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Электронная книга - «Un Año En Truly». Краткое содержание книги:

QUERER… Cuando la bonita peluquera Delaney Shaw regresó a su hogar de la infancia en Truly, Idaho, para asistir a la lectura del testamento de su padrastro, sólo quería una cosa: presentar sus respetos y alejarse lo más rápido posible de allí. Hasta que escuchó algunas de las inesperadas estipulaciones que contenía el documento: como aquella que decía que si quería la herencia tenía que permanecer allí y no tener absolutamente nada que ver con el atractivo Nick Allegrezza… ¡durante todo un año! …NO SIEMPRE ES PODER. Diez años antes, Delaney perdió literalmente la cabeza por Nick y por su Harley, e hizo lo que se espera de toda adolescente enamorada… se dejó llevar. Pero en esa época Nick también era un muchacho con las hormonas revolucionadas que creía en el lema de aprovecha el momento y vive la vida, y Delaney aprendió la lección de la manera más dura posible -para su Príncipe Azul tan sólo había sido una amiguita más. Ahora, Nick sigue tan irresistible como siempre, y en el momento en que se vuelven a encontrar las chispas saltan entre ellos. Va siendo hora de que Delaney decida si Nick es realmente el hombre de su vida.
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– Él debe de estar felicitándose a sí mismo.

– ¿Por qué? Él no quería qué… – Sus ojos se abrieron-. Oh, No, Nick. Me olvidé del testamento. Supongo que tú también te olvidaste.

Él se giró para enfrentarse a ella-. En algunos momentos cruciales, lo hice.

Ella lo miró a los ojos. No parecía contrariado-. No se lo diré a nadie. No quiero esa propiedad. Lo prometo.

– Eso depende de ti-. Él apartó un mechón suelto de su cara y suavemente acarició su oreja con las puntas de los dedos. Luego la tomó de la mano y la condujo al piso superior, hacia su dormitorio.

Mientras caminaban, pensó en el testamento de Henry y las repercusiones de esa noche. Nick no parecía el tipo de hombre que dejaba que nada quedara olvidado momentáneamente, especialmente no su herencia multimillonaria. Tenía que cuidarla tanto como temía que estaba empezando a cuidarlo ella. Arriesgó bastante para estar con ella, mientras ella sólo arriesgó un poco de autoestima. Y realmente, cuando pensaba en eso, no se sentía sucia, ni usada, ni arrepentida. Ni lo iba a hacer por la mañana.

Delaney entró en una habitación con una gruesa alfombra beige y una puertaventana cerrada que conducía a una terraza superior. Había una cama enorme de madera dura con almohadas y cojines a rayas verdes y beige. Las llaves estaban tiradas en el tocador, y un periódico sin abrir en otra parte. No había flores, ni lazos ni encaje a la vista. Ni si quiera en la cabecera. Era la habitación de un hombre. La cornamenta de un alce colgaba encima de la repisa de una chimenea de piedra. La cama estaba deshecha, y un par de Levi’s tirado sobre una silla.

Cuando él colocó sus botellas de cerveza en una mesilla, Delaney puso las manos sobre los botones de su camisa y los desabotonó hasta que la camisa estuvo abierta hasta su cintura-. Es hora de que pueda verte desnudo -dijo, luego deslizó las palmas de las manos sobre su piel caliente. Sus dedos rebuscaron entre el fino vello que formaba una línea oscura subiendo desde su vientre y a través de su pecho. Ella empujó los tirantes y el algodón blanco de sus hombros y los bajó por sus brazos.

Él hizo una bola con la camisa en una mano y la lanzó al suelo. Ella paseó la mirada sobre su piel tensa, su pecho poderoso, y los lisos pezones oscuros rodeados de vello oscuro. Ella tragó y pensó que tal vez debería asegurarse de que no babeaba. La palabra “único” vino a su mente-. Guauu -dijo y presionó su mano contra su estómago plano. Deslizó las manos sobre sus costillas e indagó en sus ojos grises. Él la miraba desde sus párpados entrecerrados mientras ellas le desnudaba hasta los BVDs [54]. Él era bello. Sus piernas eran largas y musculosas. Sus dedos dibujaron el tatuaje que rodeaba sus bíceps. Le tocó el pecho y los hombros, y deslizó sus manos sobre su trasero redondeado. Cuando su exploración se movió hacia el sur, él agarró su muñeca y asumió el control. Lentamente la desnudó, luego la colocó sobre las suaves sábanas de franela. Su piel caliente presionó a lo largo de la suya, y él se tomó tiempo para hacerle el amor.

Su toque era diferente al de antes. Sus manos permanecieron mucho tiempo sobre su cuerpo, seduciéndola con lánguidos y excitantes besos. Jugueteó en sus pechos con su boca caliente y su lengua resbaladiza, y cuando la penetró, sus movimientos fueron lentos y controlados. Mantuvo su cara entre las palmas de sus manos mientras la miraba fijamente, conteniéndose mientras la volvía loca.

Ella se sintió empujada hacia el orgasmo, y sus ojos se cerraron involuntariamente.

– Abre los ojos -dijo él con voz ronca-. Mírame. Quiero que me mires a la cara mientras hago que te corras.

Sus parpados se abrieron y se perdió en su mirada intensa. Algo la molestaba en su petición, pero no tuvo tiempo de pensar en ello antes de que él empujase más duro, más profundo, y entonces subió una pierna alrededor de su cintura y se olvidó de todo menos de los cálidos estremecimientos que trasmitían una presión continua a su cuerpo.

No fue hasta la mañana siguiente, poco antes del amanecer, mientras la besaba despidiéndose en su puerta, que pensó otra vez en ello. Mientras miraba como se iba su coche, recordó la mirada de sus ojos mientras había mantenido su cara entre sus palmas. Era como si la estuviera observando desde fuera, pero al mismo tiempo quisiera que supiera que era Nick Allegrezza el que la abrazaba, la besaba y la conducía de manera salvaje.

Habían hecho el amor en su cama y más tarde en el Jacuzzi, pero ninguna vez había sido como ese apareamiento abrupto y hambriento en el almacén de la ropa cuando la había tocado con una urgencia y una necesidad que no había podido controlar. Nunca se había sentido tan necesitada como cuando la había presionado violentamente contra su pecho en el Lake Shore Hotel. “Tengo que tenerte ahora” había dicho, tan desesperado por ella como ella lo había estado por él. Sus caricias había sido urgentes y ávidas, y ella lo deseaba así más que con caricias lentas y persistentes.

Delaney cerró la puerta de su apartamento detrás de ella y se desabotonó el abrigo. No habían hablado de verse otra vez. Él no había dicho que la telefonearía, y si bien sabía que debía ser con la mejor intención, la desilusión llenó su corazón. Nick era el tipo de tío del que una chica no podía depender para nada más que sexo estupendo, y era mejor no pensar siquiera en cosas como la próxima vez. Mejor, pero imposible.

La elevación del sol mostraba la sombra irregular de los densos pinos cubiertos con nieve. Los rayos plateados se reflejaban en el lago parcialmente congelado frente a la casa de Nick. Estaba parado detrás de la puertaventana en su dormitorio y observaba la luz brillante del amanecer cruzando su terraza, expulsando las sombras oscuras. La nieve centelleaba como si fuese diamantes diminutos, tan intenso que se vio forzado a darse la vuelta. Su mirada recorrió su cama, las sábanas y las almohadas estaban revueltas.

Ahora lo sabía. Ahora sabía lo que era sujetarla y tocarla como siempre había querido. Ahora sabía que eso era como vivir su fantasía más antigua, tener a Delaney en su cama, mirando sus ojos mientras estaba profundamente enterrado en ella. Ella deseándole. Él complaciéndola.

Nick había estado con muchas mujeres. Tal vez más que otros hombres, pero con menos de lo que creían. Había estado con mujeres a las que les gustaba el sexo lento o rápido, variado o estrictamente el misionero. Mujeres que pensaban que él debía hacer todo el trabajo, y otras que había ido demasiado lejos para complacerle. Algunas de esas mujeres eran sus amigas ahora, a otras nunca las había vuelto a ver. La mayoría habían sabido que hacer con sus bocas y sus manos, y había unos cuantos episodios que había olvidado porque estaba totalmente borracho, pero ninguna de ellas le había hecho perder el control. No hasta Delaney.

En cuanto la había metido en aquel almacén, no había podido detenerse. En cuando ella lo había besado como si quisiera devorarlo, con su pierna sobre su cadera y rozándose contra su dureza, nada había tenido importancia más que perderse en su resbaladizo y cálido cuerpo, ni el testamento de Henry, ni la posibilidad de que los descubriera un empleado del hotel. Nada había tenido importancia salvo poseerla. Luego lo hizo y la impresión casi le había puesto de rodillas. Le había sacudido hasta la médula, cambiando todo lo que él pensaba que sabía sobre el sexo. El sexo era algunas veces lento y calmado, otras veces rápido y sudoroso, pero nunca como con Delaney. Nunca se había sentido como en un puño caliente.

Ahora lo sabía, y deseaba no hacerlo. Tenía un nudo en la boca del estómago y le hacía odiarla tanto como quería mantenerla cerca y que nunca lo dejara. Pero ella se iría. Se iría de Truly, dejando el pueblo en su pequeño coche amarillo.

Ahora lo sabía y era un infierno.

Capítulo Quince

Delaney peinó con los dedos el húmedo pelo de Lanna y la miró críticamente en el espejo de la peluquería-. ¿Y si lo cortamos por aquí? -preguntó, moviendo las manos a la altura de sus orejas-. Tienes la línea del mentón lo suficientemente marcada para que te quede bien así de corto. Podría cortártelo por detrás y peinar las puntas hacia fuera.

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[54] Marca de calzoncillos. (N de T)

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