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Choque de reyes [A Clash of Kings - es]

Электронная книга - «Choque de reyes [A Clash of Kings - es]». Краткое содержание книги:

Un cometa del color de la sangre hiende el cielo cargado de malos augurios. Y hay razones sobradas para pensar así: los Siete Reinos se ven sacudidos por las luchas intestinas entre los nobles por la sucesión al Trono de Hierro. En la otra orilla del océano, la princesa Daenerys Targaryen conduce a su pueblo de jinetes salvajes a través del desierto. Y en los páramos helados del Norte, más allá del Muro, un ejército implacable avanza impune hacia un territorio asolado por el caos y las guerras fraticidas.
George R.R. Martin, con pulso firme y enérgico, nos deleita con un brillante despliegue de personajes, engranando una trama rica, densa y sorprendente. Nos vuelve testigos de luchas fraticidas, intrigas y traiciones palaciegas en una tierra maldita por la guerra, donde fuerzas ocultas se alzan de nuevo y acechan para reinar en las noches del largo invierno que se avecina.
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El fuego pasaba de una casa a otra. Arya vio cómo consumía un árbol, cómo las llamas se propagaban por las ramas hasta que pareció cubierto por una túnica viva de color naranja. Todos estaban ya despiertos y en las almenas, o tratando de controlar a los caballos aterrados. Oyó a Yoren gritar órdenes. Algo le dio en una pierna, y al bajar la vista vio que la niña llorona se le había abrazado al tobillo.

—¡Lárgate! —Sacudió la pierna para liberarse—. ¿Qué haces aquí arriba? ¡Ve a esconderte, idiota! —Empujó a la niña para que se fuera.

Los jinetes se detuvieron ante las puertas de la fortaleza.

—¡Eh, los de dentro! —gritó un caballero que llevaba un yelmo alto acabado en una púa—. ¡Abrid en nombre del rey!

—¿De qué rey? —le gritó el viejo Reysen antes de que Woth pudiera taparle la boca.

Yoren subió a las almenas junto a la puerta, con la descolorida capa negra atada a un bastón de madera.

—¡Eh, los de abajo! —gritó—. ¡Los de la ciudad se han marchado!

—¿Y tú quién eres, viejo? ¿Uno de los cobardes de Lord Beric? —replicó el caballero del yelmo rematado en una púa—. ¡Si ese gordo idiota de Thoros está contigo, pregúntale si le gustan estos fuegos!

—Aquí no hay nadie que se llame así —respondió Yoren, siempre a gritos—. Sólo unos cuantos chicos para la Guardia. No tenemos nada que ver con vuestra guerra. —Alzó el cayado para que todos vieran el color de la capa—. Mirad esto. Es negro, el negro de la Guardia de la Noche.

—O el negro de la Casa Dondarrion —dijo el hombre que llevaba el estandarte enemigo; los colores se veían mejor en ese momento, a la luz de la ciudad en llamas: un león dorado sobre campo rojo—. El blasón de Lord Beric es un rayo púrpura sobre campo negro.

De pronto, Arya recordó la mañana en que había tirado una naranja a Sansa a la cara, y le había manchado de zumo el estúpido vestido de seda color marfil. En el torneo había un señor menor procedente del sur; la estúpida de Jeyne, la amiga de su hermana, se había enamorado de él. Llevaba un rayo pintado en el escudo, y su señor padre le había encomendado la misión de decapitar al hermano del Perro. Parecía que había sucedido hacía mil años, y a otra persona diferente, con una vida diferente… A Arya Stark, la hija de la Mano, no a Arry, el huérfano. ¿Cómo iba Arry a conocer a aquellos señores?

—¿Acaso estás ciego? —Yoren agitó su cayado de manera que la capa ondeara—. ¿Ves algún rayo de mierda?

—De noche todos los blasones parecen negros —señaló el caballero del yelmo de la púa—. Abrid si no queréis que os consideremos forajidos aliados con los enemigos del rey.

Yoren escupió.

—¿Quién es tu comandante?

—Yo. —Los reflejos de las casas en llamas iluminaron la armadura de su caballo de guerra cuando los demás se apartaron para dejarle paso. Era un hombre fornido, con una manticora pintada en el escudo y un adorno de volutas en la coraza. Lo miró a través del visor abierto del yelmo. Tenía el rostro blanco y porcino—. Ser Amory Lorch, vasallo de Lord Tywin Lannister de Roca Casterly, la Mano del Rey. De Joffrey, el verdadero rey. —Tenía una voz aguda y chillona—. Te ordeno en su nombre que abras estas puertas.

La ciudad ardía en torno a ellos. El aire nocturno estaba lleno de humo, y las brasas rojas arrastradas por el viento eran más numerosas que las estrellas. Yoren frunció el ceño.

—No veo la razón. Haz lo que quieras con la ciudad, eso a mí no me importa, pero déjanos en paz. No somos tus enemigos.

«Mira con los ojos», hubiera querido gritar Arya al hombre de abajo.

—¿No ven que no somos señores ni caballeros? —susurró.

—No creo que eso les importe, Arry —susurró Gendry a sus espaldas.

Entonces observó el rostro de Ser Amory tal como Syrio le había enseñado a observar, y comprendió que tenía razón.

—Si no sois traidores, abrid las puertas —gritó Ser Amory—. Comprobaremos que decís la verdad y seguiremos nuestro camino.

Yoren no dejaba de masticar hojamarga.

—Ya os lo he dicho, aquí no hay nadie más que nosotros. Os doy mi palabra.

—El cuervo nos da su palabra. —El caballero del yelmo con la púa soltó una carcajada.

—¿Te has perdido, viejo? —se burló uno de los lanceros—. El Muro está mucho más al norte.

—En nombre del rey Joffrey, te ordeno una vez más que abras las puertas para demostrar que le profesas lealtad —ordenó Ser Amory.

Yoren meditó durante un largo momento, sin dejar de masticar. Luego escupió.

—No.

—Como queráis. Desafiáis una orden del rey, de manera que os proclamáis rebeldes, con o sin capas negras.

—Aquí sólo tengo a unos muchachos —le gritó Yoren.

—Los muchachos y los ancianos mueren de la misma manera. —Ser Amory alzó un puño con gesto lánguido, y una lanza salió volando desde las sombras iluminadas por los incendios, a su espalda. El objetivo debía de ser Yoren, pero fue a clavarse en Woth, que estaba detrás de él. La punta de la lanza le penetró por la garganta y le salió por la parte de atrás del cuello, oscura y húmeda. Woth agarró el asta con ambas manos y cayó inerte de la pasarela.

—Asaltad los muros y matadlos a todos —dijo Ser Amory con hastío.

Volaron más lanzas. Arya tironeó de la túnica de Pastel Caliente hasta que consiguió que se agachara.

Desde el exterior le llegó el sonido metálico de las armaduras, el roce de las espadas al salir de las vainas, los golpes de las lanzas contra los escudos mezclados con maldiciones y con el retumbar de los cascos de los caballos al galope. Una antorcha describió una parábola sobre sus cabezas y cayó al suelo de tierra del patio dejando un rastro de dedos de fuego.

—¡Espadas! —gritó Yoren—. Dispersaos, defended el muro, que no entren. Koss, Urreg, id a defender la poterna. Lommy, sácale esa lanza a Woth y ponte donde estaba él.

A Pastel Caliente se le cayó la espada corta cuando la desenvainaba, Arya la recogió y se la puso en la mano.

—No sé pelear con esto —dijo el muchacho con los ojos desmesuradamente abiertos.

—Es muy fácil —dijo Arya, pero la mentira murió en su garganta cuando una mano apareció por encima del parapeto.

La vio a la luz de la ciudad en llamas, tan clara que fue como si el tiempo se detuviera. Los dedos eran cortos, encallecidos, con pelos negros como alambres debajo de los nudillos, la uña del pulgar estaba muy sucia. «El miedo hiere más que las espadas», recordó al ver aparecer tras la mano la parte superior de un yelmo.

Descargó un golpe con todas sus fuerzas, y Aguja, acero forjado en castillo, mordió los dedos a la altura de los nudillos.

—¡Invernalia! —gritó. La sangre brotó, los dedos volaron, y el rostro cubierto por el yelmo desapareció tan deprisa como había aparecido.

—¡Detrás de ti! —chilló Pastel Caliente.

Arya se volvió. El segundo hombre era un barbudo sin casco; llevaba la daga entre los dientes para poder usar las dos manos para trepar. En el momento en que levantaba la pierna para saltar el parapeto, la niña le lanzó una estocada a los ojos. Aguja no llegó a tocarlo: se tambaleó hacia atrás y cayó.

«Ojalá aterrice de bruces y se corte la lengua.»

—¡Míralos a ellos, no a mí! —gritó a Pastel Caliente.

La siguiente vez que un hombre intentó entrar por su parte del muro, el chico le lanzó tajos a las manos con su espada corta hasta que cayó.

Ser Amory no disponía de escaleras, pero las murallas eran de piedra basta sin mortero, fáciles de escalar, y los enemigos parecían no tener fin. Por cada uno que recibía los tajos, estocadas o empujones de Arya, otro aparecía por encima del muro. El caballero del yelmo acabado en punta llegó al baluarte, pero Yoren le echó el estandarte negro sobre la cabeza y, mientras trataba de liberarse del trapo, le clavó la daga a través de la armadura. Cada vez que Arya alzaba la vista veía más antorchas surcar el cielo, dejando a su paso largas estelas de llamas que persistían en el fondo de sus ojos por mucho que parpadeara. Vio un estandarte rojo con un león dorado y se acordó de Joffrey. Habría dado cualquier cosa por tenerlo delante para clavarle a Aguja en el rostro burlón.

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