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La voz

Электронная книга - «La voz». Краткое содержание книги:

Gulli, el viejo portero de uno de los más conocidos hoteles de Reykjavik, aparece desnudo y acuchillado hasta morir en su miserable habitación en el sótano. Pero Gulli es mucho más que un simple portero que se disfrazaba de Papa Noel todas las navidades, es un completo misterio. Veinte años en el hotel y nadie le conoce realmente. Erlendur Sveinsson decide alojarse en el mismo hotel en busca de la asesina, que, también de eso cree estar convencido, aún debe permanecer muy cerca, pese a que las vacaciones de Navidad están ya encima y el hotel completo. Mientras que al director tan sólo le importa que el asesinato permanezca oculto y su reputación intacta. Erlendur, sin embargo, recibe la visita de su hija, que de nuevo se adentra entre las brumas de la droga y el alcohol, dejando al inspector al borde de la desesperación y la impotencia.
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– OK -dijo Sigurdur Óli.

– Y deja de decir OK.

– OK.

Baldur vivía en una elegante casa de madera del barrio de Thingholt y acababa de llegar a casa del trabajo: era arquitecto. Sigurdur Óli tocó el timbre y se presentó como policía de la brigada de homicidios, y le informó de que estaba allí en relación con el asesinato de Gudlaugur Egilsson. El hombre no mostró asombro ninguno. Miró a Sigurdur Óli de arriba abajo, sonrió y lo invitó a entrar.

– A decir verdad, te estaba esperando -dijo-, o a alguno de vosotros. Estaba pensando en ponerme en contacto con vosotros, pero lo he ido retrasando. Nunca es divertido hablar con la policía. -Sonrió de nuevo, esperó a que Sigurdur Óli se quitara el abrigo, y él mismo lo colgó.

Allí dentro todo estaba en perfecto orden. Había velas encendidas en el salón, y el árbol de Navidad parecía recién decorado. El hombre le ofreció un licor a Sigurdur Óli, pero éste no lo aceptó. Era un hombre delgado, de talla mediana y rostro jovial. El cabello había empezado a clarear pero se lo había teñido de rojo en un intento de sacarle el máximo partido. Sigurdur Óli creyó reconocer la voz de Frank Sinatra procedente de los pequeños altavoces del salón.

– ¿Y por qué nos esperabas, a mí o a otros policías? -preguntó Sigurdur Óli, sentándose en un gran sofá rojo.

– Por Gulli -dijo el hombre, que se sentó frente a él-. Sabía que lo descubriríais.

– ¿El qué? -preguntó Sigurdur Óli.

– Que yo estaba con Gulli en los viejos tiempos -dijo el hombre.

– ¿Qué quiere decir que estaba con Gudlaugur en los viejos tiempos? -preguntó Erlendur, volviendo a interrumpir el relato-. ¿A qué se refería?

– Lo expresó con esas palabras -dijo Sigurdur Óli.

– ¿Que estaba con Gudlaugur?

– Sí.

– ¿Y eso qué significa?

– Que estaban juntos.

– ¿Quieres decir que Gudlaugur era…? -Una plétora de pensamientos atravesó la mente de Gudlaugur como si se tratara de rayos, y se detuvieron en el duro gesto de la hermana de Gudlaugur y de su padre, en la silla de ruedas.

– Eso dice el tal Baldur -repitió Sigurdur Óli-. Pero Gudlaugur no quería que nadie lo supiese.

– ¿No quería que nadie supiese la existencia de esa relación?

– Quería mantener en secreto su homosexualidad.

27

El hombre de Thingholt le explicó a Sigurdur Óli que su relación con Gudlaugur había empezado cuando tenían veinticinco años de edad. Eran los años de las discotecas y el hombre tenía alquilado un apartamento en un sótano en el barrio de Vogar. Ninguno de los dos había salido del armario. En aquel entonces, se veía la homosexualidad de un modo muy diferente a como se ve ahora, dijo con una sonrisa. Pero las cosas estaban empezando a cambiar.

– Y no es que viviéramos juntos -añadió Baldur-. En esa época, los hombres no podían vivir juntos como hoy, sin que aquello se convirtiese en la comidilla de todos. En aquellos años, la vida era imposible para los homosexuales en Islandia. La mayoría se marchaban del país, como quizá sepas. Digamos que venía de visita muchas veces a mi casa. Se quedaba a dormir aquí. Tenía una habitación en Vesturbaer y yo fui allí un par de veces, pero no era lo suficientemente ordenado para mi gusto y dejé de ir. Casi siempre estábamos en mi casa.

– ¿Cómo os conocisteis? -preguntó Sigurdur Óli.

– En aquellos días había lugares donde nos reuníamos los gays. Uno estaba justo al lado del centro, no muy lejos de aquí, de Thingholt. No era un local de esparcimiento, sino un centro de reunión que teníamos en un domicilio particular. En las discotecas te podías esperar cualquier cosa, y había veces que te echaban por bailar con otros hombres. El domicilio en cuestión servía un poco de todo, de café, de albergue, de club nocturno, de centro de información, de oasis. Él fue por allí una tarde con un conocido suyo. Fue la primera vez que lo vi. Perdona, qué mal anfitrión soy, ¿te apetece un café?

Sigurdur Óli miró el[reloj.

– A lo mejor tienes mucha prisa -dijo el hombre reeducándose con mucho cuidado una mecha de cabello teñido.

– No, no es eso, aceptaría un té si tienes -dijo Sigurdur Óli pensando en Bergthóra. Se pondría de mal humor si llegaba tarde a casa. Era muy detallista en lo concerniente a los horarios, y si se retrasaba demasiado se lo haría pagar con un largo enfado.

El hombre fue a la cocina a prepararle un té.

– Era terriblemente reprimido -dijo desde la cocina, alzando la voz para que Sigurdur Óli le oyera mejor-. A veces me daba la sensación de que se odiaba por su homosexualidad. Como si aún no la hubiera aceptado plenamente. Creo que incluso utilizó su relación conmigo para dar un paso adelante. Aún estaba buscando su identidad, pese a la edad que tenía. Claro que eso no es nada nuevo. Hay gente que sale del armario después de cumplir los cincuenta, y algunos hasta han estado casados y han tenido cuatro hijos.

– Sí, es una cosa muy complicada -dijo Sigurdur Óli, que no tenía ni idea del asunto.

– Así es, cariño. Lo querrás fuerte, ¿no?

– ¿Estuvisteis mucho tiempo juntos? -preguntó Sigurdur Óli, y añadió que prefería el té bien fuerte.

– Pues unos tres años, pero en los últimos tiempos nos veíamos muy de vez en cuando.

– ¿Y no has estado en contacto con él desde entonces?

– No. Sabía algo de él, más o menos -dijo el hombre, que volvió a entrar en el salón-. El mundo de los gays no es tan grande en este país.

– ¿Hasta qué punto era reprimido? -preguntó Sigurdur Óli mientras el hombre ponía las tazas sobre la mesa. Había traído un cuenco con un tipo de galletitas que Sigurdur Óli conocía bien, porque Bergthóra también las preparaba todas las navidades. Intentó recordar el nombre pero no lo consiguió.

– Era muy misterioso y rara vez se abría, solo cuando nos emborrachábamos, pero había algo que tenía que ver con su padre. No se veían nunca, pero lo echaba terriblemente de menos, y también a su hermana mayor, que se había puesto en su contra. Su madre había muerto muchos años antes de que nos conociéramos, pero hablaba muchísimo de ella. Podía hablar durante horas de su madre, lo que me resultaba un tanto cansino, si quieres que te diga la verdad.

– ¿Cómo es que su hermana se puso en su contra?

– Hace ya mucho tiempo, y nunca me lo explicó con detalle. Lo único que sé es que él luchaba contra lo que él mismo era. ¿Sabes a lo que me refiero? Cómo si hubiera tenido que ser otra persona, en vez de ser como era.

Sigurdur Óli sacudió la cabeza.

– Le parecía algo sucio. Algo antinatural, eso de ser homosexual.

– ¿Y luchaba contra ello?

– Sí, y a la vez no. Tenía sentimientos contradictorios. Creo que no sabía realmente de qué pie cojeaba. El pobre. Tenía una baja autoestima. A veces creo que incluso se odiaba a sí mismo.

– ¿Conocías su pasado de niño prodigio?

– Sí -dijo el hombre, poniéndose en pie. Fue a la cocina, regresó con una humeante tetera y llenó las tazas. Volvió a llevar la tetera a la cocina, y se pusieron a beber el té.

– ¿Crees que podrías desembuchar más deprisa? -le dijo Erlendur a Sigurdur Óli sin ocultar su impaciencia; estaba sentado a la mesa de la habitación escuchando el relato.

– Estoy intentando ser lo más preciso posible -dijo Sigurdur Óli, mirando otra vez su reloj. Ya llevaba un retraso de cuarenta y cinco minutos sobre la hora a la que habría tenido que estar en casa con Bergthóra.

– Venga, venga, continúa…

– ¿Hablaba alguna vez de cuando era niño prodigio? -preguntó Sigurdur Óli, dejando la taza y alargando la mano para coger una galletita.

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