La voz
- Автор: Индридасон Арнальд
- Год: 2010
- Язык: испанский
- Год: C
- ISBN: 978-84-672-3886-0
- Переводчик: Enrique Bern
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «La voz». Краткое содержание книги:
Erlendur suspiró.
– ¿Quién no echa de menos su casa de vez en cuando?
Estaba tumbado en la cama cuando de pronto oyó ruido en la habitación. Al principio no supo de dónde procedía. Pensó que el tocadiscos se había puesto en marcha y la aguja había entrado en un surco del disco.
Se levantó, miró el tocadiscos y comprobó que estaba apagado. Volvió a oír el mismo sonido y miró a su alrededor. La habitación estaba a oscuras y no veía bien. Algo de claridad llegaba de la farola del otro lado de la calle. Iba a encender la luz de la mesilla de noche cuando volvió a oír el sonido, más fuerte que antes. No se atrevía a moverse. De pronto recordó dónde lo había oído antes.
Se sentó en la cama y miró la puerta. En la débil claridad vio una pequeña figura humana acurrucada en un rincón junto a la puerta; lo miraba, con el rostro morado de frío y temblando como la hoja de un árbol, y sorbía por la nariz.
Aquel era el sonido que Erlendur había reconocido.
Se quedó mirando a aquella figura, que también lo miraba e intentaba sonreír, pero sin conseguirlo por culpa del frío.
– ¿Eres tú? -preguntó Erlendur.
En ese mismo instante, la figura desapareció del rincón y Erlendur se despertó sobresaltado, casi cayéndose de la cama, y miró fijamente la puerta.
– ¿Eras tú? -suspiró, y vio ante sí jirones de su sueño, los guantecillos de lana, el gorro, el anorak y la bufanda. La ropa que llevaban al salir de casa.
La ropa de su hermano.
Que temblaba de frío en aquella habitación tan fría.
26
Estuvo un largo rato en silencio junto a la ventana, mirando la nieve caer sobre la tierra.
Finalmente se puso de nuevo a mirar las cintas. La hermana de Gudlaugur no volvió a aparecer en la pantalla, ni nadie más que conociera, con la excepción de algunos empleados que había conocido en el hotel y que caminaban apresurados para entrar o salir del trabajo.
Sonó el teléfono del hotel, y Erlendur respondió.
– Me parece que Wapshott dice la verdad -comenzó Elínborg-. Le conocen bien en las tiendas de coleccionistas y en el rastro.
– ¿Estuvo por allí a la hora que afirmaba?
– Les enseñé fotos suyas y pregunté sobre las horas, y lo recordaban con bastante precisión. Lo suficiente para que podamos descartar su presencia en el hotel cuando se produjo la agresión a Gudlaugur.
– Tampoco es que tenga pinta de asesino, me parece.
– Es un pedófilo pero quizá no un asesino. ¿Qué piensas hacer con él?
– Supongo que lo enviaremos al Reino Unido.
Terminaron la conversación y Erlendur estuvo dándole vueltas al asesinato de Gudlaugur sin llegar a ninguna conclusión. Pensó en Elínborg y su mente se desplazó de nuevo al caso del niño maltratado por su padre, a quien Elínborg odiaba.
– Tú no eres el único que hace estas cosas -le había dicho Elínborg al padre. No intentaba darle ánimos. El tono era acusador, como si quisiera que supiera que no era más que uno de los muchos sádicos que arremetían contra sus hijos. Quería hacerle conocer el mundo del que formaba parte. Y las cifras de ese mundo.
Había estudiado a fondo las estadísticas. Entre los años 1980 y 1999 unos cuatrocientos niños habían sido puestos en observación en los hospitales pediátricos por sospecha de maltrato. De ellos, hubo 232 casos por sospecha de abuso sexual y 43 por sospecha de daños físicos o de violencia. Intoxicación por medicamentos, Elínborg repitió la expresión, intoxicación por medicamentos, así como negligencia culpable, se incluían en esas cifras. Leyó las palabras escritas en una hoja de papel con fría imperturbabilidad: traumatismos craneales, fracturas óseas, quemaduras, heridas en la piel, mordiscos. Repitió los términos mientras miraba fijamente al padre a los ojos.
– Se sospecha que dos niños murieron por violencia física en ese periodo de veinte años -dijo-. Ninguno de los dos casos llegó a juzgarse en los tribunales.
Le dijo que los especialistas consideraban que se trataba de casos que procuraban ocultarse, lo cual significaba, en definitiva, que probablemente hubo bastantes más.
– En el Reino Unido -prosiguió- mueren cuatro niños por semana a causa de malos tratos. Cuatro niños -repitió-. Cada semana.
– ¿Quieres saber las circunstancias que se alegan? -Erlendur estaba sentado en la sala de interrogatorios, sin moverse. Solo estaba allí para apoyar a Elínborg, por si acaso lo necesitaba, aunque su impresión era que no precisaba de ninguna ayuda.
El padre bajó los ojos. Miró la grabadora. No la habían puesto en marcha. En realidad no se trataba de un interrogatorio formal. No habían avisado a su abogado, pero el padre no había presentado objeciones y aún no había protestado por su detención. No había pedido que lo pusieran en libertad.
– Te daré algunos ejemplos -continuó Elínborg, y empezó a enumerar las causas por las que los padres agredían violentamente a sus hijos-. Estrés -comenzó-, dificultades económicas, enfermedad y paro, aislamiento y falta de apoyo de la pareja, accesos de locura.
Elínborg miró al padre.
– ¿Crees que alguna de esas circunstancias se aplica a ti? ¿Un acceso de locura?
No respondió ni una palabra.
– Algunos son incapaces de controlarse, y se han registrado casos en que los padres se ven tan acosados por el sentimiento de culpa por lo que han hecho, que hacen lo posible por delatarse. ¿Te suena?
Calló.
– Llevan al niño al médico, quizás al médico de familia, porque el niño tiene, por ejemplo, un resfriado persistente. Pero en realidad no van a causa del resfriado, sino porque quieren que el médico note las heridas del niño, los moretones. Quieren que les descubran. ¿Sabes por qué?
El padre se mantuvo en silencio.
– Porque quieren que eso acabe. Que alguien tome las riendas. Que intervenga en algo que ellos son incapaces de controlar. Son incapaces de hacerlo solos y confían en que el médico se ocupará de arreglar las cosas.
Miró al padre. Erlendur observaba en silencio. Estaba preocupado de que Elínborg fuera demasiado lejos. Parecía intentar con todas sus fuerzas mostrarse como una profesional, aparentar que el caso no la afectaba personalmente. Pero era una batalla perdida, y parecía que ella misma se daba cuenta de ello. Sus emociones estaban demasiado a flor de piel.
– Hablé con tu médico de familia -dijo Elínborg-. Dijo que en dos ocasiones había enviado notas de advertencia al servicio de protección de la infancia, por heridas que observó en el niño. El servicio investigó el caso las dos veces pero no llegó a ninguna conclusión. No fue de mucha ayuda que el niño no dijera nada y que tú lo negaras todo. No es lo mismo querer hablar de violencia que asumir la responsabilidad cuando llega el momento. Leí los informes. En el último, le preguntaron a tu hijo qué tal era vuestra relación, pero fue como si no comprendiera la pregunta. Le volvieron a preguntar: ¿En quién tienes más confianza? Y respondió: En mi papá. Tengo más confianza en mi papá que en nadie.
Elínborg hizo una pausa.
– ¿No te parece tremendo? -dijo.