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Observadores del pasado: La redención de Cristóbal Colón [Pastwatch: The Redemption of Christopher Columbus - es]

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En un futuro no demasiado lejano, un pequeño grupo de científicos e historiadores dedican sus horas a estudiar el pasado con una nueva máquina de observación a través del tiempo, la TruSite II.
Por desgracia su mundo es un lugar trágico: la especie humana ha quedado reducida a una población de menos de mil millones de personas tras un siglo de guerras y plagas, de sequía, de inundaciones y de hambrunas. Ha habido demasiadas extinciones, demasiada tierra ha quedado envenenada y baldía. La gente que sobrevive lucha por renovar el planeta, mientras los especialistas observan el pasado en busca de las causas de su terrible presente.
Un día, sin embargo, al contemplar la terrible matanza de las tribus caribeñas a manos de los españoles, que conducidos por Cristóbal Colón se dirigen a La Hispaniola, la observadora Tagin descubre que la mujer a quien está estudiando también la ve a ella y, a su vez, interpreta esa imagen como un mensaje de los dioses.
¿Podría alterarse el pasado? ¿Seria correcto que un pequeño grupo de observadores actuara deforma que, de tener éxito, hiciera desaparecer una línea temporal, aunque fuera la suya propia? ¿Se justificaría su acción si, gracias a ella, se evitara la muerte de todo el planeta?
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—Yo soy el que ha acudido a vosotros —dijo Manjam.

—¿Y por qué nos muestras esto? ¿Por qué nos lo cuentas? —preguntó Tagiri.

—Porque tenéis que comprender que sé de qué estoy hablando. Y tengo que mostraros algunas cosas antes de que comprendáis por qué vuestro proyecto ha sido potenciado, por qué no habéis tenido ninguna interferencia, por qué se os ha permitido unir a tanta gente desde el momento en que descubristeis, Tagiri y Hassan, que podemos volver atrás y afectar el pasado. Y sobre todo desde que tú, Diko, descubriste que alguien lo había hecho ya, cancelando su propio tiempo para crear un nuevo futuro.

—Entonces, muéstranoslo —dijo Hunahpu.

Manjam tecleó las nuevas coordenadas. La pantalla cambió. Era una vista aérea de larga distancia de un enorme llano de piedra con sólo unas cuantas plantas desérticas diseminadas, a excepción de hierba y gruesos árboles junto a las riberas de un ancho río.

—¿Qué es esto, el Proyecto Sahara? —preguntó Hassan.

—Es el Amazonas —dijo Manjam.

—No —murmuró Tagiri—. ¿Tan mal aspecto tenía antes de que comenzara la restauración?

—No comprendéis —insistió Manjam—. Esto es el Amazonas ahora mismo. O, técnicamente hablando, hace unos quince minutos.

La imagen se movió rápidamente, kilómetro a kilómetro a lo largo del río, y nada cambió hasta que por fin, después de lo que podrían haber sido mil quinientos kilómetros, vieron las escenas familiares de los informativos: el denso bosque tropical del proyecto de restauración. Pero en sólo unos instantes atravesaron toda la jungla y volvieron al suelo rocoso donde apenas crecía nada. Y así continuó, hasta la desembocadura del río en el océano.

—¿Eso es todo? ¿Eso es el bosque tropical del Amazonas? —preguntó Hunahpu.

—Pero ese proyecto lleva en marcha cuarenta años —dijo Hassan.

—No era tan malo cuando empezaron —dijo Diko.

—¿Nos han estado mintiendo? —preguntó Tagiri.

—Veamos —dijo Manjam—. Todos habéis oído hablar de la terrible pérdida de la capa superior del suelo. Todos sabéis que, con la desaparición de los bosques, la erosión se volvió incontrolada.

—Pero estaban plantando hierba.

—Y se murió —dijo Manjam—. Están trabajando en una nueva especie que pueda vivir con la escasez de nutrientes importantes. No pongáis esa cara. La naturaleza está de nuestro lado. Dentro de diez mil años el Amazonas habrá vuelto a la normalidad.

—Eso es más tiempo que… más antiguo que la civilización.

—Un mero hipido en la historia ecológica de la Tierra. Simplemente, hace falta tiempo para que se traiga nuevo suelo de los Andes y se acumule en las riberas del río, donde las hierbas y los árboles sobrevivan y gradualmente vayan ampliándose. Al ritmo de unos seis a diez metros al año para la hierba, con suerte. También sería una gran ayuda si hubiera algunas inundaciones masivas de vez en cuando, para esparcir nuevo suelo. Un nuevo volcán en los Andes estaría bien… las cenizas serían muy útiles. Y las perspectivas de que uno entre en erupción en los próximos diez mil años son muy buenas. Y luego siempre está la tierra que cruza el Atlántico desde África, empujada por los vientos. ¿Veis? Nuestras perspectivas son buenas.

Las palabras de Manjam eran alegres, pero Diko estaba segura de que estaba siendo irónico.

—¿Buenas? Esa tierra está muerta.

—Oh, bueno, sí, por ahora.

—¿Qué hay de la restauración del Sahara? —preguntó Tagiri.

—Va muy bien. Buen progreso. Yo calculo que nos quedan unos quinientos años.

—¡Quinientos! —exclamó Tagiri.

—Eso es suponiendo que haya un gran aumento de lluvias, por supuesto. Pero nuestra predicción meteorológica va muy bien a nivel climático. Tú trabajaste en parte de ese proyecto cuando eras estudiante, Kemal.

—Hablábamos de restaurar el Sahara en cien años.

—Bueno, sí, y eso sucedería si pudiéramos continuar manteniendo tantos equipos en marcha. Pero eso no será posible dentro de otros diez años.

—¿Por qué no?

Otra vez la pantalla cambió. El océano en una tormenta, golpeando contra un dique. Lo rompió. Una pared de agua inundó… ¿campos de grano?

—¿Dónde es eso? —demandó Diko.

—Sin duda habéis oído hablar de la rotura del dique de Carolina. En América.

—Eso fue hace cinco años.

—Cierto. Muy desafortunado. Perdimos las islas de la barrera costera hace cincuenta años, con la subida del océano. Esta sección de la costa este norteamericana dejó de producir tabaco y madera para dedicarse al grano, para así sustituir a las granjas que desaparecieron con la sequía de la pradera norteamericana. Ahora hay multitud de hectáreas bajo el agua.

—Pero estamos haciendo progresos para reducir los gases invernadero —dijo Hassan.

—Así es. Pensamos que, con seguridad, podremos reducir el efecto invernadero significativamente dentro de unos treinta años. Pero para entonces, veréis, no querremos reducirlos.

—¿Por qué no? —preguntó Diko—. Los océanos están subiendo a medida que los casquetes polares se funden. Tenemos que detener el calentamiento global.

—Nuestros estudios climáticos muestran que ese problema se corregirá solo. El calor superior y el aumento del área superficial del océano producirán una evaporación significativamente superior y diferenciales de temperatura en todo el mundo. La capa de nubes aumenta, lo que eleva el albedo de la Tierra. Pronto reflejaremos más luz solar que nunca, incluso que antes de la última edad de hielo.

—Pero los satélites climatológicos… —dijo Kemal.

—Impiden que los extremos sean insoportables en cualquier localización. ¿Cuánto piensas que pueden durar esos satélites?

—Pueden ser sustituidos cuando se agoten —dijo Kemal.

—¿De veras? —preguntó Manjam—. Ya estamos retirando a la gente de las fábricas para que trabajen en los campos. Pero eso no ayudará de verdad porque ya estamos cultivando casi el ciento por ciento de la tierra donde queda alguna capa superficial de suelo. Y como hemos estado labrando a máximo nivel desde hace algún tiempo, ya empezamos a advertir los efectos del aumento de la capa de nubes… menos cosechas por hectárea.

—¿Qué estás diciendo? —dijo Diko—. ¿Que ya es demasiado tarde para restaurar la Tierra?

Manjam no respondió. En cambio, hizo aparecer en la pantalla una gran región llena de silos de grano. Acercó la imagen y vieron el interior de todos ellos.

—Vacíos —murmuró Tagiri.

—Estamos consumiendo nuestras reservas —dijo Manjam.

—¿Pero por qué no estamos racionando?

—Porque los políticos no pueden hacer eso hasta que la gente como conjunto vea que se trata de una emergencia. Ahora mismo, no lo ve.

—¡Entonces hay que advertirla! —dijo Hunahpu.

—Oh, las advertencias están ahí. Y dentro de poco la gente empezará a pensar al respecto. Pero no hará nada, por el sencillo motivo de que no hay nada que se pueda hacer. Las cosechas continuarán menguando.

—¿Qué hay del océano? —preguntó Hassan.

—El océano tiene sus propios problemas. ¿Qué quieres que hagamos, que recolectemos todo el plancton para que también el océano muera? Pescamos todo lo que nos atrevemos. Ahora mismo estamos al máximo. Un poco más, y dentro de diez años nuestra producción se reducirá a una diminuta fracción de la actual. ¿No lo veis? El daño que causaron nuestros antepasados fue demasiado grande. No está en nuestra mano detener las fuerzas que llevan ya siglos en marcha. Si empezáramos a racionar ahora mismo, eso significaría que hambrunas devastadoras comenzarían dentro de veinte años en lugar de seis. Pero por supuesto no empezaremos a racionar hasta la primera hambruna. E incluso entonces, las zonas que están produciendo comida suficiente se volverán reacias a tener que pasar hambre para alimentar a gente que se encuentra en lugares remotos. Ahora mismo sentimos que todos los seres humanos son una tribu, de modo que no hay nadie con hambre en ninguna parte. ¿Pero cuánto tiempo creéis que durará, cuando la gente que produce alimentos oiga a sus hijos suplicar pan y los barcos se lleven el grano a otras tierras? ¿Cómo creéis que conseguirán entonces los políticos contener las fuerzas sociales que agitan el mundo?

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