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Nadie Es Inocente

Электронная книга - «Nadie Es Inocente». Краткое содержание книги:

Un sacerdote, que en su juventud estuvo relacionado con la organizaci?n terrorista ETA, desaparece en compa??a de una hermosa mujer tras apoderarse de una importante suma de dinero de su congregaci?n. Para evitar el esc?ndalo se encargar? del caso otro religioso que antes de ordenarse hab?a sido polic?a. El pasado de ambos, reflejo del pasado y presente de una Euskadi que se debate entre la violencia y las ansias de paz, condiciona de tal manera la investigaci?n, que finalmente se convierte en un juego muy peligroso, donde lo importante no es la recuperaci?n del dinero, sino el ajuste de cuentas entre los dos contrincantes. Un ajuste de cuentas que parece personal, pero que en realidad contiene la clave de la violencia que ha sufrido el propio Pa?s Vasco.
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– Es usted muy amable -contestó entre hipidos la anciana- y seguramente tiene razón, un hombre como usted tiene que estar acostumbrado a escuchar las miserias de la gente.

– Así es -contestó lacónico el padre Vázquez.

– La verdad es que esa llamada me ha trastornado mucho, aunque entiendo perfectamente lo que ha pasado. Era el padre Ander, ¿sabe usted? Me ha comunicado muy amablemente que no podrá venir esta tarde y que, bueno, que no podrá venir a verme nunca más. Al parecer lo destinan a las misiones, al África, allí hay mucha pobreza, ¿sabe?, y los pobres negros desconocen las bondades de la palabra de Dios. Es un gran sacerdote el padre Ander, sacrificarse por esos salvajes, aunque también son hijos de Dios, por supuesto, por eso le he dicho que hace bien, que le entiendo, pero me voy a quedar sola, muy sola -finalizó, más hablando para sí que para el padre Vázquez.

– ¿Le ha dado algún recado para mí?

– ¿Para usted? Ah, sí, perdone, soy una egoísta, sólo pienso en mí y me olvido de los demás, lo siento. Sí, me ha preguntado por usted y al decirle que estaba aquí, haciéndome compañía, me ha dicho que se verán pronto, muy pronto, que el cáliz está a punto de consumarse, ¿o ha dicho consumirse? La verdad es que no soy muy culta y hay muchas cosas que no entiendo, lo siento.

– No tiene importancia, ¿le ha dicho algo más, cuándo o dónde nos veremos?

– No, tan sólo me ha dicho que va usted por buen camino, que debería volver al lugar de partida. Tan sólo eso, luego es cuando me ha dado la noticia -dijo volviendo a llorar.

Emilio Vázquez salió de la casa en silencio, sin despedirse de la inconsolable anciana que, arrebujada en su butaca, rumiaba en silencio su pena. Por primera vez desde que había empezado toda la historia odió fervientemente a su adversario, con un odio que le recordaba tiempos y momentos ya superados. Cuando llegó a la calle observó de nuevo, enfrente suyo, la entrada del Club Neskatilak. Era obvio que el padre Gajate le había estado espiando y el dichoso club era un buen escondite. Sin pensárselo dos veces encaminó sus pasos hacia el local, penetrando en su interior.

– Hombre, mirad quién está aquí, nuestro cura favorito -dijo, burlón, el encargado, que le había reconocido nada más verle.

– Estoy buscando a Ander Gajate -replicó sin dar ningún tipo de explicación.

– Lamento defraudarle pero usted es el único sacerdote que nos ha honrado con su visita en los últimos días.

– ¿Cómo sabe que Ander Gajate es también sacerdote?

– Elemental, querido Sherlock, los cuervos siempre van en pareja como los guardias civiles.

– Muy bonita la broma pero no estoy con humor para aguantar gilipolleces. El padre Gajate está aquí y voy a encontrarlo.

– Me temo que no. Por si usted no lo sabe esto es propiedad privada, y no se puede entrar aquí así como así. ¿Ve usted ese cartel? -añadió señalándole un ladrillo de cerámica, colgado sobre el pequeño ambigú que hacía las veces de barra de bar, y que llevaba inscrita la inscripción «reservado el derecho de admisión»-. Pues ya lo sabe, dése la vuelta y largúese. No le queremos aquí. Usted ya no es policía y, aunque lo fuera, necesitaría una orden de registro. Así que venga, vayase de una puta vez.

Emilio Vázquez miró en torno suyo. A su alrededor se estaban arremolinando unos cuantos clientes, que quizá no lo fueran. Además, no tenía sentido empecinarse en realizar un registro, seguramente el pájaro había levantado el vuelo y, por otra parte, volverían a ponerse en contacto pronto, muy pronto, si no había mentido a la anciana. De todos modos había algo que quería hacer, que necesitaba hacer, y lo hizo. Acercándose al encargado le asestó inopinadamente una patada tan fuerte en la entrepierna, justo en medio del organismo que permite a los hombres reproducirse, que le dejó tendido en el suelo, aullando de dolor. Hacía tiempo que no se sentía tan bien, pensó, olvidándose por unos cuantos segundos de su condición sacerdotal.

– Tranquilos, tranquilos, que ya me voy -dijo, sonriendo, a los presentes-, esto ha sido tan sólo una broma de viejos conocidos. Por cierto, si alguno de ustedes conoce al padre Ander Gajate puede decirle que la que va a recibir él será cien veces más fuerte. Queden ustedes con Dios.

Salió pacíficamente del local, sin que nadie le siguiera, y encaminó de nuevo sus pasos a la agencia inmobiliaria. Si lo que le había comunicado por teléfono Ander Gajate a la anciana era cierto, de nuevo tendría allí alguna pista, aunque no sabía a ciencia cierta cuál. Cuando entró por la puerta aún se encontraba allí la joven que le había atendido. A Vázquez no se le escapó que su llegaba había desencadenado síntomas de evidente nerviosismo en la empleada, que antes de ser interpelada se puso a hablar desordenadamente. La extrañeza de Emilio Vázquez se disipó cuando recordó que en su visita anterior se había hecho pasar por policía.

– Lo siento, señor comisario -aunque no se había hablado para nada del rango policial de su visitante la joven optó prudentemente por concederle uno elevado-, yo no sabía nada, me dijeron que era una broma, el alquiler del piso está totalmente en regla, si quiere le puedo proporcionar copia de todo.

Premisa básica en el trabajo policial era que cuando un testigo pensaba que el policía lo sabía todo, éste debía afirmar que sí, que lo sabía todo, pero que preferiría oír la historia completa de manos de su interlocutor, para cotejar versiones.

La joven empleada sacó un periódico de debajo del mostrador y enseñándole una fotografía, volvió a hablar con Vázquez.

– Cuando esta mañana hablé con usted no sabía lo que había ocurrido, palabra, si no se lo hubiera contado todo de pe a pa, aunque bueno, no hay mucho que contar, no vaya usted a pensar cosas raras. Fue ella la que me alquiló el piso, pero me dijo que si venía un policía preguntando por la pareja de la fotografía que usted me mostró, le indicara que eran ellos quienes habían alquilado el piso. Me aseguró que no había nada extraño en ello, que era todo legal y se trataba de una broma, ya que era un asunto personal, no de la policía. Además, el jefe de la agencia me dijo que la señora era una buena cliente y muy conocida además en la alta sociedad de Bilbao, así que no puse ninguna pega y lo hice, pero claro, yo no sabía lo que iba a suceder, aunque no creo que tenga nada que ver conmigo ni con la agencia -dijo esto último más en el tono de quien espera que le quiten un peso de encima que de quien se siente seguro de lo que afirma.

Mientras escuchaba las palabras de la joven Vázquez le había arrebatado el periódico de las manos. Tanto en portada como en páginas interiores el asesinato de Irene Vidal había merecido los honores de ser considerada la noticia más importante del día y diversas fotografías de la difunta jalonaban a profusión el reportaje. Estaba claro que había una conexión, una relación más íntima de lo que pensaba entre Irene Vidal y sus dos perseguidos, aunque no conseguía entender el motivo. Si, como sospechaba, todo el asunto se sustentaba en una venganza, ¿qué pintaba en él Irene Vidal? Y su asesinato, ¿tenía alguna relación con el padre Gajate y su amiga? Deseó fervientemente que no y rezó implorando a Dios por ellos pero cada día era más policía y sabía que ése no era un hecho normal. Había un nexo claro, no sabía si fuerte o débil, entre la desaparición del padre Gajate y la muerte de Irene Vidal y, le gustara o no, tenía que investigarlo pero debía, así mismo, obrar con prudencia. Si el comisario Ansúrez y el inspector Rojas habían confiado en él, proporcionándole datos sobre el padre Gajate y su compañera, y le habían hecho partícipe de lo ocurrido con Irene Vidal, él tenía que corresponderles. Por eso lo primero que hizo cuando salió de la agencia fue telefonear al inspector encargado del caso.

Manuel Rojas escuchó con atención las explicaciones de Emilio Vázquez. A él también le pareció inquietante e interesante la posible conexión entre la desaparición de Ander Gajate y el asesinato de Irene Vidal pero no sabía qué conclusión sacar de ese hecho. Tal vez por influencia del padre Vázquez o tal vez por el poso que hubiera dejado en él la educación recibida cuando era niño, se le hacía cuesta arriba pensar que el padre Gajate estuviera implicado en un asesinato. Sin embargo, la relación era evidente y fuera cual fuese el motivo de la misma tenía que descubrirlo.

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