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El Peso De La Culpa

Электронная книга - «El Peso De La Culpa». Краткое содержание книги:

Parece que Asuntos Internos va a dejar de investigar de una vez por todas a la brillante, pero indisciplinada detective Barbara Havers. Tras una suspensión temporal como policía, Havers regresa al trabajo a las órdenes del lúcido Inspector Lynley en un extraño caso: el hallazgo de dos jóvenes en un bosque, con signos visibles de haber sufrido una cruenta muerte. Un asesinato de especial virulencia que abre una puerta hacia las oscuras y poderosas alteraciones de la psique humana. Un sórdido espacio en el que el sexo deviene en sadomasoquismo, y el pasado se adentra en la cara odiosa de una doble vida.
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Barbara les miró y pensó que era una maniobra inteligente por su parte. Los Reeve no eran unos aficionados en lo tocante a ganar la mano. La única pregunta era: ¿por qué?

Vio que Nkata gruñía, tan incómodo como ellos habían deseado con su inesperada y prolongada exhibición de afecto. Su colega trasladó el peso de su cuerpo de un pie al otro, con los brazos cruzados sobre el pecho, mientras intentaba decidir adonde debía mirar. Barbara sonrió. Debido a su impresionante estatura y a su igualmente impresionante atavío, y pese a su adolescencia pasada como principal consejero de guerra de la banda callejera más famosa de Brixton, a veces olvidaba que Winston Nkata era un chico de veinticinco años que aún vivía con papá y mamá. Barbara carraspeó con discreción y le miró. Señaló la pared situada detrás del escritorio, donde colgaban dos diplomas. La siguió hasta allí.

– El amor es algo maravilloso -murmuró Barbara en voz baja-. Hemos de mostrarle respeto.

Los Reeve finalizaron su succión de boca a boca.

– Hasta luego, querida -murmuró él.

Barbara puso los ojos en blanco e inspeccionó los dos diplomas que colgaban de la pared. Stanford University y London School of Economies. Los dos a nombre de Martin Reeve. Barbara le miró con renovado interés y algo más de respeto. Exhibirlos era vulgar (aunque Reeve nunca cediera a la vulgaridad, pensó con sarcasmo), pero estaba claro que aquel individuo no era tonto.

Reeve despidió a su mujer. Extrajo del bolsillo un inmaculado pañuelo, que utilizó para quitarse los restos de lápiz de labios.

– Lo siento -dijo con una sonrisa infantil-. Veinte años de matrimonio, y el fuego todavía arde. Deben admitir que no está mal para dos personas de edad madura con un hijo de dieciséis años. Aquí está, por cierto. Se llama William. Clavado a su mami, ¿verdad?

El apelativo reveló a Barbara lo que el diploma de Stanford, las antigüedades, los marcos plateados y la cuidadosa pronunciación solo habían insinuado.

– ¿Es usted norteamericano? -preguntó a Reeve.

– De nacimiento, pero hace años que no he vuelto. -Reeve cabeceó en dirección a la foto-. ¿Qué opina de nuestro William?

Barbara miró la fotografía y vio a un muchacho de rostro sembrado de acné, con la estatura de su madre y el pelo de su padre. Pero también vio lo que querían que viera: el inconfundible chaqué y pantalones a rayas de un alumno de Eton. La-di-da-da, pensó Barbara, y pasó la fotografía a Nkata.

– Eton -dijo, con lo que esperaba fuera el grado correcto de admiración-. Debe de tener una mente privilegiada.

Reeve parecía complacido.

– Es un genio. Siéntense, por favor. ¿Café? ¿Una copa? Supongo que no beben cuando están de servicio, ¿verdad? Copas, me refiero.

Declinaron su invitación y fueron al grano. Les habían dicho que Nicola Maiden había trabajado en MKR Financial Management desde octubre del año anterior.

– Cierto, confirmó Reeve.

– ¿De auxiliar?

– También cierto, admitió Reeve.

– ¿Qué era eso, exactamente? ¿En qué auxiliaba?

– En aconsejar sobre inversiones, dijo Reeve. Nicola se estaba preparando para manejar carteras de inversiones: acciones, bonos, fondos de inversión mobiliaria, propiedades en paraísos fiscales… MKR administraba las inversiones de algunos de los mayores triunfadores en la Bolsa. Con absoluta discreción, por supuesto.

– Magnífico, le dijo Barbara. Así pues, por lo que sabían, Nicola había conservado su empleo hasta que había solicitado excedencia para trabajar en el bufete de un abogado de Devonshire durante el verano. Si el señor Reeve quisiera…

Él impidió que continuara.

– Nicola no pidió excedencia de MKR. Se despidió a finales de abril. Dijo que volvía al norte, a su casa.

– ¿A casa? -repitió Barbara. Entonces ¿qué significaba la dirección que había dejado a la casera de Islington?, se preguntó. Una dirección de Fulham no estaba al norte de nada, salvo del río.

– Eso fue lo que me dijo -continuó Reeve-. ¿Presumo que dijo algo diferente a otras personas? -Les ofreció una sonrisa exasperante-. Bien, para ser sincero, no me sorprendería. Descubrí que Nicola, a veces, era un poco irresponsable con sus cosas. No era una de sus mejores cualidades. De no haber renunciado, temo que habría debido despedirla a la larga. Albergaba mis… -Juntó la yema de los dedos-. Albergaba mis dudas sobre su capacidad de discreción. Y la discreción es fundamental en esta profesión. Representamos a algunas personas muy importantes, y como tenemos acceso a todos los detalles de su situación económica, dependen de nuestra capacidad de ser circunspectos con la información que poseemos.

– ¿La Maiden no lo era? -preguntó Nkata.

– No quiero decir eso -se apresuró a matizar Reeve-. Nicola era lista y brillante, no nos engañemos. Pero había algo en ella que exigía vigilancia. Así que yo vigilaba. Tenía una mano excelente con nuestros clientes, hay que reconocerlo. Pero también una tendencia a ser un poco… Bien, digamos que era impresionable en exceso. La cuantía de algunas de sus carteras la deslumbraba. Jamás es una buena idea convertir el valor de alguien en el tema de tu conversación de sobremesa.

– ¿Había algún cliente con el que tuviera una relación especial? -preguntó Barbara-. ¿Que se prolongara fuera de las horas de trabajo?

Los ojos de Reeve se entornaron.

– ¿Qué quiere decir?

Nkata recogió el testigo.

– La chica tenía un amante en la ciudad, señor Reeve. Le estamos buscando.

– No sé nada acerca de un amante, pero si Nicola tenía uno, lo más probable es que lo encuentren en la facultad de derecho.

– Nos han dicho que dejó la facultad para trabajar con usted a jornada completa.

Reeve compuso una expresión indignada.

– Agente, supongo que no estará insinuando que Nicola Maiden y yo…

– Bueno, era una mujer muy atractiva.

– Y mi mujer también.

– Me pregunto si su mujer tuvo algo que ver con su renuncia. Es raro, si quiere saber mi opinión. Nicola Maiden deja la facultad para trabajar con usted a jornada completa, pero se marcha prácticamente la misma semana. ¿Por qué cree que lo hizo?

– Ya se lo he dicho. Dijo que volvía a casa, a Derbyshire…

– … donde fue a trabajar con un tío que nos dice que tenía un hombre en Londres. Exacto. Por eso me pregunto si el hombre de Londres es usted.

Barbara miró a Nkata con admiración. Le gustaba su costumbre de no andarse por las ramas.

– Resulta que estoy enamorado de mi mujer -dijo Reeve con firmeza-. Tricia y yo estamos juntos desde hace veinte años, y si cree que voy a poner en peligro todo por echar un polvo con una colegiala, temo que está muy equivocado.

– Nada sugiere que fuera cuestión de un solo polvo -repuso Barbara.

– Un solo polvo o uno todas las noches de la semana, da igual -replicó Reeve-. No estaba interesado en liarme con Nicola Maiden. -Aparentó ponerse tenso cuando sus pensamientos tomaron de repente otra dirección. Respiró hondo y cogió un abridor de cartas plateado que descansaba en mitad del escritorio-. ¿Alguien les ha dicho lo contrario? ¿Alguien ha puesto en entredicho mi buen nombre? Insisto en saberlo. Porque en ese caso voy a hablar con mi abogado ahora mismo.

No cabía duda de que era norteamericano, pensó Barbara con cansancio.

– ¿Conoce a un tipo llamado Terry Cole, señor Reeve?

– ¿Terry Cole? ¿C-o-l-e? Entiendo. -Mientras hablaba, Reeve cogió una pluma y un bloc y escribió el nombre-. De modo que ese es el pequeño bastardo que ha dicho…

– Terry Cole ha muerto -explicó Nkata-. No dijo nada. Murió con Nicola Maiden en Derbyshire. ¿Le conoce?

– Jamás oí hablar de él. Cuando pregunté quién les había dicho… Escuchen. Nicola ha muerto y yo lo lamento. Pero no la veía desde finales de abril. No hablaba con ella desde finales de abril. Y si alguien se empeña en mancillar mi reputación, tomaré las medidas pertinentes para descubrir a ese bastardo y hacerle pagar su osadía.

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