Observadores del pasado: La redención de Cristóbal Colón [Pastwatch: The Redemption of Christopher Columbus - es]
- Автор: Кард Орсон Скотт
- Год: 1998
- Язык: испанский
- Год: Ediciones B
- ISBN: 84-406-8119-4
- Переводчик: Rafael Marin
- Жанр: Альтернативная история
Электронная книга - «Observadores del pasado: La redención de Cristóbal Colón [Pastwatch: The Redemption of Christopher Columbus - es]». Краткое содержание книги:
Por desgracia su mundo es un lugar trágico: la especie humana ha quedado reducida a una población de menos de mil millones de personas tras un siglo de guerras y plagas, de sequía, de inundaciones y de hambrunas. Ha habido demasiadas extinciones, demasiada tierra ha quedado envenenada y baldía. La gente que sobrevive lucha por renovar el planeta, mientras los especialistas observan el pasado en busca de las causas de su terrible presente.
Un día, sin embargo, al contemplar la terrible matanza de las tribus caribeñas a manos de los españoles, que conducidos por Cristóbal Colón se dirigen a La Hispaniola, la observadora Tagin descubre que la mujer a quien está estudiando también la ve a ella y, a su vez, interpreta esa imagen como un mensaje de los dioses.
¿Podría alterarse el pasado? ¿Seria correcto que un pequeño grupo de observadores actuara deforma que, de tener éxito, hiciera desaparecer una línea temporal, aunque fuera la suya propia? ¿Se justificaría su acción si, gracias a ella, se evitara la muerte de todo el planeta?
»¿Cómo me atrevo? ¿Cómo nos atrevemos? Aunque consigamos el consenso unánime de toda la gente de nuestro tiempo, ¿cómo consultaremos con los muertos?»
Caminó hasta la ribera del río. Con la llegada del atardecer, el calor del día empezaba por fin a remitir. En la distancia, los hipopótamos se bañaban, comían o dormían. Los pájaros llamaban, preparándose para su frenético festín de insectos nocturnos. «¿Qué pasa por vuestras mentes, pájaros, hipopótamos, insectos de las últimas horas de la tarde? ¿Os gusta estar vivos? ¿Teméis la muerte? Matáis para vivir; morís para que otros puedan vivir; es el sendero ordenado por la evolución, por la vida misma. Pero si tuvierais el poder, ¿no os salvaríais?» Todavía estaba junto al río cuando oscureció, cuando salieron las estrellas. Por un momento, al contemplar la antigua luz de los astros, pensó: «¿Por qué debería preocuparme descrear tanta historia humana? ¿Por qué debería importarme que sea peor que olvidada, que sea desconocida? ¿Por qué debería eso parecerme un crimen, cuando toda la historia humana es un parpadeo comparada con los miles de millones de años que han brillado las estrellas? Todos seremos olvidados con el último suspiro de nuestra historia; ¿qué importa, pues, si algunos son olvidados más pronto que otros, o si se causa que algunos nunca hayan existido?
»Oh, es una sabia perspectiva, comparar las vidas humanas con las vidas de las estrellas. El único problema es que corta por los dos lados. Si a la larga no importa que anulemos miles de millones de vidas para salvar a nuestros antepasados, entonces a la larga salvar a nuestros antepasados no importará tampoco, ¿así que por qué molestarnos en cambiar el pasado?
»La única perspectiva que cuenta es la humana —Tagiri lo sabía—. Somos los únicos que cuentan; somos los actores y también el público, todos nosotros. Y los críticos. También somos los críticos.»
La luz de una linterna eléctrica asomó a la vista mientras oía que alguien se acercaba a través de la hierba.
—Esa linterna sólo atraerá a animales que no queremos —dijo.
—Ven a casa —contestó Diko—. Aquí no se está seguro, y papá y yo estamos preocupados.
—¿Por qué debería estar preocupado? Mi vida no existe. Nunca viví.
—Estás viva ahora, y yo también, igual que los cocodrilos.
—Si las vidas individuales no cuentan, ¿entonces por qué molestarnos en volver atrás para mejorarlas? Y si en efecto cuentan, ¿cómo nos atrevemos a potenciar unas por encima de otras?
—Las vidas individuales cuentan —contestó Diko—. Pero la vida también. La vida como conjunto. Eso es lo que has olvidado hoy. Eso es lo que Manjam y los otros científicos olvidaron también. Hablan de todos esos momentos, separados, sin tocarse, y dicen que son la única realidad. Igual que la única realidad de la vida humana son los individuos, aislados y sin conocerse, sin tocarse en ningún punto. No importa lo cerca que estés, siempre estás separado.
Tagiri sacudió la cabeza…
—Esto no tiene nada que ver con lo que me molesta.
—Tiene todo que ver —dijo Diko—. Porque sabes que es mentira. Sabes que los matemáticos se equivocan también respecto a los momentos. Se tocan. Aunque no podamos realmente tocar la causalidad, las conexiones entre los momentos, eso no significa que no sean reales. Y sólo porque cada vez que miras de cerca a la raza humana, a la comunidad, a la familia, lo único que puedes encontrar son individuos separados, eso no significa que la familia no sea también real. Después de todo, cuando miras de cerca una molécula, lo único que ves son átomos. No hay ninguna conexión física entre ellos. Y, sin embargo, la molécula sigue siendo real por la forma en que los átomos se afectan unos a otros.
—Eres tan mala como ellos —dijo Tagiri—, respondiendo a la angustia con analogías.
—Las analogías son todo lo que tengo. La verdad es todo lo que tengo, y nunca es un consuelo. Pero comprender la verdad, eso es lo que tú me enseñaste a hacer. Así que aquí está la verdad. Lo que es la vida humana, para qué sirve, lo que nosotros hacemos es crear comunidades. Algunas son buenas, otras son malas, o algo intermedio. Tú me enseñaste esto, ¿no? Y hay comunidades de comunidades, grupos de grupos y…
—¿Y qué los hace buenos o malos? —demandó Tagiri—. La calidad de las vidas individuales. Las que vamos a eliminar.
—No —dijo Diko—. Lo que vamos a hacer es volver atrás y revisar la comunidad de comunidades definitiva, la raza humana como conjunto, la historia como un todo aquí en este planeta. Vamos a crear una nueva versión de ella, una que dará a los nuevos individuos que la habiten una oportunidad mucho mejor de ser felices, de tener una buena vida. Eso es real, y es bueno, madre. Merece la pena hacerlo.
—Nunca he conocido ningún grupo. Sólo personas. Sólo personas individuales. ¿Por qué debería hacer pagar a esa gente para que esta cosa imaginaria llamada «historia humana» pueda ser mejor? ¿Mejor para quién?
—Pero madre, las personas individuales siempre se sacrifican por el bien de la comunidad. Cuando cuenta lo suficiente, la gente a veces incluso muere, voluntariamente, por el bien de la comunidad de la que se considera parte. ¿Y por qué? ¿Por qué renunciamos a nuestros deseos individuales, dejándolos sin cumplir, o trabajamos duro en tareas que odiamos o tememos porque otros necesitan que las hagamos? ¿Por qué experimentaste tanto dolor para parirme a mí y a Acho? ¿Por qué renunciaste a todo el tiempo que hizo falta para cuidar de nosotros?
Tagiri miró a su hija.
—No lo sé, pero al escucharte, empiezo a pensar que tal vez mereció la pena. Porque tú sabes cosas que yo no sé. Quería crear a alguien distinto de mí, mejor que yo, y voluntariamente renuncié a parte de mi vida para hacerlo. Y aquí estás. Y estás diciendo que eso es lo que la gente de nuestro tiempo hará a la gente de la nueva historia que creemos. Que nos sacrificaremos para crear su historia, como los padres se sacrifican para crear hijos sanos y felices.
—Sí, madre —dijo Diko—. Manjam está equivocado. La gente que envió esa visión a Colón existió. Fueron los padres de nuestra época; nosotros somos sus hijos. Y ahora nosotros seremos los padres de otra era.
—Lo que sólo demuestra que siempre pueden encontrarse las palabras adecuadas para que las cosas más terribles parezcan nobles y hermosas, para poder sobrevivir a hacerlas.
Diko miró a Tagiri en silencio durante un largo instante. Luego arrojó la linterna eléctrica a los pies de su madre y se perdió en la noche.
Isabel temía el encuentro con Talavera. Iban a tratar de Cristóbal Colón, por supuesto. Eso debía significar que habían llegado a una conclusión.
—Es una tontería por mi parte, ¿no os parece? —le dijo a Doña Felicia—. Sin embargo, me preocupa tanto este veredicto como si yo fuera la juzgada.
Doña Felicia murmuró algo intrascendente.
—Quizás estoy siendo juzgada.
—¿Qué corte en la Tierra puede juzgar a una reina, majestad? —preguntó Doña Felicia.
—Ése es mi argumento —dijo Isabel—. Sentí, cuando Cristóbal habló aquel primer día en la corte, hace tantos años que la Santa Madre me estaba ofreciendo algo dulce y muy hermoso, un fruto de su propio jardín, una baya de su propia enredadera.
—Es un hombre fascinante, majestad.
—No me refiero a él, aunque lo considero un hombre amable y fervoroso. —Lo que Isabel nunca haría era dar la impresión de que miraba a otro hombre que no fuera su esposo con algo que se pareciera al deseo—. No, quiero decir que la Reina del Cielo me estaba dando la oportunidad de abrir una enorme puerta que llevaba mucho tiempo cerrada.