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Retorno a la Tierra [Earthfall - es]

Электронная книга - «Retorno a la Tierra [Earthfall - es]». Краткое содержание книги:

El planeta Armonía, colonizado por humanos hace casi cuarenta millones de años atrás, ha estado siempre bajo el cuidado de una inteligencia artificial: el Alma Suprema, el ordenador que todo lo sabe y todo lo protege. Pero el Alma Suprema ha envejecido y está débil. Debe volver a la lejana Tierra para recobrar la ayuda del Guardián.
En Retorno a la Tierra, Nafai y su familia, los elegidos del Alma Suprema, realizan un viaje interestelar de un centenar de años que, pese a la hibernación de la mayoría, no deja de acrecentar el odio entre los partidarios de Nafai y los de su hermano Elemak. Llegados a la Tierra, los expedicionarios se enfrentarán a algunas de las especies que se han desarrollado en los cuarenta millones de años de ausencia de los humanos. En particular a quienes, fruto de la evolución de murciélagos y topos, han devenido en seres voladores y cavadores de túneles, conocidos como “ángeles” y “demonios”. Las religiones, los odios, las rivalidades y las luchas por el liderazgo hacen todavía más ardua una empresa ya de por sí francamente difícil.
Card nos ofrece, como ya hiciera en la premiada serie de Ender, un interesante retrato del ser humano y de sus motivaciones. Unos personajes entrañables, la lucha por el poder, las interacciones entre especies, la compleja explicación biológica de comportamientos, culturas y religiones sorprendentes son algunos de los elementos que mantienen viva la trama de una saga fascinante.
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Elemak habló con Oykib.

—Ahora empezaré a trabajar con los rehenes. Quiero reunirme contigo todos los días para comparar lo que he aprendido sobre su idioma y cultura con las cosas que tú hayas aprendido con los cavadores libres.

Oykib aceptó, y nunca insinuó que deseara ir a la nave con Elemak para trabajar con los rehenes. Buen muchacho, maravilloso muchacho.

Luego Elemak fue a ver a Shedemei.

—Despierta primero a los cuatro secuestradores —dijo—. Quiero practicar un rato con ellos. Aprender de ellos, oírles hablar entre sí, teniendo yo el control de las circunstancias para que no puedan huir al matorral cuando las preguntas se pongan difíciles.

—Son fuertes —dijo Shedemei—. Más fuertes de lo que crees.

—Pero yo no dudo de su fuerza —dijo Elemak—. Así que no creo que me sorprendan.

—Sólo digo que tal vez no convenga que estés solo.

—Y yo digo que no deseo ni siquiera sugerir que les temo. He manejado a hombres más peligrosos, hombres de culturas que desconocía por completo hasta que me mostraban sus actos. Es mi especialidad. Yo no me entrometo en tus trabajos de genética, ¿verdad?

Avergonzada, Shedemei despertó a los cuatro secuestradores, de uno en uno. Elemak procuró ser el primero que vieran al despertar. También procuró manejarlos con rudeza. Ellos sintieron su apretón mientras los conducía por los corredores de la nave. Los empujó por los tobillos en la escalerilla que llevaba a la cubierta de la nave que usaría como escuela, mesa de negociaciones y prisión.

Pasó cuatro semanas con ellos, aprendiendo todo aquello que pudo. Nuevo vocabulario todos los días, y reglas gramaticales cada vez más complejas, que compartía escrupulosamente con Oykib cada noche, cuando los cavadores estaban encerrados. Pero también ahondaba en la cultura, en las costumbres de la ciudad subterránea. Aprendió que el rey de sangre era sagrado, el que guiaba a los jóvenes en el tránsito hacia la edad adulta. El rey de sangre también presidía el festín en el que devoraban a las crías de las reses del cielo, y se cuidaba de distinguir a los hombres que habían realizado una buena cacería, y sobre todo a los que traían sus presas vivas, mutiladas pero sin sangrar. El rey de guerra entrenaba a los jóvenes en la lucha, el acecho y la matanza, escogía a sus oficiales, los conducía contra sus presas; pero el rey de sangre confería los honores, distinguía entre los valiosos y los ineptos.

Mufruzhuuzh había sido un gran rey de guerra, pero su error había sido casarse con Emeezem. No tenía elección, claro. Lo obligaron a ello. Y no era culpa suya que a ella la hubieran nombrado madre profunda por sus sueños y sus voces, señora de la ciudad subterránea. Pero la fuerza de Emeezem había debilitado a Mufruzhuuzh. La trataba con excesiva deferencia, la escuchaba más que a sus hombres. Eso dejaba un vacío.

Shosseemem, el padre de Fusum, tendría que haber llenado ese vacío. Tendría que haber intervenido para ayudar a los hombres a recobrar su fuerza en vez de permitir que el predominio de Emeezem la menoscabara. Pero las visiones de Emeezem dejaban a Shosseemem sin margen para actuar tanto como a Mufruzhuuzh. A fin de cuentas, ella había dicho que el Dios Intacto vendría del cielo, y había venido. Le veían entre los subdioses y los semidioses, le veían actuar con prestancia y poder, y no se atrevían a dudar de la autoridad de Emeezem, aunque ella aconsejara debilidad y pasividad.

Observad, les decía ella. Observad y esperad. Aprended antes de actuar. Bien, habían observado, habían esperado, y un día Fusum declaró:

—¿Qué sois, nombres o mujeres? Si sois mujeres, ¿dónde están los críos que debéis amamantar? Y si sois hombres, ¿por qué observáis y esperáis cuando habéis visto dónde guardan a los niños, y con qué escasa vigilancia? No tienen túneles ni nidos, así que sus crías están siempre en la superficie. ¿Por qué no se las hemos llevado al rey de sangre?

—Porque el rey de sangre no nos las pide. Y el rey de guerra no nos ordena actuar.

—Porque ambos están gobernados por mujeres. Pero yo soy hombre, y si no tengo hombres que me gobiernen, me gobernaré a mí mismo. Ellos no son dioses, aunque hayan venido del cielo. ¿No orinan en el suelo como nosotros? ¿No comen y respiran y defecan como nosotros? ¿Qué tienen de divino?

—Éstas son las mentiras que nos contó Fusum —insistieron en decir a Elemak—. Él nos engañó. Si hubiéramos sabido que en verdad erais dioses, como ahora sabemos, no le habríamos escuchado. Perdónanos, poderoso, no permitas que la ira de tu reluciente y divino padre nos abata.

Y así continuamente, hasta que Elemak quiso estrangularlos por su debilidad y deslealtad.

Pero no les dio a entender que los consideraba unos abyectos traidores. Les hizo creer que quería que le profesaran una devoción total al dios radiante, a Nafai, ese bastardo embustero. Y cuando hubo averiguado todo lo que deseaba, le dijo a Volemak que ya estaban preparados para salir de la nave y trabajar con Shedemei, Oykib, Chveya, Yasai y otros que intentaban aprender las costumbres de los cavadores.

Oh, Volemak y los demás estaban muy conformes con el trabajo de Elemak. Eran obedientes, aquellos cuatro. Ávidos de complacer, de compartir información y sabiduría. Mandaron buscar a sus esposas, que se sumaron a las conversaciones; qué bien se llevaban, los humanos y esos cuatro que una vez habían robado a una niña de la casa de Elemak.

—Estoy muy orgulloso de ti, hijo —le dijo Volemak—. Te enfrentaste a quienes causaron daño a tu familia y entablaste amistad con ellos. Ha sido un buen trabajo, y bien hecho.

Elemak sabía que no era así. La cosa habría sido vergonzosa, si hubiera sido sincera. Pero sabía la verdad sobre los cuatro secuestradores. Eran desleales. Cobardes. Fusum los había obligado a perpetrar el secuestro, y ahora ansiaban que Elemak los obligara a hacer otra cosa. Si Fusum tenía un poco de seso, los mataría en cuanto llegara al poder.

Porque Fusum llegaría al poder. Elemak estaba seguro de eso, pues cuanto más oía hablar a los secuestradores, más creía conocer a Fusum, sus pensamientos, sus sentimientos, sus deseos, y lo que haría para concretar esos deseos.

Lo que quería era sencillo: poder.

¿Y qué haría para conseguirlo? Lo que fuera necesario.

Elemak conocía a Fusum, sí, porque él era Fusum. O al menos podría serlo, si el hijo del rey de sangre tenía la sensatez suficiente de calibrar la situación y aguardar el momento oportuno, como hacía Elemak.

Llegó el día en que Shedemei preparó la cámara de animación suspendida de Fusum.

—Me gustaría estar a solas con él cuando despierte —dijo Elemak.

Ella le clavó los ojos.

—¿Por qué?

—Porque lo conozco —respondió Elemak—. Por lo que han dicho los demás. Es peligroso, y para domarlo debo demostrarle quién es el amo. Si estás aquí, verá que interviene otro humano. No sabrá que yo soy el único que controla cada aspecto de su vida. ¿Entiendes?

—Entiendo —asintió Shedemei—. Pero no estoy de acuerdo.

—Pero tendrás que dejarme a solas con él.

—Lo haré porque Volemak dijo que te dejara manejar las cosas a tu manera.

Shedemei dio media vuelta y se fue.

Al cabo de un rato, la tapa se abrió y Fusum pestañeó, tratando de entender dónde estaba. Elemak lo cogió por la garganta y lo levantó.

—¡Tú robaste a mi hija! —gritó, usando el idioma de los cavadores con riqueza y fluidez—. ¡Ibas a comértela! ¡Valiente guerrero eres! ¿Puedes luchar contra niños pero te acobardas frente a los hombres?

Fusum no reaccionó con miedo sino con rabia. Elemak se alegró de ver que Fusum tendía los brazos, aún bajo el efecto de las drogas de animación suspendida, y trataba de arrancarle el corazón. Muy bien. Conque no gimoteas.

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