Retorno a la Tierra [Earthfall - es]
- Автор: Кард Орсон Скотт
- Серия: Saga del retorno #4
- Год: 1996
- Язык: испанский
- Год: Ediciones B
- ISBN: 84-406-6179-7
- Переводчик: Carlos Gardini
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «Retorno a la Tierra [Earthfall - es]». Краткое содержание книги:
En Retorno a la Tierra, Nafai y su familia, los elegidos del Alma Suprema, realizan un viaje interestelar de un centenar de años que, pese a la hibernación de la mayoría, no deja de acrecentar el odio entre los partidarios de Nafai y los de su hermano Elemak. Llegados a la Tierra, los expedicionarios se enfrentarán a algunas de las especies que se han desarrollado en los cuarenta millones de años de ausencia de los humanos. En particular a quienes, fruto de la evolución de murciélagos y topos, han devenido en seres voladores y cavadores de túneles, conocidos como “ángeles” y “demonios”. Las religiones, los odios, las rivalidades y las luchas por el liderazgo hacen todavía más ardua una empresa ya de por sí francamente difícil.
Card nos ofrece, como ya hiciera en la premiada serie de Ender, un interesante retrato del ser humano y de sus motivaciones. Unos personajes entrañables, la lucha por el poder, las interacciones entre especies, la compleja explicación biológica de comportamientos, culturas y religiones sorprendentes son algunos de los elementos que mantienen viva la trama de una saga fascinante.
El segundo gran argumento a favor de Poto era que todos sabían que, al margen de lo que decidiera la asamblea, él iría a buscar a pTo y procuraría salvarlo, incluso ofreciéndose en lugar de su otro-yo, si no había muerto todavía. La asamblea no debía pronunciarse sobre la decisión de Poto, sino sobre el peligro que esta decisión representaba para el pueblo, y resolver si era preciso rasgarle un ala para impedir que fuera. Sería un castigo espantoso, pues privar a un hombre del vuelo era la máxima humillación. Era el castigo que se infligía a un hombre que vejaba a una mujer, y siempre conducía al mismo finaclass="underline" una muerte cruel y humillante en la siguiente incursión de los diablos. Como no era un bebé, no lo podían llevar a las cuevas, así que los invasores lo devoraban allí donde lo encontraban, sin molestarse en matarlo primero. Un ala-rota podía distraer momentáneamente a los atacantes y salvar la vida de algunos niños. Ese criminal no servía para otra cosa.
Sería un acto cruel, pues el único crimen de Poto era la intención de salvar a su otro-yo al margen de lo que decidiera la asamblea. Pero de nada servía negar que se proponía desafiar a la asamblea. Eso sólo lo humillaría; daría a entender que para él la ley significaba más que su otro-yo. Así como se esperaba de una esposa que suplicara el rescate de su marido, pero se le imponía silencio sin que importara si en realidad tenía que rogar por él o no, de un hombre se esperaba que desafiara los temores, las leyes, los peligros y la sabiduría para volar al rescate de su otro-yo. Infringiera la ley o no, debían castigarlo como si fuera culpable. De lo contrario, sería como si el pueblo lo considerase la más despreciable de las criaturas, un hombre incapaz de arriesgarse por su otro-yo. Mejor ser un ala-rota.
La asamblea, pues, debía decidir si rasgaría el ala de Poto o le permitiría arriesgar la seguridad del pueblo cuando bajara para una nueva confrontación con los Antiguos.
Al fin Boboi calló, pues ya había hablado el último de sus simpatizantes. ¿Cuántos eran? Menos de la mitad de la asamblea, pero suficientes. Sólo con que algunos de los que callaban votaran por ella, Poto perdería el ala y pTo se quedaría solo entre los Antiguos.
Era el turno de Poto. El pueblo ya estaba cansado. Sería breve.
—No creo que los Antiguos sean nuestros enemigos. Se enfurecieron con pTo, de lo contrario no habrían subido por el desfiladero para encontrarlo. Rechazaron su ofrecimiento, es verdad. Pero el que lo atacó actuó por su cuenta. Vi que los demás se apartaban de él o intentaban detenerlo…
—¿Cómo puedes saber qué se proponían los Antiguos? —le interrumpió Boboi.
Chillidos de protesta silenciaron esta insolente interrupción. A fin de cuentas, Poto había observado las normas de la cortesía. Intimidada por los chillidos, Boboi miró hacia otro lado.
—No soy el único que lo vio —continuó Poto—. Si hay algún testigo que niegue que los demás Antiguos no parecían aceptar que él maltratara a pTo, que hable ahora. Doy mi consentimiento.
Tal vez algunos disintieran, pero ninguno se atrevió a contradecirlo cuando él suplicaba por su otro yo —pTo no estaba muerto. Vi que abría los ojos con valentía para mostrarnos que estaba vivo. Y los Antiguos, al verle con vida, decidieron no comérselo, aunque no era un niño. Lo trataron tiernamente y lo pusieron en su cuero para llevarlo desfiladero abajo. No sé qué se proponían. Pero los Antiguos no tienen cuerpo de diablo, aunque en general sean lampiños bajo sus cueros, y tal vez no sean diablos en su corazón. Vinieron del cielo, ¿no es así? Quizá ya no estén enfadados con pTo y me permitan traerlo de regreso, o al menos quedarme a cuidarlo hasta que muera, si voy a hablar en su nombre.
Tragó saliva, tratando de pensar en los otros argumentos que había esgrimido Boboi, para refutarlos.
—No creo que los Antiguos estén furiosos con todos nosotros, pues de lo contrario no se habrían contentado con lastimar sólo a pTo. Amanecía, y sin duda vieron a las vigías que sobrevolaban la aldea. Sabían dónde encontrarnos, pero no pasaron a la cresta del risco. Ello indica que no nos responsabilizan a todos por los actos de uno. En consecuencia, no traeré peligro al pueblo, aunque les disguste mi presencia.
¿Qué más? Los argumentos de Boboi habían consistido principalmente en que muchas personas repitieran lo mismo una y otra vez. No le quedaba mucho por añadir.
—Gente de la asamblea —dijo Poto—, sólo puedo añadir esto. Mi otro-yo no cometió más falta que la de seguir los pasos del ilustre antepasado de su esposa, Kiti. Ambos sentían atracción por los Antiguos. pTo nos puso en peligro a todos, pero aunque Boboi había declarado que nadie debía acercarse a los Antiguos hasta que lo decidiera la asamblea, lo cierto es que la asamblea aún no había prohibido lo que él hizo. Fue imprudente, pero también valiente, y no actuó para sí mismo sino por lo que consideraba el bien del pueblo. ¿Debemos abandonar a un hombre así? ¿Su otro-yo debe perder el ala para no acudir al rescate? Creo que todos los presentes, Boboi incluida, se enorgullecerían de ser el otro-yo de alguien tan valiente como mi pTo. Dejadme ser un verdadero hermano y amigo. No conocemos los peligros que corre el pueblo. ¿Acaso un mal desconocido debe impedir un bien conocido?
Poto giró lentamente en la rama y extendió las alas, prestándose a que lo rasgaran si la votación era desfavorable. Oyó el sonido de los simpatizantes de Boboi cayendo al suelo. ¿Cuántos? Cayeron rápidamente, todos al mismo tiempo, y luego no hubo más. Se habían decidido muy fácilmente. Tal vez eso significara que sólo los que habían hablado en su nombre habían votado por ella.
O tal vez no.
Chveya despertó primero, como de costumbre. Antes siempre podía dormir más que Oykib pero, para su sorpresa, el embarazo ya había reducido la capacidad de su vejiga y tenía que levantarse antes del amanecer, le gustara o no. Y a menudo no le gustaba. Era inútil tratar de dormirse de nuevo. No podría conciliar el sueño, así que más valía levantarse a hacer algo.
Y lo que haría hoy sería sentarse en un taburete, contra la pared de esa casa de una habitación, tratando de imaginar Basílica, la Ciudad de las Mujeres. Madre le había hablado de miles de edificios, tan apiñados que se tocaban por todas partes excepto por delante. Y a veces la gente construía una casa nueva frente a otra, cerrándole la salida a la calle, a menos que uno tuviera dinero para contratar matones que ahuyentaran al intruso. Y podían construir en medio de la calle, bloqueándola por completo, salvo cuando los airados peatones desmantelaban el edificio al pasar.
Costaba imaginar un lugar tan atestado. En toda su vida, Chveya había conocido sólo a la gente de la colonia. Las únicas personas nuevas eran los bebés que nacían. Los únicos edificios que había visto eran los que construían con sus propias manos, y los imposibles y mágicos edificios del puerto espacial, que no era una ciudad, pues su población estaba formada por la misma gente que ella había conocido siempre.
Pero los cavadores tenían una ciudad, ¿no? Aunque estuviera bajo tierra, salvo por las entradas abiertas en los árboles. Chveya se imaginaba cómo se debían de haber alborotado cuando los humanos llegaron de Armonía y empezaron a talar árboles, extendiendo el prado donde habían aterrizado. Habían rellenado los túneles que conducían a los árboles condenados, para que los humanos no los descubrieran al mirar en los troncos huecos. Pero aun con tantos túneles clausurados, la ciudad de los cavadores eran una vasta red de cámaras conectadas.
Chveya sabía que era real. Ahora podía ver las conexiones entre muchos cavadores, tal vez la mayoría, y sabía que había cientos allá abajo, continuamente yendo y viniendo. Era la única ciudad real que había visto, pero no la había visto de veras, y tal vez nunca la vería. Nunca se arrastraría por los túneles. Al menos eso esperaba. Su piel no brillaba como la de su padre, cuando él quería. Allá abajo sería de noche constantemente. Y ella estaría rodeada por extraños. No porque fueran tan raros, tan parecidos a animales, sino porque no los conocía, no sabía qué esperar de ellos. Aun Elemak, aun Meb y Obring, peligrosos y traicioneros como eran, le parecían menos peligrosos porque a fin de cuentas los conocía. Los cavadores eran totalmente exóticos.