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Tratamiento criminal [Silent Treatment - es]

Электронная книга - «Tratamiento criminal [Silent Treatment - es]». Краткое содержание книги:

La víspera del día en que Evie va a ser operada, su esposo, el doctor Harry Corbett, va al hospital con la esperanza de reconciliarse con ella tras una época de indiferencia y mutismo. Pero cuando llega a la habitación de Evie ya es demasiado tarde. Sin nada que hubiese podido hacer temer por su vida, Harry se la encuentra muerta y se convierte así en el único sospechoso del asesinato. Unos días más tarde, sin embargo, la mano asesina vuelve a actuar de modo tan audaz como desafiante, pero sólo el doctor Corbett sospecha que las muertes no se están produciendo por causas naturales. Empieza aquí una lucha desesperada para desenmascarar al monstruo homicida que tiene en jaque a todos los pacientes del hospital.
Michael Palmer ha conseguido una sobrecogedora novela de intriga médica, un impresionante thriller protagonizado por el médico más siniestro aparecido en la literatura de terror desde los tiempos de Hannibal Lecter.
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– ¿Quién es usted? -preguntó Harry.

– El hombre a quien atacó y mató anoche de manera tan despiadada significaba mucho para mí -dijo el anónimo comunicante con frialdad.

– Mire, yo no ataqué a nadie. Sus matones trataron de matarnos a nosotros. Aunque no tengo la menor idea de quién pudo ser, no pretenderá que lamente que nos salvase la vida, ¿verdad?

– Me parece que miente, doctor Corbett. La culpa es mía por no pensar que podía usted atraerlos a una emboscada. Espero que comprenda que fue una idea tan estúpida como desafortunada. Muy desafortunada y muy estúpida.

– ¿Quién es usted? ¿Por qué hace esto? ¿Por qué mató a Evie?

– Se ha convertido usted en un grave problema para mí, doctor Corbett -dijo el desconocido con voz queda-. Y no tendré más remedio que resolverlo. Las cosas serían más fáciles, para muchas personas, si encontrase un medio indoloro e inteligente de quitarse la vida.

– ¡Váyase a hacer puñetas!

– La muerte o cadena perpetúa. Me temo que ésas sean las únicas opciones que tiene. Si no quiere matarse ahora, le prometo que querrá hacerlo en cuanto me tenga delante. El hombre a quien hizo matar anoche era íntimo amigo mío. Y lo vengaré.

Harry sintió el impulso de colgar, pero, sin embargo, optó por sentarse y pensar, en un desesperado esfuerzo por dar con las palabras adecuadas para conjurar la amenaza.

– ¿Por qué no nos deja en paz? No sé quién es usted, ni Maura Hughes tampoco. No recuerda nada de su estancia en el hospital. Nada.

– Ya. ¡Y me lo voy a creer! No cuente con ello. Lo que le espera es el castigo… y el suicidio. Ambas cosas las considero esenciales. Y para darle una prueba de la seriedad de mis intenciones, he elegido a ese joven con el que ha hablado hace un rato. Se llama Barlow, ¿no?

– ¡Cabrón! ¡No se le ocurra tocarlo!

– Parece un buen chico. Es una lástima que sea usted su médico.

– ¡No!

– Piense en sus opciones, doctor Corbett. Una adecuada dosis de morfina es totalmente indolora; o una buena ración de somníferos. También puede recurrir al monóxido de carbono; ya sabe: el tubo de escape del coche. Lanzarse al vacío desde un rascacielos le proporcionaría un maravilloso espectáculo, y apenas sentiría nada. Y saltarse la tapa de los sesos disparándose en el paladar puede que aún lo notase menos.

– Por favor -dijo Harry en tono suplicante-. Deme tiempo. Deme tiempo para decidirme.

– Dispone de cuanto quiera.

– Gracias. Muchas gracias.

– Quien temo que no disponga de tanto tiempo es el señor Barlow. Buenos días, doctor.

– ¡No! -gritó Harry. Pero ya habían colgado-. ¡Maldito sea!

El doctor Corbett alzó la vista y vio que Walter Concepción estaba en la entrada.

– Es que… no sé si he de quitarme la ropa -balbució el nuevo paciente, algo azorado.

Mary Tobin asomó por la puerta segundos después de que Harry la llamara a gritos.

– ¡Telefonee a la quinta planta del edificio Alexander! -le ordenó Harry-. Dígales que envíen, de inmediato, a alguien a la habitación quinientos cinco, la de Andrew Barlow. Habitación quinientos cinco. Yo voy para allá en seguida.

– Sí, doctor.

– Tendrá usted que volver en otro momento -le dijo Harry a Walter Concepción.

Sin darle opción a replicar, Harry pasó junto al boquiabierto paciente y salió del consultorio.

Aunque luciese un sol espléndido, el día presagiaba tormenta, pensó Harry al enfilar hacia el Centro Médico de Manhattan, que estaba a sólo seis manzanas del consultorio.

Capítulo 20

A nadie sorprendía, en aquella zona de la ciudad, ver a un hombre correr por la acera con traje y mocasines, esquivando a los viandantes.

Eran ya casi las ocho de la mañana y había bastante humedad. Los transeúntes se apartaban al notarlo llegar a la carrera, y algunos volvían la cabeza, aunque la mayoría miraba hacia delante para tratar de ver a quién perseguía.

Aunque podía ir más de prisa, sus recientes dolores en el pecho lo inducían a moderar la velocidad. Aun y así, notó varios pinchazos en el costado izquierdo. Temía que de un momento a otro lo atenazase el agudo dolor.

Llegó al hospital con la chaqueta colgada del brazo y secándose el sudor de la frente con una manga. Irrumpió en el vestíbulo como una exhalación, seguro de que, a través del sistema de megafonía, ya habrían llamado al 99 para que acudiese a la planta 5. Pero no hubo tal. Ni siquiera sonó el «busca» que llevaba prendido del cinturón.

El vestíbulo estaba tan atestado como siempre. Por pura consideración al hospital y a los pacientes, Harry dejó de correr en cuanto llegó al pasadizo que comunicaba con el edificio Alexander.

A ciertas horas del día, era más rápido coger el ascensor que subir por la escalera, pero Harry no lo dudó ni un momento y subió los peldaños de dos en dos, sin dejar de dar gracias por su diario ejercicio. Notaba molestias en el pecho, aunque no verdadero dolor, nada que indicase una dolencia cardíaca. Debía de tratarse de algo puramente muscular o gastrointestinal, se dijo. El carrito 99 estaba frente a la puerta de la habitación 505. Harry maldijo en voz alta al verlo. En seguida reparó en que aún no habían levantado la tapa al carrito. Las dos enfermeras que con tanto desdén lo miraron hacía un rato, charlaban junto a la puerta. No advirtió en ellas el menor cambio de actitud.

– ¿Qué ocurre? -les preguntó.

– ¿Qué vamos a saber nosotras? -contestó una de ellas con retintín-. Díganoslo usted.

Harry las ignoró e irrumpió en la habitación. Junto a la cama, Steve Josephson le auscultaba el pecho y la espalda a Andy Barlow. El joven arquitecto, que inhalaba oxígeno a razón de casi seis litros por minuto, tenía el mismo aspecto que hacía un rato (de persona enferma, aunque no en peligro de muerte).

– Congestión en la base de ambos pulmones -musitó para sí Josephson, que en seguida reparó en la presencia de Harry-. Ah, está usted aquí. Andaba por la planta, en mi ronda de visitas, y las enfermeras me han hecho subir de prisa. Por lo visto, la enfermera de su consulta ha llamado y ha dicho que había una emergencia con el señor Barlow.

Harry se acercó a la cama, consciente de que varias personas más (enfermeras, la secretaria del edificio y un par de médicos) se agolpaban en la entrada. Comprendió que, por más que dijese, su credibilidad, que ya estaba bajo mínimos, no tardaría en quedar reducida a cero. Era víctima de la manipulación de un maníaco que, además, actuaba con suma habilidad.

– He recibido una llamada a través de la línea privada de mi consulta -musitó Harry para que no se enterase todo el hospital-. Una voz de hombre ha insinuado que… se proponía causarle grave daño a Andrew.

Barlow estaba en pleno acceso de tos.

– ¿Por qué habría de hacer tal cosa? -dijo Andrew con la voz entrecortada.

– ¡Quieren hacer el favor de cerrar la puerta! -les espetó Harry a los de la puerta.

Como todos hicieron caso omiso, Harry fue a cerrarla, pero la enfermera jefe, Corinne Donnelly, entró antes de que llegase a hacerlo.

– Cierre la puerta, si quiere -dijo ella-, aunque pienso quedarme a ver cómo nos explica lo ocurrido.

Donnelly era casi de la misma edad que Harry. En cierta ocasión, le envió a una íntima amiga a su consulta privada. Sin embargo, ahora lo miraba con expresión desafiante, con visibles deseos de provocar un enfrentamiento.

– Pase -le dijo Harry con gesto hastiado.

La enfermera indicó a los de la entrada que se marchasen y cerró la puerta. Steve Josephson recostó su fornido corpachón en la pared. Harry miró a su paciente.

– Aunque no lo hayamos comentado, Andy, supongo que sabe lo de la muerte de mi esposa; que lo habrá visto en los periódicos o por televisión.

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