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Retorno a la Tierra [Earthfall - es]

Электронная книга - «Retorno a la Tierra [Earthfall - es]». Краткое содержание книги:

El planeta Armonía, colonizado por humanos hace casi cuarenta millones de años atrás, ha estado siempre bajo el cuidado de una inteligencia artificial: el Alma Suprema, el ordenador que todo lo sabe y todo lo protege. Pero el Alma Suprema ha envejecido y está débil. Debe volver a la lejana Tierra para recobrar la ayuda del Guardián.
En Retorno a la Tierra, Nafai y su familia, los elegidos del Alma Suprema, realizan un viaje interestelar de un centenar de años que, pese a la hibernación de la mayoría, no deja de acrecentar el odio entre los partidarios de Nafai y los de su hermano Elemak. Llegados a la Tierra, los expedicionarios se enfrentarán a algunas de las especies que se han desarrollado en los cuarenta millones de años de ausencia de los humanos. En particular a quienes, fruto de la evolución de murciélagos y topos, han devenido en seres voladores y cavadores de túneles, conocidos como “ángeles” y “demonios”. Las religiones, los odios, las rivalidades y las luchas por el liderazgo hacen todavía más ardua una empresa ya de por sí francamente difícil.
Card nos ofrece, como ya hiciera en la premiada serie de Ender, un interesante retrato del ser humano y de sus motivaciones. Unos personajes entrañables, la lucha por el poder, las interacciones entre especies, la compleja explicación biológica de comportamientos, culturas y religiones sorprendentes son algunos de los elementos que mantienen viva la trama de una saga fascinante.
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Así que esto se podía considerar un túnel, como los que construían los diablos, sólo que encima del suelo. ¿O sería como el abrigo de un nido, como la paja trenzada que el pueblo colocaba encima de los nidos donde colgaban los bebés, primero de la pelambre de la madre, y luego de las ramas que había debajo del nido?

¿Los Antiguos son como nosotros, o son como ellos?

Como los diablos, por el modo en que el irascible Antiguo desgarró y arrojó a pTo y lo dio por muerto.

Como el pueblo, por el tierno cuidado con que los Antiguos lo alzaron en esos cueros que se ponían y se quitaban del cuerpo. Como el pueblo, por el modo en que lo llevaron colina abajo hasta que al fin, por suerte, él perdió la conciencia. Como el pueblo, porque él estaba vivo, en vez de devorado, descuartizado o encerrado como un prisionero.

O una tercera posibilidad. Tal vez fueran como los dioses. Después de todo, no había dolor.

Al fin llegó un día en que hubo dolor, pero además de sentir dolor pTo despertó del todo por primera vez. Ya no flotaba. Y ahora podía sentir las extremidades y los dedos, y moverlos. Algunos de ellos. Un gran peso le apretaba los huesos que se habían roto.

Movió la cabeza. Sí, podía mover la cabeza, arquear la espalda para ver que algo envolvía los huesos rotos, uniéndolos como injertos en una rama de árbol. El entablillado era tan pesado que no podía levantarlo, y cuando lo intentó el sordo dolor se volvió agudo.

¿Por qué dejan que vuelva el dolor? ¿Es un preludio de la muerte? ¿Me han juzgado y condenado? ¿O han decidido devolverme a la vida? Para ver de nuevo a mi otro-yo. A mi esposa. Mi pueblo.

Un sonido agudo, chillón. Ah sí, el lenguaje de los Antiguos. Tenía cierta melodía, pero también sonidos diablos, siseos y zumbidos.

Otro sonido. Su nombre, pronunciado con claridad, con amor, con preocupación.

—pTo —dijo la voz, y la reconoció al instante, aunque era imposible que fuera real.

—Poto —respondió, y con un susurro de sus correosas alas el otro-yo de pTo se posó en la misma superficie donde él yacía, y lo miró—. Te dije que no vinieras a la torre de los Antiguos.

—Y ahora has venido tú también —dijo pTo.

—Boboi quería arrancarme las alas para impedirlo —dijo Poto—. Estuve a punto de huir sin esperar el veredicto. Pero quería que pudieras regresar honrosamente si vivías. Así que esperé, y el pueblo me respaldó. A los dos, pTo. Te honran. Por el modo en que soportaste el castigo de ese Antiguo irascible.

—Era la criatura más terrible que he visto —dijo pTo—. Más terrible que los diablos. Poto sacudió la cabeza.

—He mirado a los diablos a la cara, y también a estos Antiguos.

—Pero los diablos no nos odian, Poto, sólo tienen hambre de nosotros. No hay odio como el odio de los Antiguos.

—Ellos me han conducido a ti, mi yo, mi hermoso yo. Sabían quién era y qué quería, y me han traído a ti.

La voz de la Antigua vibró de nuevo. Poto la miró a ella y a los demás. pTo miró en torno y vio que otros cuatro habían entrado en el… ¿nido?, ¿túnel? Lo que fuese ese lugar. Reconoció a uno de ellos… el macho que había visto aquella noche fatídica en que tocó la torre.

—Ese es el que me vio —dijo pTo—. Es el que vio robar las hierbas y debe haber dado la alarma.

—Pero ¿no es el irascible? —preguntó Poto.

—Ahora no siente ira —respondió pTo—. No como el otro. ¡Oh, nunca más quiero ver al Antiguo irascible!

—Al fin —dijo Oykib—. Algo parecido a una plegaria. La mitad de lo que dicen los cavadores está parcialmente dirigido a los dioses. Para mí sería más fácil si los ángeles fueran igualmente beatos.

—Pero ¿qué ha dicho? —preguntó Shedemei.

—Que nunca quiere ver de nuevo al irascible. El Antiguo irascible. —Se echó a reír—. Somos nosotros. Los viejos, los Antiguos.

—No es cosa de risa —dijo Shedemei—. Esto es muy importante. Luet o Nafai, id a buscar a Hushidh e Issib. Es preciso que estén aquí, que los conozcan… si han de ser nuestro enlace con los ángeles.

—Iré yo —se ofreció Nafai.

—No, Nafai, no seas tonto. Iré yo —dijo Luet.

—Iré yo —dijo Oykib.

—Te necesitamos aquí —señaló Shedemei—. Por si entiendes algo más. Nafai se fue.

—El idioma es vibrante y cantarín —dijo Luet—. Como burbujas en un arroyo. Como…

—¿Sí, Madre? —la acució Chveya.

—Como la música del Lago de las Mujeres, cuando yo flotaba al borde de un sueño verdadero.

—Tal vez el Guardián de la Tierra podía enviarte las canciones de estas criaturas —dijo Chveya.

—Silencio —pidió Shedemei—. Estos dos son mellizos, creo. Mirad, son totalmente idénticos.

—Cada cual llama al otro su otro yo —dijo Oykib—. Es mucho más que un hermano.

—Mis mellizos tienen ese sentimiento mutuo —dijo Luet—, pero los bebés de su edad no pueden expresar sus sentimientos con palabras.

—Silencio —insistió Shedemei—. Escucha, Oykib. Observad, todos.

Pero Chveya quiso añadir algo.

—Nunca he visto entre los humanos un amor como el que une a estos dos.

—Eres el más estúpido de todos los hombres —dijo Poto.

—Acepto ese honor —dijo pTo—. Y tú eres el más leal. Ojalá alguna mujer vea tu poder y tu fuerza, y te acepte como esposo.

—El herido ruega que alguna hembra admire la fuerza del que está sano y se aparee con él —dijo Oykib—. No, se vincule con él.

—Se case con él —sugirió Chveya.

—Bien, podría ser. La palabra tiene connotaciones de enlace y ligamen.

—Sé algo de enlaces —dijo Chveya—. Él se refiere al matrimonio. El herido es casado, el otro no… porque el herido tiene un fuerte lazo con alguien que no está aquí, que está desfiladero arriba.

—¿Tienen nombres? —preguntó Shedemei.

—¿Esperas que imite esos sonidos? —preguntó Oykib.

—Tendremos que hacerlo, algún día. Bien podrías intentarlo ahora.

—El nombre del sano es oh-oh, con algunas consonantes rápidas en medio. To-to. Po-to.

—¿Y el del otro?

Oykib resopló de frustración.

—El mismo. El mismo nombre.

—Otro-yo —murmuró Shedemei.

—No, es diferente. Po-ío, y el saludable es Po-to.

Silencio —ordenó pTo—. Escucha.

—¿Qué?

—Los Antiguos. Acaban de decir tu nombre. Escucharon.

—Poto —pronunció Oykib—. Masculló algo más, y luego dijo el nombre de nuevo—. Poto, Poto.

—Te quieren a ti —señaló pTo. Poto brincó al suelo, alejándose del campo visual de pTo. Pero pTo le oyó decir:

—Yo soy Poto. Antiguo, si es a mí a quien buscas. Que mi otro-yo no sufra más daño. Si quieres infligir más castigos, yo los recibiré.

—Nos está rezando a nosotros —dijo Oykib.

—Sensacional —exclamó Shedemei—. Ahora podremos ser los dioses de todos.

—Si vamos a desgarrarles las alas de nuevo, quiere que desgarremos las suyas, no las de su otro-yo.

—¿Por qué dice eso? —preguntó Chveya—. ¿Cree que estamos furiosos?

—El pobre no sabe qué pensar —dijo Luet—. Déjame tratar de dárselo a entender.

Luet se puso de rodillas y avanzó hacia el ángel sano.

—Poto —llamó, señalándolo. Él le dio la espalda y extendió las alas, aunque no del todo.

—Tócalas —sugirió Shedemei—. Muy suavemente. Son fuertes, pero no sé si son sensibles al dolor o no.

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