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Tratamiento criminal [Silent Treatment - es]

Электронная книга - «Tratamiento criminal [Silent Treatment - es]». Краткое содержание книги:

La víspera del día en que Evie va a ser operada, su esposo, el doctor Harry Corbett, va al hospital con la esperanza de reconciliarse con ella tras una época de indiferencia y mutismo. Pero cuando llega a la habitación de Evie ya es demasiado tarde. Sin nada que hubiese podido hacer temer por su vida, Harry se la encuentra muerta y se convierte así en el único sospechoso del asesinato. Unos días más tarde, sin embargo, la mano asesina vuelve a actuar de modo tan audaz como desafiante, pero sólo el doctor Corbett sospecha que las muertes no se están produciendo por causas naturales. Empieza aquí una lucha desesperada para desenmascarar al monstruo homicida que tiene en jaque a todos los pacientes del hospital.
Michael Palmer ha conseguido una sobrecogedora novela de intriga médica, un impresionante thriller protagonizado por el médico más siniestro aparecido en la literatura de terror desde los tiempos de Hannibal Lecter.
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Aunque por la mañana era cuando más frenética era la actividad en el hospital, con las idas y venidas de médicos, enfermeras, auxiliares, estudiantes, técnicos y empleados de mantenimiento, ningún miembro del personal recordaba haber visto nada anormal en la habitación de Barlow después de que Harry se marchase.

Tras recibir la noticia, Harry anuló las pocas visitas que tenía en su consulta y volvió al hospital, tan descorazonado como aturdido.

Andy Barlow yacía boca arriba en la penumbra, cubierto con una sábana hasta el mentón. Su cara reflejaba ya la rigidez cadavérica.

Harry sintió ganas de gritar, de aullar como un animal herido. Hubiese destrozado todo lo que tenía a mano para desahogarse, pero se dominó y se sentó junto al lecho. Le cogió una mano a Barlow y rompió a llorar.

Antes de abandonar la planta, llamó a Owen Erdman. Le dijo que volvería a llamar después, para acordar una entrevista lo antes posible. Luego llamó a la familia de Andy y a Albert Dickinson, que le pidió que acudiese a la comisaría. Y allí estaba.

– Si cree que por ser el primero en notificármelo lo voy a borrar de mi lista, es que está loco -le dijo el inspector-. Lo cierto, sin embargo, es que eso es precisamente lo que ocurre: que está usted loco.

– ¿Cómo?

– ¡Que está usted loco! -le espetó Dickinson.

El inspector no podía acusarlo formalmente de delito alguno hasta que la autopsia demostrase que Andy no había muerto por causas naturales. Pero aunque nada anómalo revelase la autopsia, quedarían muchas preguntas por contestar. Al fin y al cabo, el joven arquitecto estaba incluido en la lista de pacientes en situación crítica. Y las enfermeras con quienes Dickinson habló le aseguraron que la falsa alarma de Harry agravó enormemente la crítica situación de Barlow.

– No fue una falsa alarma -replicó Harry, decidido a armarse de paciencia-. La enfermera de mi consulta oyó la llamada.

– No exactamente, amigo mío. Oyó sonar el teléfono. Incluso un obtuso inspector como yo sabe que, entre oír sonar un teléfono y oír una conversación, hay mucha diferencia.

– También lo oyó uno de mis pacientes desde la entrada de mi despacho. Por lo menos de algo tuvo que enterarse, aunque sólo fuese de lo que yo decía.

– Ya está. Me ha convencido.

– No sea tan sarcástico.

– Pues deje de intentar que me trague sus patrañas, como si yo fuera un retrasado mental.

– El paciente a quien me refiero se llama Walter Concepción.

Harry hizo memoria acerca de lo poco que sabía de aquel paciente: ex detective privado, en el paro, ex drogadicto, afectado de jaqueca crónica, tics nerviosos. Era justo la clase de testigo que Dickinson estaría encantado que esgrimiese; un testigo que encajaba a la perfección con otra testigo alcohólica, que había llegado a sufrir ataques de delírium trémens. La verdad era que encajaban como un guante.

– Deme la dirección del tal Walter y hablaré con él -dijo el inspector.

– A ver, dígame una cosa, teniente Dickinson: ¿qué gano yo con inventarme esa llamada telefónica? ¿Por qué habría de hacerlo?

– No sé… ¿Que por qué afirma que el hombre que, según usted, mató a su esposa llama para anunciarle que, sin más ni más, va a liquidar a un pobre marica aquejado de una enfermedad incurable? La verdad es que se me escapa.

– Yo no maté a mi esposa, ni me he inventado la llamada telefónica. ¿Hasta cuándo va a seguir el interrogatorio?

– El paciente puede haber muerto de un ataque al corazón, o algo así-dijo el inspector, que se aflojó el nudo de la corbata para aliviarse del bochorno que hacía allí dentro-. Verá: si yo estoy en las últimas, con sida y neumonía, e irrumpe mi médico en la habitación gritando que alguien quiere matarme, a lo mejor palmo del susto.

– Mire usted, inspector. Lo llamé para informarle de la muerte de Andy. Aguardé en la planta mientras usted y sus hombres interrogaban a todos los que estaban allí. He acudido aquí, a su comisaría, sin hacerme acompañar por ningún abogado. Hace hora y media que contesto a sus preguntas, algunas hasta dos o tres veces. He soportado insultos, insinuaciones insidiosas y acusaciones. Y sin embargo no creo que pueda tener queja de mi comportamiento. En estos momentos, estoy muy afectado por lo que le ha ocurrido a Andy Barlow. Lo apreciaba de verdad y hacía lo indecible para que superase la neumonía. Creo que lo mató el mismo que mató a Evie. Y, desde luego, yo no. Si tiene más preguntas que formularme, que no me haya hecho ya, se las contestaré con mucho gusto. De lo contrario, me marcho.

– Tanto si la autopsia da positivo como si da negativo, usted seguirá en mi lista como el principal sospechoso.

– Allá usted -replicó Harry.

Dickinson iba a apagar la colilla de su Pall Mall en el cenicero, pero reparó en que aún tenía el cigarrillo por la mitad, y exhaló el humo en dirección a Corbett.

Harry se levantó, cogió la chaqueta que había colgado en el respaldo de la silla y enfiló hacia la puerta.

– No me ha detenido por el asesinato de Evie porque el fiscal no cree que haya base suficiente. Y no se equivoca. Yo no maté a mi esposa.

– Eso ya se lo dirá usted al jurado, doctor. He apostado el sueldo de una semana a que el jurado lo va a crucificar.

– Muy bien. Cuando esté usted en condiciones de llevarme ante un tribunal, ya sabe dónde encontrarme.

* * *

Harry llegó a su consulta poco después de las tres. En la sala de espera no había nadie. Detrás del cristal de recepción estaba Mary Tobin, visiblemente entristecida.

– He tenido que cambiarles el día de visita a la señora Gonsalves y a los chicos de la señora Silverman -dijo Mary-. La señora Gonsalves no ha puesto inconvenientes, pero la señora Silverman se ha enfadado mucho. Acaba de llamar para decirme que le enviemos el historial médico de toda la familia al doctor Lorello.

– Marv Lorello es bueno. Los atenderá perfectamente.

– O sea… ¿que no le importa?

– Claro que me importa, Mary, pero ¿qué quiere que haga?

– No lo sé. Ay, Dios mío… Me parece, doctor, que esto empieza a poder conmigo.

– Y conmigo.

– Lo de Andy Barlow ha sido espantoso.

Corbett estaba tan crispado que cogió uno de los formularios que hacía rellenar a sus pacientes y lo estrujó.

– Le juro, Mary, que el cabrón que lo ha matado lo va a pagar.

Harry seguía con el formulario en la mano, hecho una pelota. Lo lanzó a la papelera con tan poco tino que cayó a medio metro.

– He de ir a ver a los padres de Andy a Delaware -prosiguió Corbett-. Es una parte de mi trabajo que siempre he detestado, pero aún detesto más comunicarlo por teléfono.

Mary se levantó, se acercó a su jefe y lo abrazó. Su familia había tenido que soportar muchas desgracias y sabía cómo consolar y confortar. La gordura de Mary Tobin transmitía calidez. Le recordaba a su madre antes de que empezase a sufrir ataques y perdiese más de treinta kilogramos.

Harry dejó de buen grado que el abrazo se prolongase unos segundos.

– Me parece que he de darle otra mala noticia -dijo Mary al soltarse de Harry-. Sara se marcha.

A Harry se le cayó el alma a los pies. Su auxiliar llevaba en la consulta más de cuatro años. Era inteligente, ponía mucho interés en aprender y enfocaba los problemas clínicos tal como él lo hacía. Los pacientes la adoraban y, en realidad, aportaba a la consulta más beneficios de lo que cobraba.

Harry dirigió la mirada hacia el pasillo y vio que en el despacho de Sara no había luz.

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