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Nadie Es Inocente

Электронная книга - «Nadie Es Inocente». Краткое содержание книги:

Un sacerdote, que en su juventud estuvo relacionado con la organizaci?n terrorista ETA, desaparece en compa??a de una hermosa mujer tras apoderarse de una importante suma de dinero de su congregaci?n. Para evitar el esc?ndalo se encargar? del caso otro religioso que antes de ordenarse hab?a sido polic?a. El pasado de ambos, reflejo del pasado y presente de una Euskadi que se debate entre la violencia y las ansias de paz, condiciona de tal manera la investigaci?n, que finalmente se convierte en un juego muy peligroso, donde lo importante no es la recuperaci?n del dinero, sino el ajuste de cuentas entre los dos contrincantes. Un ajuste de cuentas que parece personal, pero que en realidad contiene la clave de la violencia que ha sufrido el propio Pa?s Vasco.
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Había sido un día muy duro; por eso cuando llegó al colegio su primera intención fue meterse en la cama y dormir, pero antes de hacerlo se presentó en su celda el padre Cuesta. El provincial de la orden le agradeció lo que estaba haciendo, sin embargo, añadió, tenía que rogarle que se olvidara del caso. Habían llegado a sus oídos ciertos rumores que implicaban una muerte violenta y creía más prudente quedarse al margen.

Vázquez miró a su superior. Aunque no le conocía mucho sabía que era un hombre recto y honesto, y que por encima de su propia persona valoraba, sobre todo, la misión que en su opinión tenía la orden. No era hombre pusilánime que sacrificara a uno de sus hermanos por miedo al escándalo, por eso pensó que si le estaba pidiendo que abandonara eso significaba que estaba convencido de que su continuidad en el caso iba a traer más perjuicios que beneficios. Sin embargo, no podía acceder a su petición y cuando habló sus palabras estaban impregnadas de tristeza.

– Lo siento, padre, pero lamentándolo mucho no me es posible acceder a su ruego. Yo no quería incubar ese huevo pero la serpiente ha salido de su interior y no hay fuerza humana ni, me temo, divina capaz de devolverla al redil.

Capítulo treinta

Desde tu atalaya, refugiado en ese club que odias porque sabes que durante un tiempo trabajó ahí María Luisa, observas la salida del enemigo, escudriñas su semblante pero no adviertes en él desánimo o abatimiento sino fortaleza y determinación, la fortaleza y determinación que a ti siempre te ha faltado. Tal vez él, dentro de su ignominia, sea incluso más feliz que tú, porque ve las cosas en blanco y negro, sin matices, sin dudas, en definitiva.

El enemigo levanta su vista hacia el frente y se dirige a la puerta del club. Si quisieras en pocos segundos podrías tocarlo pero prefieres seguir escondido, el plan es el plan y por primera vez en la vida estás dispuesto a ir hasta el final, cueste lo que cueste.

Muy pronto desaparece de tu vista, posiblemente porque ha entrado en el local. El alboroto que se produce en el piso de abajo confirma tus sospechas y pocos minutos más tarde, desde la pequeña ventana enrejada que te sirve de mirador, contemplas cómo el enemigo se aleja de allí, en dirección desconocida. Cuando bajas al bar alguien te cuenta lo ocurrido y no puedes evitar una íntima alegría al enterarte de la agresión sufrida por el encargado. Nunca te ha simpatizado el Sebas ni su negocio, has tratado con él porque no hay más remedio, porque te lo ha pedido María Luisa, pero detestas su negocio, esa explotación de las mujeres y del sexo, bueno, del sexo tal vez no, no quieres volver a aquella época en que todo lo relacionado con el sexo era pecado mortal, pero una cosa es la entrega gozosa y voluntaria al ser amado, y otra muy diferente la explotación de la pobreza y la miseria de las mujeres en beneficio propio. Sin embargo, no has podido negarte a los requerimientos de María Luisa y has tratado con afabilidad a ese indeseable proxeneta.

Sí, cuando lo piensas detenidamente te das cuenta de que estás cambiando y que ahora haces muchas cosas que antes nunca hubieras hecho, buenas y malas. Si valoras, por encima de todo, la ruptura con hipocresías burguesas y convencionalismos morales piensas que has hecho lo correcto, pero cuando te paras a pensar en otras cosas te envuelve de nuevo tu sempiterna debilidad, la agobiante duda de si lo que haces está bien o mal. Has asumido el robo de los cien millones porque en realidad no es un robo, es tan sólo la excusa imprescindible para hacer justicia, pero en el camino has ido sembrando una semilla de dolor que te impide vivir en paz.

No hace ni media hora que acabas de colgar el teléfono dejando detrás tuyo una pobre e infeliz mujer llorosa. Intentas convencerte a ti mismo de que era necesario, como te ha dicho más de una vez María Luisa, es imposible hacer una tortilla sin cascar previamente los huevos, pero algo en tu interior te dice que esa tortilla va a tener un sabor muy amargo. Quizá en algún lugar lejano tu antiguo compañero de seminario comprenda tus motivos y los perdone indulgentemente pero eso no te consuela ni te impide pensar que has actuado como un auténtico canalla, dando una pequeña alegría y esperanza a la madre de Jokin Torrente y arrebatándosela bruscamente al cabo de muy poco tiempo.

Tan sólo te mantiene en pie la esperanza de que todo acabará muy pronto y por fin podrás alcanzar, junto a María Luisa, la paz y felicidad que la vida te ha negado durante mucho tiempo, esa paz y felicidad que nunca poseíste del todo, salvo cuando tu padre te estrechaba entre sus brazos, pero que se truncó definitivamente cuando participaste en el asesinato del alcalde de tu pueblo. Aunque interiormente te justificabas diciendo que era necesario, aunque un sacerdote bondadoso te absolvió, aquel hecho, te guste o no reconocerlo, te marcó para siempre. Recuerdas cómo la siguiente vez que estuviste con aquel misterioso activista de acento foráneo le pediste que te encomendara otras misiones, que aunque comprendías la necesidad de la lucha armada tú no estabas preparado anímicamente para ella, y afortunadamente aquel hombre te comprendió, tuviste suerte, eran otros tiempos, piensas estremeciéndote de pavor cuando viene a tu mente la imagen de Yoyes, que intentó seguir tus pasos unos años más tarde, pero en aquella época nadie te consideró traidor, tal vez pusilánime o incluso cobarde, pero no traidor. Con el visto bueno del coordinador de tu grupo abandonaste la célula armada y te integraste en el frente cultural hasta que después de tu ordenación sacerdotal abandonaste la militancia activa en cualquier tipo de organización directamente política.

Así fue hasta que un día, no sabes si calificarlo de hermoso o aciago, una joven de voz sensual e intenso perfume se inclinó en el confesionario y te contó su propósito de asesinar al padre Vázquez, ese cura al que considerabas una escoria y con el que no te tratabas pero que no dejaba de ser tu hermano de orden.

Después de las desagradables experiencias que habías tenido en el pasado te habías convertido si no en un pacifista sí en alguien que rechazaba participar directamente en cierto tipo de actos violentos pero de un modo brutal alguien, una mujer aunque eso sólo tuvo importancia algo más tarde, te había quitado la venda de los ojos y te había mostrado, con toda su crudeza, una realidad de la que tú siempre habías sido víctima. Al principio intentaste quitarle de la cabeza esa idea y honestamente piensas que hiciste lo que estuvo en tu mano pero ella tuvo más capacidad de convicción. No fue el sexo, como seguramente estará pensando con su mente enfermiza de policía torturador el padre Vázquez, sino las revelaciones que María Luisa te hizo lo que te obligó a cambiar de actitud y entregarte, sumiso, a los designios de la que hoy es tu compañera.

Había acudido, como otras veces, a la capilla del colegio y de nuevo su voz sugerente y dulce hizo que el corazón se te subiera a la boca. Pocos días antes te había contado la triste historia de su hermana y aunque aún seguías queriendo convencerla de lo inaceptable de su propósito en tu interior anidaba de nuevo la duda, sus argumentos habían comenzado a minar tu moral, por eso, cuando te dijo de sopetón, sin preparación previa, aunque es difícil imaginarse algún tipo de preparación para esas noticias, que el padre Emilio Vázquez, el ex comisario Vázquez, había participado en los asesinatos de tu hermano Mikel y de tu compañero Jokin Torrente tu resistencia se derrumbó y comprendiste que no sólo no conseguirías nunca que desistiera de sus intenciones sino que había dado la vuelta a la tortilla y te había convencido a ti para que la ayudaras.

Aun así, durante un tiempo intentaste oponerte, rechazando esa idea y alegando con incredulidad que no era posible, que no era cierto, que se trataba de una añagaza para lograr sus propósitos pero te dio tantos datos, algunos incluso desconocidos por las propias familias, que no tuviste más remedio que rendirte a la evidencia y el odio que creías haber desterrado pero que permanecía soterrado en lo más profundo de tu alma resurgió con nueva fuerza cuando te oíste decir que sí, que la ayudarías. Y como si hubiera escuchado unas extrañas oraciones premonitorias de muerte la Providencia fue generosa y puso en vuestras manos la ocasión. Una feligresa se puso en contacto con el colegio para notificarles que su difunto marido había dejado en su testamento un legado de cien millones de pesetas y preguntar cómo y de qué manera deseaban cobrarlo. Era una situación ideal, si robabas ese dinero posiblemente el provincial, para evitar el escándalo, acudiría al único religioso que era especialista en esas lides, al padre Vázquez, como así fue, y empezaría una persecución en la que los papeles estarían invertidos, ya que quien se consideraba a sí mismo el perseguidor no era sino vuestra presa. El dinero era un problema ya que una vez culminada la venganza no habría ocasión de devolverlo pero María Luisa lo tenía todo previsto, parecía mentira que no se te hubiera ocurrido a ti. Huiríais juntos con esos cien millones a uno de esos países sudamericanos en los que la miseria campa por sus respetos. Con ese dinero se podía hacer mucho bien, qué importaba que el bien se hiciera en Euskadi o en Guatemala. Cuando escuchaste esas palabras te reafirmaste en tu decisión y te alegraste profundamente de que aquella mujer te hubiera elegido a ti para compartir sus proyectos.

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