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Desaparecida [Long Lost-es]

Электронная книга - «Desaparecida [Long Lost-es]». Краткое содержание книги:

Myron Bolitar no es uno más. Es la única esperanza de Terese Collins. Hace ocho años ambos huyeron a una isla caribeña para dedicarse a amarse. Pero ella desapareció sin dejar ni el más mínimo rastro, incluso para alguien tan avieso como Bolitar. Hasta que sonó el teléfono a las cinco de la mañana. Sólo dijo: «Ven a Parísۛ», dejando el aroma de un encuentro romántico, sensual, lleno de fantasías, con el que recuperar el tiempo perdido. Pero Bolitar ya presagiaba que Terese había pronunciado aquellas palabras con otra intención: era un grito de socorro.
Rick, el ex marido de Collins y periodista estrella de la CNN, ha aparecido asesinado en París. Ella es la única sospechosa. La prueba preliminar de ADN, sin embargo, señala a otra: su hija. ¿Pero no murió hace más de diez años? Bolitar nunca habría imaginado todo lo que ocultaba Terese Collins: un íntimo secreto que sólo devastará a los dos, sino que podría cambiar el mundo. Un secreto en el que se cruza el periodismo y la Interpol, incluso el Mossad.
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– ¿Myron?

– Sí.

– Antes dijo saber que no le había mentido sobre los resultados de la prueba de ADN.

– Así es.

– ¿Es algo que dedujo porque tengo un rostro digno de confianza y un carisma casi sobrenatural?

– Eso sería un no.

– Entonces, por favor, explíquemelo.

Miré a Terese.

– Necesito que me prometa algo.

– Oh, oh.

– Tengo información que usted considerará valiosa. Usted probablemente tiene información que yo consideraré valiosa.

– Quiere que hagamos un intercambio.

– Como aperitivo.

– Como aperitivo -repitió-. Entonces, antes de que acepte, ¿por qué no me informa del plato principal?

– Formamos un equipo. Trabajamos juntos. Mantenemos a Jones y al resto de la fuerza fuera.

– ¿Qué pasa con mis contactos del Mossad?

– Solo nosotros.

– Comprendo. Oh, espere, no, no lo comprendo.

Terese se acercó más para escuchar lo que él decía.

– Si el plan de Matar continúa en marcha, quiero que nosotros acabemos con él. No ellos.

– ¿Por qué?

– Porque quiero mantener a la muchacha rubia fuera de esto.

Hubo una pausa. Luego Berleand dijo:

– Jones le dijo que había hecho la prueba con los huesos de la tumba de Miriam Collins.

– Me lo dijo.

– Y que correspondían a los de Miriam Collins.

– Lo sé.

– Entonces perdóneme pero no le entiendo. ¿Por qué estaría interesado en proteger a esta probablemente terrorista peligrosa?

– No puedo decírselo a menos que esté de acuerdo en trabajar conmigo.

– ¿Y mantener a Jones fuera?

– Sí.

– ¿Por qué quiere proteger a la muchacha rubia, que es una presunta implicada en los asesinatos de Karen Tower y Mario Contuzzi?

– Como dijo, presunta.

– Por eso tenemos tribunales.

– No quiero verla en uno. Lo comprenderá en cuanto le diga lo que sé.

Berleand guardó silencio.

– ¿Tenemos un trato? -pregunté.

– Hasta cierto punto.

– ¿Qué significa?

– Significa que una vez más está pensando a corto plazo. Solo le preocupa una persona. Lo comprendo. Asumo que me explicará en unos momentos por qué es importante para usted. Pero lo que estamos tratando podría atañer a miles de vidas. Miles de padres, madres, hijos e hijas. La charla que escuché sugiere que hay en marcha algo muy grande, no solo un ataque, sino una serie de ataques a lo largo de varios meses. En realidad no me importa una muchacha, no si lo comparo con los miles que pueden morir.

– Entonces, ¿qué me promete?

– No me dejó acabar. Que no me importe la muchacha tiene una doble cara. No me importa si la atrapan y no me importa si escapa al juicio. Así que, sí, estoy con usted. Intentaremos solucionar esto nosotros mismos; algo que he estado haciendo muy bien solo. Pero si nos vemos superados en número o potencia de fuego, me reservo el derecho de llamar a Jones. Mantendré mi palabra y le ayudaré a proteger a la muchacha. Pero aquí la prioridad es detener a los terroristas antes de que cumplan con su misión. Una vida no vale la de miles.

Pensé en ello.

– ¿Tiene hijos, Berleand?

– No. Pero por favor no me venga con el rollo paterno. Es insultante -hizo una breve pausa y añadió-: Espere, ¿me está diciendo que la muchacha rubia es hija de Terese Collins?

– En cierta manera.

– Explíquese.

– ¿Tenemos un trato?

– Sí, con las reservas que acabo de explicarle. Dígame lo que sabe.

Se lo conté todo, las visitas a Salvar a los Ángeles, a la Official Photography de Albin Laramie, el descubrimiento de las adopciones de los embriones, la llamada «a mamá» que Terese acababa de recibir. Me interrumpió varias veces con sus preguntas. Se las respondí lo mejor que pude. Cuando acabé se lanzó sin más.

– En primer lugar, necesitamos encontrar la identidad de la muchacha. Haremos copias de la foto. Le enviaré una a Lefebvre. Si es norteamericana, quizás estuvo en París en algún programa de intercambio. Podrá mostrarla por ahí.

– Vale.

– ¿Dijo que la llamada llegó al móvil de Terese?

– Si.

– Supongo que el número no apareció en la pantalla.

No se me había ocurrido preguntar. Miré a Terese. Ella asintió.

– Sí -respondí.

– ¿A qué hora?

Miré a Terese. Ella miró en su registro de llamadas y me la dijo.

– Le llamaré de nuevo en cinco minutos -dijo Berleand. Colgó.

– ¿Todo en orden? -preguntó Win, que entraba en ese momento.

– De coña.

– Ya nos hemos encargado de tus padres. También de Esperanza y del despacho.

Asentí. El teléfono sonó de nuevo. Era Berleand.

– Quizás tenga algo.

– Adelante.

– La llamada a Terese se hizo desde un móvil desechable adquirido al contado en Danbury, Connecticut.

– Es una ciudad bastante grande.

– A lo mejor puedo reducirla un poco. Le dije que habíamos escuchado conversaciones que provenían de una posible célula en Pa-terson, Nueva Jersey.

– Así es.

– La mayoría de las comunicaciones van o vienen de ultramar, pero hemos visto algunas que permanecen en Estados Unidos. ¿Sabe que muchos criminales a menudo se comunican por correo electrónico?

– Tiene su lógica.

– Porque es un tanto anónimo. Abren una cuenta con un proveedor gratuito y las utilizan. Lo que muchas personas no saben es que ahora podemos saber dónde se creó la cuenta. No es que ayude mucho. La mayoría de las veces se abren desde un ordenador público, en una biblioteca o un cibercafé, algo por el estilo.

– ¿Y en este caso?

– La conversación mencionaba una dirección creada hace ocho meses en la biblioteca Mark Twain, en Redding, Connecticut, a menos de quince kilómetros de Danbury.

Pensé.

– Es un vínculo.

– Sí. Más que eso, la biblioteca la utilizan muchos estudiantes de la academia Carver. Podríamos tener suerte. Su «Carrie» podría ser una de las estudiantes.

– ¿Puede comprobarlo?

– Ahora me llaman. Redding está a una hora y media de aquí. Podríamos ir hasta allí y mostrar la foto.

– ¿Quiere que conduzca yo?

– Creo que será lo mejor -respondió Berleand.

36

Convencí a Terese para que se quedase por si necesitábamos algo en la ciudad, una tarea bastante difícil. Le prometí que le llamaríamos en el momento en que supiésemos algo. Aceptó a regañadientes. No hacía falta que estuviésemos todos allí y dispersar nuestros recursos. Win permanecería cerca, sobre todo para proteger a Terese, pero ellos podían intentar investigar otros caminos. La clave era, con toda probabilidad, Salvar a los Ángeles. Si podíamos encontrar sus archivos, nos enteraríamos del nombre completo de Carrie y de la dirección, buscar a sus padres adoptivos, de alquiler o como quiera que se llamen, y ver si de esa manera podíamos encontrarla.

En el camino, Berleand me preguntó:

– ¿Alguna vez se ha casado?

– No. ¿Y usted?

– Cuatro veces. -Sonrió.

– Vaya.

– Todos acabaron en divorcio. No lamento ninguno.

– ¿Sus ex esposas dirían lo mismo?

– Lo dudo. Pero ahora somos amigos. No soy bueno reteniendo a las mujeres, solo consiguiéndolas.

Sonreí.

– No me imaginaba que usted fuera de esa clase.

– ¿Porque no soy guapo?

Me encogí de hombros.

– La imagen está sobrevalorada -dijo él-. ¿Sabe qué tengo?

– No me lo diga. Un gran sentido del humor, ¿verdad? Según las revistas femeninas, el sentido del humor es la cualidad más importante en un hombre.

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