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El retorno de los dragones

Электронная книга - «El retorno de los dragones». Краткое содержание книги:

Son amigos de toda la vida que siguieron caminos distintos. Ahora vuelven a reunirse, aunque cada uno oculta a los demás algún secreto particular. Hablan de un mundo sobre el que se cierne la sombra de la guerra, cuentan historias de extraños monstruos, de criaturas míticas forjadas en la leyenda, pero no dicen nada de sus secretos. Al menos, no por el momento. No los revelarán hasta ques se encuentren con una misteriosa y enigmática mujer, que porta una vara mágica. Ella hará que el grupo de amigos se vea inmerso en las sombras, y que sus vidas cambien para siempre, al tiempo que forjan el destino del mundo. Nadie esperaba que fueran unos héroes.
Y ellos, menos que nadie.
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—Todo lo que tenéis que hacer es ir hacia allí y colgaros de la cadena —señaló la cadena que sostenía la marmita repleta de draconianos.

Los rostros de los enanos se iluminaron. Aquello no sonaba tan mal. De hecho, era algo que hacían casi todos los días cuando no llegaban a tiempo de subir a la marmita.

Raistlin movió el brazo.

—¡Corred! —ordenó.

Los enanos gully se miraron unos a otros y, excepto Bupu, corrieron hacia el borde del agujero. Chillando salvajemente, se arrojaron sobre la cadena, colgándose de ella con maravillosa destreza.

El mago corrió hacia la rueda seguido de Bupu, que trotaba tras él. Asiendo el bastón de mago, lo sacó del mecanismo. La rueda tembló y comenzó a moverse de nuevo girando cada vez más rápido, ya que el peso de los enanos gully aceleraba la bajada de la marmita.

La repentina sacudida halló desprevenidos a algunos de los draconianos que estaban encaramados en el borde para lanzarse contra la otra marmita, por lo que perdieron el equilibrio y cayeron. A pesar de que sus alas amortiguaban su caída, chillaron de rabia. Sus alaridos producían un extraño contraste con los gritos de júbilo de los enanos gully.

Riverwind se asomó al agujero y, cuando la olla en la que estaban sus compañeros estaba casi llegando a la superficie, la sujetó.

—¿Estáis bien? —preguntó ansiosa Goldmoon mientras se agachaba para ayudar a Caramon a salir.

—Tanis está herido —dijo Caramon sosteniendo al semielfo.

—Es sólo un chichón... —protestó Tanis aturdido. En la parte trasera de su cabeza se palpaba un bulto que iba creciendo por momentos—. Creí que me estaba cayendo de esa cosa —se estremeció al recordarlo.

—¡No podemos bajar por allí! —dijo Sturm al saltar de la marmita—. Y tampoco podemos quedarnos aquí. No tardarán mucho en volver a poner el mecanismo en funcionamiento y en perseguimos. Deberíamos retroceder.

—¡No! ¡No iros! —Bupu se agarró a Raistlin—. ¡Conozco camino para Gran Bulp! —tiró de la manga del mago y señaló hacia el norte—. ¡Buen camino! ¡Camino secreto! —dijo suavemente acariciando su mano—. No dejaré que jefes prenderte. Tú bonito.

—Creo que no tenemos otra salida. Hemos de llegar allá abajo —dijo Tanis. Goldmoon tocó al semielfo con la Vara e inmediatamente el poder curativo se extendió por su cuerpo y, a medida que el dolor fue aminorando, se sintió más aliviado. Con una amistosa sonrisa agradeció a Goldmoon su ayuda—. Tal como tu dijiste, Raistlin, deben llevar años viviendo aquí.

Flint gruñó, moviendo la cabeza cuando Bupu comenzó a caminar por el corredor en dirección norte.

—¡Deteneos, escuchad! —susurró Tasslehoff. Oyeron un sonido de pisadas que se acercaban.

—¡Draconianos! —dijo Sturm—. ¡Hemos de salir de aquí! Dirijámonos hacia el oeste.

—Me lo imaginaba —refunfuñó Flint con expresión ceñuda—. ¡Esa enana gully nos está guiando directamente hacia esas lagartijas!

—¡Esperad ! —Goldmoon sujetó a Tanis por el brazo—. ¡Miradla!

El semielfo se giró y vio que Bupu sacaba algo blando y amorfo de la bolsa que pendía de su hombro. Acercándose a la pared, la pequeña gully agitó aquella cosa frente a un pedazo de roca y murmuró unas palabras. La pared vibró, y en pocos segundos apareció una puerta que se abrió en la oscuridad.

Los compañeros intercambiaron miradas inquietas.

—No tenemos otra opción —murmuró Tanis. Oían claramente el tintineo de las armaduras de los draconianos que desfilaban por el corredor en dirección a ellos—. Raistlin, luz —ordenó.

El mago pronunció las palabras y el cristal de su bastón se iluminó. Todos cruzaron rápidamente la puerta secreta que se cerró tras ellos. El bastón iluminó una pequeña habitación cuadrada, decorada con esculturas talladas que estaban recubiertas de limo, lo que hacía imposible su identificación. Se detuvieron en silencio, escuchando el desfile de draconianos por el corredor.

—Deben haber oído la pelea —susurró Sturm—. No tardarán mucho en poner el mecanismo en marcha de nuevo, ¡entonces tendremos a todas las fuerzas draconianas tras nosotros!

—Yo saber camino abajo —Bupu movió la mano en señal de protesta—. No preocuparas.

—¿Cómo abriste la puerta, pequeña? —preguntó Raistlin con curiosidad, arrodillándose a su lado.

—Magia —respondió ella tímidamente abriendo la mano. Sobre su sucia palma había una rata muerta que enseñaba los dientes en una mueca eterna. Raistlin arqueó las cejas sorprendido, pero Tasslehoff le tocó el brazo.

—No ha sido magia, Raistlin. Simplemente es una puerta con una clavija escondida.

La vi cuando Bupu señaló la pared, y estaba a punto de comentarlo cuando ella comenzó con esas tonterías sobre magia. Pisa la clavija cuando se acerca a la puerta y agita esa cosa —el kender soltó una risita—. Probablemente tropezó con ella una vez por casualidad, llevando la rata en la mano...

Bupu atravesó al kender con la mirada.

—¡Magia! —declaró acariciando mimosamente a la rata. Metiéndola otra vez en su bolsa dijo:

—¡Vamos!, vosotros ir. —Los guió hacia el norte, cruzando habitaciones destruidas y cubiertas de limo. Finalmente se detuvo en una sala llena de piedras, polvo y escombros. Parte del techo se había derrumbado y la habitación estaba llena de baldosas rotas. La enana gully farfulló unas palabras y señaló algo que había en un rincón de la sala.

—¡Bajar! —dijo.

Tanis y Raistlin se dirigieron hacia allí para investigar. Encontraron un tubo de unos cuatro pies de ancho, que asomaba en medio de aquel suelo destrozado. Aparentemente, había caído a través del techo, hundiéndose en la parte noreste de la habitación. Raistlin introdujo su bastón en el tubo y miró el interior.

—¡Vamos, vosotros ir! —dijo Bupu señalando y tirando con impaciencia de la manga del mago—. Jefes no poder seguir.

—Probablemente sea cierto —dijo Tanis —. Sus alas abultan demasiado.

—Pero no hay espacio suficiente para manejar una espada —dijo Sturm frunciendo el entrecejo—. No me gusta...

De pronto dejaron de hablar. Se oyó el crujido de la rueda y el chirrido de la cadena. Los compañeros se miraron unos a otros.

—¡Yo iré primero! —Tasslehoff hizo una mueca. Introduciendo la cabeza en el tubo, avanzó gateando.

—¿Estáis seguros de que cabré ahí dentro? —preguntó Caramon mirando ansiosamente la abertura.

—No te preocupes —la voz de Tas llegó hasta ellos—. Está tan impregnado de limo que te deslizarás tan fácilmente como un cerdo untado de manteca.

Esta buena noticia no pareció animar a Caramon. Siguió contemplando la tubería apesadumbrado, mientras Raistlin, ayudado por Bupu, se arremangaba la túnica y se deslizaba en el interior iluminando el camino con su bastón. Flint gateó tras él. Le siguió Goldmoon, haciendo muecas de asco cuando sus manos tocaron aquel limo espeso y verdoso. Riverwind se deslizó tras ella.

—Esto es una insensatez, ¡espero que os deis cuenta de ello! —exclamó Sturm enojado.

Tanis no contestó. Le dio unas palmadas a Caramon en la espalda.

—Es tu turno —le dijo.

Caramon gruñó. Arrodillándose, el enorme guerrero trepó por la abertura del tubo. La empuñadura de su espada se le atascó en el borde. Retrocediendo, la desenganchó y lo intentó de nuevo. Esta vez se le atascó el trasero y se arañó la espalda. Tanis le empujó.

—¡Estírate! —le ordenó el semielfo.

Caramon volvió a gruñir, dejándose caer pesadamente. Comenzó a avanzar con el escudo por delante. Su armadura rozaba contra las paredes del tubo metálico produciendo un sonido tan agudo y estridente que hacía rechinar los dientes.

Tanis se agarró a la tubería, metiendo sus piernas en primer lugar y deslizándose sobre aquel limo de fétido olor. Volvió la cabeza para mirar a Sturm que era el último en bajar.

—Desde que seguimos a Tika a la cocina de El Último Hogar, ¡todo ha sido una insensatez! Hace sólo 4 días que abandonamos Solace y parece que ha transcurrido una eternidad. Deseo intensamente volver a nuestra ciudad. ¡Ojalá lo consigamos pronto!

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