Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
READ-E-BOOK » Триллеры » Nadie Es Inocente
Nadie Es Inocente - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

Nadie Es Inocente

Электронная книга - «Nadie Es Inocente». Краткое содержание книги:

Un sacerdote, que en su juventud estuvo relacionado con la organizaci?n terrorista ETA, desaparece en compa??a de una hermosa mujer tras apoderarse de una importante suma de dinero de su congregaci?n. Para evitar el esc?ndalo se encargar? del caso otro religioso que antes de ordenarse hab?a sido polic?a. El pasado de ambos, reflejo del pasado y presente de una Euskadi que se debate entre la violencia y las ansias de paz, condiciona de tal manera la investigaci?n, que finalmente se convierte en un juego muy peligroso, donde lo importante no es la recuperaci?n del dinero, sino el ajuste de cuentas entre los dos contrincantes. Un ajuste de cuentas que parece personal, pero que en realidad contiene la clave de la violencia que ha sufrido el propio Pa?s Vasco.
1 ... 56 57 58 59 60 61 62 63 64 ... 73
Перейти на страницу:

– ¿Y descubrieron algo interesante?

– Por supuesto, pero me temo que por ahora no se lo voy a contar, sólo me limitaré a decirles que si mi madre hubiera tenido acceso a lo que averiguamos la boda nunca se habría producido.

– Le advierto que se trata de un asesinato, no puede usted ocultarnos nada.

– Amigo mío, usted mismo ha dicho que ésta es una conversación informal así que les diré lo que yo crea conveniente, y si desean hacerla oficial les advierto que tan sólo hablaré con el comisario Ansúrez, que casualmente es amigo de la familia, un buen amigo, si se me permite el decirlo, así que o se atiene a mis normas o damos la charla por concluida. Ustedes deciden.

– De acuerdo, nos olvidaremos momentáneamente de ese asunto -dijo Rojas, visiblemente molesto- aunque pudiera ser importante, lo que sí parece claro es que la mujer de su hermano, como usted ha insinuado anteriormente, se buscó la vida por su cuenta.

– Así es, y no se lo reprocho, cualquiera hubiera hecho lo mismo.

– ¿Conoce usted los nombres de sus amantes, o de algún amigo más íntimo?

– ¿Que si conozco los nombres de sus amantes? Vaya usted al club de golf o al Marítimo y pida la lista de socios y clientes. Tache la mitad de los nombres al azar y de los que queden sin tachar posiblemente el cincuenta por ciento hayan saboreado los placeres que escondía mi cuñada en su cuerpo. Incluso quiso montárselo conmigo pero yo conocía demasiadas cosas acerca de ella como para dejarme enredar.

– Y entre esa larga lista de posibles amantes, ¿había alguno especial, alguno que fuera algo más que una simple aventura?

– Ahí, sintiéndolo mucho, no podría ayudarles aunque quisiera. Tal vez tuviera un favorito pero ese hombre, de existir, es desconocido para mí.

– ¿Qué tal sentó en su familia que a la muerte de su hermano Alejandro asumiera el control su viuda?

– Estupendamente, sobre todo si tienen ustedes en cuenta que en ningún momento mi cuñada asumió el control de ninguna de nuestras empresas.

– No lo entiendo, yo estuve aquí no hace mucho hablando con ella -tomó por segunda vez la palabra Emilio Vázquez- y en todo momento me dio la impresión de que estaba al cargo de sus negocios.

– Usted lo ha dicho, tuvo la impresión de que estaba al cargo, y de eso se trataba, de dar la impresión. Como ya he dicho antes, en todo momento mis primos y yo, bajo la supervisión férrea y estricta de mi madre, hemos tenido el control del consorcio familiar.

– Comprendo que a su hermano no le quedara más remedio que acatar sus órdenes, pero me extraña mucho que su cuñada lo aceptara. Me imagino que tenía argumentos contundentes para atarla en corto -dijo Rojas.

– Si está usted insinuando algún tipo de chantaje se equivoca de medio a medio, podría haberlo hecho pero no era necesario. Miren, quizá me he explicado mal antes y he dado la impresión de que mi hermano era un pelele que decía a todo que sí, pues bien, esa idea no se corresponde a la realidad. El único motivo de que él no controlara efectivamente las empresas de la familia se debía única y exclusivamente a que no tenía acciones en ninguna de ellas. Mi hermano, de joven, tuvo un ramalazo de rebeldía, entre nosotros les diré que en el fondo siempre le he envidiado por eso, y exigió con anticipación que se le traspasara todo lo que podría corresponderle por herencia. Mis padres, que siempre fomentaron nuestra iniciativa, atendieron su petición y le entregaron una cantidad tanto en metálico como en acciones que hizo de él un hombre rico e independiente y, hasta cierto punto, tal vez feliz. Desgraciadamente le fueron mal los negocios y se arruinó por completo. No tenía nada suyo, así que volvió al redil y la familia le acogió amorosamente, al fin y al cabo era un Iztueta, y su nombre de pila Alejandro, pero se quedó definitivamente sin participación alguna en el patrimonio familiar. No obstante, siendo un Iztueta debía mantener un buen nivel tanto de vida como profesional y social así que se le nombró consejero delegado de unas cuantas empresas y se le otorgaron unos emolumentos astronómicos. Posteriormente a su muerte esas prebendas las heredó su viuda, ya que por encima de todo nos gusta guardar las formas, ya lo he repetido varias veces. Y así finaliza la historia, mi hermano y su mujer, en el fondo, eran dos pobres de solemnidad.

– Si eran tan pobres, ¿cómo es que su hermano dejó en su testamento una manda de cien millones de pesetas para una orden religiosa? -preguntó el padre Vázquez.

Por primera vez desde que había empezado la conversación Carmelo Iztueta dejó entrever un rictus de disgusto en su expresión, pero en seguida recobró la compostura y contestó con su habitual tono abierto y distendido.

– En realidad él dejó algo que no tenía y yo, por mi parte, me opuse a que se pagara esa cantidad pero mi madre se empeñó en abonarla. Decía que si su hijo había querido donar esa cantidad al colegio de religiosos en el que se educó nosotros debíamos favorecer ese deseo. Ya les he dicho que mi madre es todo un carácter, el auténtico baluarte de los Iztueta.

– Por lo que nosotros sabemos su hermano no era muy religioso, parece raro que a última hora cambiara de opinión. Además, su mayordomo nos ha dicho que en ningún momento expresó su deseo de volver a la Iglesia.

– Lo que diga el mentecato de su mayordomo no me interesa para nada, por si ustedes no lo saben les diré que había sido uno de los primeros amantes de mi hermano y todavía piensa, el pobre imbécil, que si no hubiera sido por los condicionamientos sociales habrían vivido juntos eternamente, amándose y siendo felices y comiendo perdices. En cuanto a lo de si mi hermano era religioso o no, no creo que haya que darle excesiva importancia. En mi familia todos hemos sido educados en la fe católica y vamos a misa y bautizamos a nuestros hijos. Fachada o no, pertenece a nuestras conciencias, y entre creer o no creer en algo lo primero siempre parece más positivo, aunque luego no hagamos ni puto caso a los preceptos de la Iglesia. Quizá mi hermano, en algún momento de angustia ante el final que veía inminente, quiso ponerse a bien con Dios, por si existiera, y decidió ser magnánimo con un dinero que, por otra parte, no le pertenecía.

– ¿Sabe usted si hubo algún motivo especial para que el talón de cien millones se extendiera en el banco que se eligió para ello? -preguntó Rojas.

– El banco lo designó mi cuñada pero que yo sepa no hay ninguna razón especial, es tan sólo uno más de los muchos bancos con los que trabajamos habitualmente. Y si no tienen nada más que preguntar, les ruego que me disculpen, no quisiera ser grosero pero creo que les he concedido una parte importante de mi tiempo y, como ustedes comprenderán, tengo muchas cosas que hacer, así que si no tienen inconveniente me gustaría que me dejaran solo.

– Una última pregunta -dijo Rojas.

– Si es sólo una, adelante.

– Su cuñada, ¿tenía enemigos?

– ¿Y quién nos los tiene, usted acaso? Claro que tenía enemigos, tantos como amantes o quizá más. Pero si usted quiere saber si había recibido amenazas de algún tipo o si alguien la perseguía, lamento decirle que lo desconozco. Puedo decirles solemnemente que yo no soy el asesino, pero desgraciadamente no se me ocurre ningún candidato alternativo.

Cuando salieron de la oficina había anochecido así que Rojas se ofreció a transportar en coche a su compañero hasta el colegio en el que residía. No habían llegado aún a su destino cuando el sacerdote pidió al policía que parara y le conminó a salir del vehículo. Justo enfrente podía verse una sucursal del banco que había abonado los cien millones.

– ¿No querías saber el motivo de que se eligiera ese banco? Quizá ahí tengas la respuesta.

El inspector Rojas dirigió su mirada a un cartel en el que con un vistoso fondo multicolor el banco anunciaba que por cada imposición de medio millón de pesetas la entidad regalaría un juego de maletas de primera calidad.

– Quizá ahí esté la respuesta. Cien millones no se pueden meter en un simple sobre -dijo el padre Vázquez-, pero en cambio a nadie le extrañaría ver salir de aquí a una pareja con un hermoso juego de maletas.

– Pero eso significaría que la asesinada y tus dos pájaros estaban conchabados en ese asunto -exclamó Rojas.

– No necesariamente, a ella pudiera haberle dado igual utilizar un banco u otro, pero es una posibilidad -contestó el padre Vázquez-, por eso se hace cada vez más necesario encontrarles. No me gusta nada decírtelo pero creo que tendréis que dictar orden de busca y captura contra los dos. El asunto, lamentablemente, se ha escapado de mis manos.

1 ... 56 57 58 59 60 61 62 63 64 ... 73
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)