La torre de la golondrina
- Автор: Сапковский Анджей
- Язык: испанский
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «La torre de la golondrina». Краткое содержание книги:
La acción comienza con Ciri llegando a una cabaña de un ermitaño al que va contando su historia, y así en un enorme flashback nos pone al día de sus andanzas. A lo largo de los recuerdos de Ciri tendremos momentos llenos de acción, de crueldad, Ciri lo pasa mal, muy mal, de ternura, de humor. Todo esto esta narrado, no solo por Ciri, sino por los numerosos personajes que van apareciendo en sus andanzas, conformando un complejo puzle, que a veces es difícil de seguir, pero que consigue recrear un fresco de las aventuras de la joven en el que una vez que todo encaja asistimos a un final tan climático y abierto que nos dejará ansiosos por comenzar a leer La dama del lago, última entrega de la serie, donde suponemos que asistiremos a un final a la altura de las novelas, en realidad una sola, que conforman la serie.
Como en todas las entregas anteriores destaca la habilidad de Sapkowski para dotar de voces personales a todos y cada uno de los personajes que aparecen, tanto a los viejos amigos como a los nuevos que se incorporan en esta entrega, como el ermitaño o algunos de los bandidos,merito compartido con la excelente traducción, entrelazar una estructura narrativa alambicada en la que las distintas lineas de acción van concordando con la precisión de un reloj, aunque en esta ocasión flojean un tanto las historias de Geralt y Yennefer, mas que nada por lo poco que aportan al destino final de la serie, en comparación con la importancia del personaje de Ciri, lo que lastra el resultado final de esta entrega, que aun así es sin duda uno de los títulos imprescindibles de la fantasía.
– No conozco aquí a nadie -dijo la muchacha, mientras ataba las riendas a una valla-. Mas intentaremos hablar con el capataz. Geralt, si puedes, no lo agarres tan pronto del gaznate ni lo amenaces con el bardeo. Primero platicaremos…
– No le enseñes a tu padre cómo se hacen los hijos, Angouléme.
No tuvieron tiempo de hablar. No tuvieron ni siquiera tiempo de acercarse al edificio en el que suponían se encontraba la oficina del capataz. En la placita, donde se cargaba la gandinga en los carros, se encontraron de pronto con cinco jinetes.
– Oh, mierda -dijo Angouléme-. Oh, mierda. Mira lo que nos ha traído el gato.
– ¿Qué pasa?
– Son gente de Ruiseñor. Han venido a por la mordida por la protección. Ya me han visto y reconocido… ¡Su puta madre! La hemos liado…
– ¿Serás capaz de escaquearte? -murmuró Cahir.
– No cuento con ello.
– ¿Por?
– Robé a Ruiseñor, cuando huía de la hansa. No me lo perdonarán. Mas lo intentaré… Vosotros callad. Tened los ojos bien abiertos y estad dispuestos. A todo.
Los jinetes se acercaron. En vanguardia iban dos, un tipo de largos cabellos grises vestido con una piel de lobo y un zagalón con barba, que se había dejado a todas luces para cubrir las cicatrices del acné. Fingían indiferencia pero Geralt distinguió un oculto brillo de odio en las miradas con las que contemplaban a Angouléme.
– Clara.
– Novosad. Yirrel. Hola. Bonito día. Una pena que llueva.
El de las cicatrices se bajó del caballo o, mejor dicho, saltó de la silla, pasando enérgicamente la pierna derecha por encima de la testa del caballo. Los demás también desmontaron. El de las cicatrices le dio las riendas al zagalón de la barba, llamado Yirrel, y se acercó a ellos.
– Vaya -dijo-. Nuestra urraca parlanchína. ¿Y no resulta que vives y estás sana?
– Y doy brincos con los pies.
– ¡Mocosa deslenguada! El rumor decía que dabas brincos, pero en lo alto de un palo. El rumor decía que te había agarrado el tuerto Fulko. ¡El rumor decía que habías cantado en el potro como una tórtola, que habías chotado todo lo que te preguntaban!
– El rumor decía -resopló Angouléme- que tu madre, Novosad, sólo pedía a sus clientes cuatro chavos y nadie quería dar más de dos.
El bandolero le escupió a los pies con un gesto de odio. Angouléme bufó de nuevo, exactamente igual que un caballo.
– Novosad -dijo descarada, poniéndose en jarras-. Tengo algo entre manos para el Ruiseñor.
– Curioso. Porque él también tiene algo entre manos para ti.
– Cierra el pico y escucha mientras entoavía tengo ganas de chamullar. Hace dos días, a una milla de Riedbrune, yo y estos los mis amigos nos cargamos al brujo ése por el que había el precio. ¿Entiendes?
Novosad miró significativamente a sus camaradas, luego se quitó el guante, valoró con la mirada a Geralt y Cahir.
– Tus nuevos amigos -repitió despacio-. Ja, veo por sus jetas que no son curas. ¿Dices que mataron al brujo? ¿Y cómo? ¿Con un estilete en la espalda? ¿O en sueños?
– Eso son promenores sin importancia. -Angouléme frunció el ceño como un mono-. El promenor importante es que el tal brujo se pudre bajo tierra. Escucha, Novosad. Yo no quiero importunar al Ruiseñor ni ponérmele por medio. Mas el negocio es el negocio. El medioelfo os dio un adelanto por el trabajo, de esto no hablo, es vuestro dinero, por los costes y la fatiga. Mas la otra parte, la que prometió el medioelfo para después del trabajo es, según la ley, mía.
– ¿Según la ley?
– ¡Así es! -Angouléme no prestó atención al tono sarcástico-. Nosotros fuimos quienes acabamos el contrato, matamos al brujo, de lo que podemos mostrar pruebas al medioelfo. Tomaré entonces lo que sea mío y me iré adonde el dios perdió el gorro. Con el Ruiseñor, como dije, no quiero competencias, porque Los Taludes son demasiado pequeños para mí y para él. Dile esto, Novosad.
– ¿Sólo esto? -De nuevo un sarcasmo venenoso.
– Y mis besos -resopló Angouléme-. Puedes chuparle el culo de mi parte, per procura.
– Me se ocurrió a mí mejor idea que ésa -anunció Novosad, mirando de reojo a los compañeros-. Yo le llevaré tu culo en original al Ruiseñor, Angouléme. Yo te me entrego atadita, Angouléme, y él entonces ya hablará todo y se pondrá de acuerdo en todo contigo. Y lo regulará. Todo. La disputa de a quién le pertenecen los dineros del contrato con el medioelfo Schirrú. Y el pago de lo que le robaras. Y lo de que en Los Taludes no hay sitio para los dos. De este modo todo se soluciona. Al detalle.
– Hay una pega. -Angouléme bajó las manos-. ¿Y cómo quieres llevarme hasta el Ruiseñor, Novosad?
– ¡Oh, así! -El bandido estiró las manos-. ¡Por el pescuezo!
Geralt, con un movimiento relampagueante, desenvainó el sihill y se lo puso a Novosad bajo la nariz.
– No te lo recomiendo.
Novosad retrocedió, echó mano a la espada. Con un siseo, Yirrel sacó un sable curvo de una vaina que llevaba a la espalda. Los otros siguieron su ejemplo.
– No te lo recomiendo -repitió el brujo.
Novosad maldijo. Miró a sus compañeros. No era muy ducho en aritmética, pero le salió que cinco es bastante más que tres.
– ¡Atacad! -gritó, al tiempo que se lanzaba sobre Geralt-. ¡Matad!
El brujo evitó el golpe con una media vuelta y lo rajó del revés en la sien. Antes de que cayera Novosad, Angouléme se inclinó en un pequeño impulso, un cuchillo brilló en el aire. Yirrel, que estaba atacando, se detuvo: bajo su barbilla sobresalía un mango de hueso. El bandolero dejó caer el sable, agarró el cuchillo en el cuello con las dos manos, borboteando sangre, y Angouléme, con un impulso, le golpeó en el pecho y lo echó al suelo. Entre tanto Geralt había degollado a un segundo bandido. Cahir rajó a otro más. Bajo el poderoso golpe de la espada nilfgaardiana algo en forma de un pedazo de sandía cayó del cráneo del bandolero. El último esbirro desertó, saltó sobre el caballo. Cahir bajó la espada, la agarró por la hoja y la lanzó como una jabalina, acertando al ladrón exactamente entre los omoplatos. El caballo relinchó y agitó la cabeza, se echó para atrás, pateó, arrastrando por el barrizal rojizo el cadáver que llevaba la mano enganchada en las riendas.
Todo aquello no duró más que cinco latidos del corazón.
– ¡Paisanooos! -gritó alguien por entre los edificios-. ¡Paisanooos! ¡Ayudaaa! ¡Asesinos, asesinos, que matan a alguien!
– ¡Al ejército! ¡Llamad al ejército! -gritó un segundo minero, mientras espantaba a los niños que, siguiendo la costumbre ancestral de todos los niños del mundo, habían aparecido de no se sabía dónde para mirarlo todo y enredarse en los pies de los mayores.
– ¡Que alguien corra a por el ejército!
Angouléme recobró su cuchillo, lo limpió y lo introdujo en la caña.
– ¡Venga, que corran! -gritó, mirando a su alrededor-. ¿Es que vosotros, picadores, estáis ciegos o qué? ¡Ha sido en defensa propia! ¡Nos asaltaron estos truhanes! ¿Y es que no los conocéis? ¿Es que no sus hicieron poco mal? ¿No os sacaron sus buenas mordidas?
Estornudó con fuerza. Luego le arrancó a Novosad, que todavía temblaba, la bolsa que llevaba al cinto, se arrodilló junto a Yirrel.
– Angouléme.
– ¿Qué?
– Déjalo.
– ¿Y por qué? ¡Esto es el botín! ¿Te sobra el dinero?
– Angouléme…
– Eh, vosotros -se oyó de pronto una voz sonora-. Venid acá, si os place.
En las puertas abiertas de una barraca que hacía las veces de almacén de herramientas estaban de pie tres hombres. Dos eran esbirros, con el pelo muy corto, de frentes bajas y seguramente bajo ingenio. El tercero -el que les había gritado- era extraordinariamente alto, de cabellos negros, un hombre apuesto.