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El juego del León

Электронная книга - «El juego del León». Краткое содержание книги:

Desde un puesto especial de observación en el aeropuerto JFK de Nueva York, miembros de la Brigada Antiterrorista esperan la llegada de un pasajero desde París: Asad Khalil, un terrorista libio conocido como «El León» que va a pasarse a Occidente. Todo se está desarrollando conforme a lo previsto; el avión con sus centenares de pasajeros, incluido Khalil y sus escoltas del FBI, llega puntual a su destino. Sin embargo, pronto queda claro que algo marcha mal, terriblemente mal, y que lo ocurrido en este vuelo es sólo un preludio del terror que se sucederá a continuación…
John Corey, que sobrevivió a tres heridas de bala mientras fue miembro de la policía neoyorquina, sabe que ha agotado su cupo de buena suerte. No obstante, se alista como agente contratado al servicio de la Brigada Antiterrorista del gobierno federal y es asignado a la peligrosa sección de Oriente Medio. Kate Mayfield, su compañera en esta misión, tiene mayor graduación que John y menos edad, lo que constituye una combinación desastrosa para ambos. Aun así, ella consigue mantenerse firme frente al estilo temerario de John. Ahora, Corey y Mayfield deberán unir sus fuerzas y enfrentarse a un ser sin escrúpulos, un asesino cuya maldad no tiene límites.
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En cualquier caso, la policía no tenía ni idea de qué estaba buscando. Ciertamente, carecía de motivos para buscar un Mercury Marquis negro que se dirigiera hacia el sur por cualquiera de las numerosas carreteras. Sólo el hecho de que un coche patrulla lo hiciese parar al azar constituiría un problema, y aun entonces Jalil sabía que sus papeles estaban en regla. En Europa le habían parado dos veces. Siempre querían ver un pasaporte y a veces también un visado, y todos los papeles del coche alquilado. En las dos ocasiones le habían mandado seguir. Aquí, según sus instructores de Trípoli, sólo querían ver un carnet de conducir y una matrícula, y querían saber si uno había estado bebiendo alcohol. Su religión le prohibía el alcohol pero no debía decirlo, sino, simplemente, responder: «No.» Pero no podía concebir un encuentro con la policía que durase demasiado antes de que uno de ellos cayera muerto.

Le habían dicho también que los policías generalmente iban solos, lo que le resultaba un tanto increíble. Boris, que había pasado cinco años en Estados Unidos, le había dado instrucciones para cuando hubiera abandonado el taxi y condujese solo. Le había dicho: «Quédate en el coche. El policía se te acercará y se asomará a tu ventanilla o te ordenará que salgas. Un tiro en la cabeza y el camino queda libre. Pero habrá comunicado por radio tu matrícula a su comisaría antes de pararte, y tal vez tenga una cámara de vídeo en el salpicadero de su coche grabando lo que sucede. Así que debes abandonar tu automóvil lo antes posible y encontrar otro medio de transporte. No tendrás contactos que te ayuden, Asad. Dependes exclusivamente de ti mismo hasta que llegues a la costa oeste de Norteamérica.»

Jalil recordaba que había respondido: «He dependido exclusivamente de mí mismo desde el 15 de abril de 1986.»

A las nueve y veinte de la noche, Jalil entró en el estado de Delaware. Quince minutos después, la 1-95 confluía con la autopista memorial John F. Kennedy, que era de peaje, así que Jalil salió a la carretera 40, que discurría paralelamente a la interestatal en dirección sur y oeste hacia Baltimore. Al cabo de media hora entraba en el estado de Maryland.

Menos de una hora después, estaba en la interestatal que lo llevó dando un rodeo en torno a la ciudad de Baltimore y regresó luego a la 1-95, que no tenía peaje en aquel punto. Continuó en dirección sur.

No tenía ni idea de por qué unos puentes y carreteras eran gratuitos mientras que en otros había que pagar peaje. En Trípoli tampoco lo sabían. Pero sus instrucciones habían sido claras: evitar las cabinas de peaje.

Boris le dijo: «En algún momento tendrán una foto tuya en cada sitio donde tengas que pagar.»

Jalil vio un gran letrero verde y blanco que indicaba las distancias a varias ciudades, y vio la que quería: «Washington, D. C, 56 kilómetros.» Sonrió. Estaba cerca de su destino.

Era casi medianoche pero aún había algo de tráfico en la carretera que unía las dos grandes ciudades. De hecho, pensaba que había un sorprendente número de vehículos en las carreteras, incluso después de anochecer. No era de extrañar que los norteamericanos necesitasen tanto petróleo. Había leído una vez que los norteamericanos consumían en un día más petróleo que Libia en todo un año. No tardarían en agotar todo el existente sobre la Tierra y entonces tendrían que ir andando o en camello. Rió.

A las doce y media llegó a la carretera de circunvalación llamada Capital Beltway y siguió por ella en dirección sur. Miró el odómetro y vio que había recorrido casi quinientos kilómetros en seis horas.

Abandonó la autopista por la salida de Suitland Parkway, cerca de la base de las Fuerzas Aéreas de Andrews, y recorrió una carretera que atravesaba galerías comerciales y grandes tiendas. Su navegador por satélite le daba los nombres de algunos lugares en que alojarse pero no tenía intención de detenerse en sitios muy conocidos. Mientras circulaba lentamente, cogió la botella de plástico con la orina y la tiró por la ventanilla.

Pasó por delante de varios moteles y luego vio uno que parecía suficientemente inhóspito. Un letrero iluminado decía: «Habitaciones libres.»

Jalil entró en el parking, que estaba casi vacío. Se quitó la corbata y las gafas, bajó del Mercury y cerró la puerta. Se desperezó y luego se dirigió a la recepción del pequeño motel.

Había un joven sentado detrás del mostrador, viendo la televisión. Al verlo se levantó.

– ¿Sí?

– Necesito una habitación para dos días.

– Ochenta dólares más impuestos.

Jalil puso dos billetes de cincuenta dólares sobre el mostrador.

El empleado estaba acostumbrado a recibir huéspedes que pagaban al contado.

– Necesito cien dólares como depósito -dijo-. Los recuperará al marcharse.

Jalil puso otros dos billetes de cincuenta sobre el mostrador.

El joven le dio una ficha de registro, y Jalil la rellenó, utilizando el nombre de Ramón Vázquez. Escribió la marca y el modelo correctos del automóvil, tal como le habían ordenado que lo hiciera porque podrían comprobarlos más tarde, cuando él estuviese en la habitación. Escribió también el número correcto de la matrícula y empujó la ficha hacia el empleado.

Éste le dio una llave con una etiqueta, el cambio y un recibo por sus cien dólares.

– Habitación 15 -le dijo-. Saliendo, a la derecha. Hacia el final. La hora tope de salida son las once.

– Gracias.

Jalil se volvió y salió del recinto. Fue hasta su coche y condujo hasta la habitación en cuya puerta figuraba el número 15.

Cogió su maletín, cerró el coche y entró en la habitación. Accionó el interruptor y se encendió una lámpara.

Jalil cerró la puerta con llave y echó el pestillo. Observó que la habitación estaba amueblada con sencillez pero había un televisor. Lo encendió.

Se quitó la ropa y entró en el cuarto de baño con el maletín, el chaleco antibalas y las dos Glock del calibre 40.

Se alivió y después abrió el maletín y sacó los útiles de aseo. Se despegó el bigote, se lavó los dientes y se afeitó. Tras dejar las pistolas en el lavabo, se dio una ducha rápida.

Se secó, cogió el maletín, las pistolas y el chaleco antibalas y regresó al dormitorio. Volvió a vestirse, se puso unos calzoncillos y una camiseta limpia, una corbata diferente y unos calcetines, todo lo cual lo sacó del maletín. Se puso también el chaleco antibalas. Sacó el tubo de pasta de dientes relleno de pegamento, y, situándose ante el espejo del dormitorio, volvió a colocarse el bigote.

Encontró el mando a distancia del televisor, se sentó en la cama y fue cambiando de canales hasta encontrar una cadena en la que dieran noticias. Advirtió que se trataba de la repetición grabada de un noticiario emitido con anterioridad, pero podría ser útil.

Estuvo mirando durante quince minutos. Después, el presentador dijo: «Más detalles sobre la tragedia ocurrida esta tarde en el aeropuerto Kennedy.»

Apareció en la pantalla una vista del aeropuerto. Reconoció al fondo el área de seguridad. Pudo ver la alta cola y la sección superior del 747 elevándose sobre el muro de acero.

La voz del presentador estaba diciendo: «El número de muertos continúa aumentando mientras los empleados del aeropuerto y de la compañía aérea confirman que una emanación de gases tóxicos, procedentes al parecer de una carga no autorizada depositada en la bodega, ha causado la muerte de por lo menos doscientas personas a bordo del vuelo Uno-Siete-Cinco de Trans-Continental.»

El presentador continuó hablando un rato más pero sin decir nada nuevo.

Apareció luego en pantalla la terminal de llegadas, donde sollozaban amigos y parientes de las víctimas. Jalil observó que había muchos reporteros con micrófonos, todos tratando de obtener entrevistas con las personas que lloraban. Eso le pareció extraño. Si creían que se trataba de un accidente, ¿qué importaba lo que dijesen aquellas personas? ¿Qué sabían? Nada. Si los americanos reconocían que había sido un ataque terrorista, entonces no había duda de que aquellas escenas de histerismo estaban siendo filmadas con fines propagandísticos. Pero, por lo que veía, los reporteros sólo querían saber acerca de familiares y amigos que iban en el avión. Muchos de los entrevistados confiaban todavía en que aquellos a quienes esperaban hubiesen sobrevivido. Jalil podía decirles con absoluta certeza que no era así.

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