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Nadie Es Inocente

Электронная книга - «Nadie Es Inocente». Краткое содержание книги:

Un sacerdote, que en su juventud estuvo relacionado con la organizaci?n terrorista ETA, desaparece en compa??a de una hermosa mujer tras apoderarse de una importante suma de dinero de su congregaci?n. Para evitar el esc?ndalo se encargar? del caso otro religioso que antes de ordenarse hab?a sido polic?a. El pasado de ambos, reflejo del pasado y presente de una Euskadi que se debate entre la violencia y las ansias de paz, condiciona de tal manera la investigaci?n, que finalmente se convierte en un juego muy peligroso, donde lo importante no es la recuperaci?n del dinero, sino el ajuste de cuentas entre los dos contrincantes. Un ajuste de cuentas que parece personal, pero que en realidad contiene la clave de la violencia que ha sufrido el propio Pa?s Vasco.
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No me contestó, pero por su actitud callada y sumisa comprendí que no me equivocaba. Lentamente saqué de la chaqueta mi arma reglamentaria. Apunté al corazón y disparé. La muerte fue instantánea. Como un zombi volví a subirme al coche con intención de regresar al cuartel general y presentar la dimisión, pero algo me detuvo. No estaba dispuesto a echar por la borda mi carrera por una estúpida debilidad, por haberme entregado de nuevo a la práctica religiosa. Volví a la iglesia y penetré en la sacristía. Allí, pésimamente escondida, se encontraba una auténtica montaña de documentación acerca de la OPRA y de sus componentes. No había sido muy cuidadoso el padre Llantada, tal vez porque de un modo prepotente se sentía a salvo de cualquier peligro. Confisqué la documentación y volví a subir al coche, esta vez para ausentarme definitivamente del escenario de mi debilidad.

Cuando el general Martínez Olmos vio el regalo que le hacía su júbilo fue indescriptible. En pocos días se consiguió desarticular el embrión de grupo terrorista e incluso simpatizantes que no congeniaban del todo con la lucha armada cayeron en nuestras redes. Para desesperación de Usatorre fui yo quien, de nuevo, se apuntó el tanto y ese hecho, nacido de un error inconmensurable y de una crisis espiritual, consolidó aún más si cabe, mi posición. Sin embargo, y aunque la sangre derramada de un sacerdote había funcionado como un extraño bálsamo para mis heridas, comprendí que necesitaba cambiar de aires y de actividad, salir del pozo en el que me había sumergido. Fue entonces cuando decidí volver a la lucha diaria y solicité un nuevo destino. Fue entonces cuando solicité ir destinado al País Vasco, a la Brigada Anti terrorista.

Capítulo veintiocho

El comisario Ansúrez era de los pocos policías que no se sentían intimidados cuando se encontraban en el despacho del juez Arana, pero aun así entendía que muchos inspectores jóvenes, bragados y curtidos en años de lucha contra la delincuencia, no se sintieran a gusto en su presencia.

Carlos Arana, por edad y conocimientos, podría haber estado presidiendo una audiencia o, quién sabe, si en el Tribunal Superior de Justicia o en puertas del Supremo, pero siendo como era soltero y sin responsabilidades familiares, y teniendo perfectamente cubiertas sus necesidades mínimas, había resuelto dedicarse profesionalmente a lo que más le había atraído siempre y en lo que era reputado como uno de los grandes expertos a nivel no sólo nacional sino internacional, el derecho penal, desde un puesto aparentemente modesto de juez de instrucción. Tal vez esa extraña y obsesiva dedicación, unida a sus amplios conocimientos y su carácter hosco, era lo que intimidaba a sus esporádicos contertulios, o tal vez la espartana austeridad de su despacho, cuya única ornamentación, junto al preceptivo retrato del Rey, era un crucifijo desprovisto de todo tipo de adornos, el caso es que incluso el comisario Ansúrez estaba deseando salir cuanto antes de allí.

– Lo siento, señor comisario, pero me temo que su petición de comisión rogatoria es algo completamente inútil.

Antonio Ansúrez asintió con la cabeza. Si Carlos Arana decía que algo era inútil el oponerse no tenía sentido. Así se lo transmitiría al inspector Vallejo, de Personas Desaparecidas, que saltándose las normas de un modo inusitado aunque comprensible tratándose del magistrado Arana, le había solicitado que hiciera él en persona las gestiones pertinentes, gestiones en las que ya le había dicho que no tenía ninguna fe pero a las que accedió para dejar tranquilo a su joven subordinado.

Todo había comenzado con el incendio de la consulta de un odontólogo de la capital, el doctor Iturbe. Al parecer el incendio había sido provocado o, al menos, eso habían alegado los peritos de la compañía de seguros y la correspondiente investigación otorgó la razón a estos últimos.

En un primer momento las sospechas recayeron sobre el propio dentista, pensando precisamente que quizá hubiera provocado el incendio para cobrar las jugosas primas del seguro; sin embargo, pronto comprendieron que las sospechas eran absurdas. El doctor Iturbe no tenía problema económico alguno y su consulta marchaba viento en popa. Era de los odontólogos con más clientela de Bilbao y recientemente había abierto sucursales en otras tres localidades limítrofes. El incendio de la consulta más que favorecerle le perjudicaba ostensiblemente.

Descartadas las primeras sospechas, alguien recordó que el fuego parecía haberse originado justo en los archivos del doctor Iturbe. Dichos archivos habían quedado totalmente calcinados e ilegibles. Tal vez fuera ése el resultado que había buscado el pirómano, pensaron en comisaría, y decidieron abrir una nueva línea de investigación. Afortunadamente, aunque al doctor Iturbe le gustaba tener el historial de sus pacientes en fichas de cartón, para manejarlas mientras atendía a sus pacientes, no era enemigo del progreso y las había informatizado convenientemente. Gracias a eso pudieron acceder a su listado de pacientes e investigarlos. Entre las personas conocidas había cuatro diputados, un consejero del Gobierno Vasco, varios empresarios prominentes, tres líderes sindicales, un obispo y una gran cantidad de deportistas profesionales. Examinados concienzudamente sus historiales no se encontró en ellos dato alguno susceptible de ocultación o de destrucción. Estaba, por tanto, estancada la investigación cuando por casualidad el inspector Vallejo, que tenía a su cargo la búsqueda de personas desaparecidas, tuvo acceso al listado y se topó de bruces con el nombre de Amaia Marquínez.

Aunque la denuncia de la desaparición se había hecho ante la Ertzaintza, los datos de la joven les habían sido transmitidos para facilitar su búsqueda y el inspector Vallejo se había encargado de coordinar los trabajos de la Jefatura Superior con la Policía Autónoma, si bien ninguno de los dos cuerpos policiales habían conseguido nada hasta el momento. Podía ser casualidad o no, pero el historial de la joven era uno de los que se había destruido en el incendio; sin embargo, mientras no se descubriera al pirómano sería imposible saber qué relación tenía con la propia Amaia.

Después de hablar con sus compañeros acerca del caso, y tras consultarlo con sus superiores, el inspector Vallejo encaminó sus pasos hacia el doctor Iturbe. Aunque había quedado exculpado del incendio se había mostrado en todo momento extremadamente nervioso, lo que había sustentado, durante un tiempo, las sospechas policiales. Cuando el inspector Vallejo le citó para interrogarle se derrumbó, no tanto porque el responsable de Personas Desaparecidas ejerciera una presión inconfesable como porque la tensión interna del odontólogo había llegado a su punto culminante.

Tras nuevas protestas de inocencia el dentista confesó su secreto. Él no había sido el autor material del incendio, ni siquiera su instigador ya que le perjudicaba más que le favorecía, como había sido corroborado por las investigaciones policiales, pero sospechaba con cierto fundamento quién era el autor, o mejor dicho, la autora del mismo.

Aquel día, casualmente, se encontraba tan fatigado, entre el trabajo y una gripe galopante que irresponsablemente intentaba curar sin dejar de trabajar, ya conoce el tópico, señor inspector, los médicos somos los peores pacientes, que se quedó en la consulta, descansando, un rato después de que la hubiera cerrado. Permaneció allí una hora más o menos y luego, algo recuperado, bajó a la calle y se introdujo en una cafetería que había enfrente del portal, con ánimo de tomarse un descafeinado bien caliente antes de volver a su domicilio. Se encontraba sorbiendo su taza, mirando hacia la calle, cuando vio pasar una cara conocida. Salió del bar y la vio entrar en el edificio donde tenía su consulta. Al poco rato volvió a verla, esta vez saliendo de forma muy apresurada y, al acercarse al portal, notó primero por el olfato y más tarde a causa del humo, que había habido un incendio. En seguida comprendió que el incendio había tenido lugar en su consulta.

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