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La voz

Электронная книга - «La voz». Краткое содержание книги:

Gulli, el viejo portero de uno de los más conocidos hoteles de Reykjavik, aparece desnudo y acuchillado hasta morir en su miserable habitación en el sótano. Pero Gulli es mucho más que un simple portero que se disfrazaba de Papa Noel todas las navidades, es un completo misterio. Veinte años en el hotel y nadie le conoce realmente. Erlendur Sveinsson decide alojarse en el mismo hotel en busca de la asesina, que, también de eso cree estar convencido, aún debe permanecer muy cerca, pese a que las vacaciones de Navidad están ya encima y el hotel completo. Mientras que al director tan sólo le importa que el asesinato permanezca oculto y su reputación intacta. Erlendur, sin embargo, recibe la visita de su hija, que de nuevo se adentra entre las brumas de la droga y el alcohol, dejando al inspector al borde de la desesperación y la impotencia.
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Miró a Erlendur y luego al padre.

– ¿No te parece tremendo?

Erlendur pensó que hubo un tiempo en que él habría contestado lo mismo que aquel niño. Habría mencionado a su padre.

Cuando llegó la primavera y la nieve se fundió, subió a los páramos en busca de su hijo e intentó adivinar el camino que habría seguido en medio de la tormenta, tomando como referencia el punto donde encontraron a Erlendur. Parecía haberse recuperado un poco, pero estaba agobiado por el sentimiento de culpa. Recorrió el páramo y subió a la ladera de la montaña hasta más lejos de lo que habrían podido llegar sus hijos, pero no encontró nada. Acampó allí arriba. Le acompañaban Erlendur y su madre, que participaba en la búsqueda, y a veces venía gente de los alrededores a ayudarles, pero nunca encontraron al niño. Era fundamental hallar el cuerpo. Hasta entonces no habría muerto de verdad; solo lo habrían perdido. La herida permanecería abierta y de ella seguiría brotando un dolor infinito.

Erlendur luchaba contra él en su soledad. Se sentía mal, y no solo por la pérdida de su hermano. Consideraba una suerte que lo hubieran encontrado a él, pero aquello le producía también una extraña sensación de culpa por haber sido él y no su hermano pequeño quien se salvó. No bastaba con haber soltado la mano de su hermano en medio de la tormenta de nieve, sino que le agobiaba también la idea de que habría debido ser él quien muriera. Él era el mayor, y era responsable de su hermano. Así había sido siempre. Lo había cuidado. En todos sus juegos. Cuando estaban solos en casa. Cuando los mandaban a hacer algún recado. Había sido responsable de él y había hecho honor a la confianza que le habían otorgado. Pero esta vez le había fallado, y quizá no merecía haberse salvado, porque su hermano murió. No sabía por qué estaba él vivo. Pero a veces pensaba que tal vez habría sido mejor que se hubiera perdido él en el páramo.

Nunca verbalizó estos pensamientos antes sus padres, y en su soledad a veces tenía la impresión de que ellos pensaban lo mismo que él. Su padre se había recluido en su propio sentimiento de culpa y no quería que nada lo distrajera. Su madre estaba abrumada por el dolor. Los dos se sentían culpables de alguna forma por lo sucedido. Entre ellos reinaba un extraño silencio, más fuerte que cualquier grito, y Erlendur libraba su propia batalla solitaria reflexionando sobre la responsabilidad, la culpa y la buena suerte.

Si no lo hubieran encontrado a él, ¿habrían encontrado a su hermano?

De pie, junto a la ventana, reflexionaba sobre las consecuencias que la pérdida de su hermano había tenido sobre su vida, y si no serían más serias de lo que creía. Volvió a pensar en aquellos acontecimientos cuando Eva Lind comenzó a hacerle preguntas. No tenía respuestas fáciles para ellas, pero en lo más profundo sabía dónde había que buscarlas. Muchas veces se había preguntado por qué le acuciaba tanto a Eva Lind hacerle afrontar sus propias circunstancias.

Erlendur oyó que llamaban a la puerta y se dio la vuelta.

– ¡Entra! -dijo en voz alta-. No está cerrado con llave.

Sigurdur Óli abrió y entró en la habitación.

Había pasado el día entero en Hafnarfjórdur, hablando con personas que conocían a Gudlaugur.

– ¿Tienes alguna novedad?

– Averigüé el mote que le habían puesto. ¿Recuerdas? El nuevo mote que le pusieron cuando todo se vino abajo.

– Sí, ¿quién te lo dijo?

Sigurdur Óli suspiró y se sentó en la cama. Su mujer, Bergthóra, se había quejado de que no estaba lo suficiente en casa, precisamente ahora que se acercaban las fiestas, y ella tenía que encargarse de todos los preparativos navideños. Él debería estar ya en casa para acompañarla a comprar el árbol de Navidad, pero primero había tenido que ir a ver a Erlendur. Se lo dijo a su mujer por teléfono mientras iba camino del hotel, y también le dijo que procuraría darse prisa, pero ella ya había oído lo mismo demasiadas veces como para creerle, y al concluir la conversación se quedó con un sabor amargo.

– ¿Piensas quedarte todas las navidades en esta habitación? -preguntó Sigurdur Óli.

– No -respondió Erlendur-. ¿Qué descubriste en Hafnarfjórdur?

– ¿Por qué hace tanto frío aquí?

– El radiador -dijo Erlendur-. No calienta. ¿Quieres ir al grano?

Sigurdur Óli sonrió.

– ¿Comprarás un árbol de Navidad para estas fiestas?

– Si comprara un árbol de Navidad lo haría para estas fiestas.

– Localicé a un hombre después de muchos prolegómenos dijo que había conocido bien a Gudlaugur en los viejos tiempos -dijo Sigurdur Óli. Sabía que tenía información que podría alterar la marcha de la investigación, y disfrutaba haciéndoles esperar un poco.

Sigurdur Óli y Elínborg se habían propuesto interrogar a todos los que fueron a la escuela con Gudlaugur o lo conocieron en aquellos tiempos. La mayoría de ellos tenían algún recuerdo de él, de su carrera de cantante y de las burlas que la acompañaron. Algunos se acordaban perfectamente de él y de lo que había sucedido el día que dejó inválido a su padre. Uno de ellos lo conocía hasta un punto que Sigurdur Óli no habría podido imaginar.

Una compañera de colegio de Gudlaugur le remitió a él. La mujer vivía en una casa unifamiliar en la zona más nueva de Hafnarfjordur. La había llamado por la mañana, de modo que cuando llegó, lo estaba esperando. Se dieron la mano y lo invitó a pasar al salón. Estaba casada con un piloto de aviación y trabajaba media jornada en una librería, los niños ya eran mayores.

Le contó con mucho detalle todo lo que sabía de Gudlaugur, que no era mucho, recordaba también vagamente a su hermana, que sabía era algo mayor que él. Recordaba también que había perdido la voz cuando las perspectivas parecían más favorables, pero ignoraba qué había sido de él cuando acabaron el colegio, y se llevó una impresión tremenda al ver en la prensa que era él el hombre que habían encontrado asesinado en un trastero del sótano del hotel.

Sigurdur Óli escuchaba todo aquello con la mente en otro sitio. La mayor parte de aquellas cosas ya las había oído de labios de otros compañeros de colegio de Gudlaugur. Cuando la mujer terminó de hablar, le preguntó si conocía el mote que le pusieron a Gudlaugur de niño para burlarse de él. Ella no lo recordaba en absoluto, pero añadió, al ver que Sigurdur Óli se disponía a marcharse, que mucho tiempo atrás había oído algo sobre Gudlaugur que podía interesar a la policía, si es que no lo sabía ya.

– ¿De qué se trata? -preguntó Sigurdur Óli, que ya se había puesto en pie.

Se lo contó, y se alegró al comprobar que había despertado el interés del policía.

– ¿Y ese hombre sigue vivo? -preguntó Sigurdur Óli a la mujer, que aseguró no saberlo a ciencia cierta, aunque le dio el nombre. Se levantó, hojeó el listín telefónico y en él pudo encontrar el nombre y la dirección. Vivía en Reikiavik. Se llamaba Baldur.

– ¿Seguro que es ese hombre? -preguntó Sigurdur Óli.

– No lo sé exactamente -dijo la mujer, y sonrió como si esperara haber sido una gran ayuda-. Todo el mundo hablaba de ello -añadió.

Sigurdur Óli decidió ir rápidamente a la capital con la esperanza de que el hombre estuviera en casa. Ya era algo tarde. El tráfico de entrada en Reikiavik era muy denso, y en el camino, Sigurdur Óli llamó a Bergthóra, que…

– ¿Quieres ir al grano? -dijo Erlendur, impaciente, interrumpiendo el relato de Sigurdur Óli.

– No, esto te afecta -dijo Sigurdur Óli, y una sonrisita burlona se dibujó en sus labios-. Bergthóra quería saber si ya te había invitado a pasar la Nochebuena con nosotros, en casa. Le dije que sí, pero que aún no me habías dado una respuesta.

– Pasaré la Nochebuena en mi casa con Eva Lind -dijo Erlendur-. Esa es la respuesta. ¿Quieres ir ya al grano?

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