La torre de la golondrina
- Автор: Сапковский Анджей
- Язык: испанский
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «La torre de la golondrina». Краткое содержание книги:
La acción comienza con Ciri llegando a una cabaña de un ermitaño al que va contando su historia, y así en un enorme flashback nos pone al día de sus andanzas. A lo largo de los recuerdos de Ciri tendremos momentos llenos de acción, de crueldad, Ciri lo pasa mal, muy mal, de ternura, de humor. Todo esto esta narrado, no solo por Ciri, sino por los numerosos personajes que van apareciendo en sus andanzas, conformando un complejo puzle, que a veces es difícil de seguir, pero que consigue recrear un fresco de las aventuras de la joven en el que una vez que todo encaja asistimos a un final tan climático y abierto que nos dejará ansiosos por comenzar a leer La dama del lago, última entrega de la serie, donde suponemos que asistiremos a un final a la altura de las novelas, en realidad una sola, que conforman la serie.
Como en todas las entregas anteriores destaca la habilidad de Sapkowski para dotar de voces personales a todos y cada uno de los personajes que aparecen, tanto a los viejos amigos como a los nuevos que se incorporan en esta entrega, como el ermitaño o algunos de los bandidos,merito compartido con la excelente traducción, entrelazar una estructura narrativa alambicada en la que las distintas lineas de acción van concordando con la precisión de un reloj, aunque en esta ocasión flojean un tanto las historias de Geralt y Yennefer, mas que nada por lo poco que aportan al destino final de la serie, en comparación con la importancia del personaje de Ciri, lo que lastra el resultado final de esta entrega, que aun así es sin duda uno de los títulos imprescindibles de la fantasía.
– ¿Y cómo es que acabaste entre los delincuentes?
– ¡Preguntas como un juez de cargo! -bufó, torciendo el gesto en forma grotesca-. Entre delincuentes, ¡fuuu! ¡Desde el camino de la virtú, puf!
Regruñó un poco, se rebuscó en el seno, sacó algo que el brujo no pudo ver con claridad.
– El tuerto de Fulko -dijo pronunciando indistintamente, frotándose algo con fuerza en la encía y respirando hondo por la nariz- es, de todos modos, un tío legal. Lo que se llevó se lo llevó, pero el polvo me lo dejó. ¿Una pizca, brujo?
– No. Y preferiría que tú tampoco lo tomaras.
– ¿Por qué?
– Porque no.
– ¿Cahir?
– No tomo fisstech.
– Pues no me han tocado dos santurrones -agitó la cabeza-. Ahora seguro que me vais a salir con moralinas, que si los polvos te dejan ciego, sordo y calvo. Que si voy parir crios retrasados.
– Déjalo, Angouléme. Y termina de contar la historia.
La muchacha estornudó con fuerza.
– Vale, como quieras. En qué estaba yo… Ah. Estalló la guerra, sabes, con Nilfgaard, los parientes perdieron todo su patrimonio, tuvieron que dejar su casa. Tenían tres hijos propios, y yo me convertí en un peso para ellos, así que me dieron a un orfanatorio. Lo llevaban unos sacerdotes de no sé qué santuario. Un sitio alegre, resultó ser. Un lupanar común y corriente, un burdel, ni más ni menos, para los que les gustan las frutas acidas con pipas blancas, ¿entiendes? Muchachillas jóvenes. Y muchachos también. Yo, cuando llegué, estaba ya demasiado desarrollada, crecida, no tenía aficionados…
Inesperadamente, se cubrió de rubor, que era visible incluso a la luz del fuego.
– Casi no tenía -añadió entre dientes.
– ¿Cuántos años tenías entonces?
– Quince. Conocí allí una muchacha y cinco muchachos, de mi edad y un poco mayores. Y nos pusimos de acuerdo al punto. Conocíamos, por supuesto, las leyendas y los cuentos. Del Loco Dei, de Barbanegra, de los hermanos Cassini… ¡Nos tiraba el camino, la libertad, el bandolerismo! Qué es eso, nos dijimos, sólo porque nos dan aquí de comer dos veces al día tenemos que ponerle el culo a placer a unos mariconazos…
– Cuida tu lenguaje, Angouléme. Sabes que lo mucho empalaga.
La muchacha gargajeó estruendosamente, escupió al fuego.
– ¡Vaya santurrones! Vale, voy al grano, que no tengo ganas de hablar. En la cocina del orfanatorio se encontraron cuchillos, bastaba afilarlos bien con una piedra y esconderlos al cinto. De las patas de una silla de roble nos salieron buenos palos. Sólo nos eran necesarios caballos y dinero, así que esperamos a que vinieran dos depravados, clientes asiduos, unos vejestorios, puf, lo menos cuarentones. Vinieron, se sentaron, se tomaron su vinillo, esperaron hasta que los sacerdotes, como era costumbre, les ataran a la mozuela elegida a un curioso mueble especial… ¡Mas aquel día no encularon a nadie, no!
– Angouléme.
– Vale, vale. En pocas palabras: degüellamos y apaleamos a ambos dos viejos depravados, a tres sacerdotes y a un paje, el único que no salió corriendo y defendió los caballos. Al dispensador del santuario, que no quería soltar la llave del cofre, le pusimos al fuego hasta que la soltó, pero le perdonamos la vida, porque era un viejo amable, siempre bueno y generoso. Y nos echamos al monte, al camino. Nuestra suerte posterior fue muy variada, a veces bien, a veces mal, a veces nos dieron, a veces nosotros les dimos. A veces hartos, a veces hambrientos. Ja, hambrientos las más de las veces. De lo que se arrastra he comido en mi vida todo lo que se dejara, su puta madre, cazar. Y de lo que vuela hasta una cometa que me comí una vez, porque estaba pegada con harina.
Se calló, se restregó con brusquedad sus cabellos claritos como la paja.
– Ah, lo que pasó, pasó. Esto te diré: de los que huyeron conmigo del orfanatorio, no vive ya ninguno. A los dos últimos, Owen y Abel, se los cargaron hace unos días los infantes de don Fulko. Abel se entregó, como yo, mas lo rajaron igual, por mucho que había arrojado la espada. A mí no me mataron. No pienses que por bondad de corazón. Ya me estaban tirando de espaldas y me abrían de patas, mas se allegó un oficial y no les permitió la diversión. Y luego tú me salvaste del cadalso…
Guardó silencio un instante.
– Brujo.
– Dime.
– Yo sé mostrar gratitud. Si quieres…
– ¿Qué?
– Voy a ver qué tal los caballos -dijo Cahir rápido y se levantó, envolviéndose con la capa-. Daré un paseo… por los alrededores…
La muchacha estornudó, sorbió los mocos, carraspeó.
– Ni una palabra, Angouléme -se anticipó Geralt, verdaderamente enfadado, verdaderamente avergonzado, verdaderamente confundido-. ¡Ni una palabra!
Carraspeó de nuevo.
– ¿De verdad que no tienes ganas de mí? ¿Ni un poquitito?
– Ya te dio Milva con el cinto, mocosa. Si no te callas ahora mismo te voy a dar yo también una buena.
– Ya no digo más.
– Buena chica.
En una pendiente poblada de pinos retorcidos y encorvados se abrían cuevas y agujeros, revestidos y tapados con tablas, ligados con pasarelas, escalerillas y andamiajes. De los agujeros surgían unas plataformas apoyadas sobre unos postes entrecruzados. Por algunas de aquellas plataformas se afanaban unas personas que empujaban carretillas y vagonetas. El contenido de las carretillas y las vagonetas, que parecía al primer golpe de vista una sucia tierra pedregosa, era vertido desde las plataformas a una artesa cuadrangular, o más bien a un complejo de artesas cada vez más pequeñas, divididas por tablas. A través de la artesa corría una corriente continua y ruidosa de agua conducida desde la colina boscosa con ayuda de unos canalones de madera apoyados en unos caballetes bajos. Y de igual forma era luego despachada hacia abajo, al despeñadero.
Angouleme bajó del caballo, hizo una señal para que Geralt y Cahir desmontaran también. Dejaron a los animales junto a la valla y anduvieron en dirección a los edificios, hundiéndose en el barro provocado por las cercanas artesas y canalones, que dejaban traspasar el agua.
– Lavan mena de yerro -dijo Angouleme, señalando la estructura-. De allí, de los pozos, sacan el mineral, lo amontonan en la artesa y echan agua que toman del río. El mineral se asienta en los lavaderos, de allí se lo recoge. Alrededor de Belhaven hay muchas minas y muchos de estos lavaderos. Y el mineral se lleva al valle, a Mag Turga, allá hay hornos y fábricas puesto que allí hay más bosques y para el beneficio de los metales hace falta madera…
– Gracias por la lección -le cortó Geralt, ácido-. Ya he visto en mi vida más de una mina y sé lo que hace falta para beneficiar los metales. ¿Cuándo nos vas a revelar por fin para qué hemos venido aquí?
– Para platicar con un conocido mío. El capataz local. Venid conmigo. ¡Ja, ya lo veo! Oh, allí, al lado de la carpintería! Vamos.
– ¿Es el enano?
– Sí. Se llama Golan Tordilho. Es, como he dicho…
– El capataz local. Lo has dicho. Lo que no has dicho ha sido de qué quieres hablar con él.
– Mirad vuestras botas.
Geralt y Cahir la obedecieron, su calzado estaba hundido en un barro de un extraño color rojizo.