Las naves del tiempo [The Time Ships - es]
- Автор: Бакстер Стивен М.
- Год: 1996
- Язык: испанский
- Год: Ediciones B
- ISBN: 84-406-6788-4
- Переводчик: Pedro Jorge Romero
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «Las naves del tiempo [The Time Ships - es]». Краткое содержание книги:
—Venga-dijo Wallis bruscamente—. Caminemos un poco más. Los espectáculos se repiten con gran rapidez…
Wallis me contó más cosas de su trabajo. En el búnker de Weybridge, trabajando para la compañía Vickers-Armstrong, se había ganado una reputación como diseñador de dispositivos aeronáuticos; según él, era conocido como un «genio científico».
Al alargarse la guerra, el fértil cerebro de Wallis se dedicó a ingeniar sistemas para acelerar su final.
Había considerado, por ejemplo, cómo destruir las fuentes energéticas del enemigo —reservas, presas, minas y demás— por medio de explosivos lanzados desde la estratosfera por «bombarderos gigantescos». Para tal fin, se había dedicado al estudio de la variación de la velocidad del viento con la altura, el efecto de la ondas terrestres en las minas de carbón y demás.
—Ve las posibilidades, ¿no? Sólo se necesita un poco de imaginación. Con diez toneladas de explosivos se podría desviar el curso del Rin.
—¿Y cómo reaccionaron ante esas propuestas?
Suspiró.
—Los recursos son escasos durante las guerras, incluso para planes prioritarios y para aventuras arriesgadas como… Las llamaron «locura». «Tonterías absolutas»… y algunos militares hablaban de «inventores» como yo que «malgastaban» las vidas de «sus muchachos». —Pude ver que le dolían esos recuerdos—. Ya sabe que hombres como usted o yo debemos esperar el escepticismo… ¡pero aun así!
Pero Wallis había perseverado en sus investigaciones, y al final se le había dado permiso para construir su «bombardero gigantesco».
—Se llama Victory —dijo—. Con una capacidad de veinte mil libras de explosivo y un límite de cuarenta mil pies, puede viajar a trescientas millas por hora y tiene un alcance de cuatro mil millas. Proporciona una vista magnífica al despegar; tiene seis motores Hércules y no le lleva más de dos tercios de milla el elevarse en el aire… ¡y las bombas terremoto que lanza ya han empezado a causar el terror en el corazón del Reich! —Sus profundos y elegantes ojos brillaban tras los cristales empañados de las gafas.
Wallis se había dedicado durante varios años al desarrollo de la máquina aérea Victory. Pero entonces, al encontrarse con el relato popular de mi viaje en el tiempo, su línea de investigación cambió y vio inmediatamente las posibilidades de emplear mi máquina para la guerra.
Esa vez sus ideas fueron oídas con atención —tenía buena reputación y no se necesitaba mucha imaginación para ver el ilimitado potencial militar de la Máquina del Tiempo— y se estableció el Directorio de Guerra por Desplazamiento Cronológico con Wallis como jefe civil de investigación. El primer acto de DGCron fue confiscar mi casa, que había permanecido abandonada desde mi viaje en el tiempo, y recuperar las reliquias de mis investigaciones.
—¿Pero qué quieren de mí? Ya tienen una Máquina del Tiempo, el Juggernaut que me trajo aquí.
Se puso las manos a la espalda, y adoptó una expresión seria.
—El Raglan. Por supuesto, pero ya lo ha visto. En lo que se refiere a su capacidad para el viaje en el tiempo, se construyó con los restos encontrados en las ruinas de su laboratorio. Trozos de cuarzo y cobre tratados con plattnerita, imposibles de equilibrar o calibrar. El Raglan es una vieja chatarra que apenas puede viajar a cincuenta años del presente. Sólo nos atrevimos a emplear el Juggernaut para asegurarnos de que no hubiese interferencias anacrónicas en el desarrollo original de la Máquina del Tiempo. Pero, ¡por casualidad!, le ha traído a usted aquí.
»Por supuesto, ahora ya podemos hacer más: hemos sacado la plattnerita de su vieja máquina, y hemos depositado la carrocería en el Imperial War Museum. ¿Le gustaría verla? Será exhibida con todos los honores.
Me dolía pensar que mi viejo vehículo hubiese tenido un final así, y ¡me preocupaba la destrucción de mi único camino para huir de 1938! Agité la cabeza.
Wallis continuó.
—Le necesitamos para producir más cantidad de esa sustancia que llama plattnerita, por toneladas. ¡Enséñenos cómo! —¿Así que Wallis pensaba que yo había fabricado la plattnerita…? Me guardé esa reflexión. El siguió—. Queremos empezar con su tecnología de la Máquina del Tiempo y extenderla. Darle usos que quizás estén más allá de sus sueños más extraordinarios…
»Con un VDT se puede bombardear la historia y cambiar su curso, ¡como mi plan para desviar el Rin! ¿Por qué no? Si puede imaginarse debería hacerse. Es el desafío técnico más emocionante que imaginarse pueda, y todo para beneficio del esfuerzo bélico.
—¿Bombardear la historia?
—Piénselo. Se puede ir atrás e intervenir en las primeras fases de la guerra. O asesinar a Bismarck, ¿por qué no?, sería una buena broma, para detener la formación de Alemania desde un principio.
»¿Lo ve, señor? Una Máquina del Tiempo es un arma contra la que no existe defensa posible. El primero que desarrolle una tecnología segura de Desplazamiento Temporal será el amo del mundo, y ¡ese amo debe ser Gran Bretaña!
Sus ojos brillaban, y comencé a encontrar preocupante su gran entusiasmo por toda aquella destrucción y poder.
8. LAS CUMBRES DEL FUTURO
Llegamos a Lancaster Walk y caminamos hacia el borde sur del parque. Todavía nos flanqueaban los soldados.
—Dígame qué sucederá cuando Gran Bretaña y los Aliados ganen esa guerra del tiempo. Explíqueme lo de las Cumbres del futuro.
Se rascó la nariz y parecía confuso.
—No soy un político, señor. No puedo…
—No, no. Con sus propias palabras.
—Bien. —Miró hacia la Bóveda—. Para empezar, esta guerra nos ha privado de muchas de nuestras más queridas ilusiones.
—¿Sí? —Lo consideré un preámbulo ominoso, ¡y mis temores quedaron más que justificados!
—La primera, la falacia de la democracia. Ahora tenemos claro que no es bueno preguntarle a la gente lo que quiere. Primero debes pensar qué es lo que deberían querer si la sociedad debe salvarse. Luego les dices qué es lo que quieren y vigilas para que lo obtengan.
»Sé que debe de parecerle extraño a un hombre de su época —dijo—, pero es el pensamiento moderno, y ¡he oído antes a su amigo abrazar las mismas ideas en el fonógrafo!, y él es de su época, ¿no?
»No conozco demasiado la historia, pero parece que el estado moderno que estamos desarrollando en Gran Bretaña y América, que esperamos compartir con el resto del mundo, se parece a las repúblicas de la antigüedad: Cartago, Atenas, Roma, que eran básicamente aristocráticas, ya sabe. Todavía tenemos parlamentarios, pero ya no se les elige con un método tan crudo como el sufragio popular.
»Y todas las viejas ideas sobre la oposición, ¡bien! Todo eso lo hemos desechado. Mire, hombres como usted y yo sabemos que en la mayoría de los temas no puede haber dos opiniones opuestas correctas. Sólo hay un único camino correcto e infinitas formas erróneas de hacer las cosas. Un gobierno o intenta ir por el buen camino o es criminal. Ése es el fondo de la cuestión. La oposición del pasado no era sino un trabajo de derribo realizado para avanzar. El sabotaje debe cesar.