enfocaba la foto.
Miré de nuevo la puerta principal de la casa victoriana. Taylor se adelantó, como si quisiese entrar. El chico rubio levantó la mano. Taylor miró a Erickson. Vi la sorpresa en su rostro. Ahora oía a Erickson. Sonaba furioso. El adolescente parecía asustado. Aproveché la espera para acercarme.
La foto quedó enfocada. La miré, vi el rostro del doctor Jiménez, y casi dejé caer el teléfono. Fue una conmoción, sin embargo, al recordar lo que Jones me había dicho, las cosas comenzaron a encajar de una manera fulminante.
El doctor Jiménez -muy astuto al utilizar un nombre español y la probable identidad de un hombre moreno-, era Mohammad Matar.
Antes de poder procesar lo que eso significaba, el adolescente gritó:
– ¡No pueden entrar!
– Apártate -dijo Erickson.
– ¡No!
A Erickson no le gustó la respuesta. Levantó los brazos como si se dispusiese a apartar al adolescente rubio a un lado. El adolescente de pronto sacó una navaja. Antes de que nadie pudiese moverse, la levantó y la clavó en el pecho de Erickson.
Oh no-Guardé el móvil en mi bolsillo y eché a correr hacia la puerta. Un súbito ruido me detuvo en seco.
Disparos.
Habían alcanzado a Erickson. Se giró con la navaja todavía en el pecho y se desplomó. Taylor echó mano a la pistola, pero no tuvo ninguna oportunidad. Más disparos rompieron el silencio de la noche. El cuerpo de Taylor se sacudió una vez, dos, y luego cayó hecho un ovillo.
Oí de nuevo los motores, un coche que subía por el camino, y otro que se acercaba por detrás de la casa. Busqué a Berleand. Corría hacia mí.
– ¡Corra hacia el bosque! -grité.
Los neumáticos chirriaron con la brutal frenada. Otra ráfaga.
Corrí hacia los árboles y la oscuridad, lejos de la casa y el camino privado. El bosque, pensé. Si conseguíamos llegar al bosque, podríamos escondernos. Un coche cruzó el terreno a gran velocidad; sus faros nos buscaban. Disparaban al azar. No miré atrás para saber de dónde venían. Encontré una roca y me oculté detrás. Me volví y vi a Berleand todavía a la vista.
Más disparos. Berleand cayó.
Me levanté de detrás de la roca, pero Berleand estaba muy lejos. Dos hombres se le echaron encima. Otros tres saltaron de un jeep, todos armados. Corrieron hacia Berleand, al tiempo que disparaban ciegamente al bosque. Una bala impactó en un árbol justo detrás de mí. Me agaché cuando otra descarga pasó por encima de mi cabeza.
Por un momento no se escuchó nada. Luego:
– ¡Salga ahora!
La voz del hombre tenía un fuerte acento de Oriente Medio. Espié, agachado. Estaba oscuro, la noche caía por momentos, pero veía al menos que dos de los hombres tenían el pelo oscuro, la piel morena y barba. Varios llevaban pañuelos verdes alrededor del cuello, de aquellos que utilizas para taparte el rostro en un atraco. Se gritaban los unos a los otros en un lenguaje que no comprendía, pero que supuse debía de ser árabe.
¿Qué demonios estaba pasando?
– Salga o le haremos daño a su amigo.
El hombre que lo dijo parecía ser el jefe. Dio órdenes y señaló a izquierda y derecha. Dos hombres comenzaron a moverse hacia mí. Otro volvió al coche y utilizó los faros para alumbrar el bosque. Permanecí agachado, con la mejilla contra el suelo. El corazón latía con fuerza en mi pecho.
No había traído ningún arma. Qué estúpido. Tan rematadamente estúpido.
Metí la mano en el bolsillo e intenté coger el móvil.
– ¡Última oportunidad! -avisó el jefe a voz en cuello-. Comenzaré por dispararle a las rodillas.
– ¡No le escuche! -gritó Berleand.
Mis dedos encontraron el teléfono en el momento en que se escuchaba una única detonación en el aire nocturno.
Berleand soltó un alarido.
– ¡Salga ahora! -repitió el jefe.
Apreté la tecla correspondiente a la llamada rápida de Win. Berleand gemía. Cerré los ojos con el deseo de que desaparecieran los gemidos. Necesitaba pensar.
Entonces se oyó la voz de Berleand entre sollozos.
– ¡No le escuche!
– ¡La otra rodilla!
Otro disparo.
Berleand soltó un alarido de agonía. El sonido me atravesó como una puñalada, destrozó mis entrañas. Tenía claro que no podía mostrarme. Si descubrían mi posición, ambos acabaríamos muertos. Win ya tendría que haber oído lo que estaba pasando. Llamaría a Jones y a las fuerzas del orden. No tardarían mucho.
Oía el llanto de Berleand.
Entonces de nuevo, esta vez más débil, la voz de Berleand:
– ¡No… le… escuche!
Oí el movimiento de los hombres en el bosque, no muy lejos. No tenía alternativa. Tenía que moverme. Miré la mansión victoriana a mi derecha. Mis dedos se cerraron alrededor de una piedra bastante grande mientras algo que se parecía a un plan comenzaba a formarse en mi cabeza.
– Tengo una navaja. Ahora voy a arrancarle los ojos -gritó el jefe.
Vi un movimiento en la casa. A través de la ventana. No tenía mucho tiempo. Me levanté con las rodillas dobladas dispuesto para entrar en acción.
Lancé la piedra todo lo fuerte que pude en la dirección opuesta a la casa. La piedra golpeó contra un árbol con un sonido hueco.
El jefe volvió la cabeza hacia el sonido. Los hombres que se movían entre los árboles también fueron en aquella dirección, disparando las armas. El jeep se desvió para ir hacia donde la piedra había caído.
Al menos, eso era lo que esperaba que ocurriese.
No esperé a saberlo. Tan pronto como la piedra dejó mi mano, eché a correr entre los árboles hacia el costado de la casa. Me estaba alejando de los gritos de Berleand y de los hombres que intentaban matarme. Ahora estaba más oscuro, era casi imposible ver, pero no dejé que eso me detuviese. Las ramas azotaron mi rostro. No me importó. Solo disponía de segundos. El tiempo era lo único que importaba, pero me parecía que tardaba una eternidad en acercarme al edificio.
Sin interrumpir la carrera, cogí otra piedra.
– ¡Ahora voy a arrancarle un ojo! -avisó el jefe.
Oí el grito de Berleand: ¡No!, y al instante los alaridos.
Se había acabado el tiempo.
Todavía corriendo, utilicé el impulso para lanzar la piedra hacia la casa. La lancé con todas mis fuerzas, hasta tal punto que casi me disloqué el hombro. A través de la oscuridad vi moverse la piedra en un arco ascendente. En el lado derecho de la casa -el lado donde me encontraba- había una ventana grande. Seguí la trayectoria de la piedra, convencido de que se iba a quedar corta.
No fue así.
La piedra golpeó la ventana de lleno y el cristal saltó hecho añicos. Se desató el pánico. Eso era lo que buscaba. Volví hacia el bosque mientras los hombres armados corrían hacia la casa. Vi a dos adolescentes rubios -un chico y una chica- que corrían hacia la ventana rota desde el interior. Una parte de mí se preguntó si la chica sería Carrie, pero no había tiempo para un segundo vistazo. Los hombres gritaron algo en árabe. No vi lo que sucedió después. Yo estaba dando la vuelta, todo lo rápido que podía, dispuesto a aprovechar la distracción para situarme detrás del jefe.