El juego del León
- Автор: Демилль Нельсон
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El juego del León». Краткое содержание книги:
John Corey, que sobrevivió a tres heridas de bala mientras fue miembro de la policía neoyorquina, sabe que ha agotado su cupo de buena suerte. No obstante, se alista como agente contratado al servicio de la Brigada Antiterrorista del gobierno federal y es asignado a la peligrosa sección de Oriente Medio. Kate Mayfield, su compañera en esta misión, tiene mayor graduación que John y menos edad, lo que constituye una combinación desastrosa para ambos. Aun así, ella consigue mantenerse firme frente al estilo temerario de John. Ahora, Corey y Mayfield deberán unir sus fuerzas y enfrentarse a un ser sin escrúpulos, un asesino cuya maldad no tiene límites.
– Mala idea. Dejémoslo.
Él no quería dejarlo y volvió a la metáfora del león.
– Tenemos a ese león que está devorando campesinos. Y tenemos a tres cazadores que han estado en un tris de capturarlo. El león está furioso con los cazadores, y comete el fatal error de ir tras ellos. ¿De acuerdo?
Nash puso cara de regocijo. Kate pareció considerar la idea.
– Publicaremos una noticia sobre John y Kate -continuó Koenig-, y tal vez incluso utilicemos sus fotografías, aunque normalmente nunca lo hacemos. Jalil pensará que en América es habitual utilizar nombres y fotos de agentes, y no sospechará que es una trampa. ¿De acuerdo?
– No creo que eso esté en mi contrato -dije.
– No podemos utilizar el nombre y la foto de Ted porque su agencia nunca lo permitiría -prosiguió Koenig-. George está casado y tiene hijos, y no asumiremos ese riesgo. Pero usted, John, y usted, Kate, son solteros y viven solos, ¿no es así?
Kate asintió con la cabeza.
– ¿Por qué no dejamos la idea a un lado, de momento? -sugerí.
– Porque, si tiene usted razón, señor Corey, y Jalil continúa en el país y cerca de donde nosotros estamos, tal vez se sienta tentado de golpear un objetivo de ocasión antes de ocuparse de su objetivo siguiente, que podría ser mucho más importante que cuanto ha hecho hasta ahora. Por eso. Estoy tratando de evitar otro asesinato en masa. A veces, un individuo debe ponerse en peligro para mayor seguridad de la nación. ¿No está de acuerdo?
Yo mismo me había colocado en una situación en la que, hiciera lo que hiciese, salía perdiendo.
– Magnífica idea -respondí-. ¿Cómo no se me había ocurrido?
– Y si John está equivocado y Jalil se encuentra ya fuera del país, John sólo pierde diez dólares -observó Nash-. Si Jalil está en el país, John gana diez dólares pero…, bueno, no pensemos en eso.
Por primera vez que yo pudiera recordar, Ted Nash estaba disfrutando realmente. Quiero decir que aquel viejo estoico se sentía regocijado ante la perspectiva de que un sicótico montador de camellos le rebanara el pescuezo a John Corey. Hasta el señor Roberts estaba intentando reprimir una sonrisa. Es curioso la clase de cosas que pueden divertir a la gente.
La reunión continuó durante un rato más. Estábamos tratando ya del problema de relaciones públicas, que podía resultar peliagudo con trescientas personas muertas en el avión, varios asesinados en tierra y el criminal en libertad.
– Los próximos días van a ser muy difíciles -concluyó Jack Koenig-. Los medios de comunicación se muestran generalmente amistosos con nosotros, como vimos en el caso del World Trade Center y en el de la TWA. Pero tenemos que controlar un poco las noticias. También tenemos que ir mañana a Washington y asegurar a esa gente que tenemos el asunto encauzado. Ahora quiero que se vayan todos a dormir. Reúnanse conmigo en La Guardia para tomar el primer vuelo a Washington, a las siete de la mañana. George se quedará en el Club Conquistador para inspeccionar el escenario del crimen.
Se puso en pie, y todos lo imitamos.
– Pese al resultado de la misión de hoy, han hecho un buen trabajo. -Me sorprendió al añadir-: Recen por los muertos.
Nos estrechamos todos la mano, incluso el señor Roberts. Y Kate, Ted y yo salimos.
Mientras cruzábamos el piso 28, sentí multitud de miradas clavadas sobre nosotros.
CAPÍTULO 22
Asad Jalil sabía que tenía que cruzar el río Delaware por un puente sin peaje, y se le había indicado que continuase por la autopista 1 hasta la ciudad de Trenton, donde no había esa clase de puentes. Programó el navegador por satélite mientras conducía. Habría sido más fácil si lo hubiera hecho el hombre que había alquilado el coche, o hubiera pedido a la agencia de alquiler que lo hiciera, pero también habría resultado peligroso. La última y única necesidad de ayuda que tenía Jalil, y el último punto hasta donde le podían seguir la pista, era Gamal Yabbar, en el aparcamiento.
Salió de la autopista 1 para pasar a la interestatal 95. Era una buena carretera, pensó, muy parecida a la Autobahn alemana, salvo que aquí los vehículos circulaban más despacio. La interestatal lo llevó en torno a la ciudad de Trenton. Cerca de una salida vio un letrero marrón que decía Parque estatal del cruce de Washington. Recordó que su oficial instructor ruso, Boris, ex agente del KGB que había vivido en América, le había dicho: «Cruzarás el río Delaware cerca del lugar por donde George Washington lo atravesó en barca hace doscientos años. Tampoco él quería pagar peaje.»
Jalil no siempre entendía el humor de Boris, pero Boris era el único hombre en todo Trípoli del que podían esperarse buenos consejos acerca de América y los americanos.
Jalil cruzó el puente franco de peaje y entró en el estado de Pennsylvania. Continuó por la 1-95 en dirección sur, siguiendo las instrucciones del navegador por satélite.
El sol se había puesto ya por completo y la oscuridad era absoluta. Al poco rato vio que la 1-95 atravesaba la ciudad de Filadelfia. Había mucho tráfico, y tuvo que reducir la velocidad. Podía ver altos edificios iluminados, y durante un trecho la carretera discurría paralela al río Delaware. Luego, pasó por delante del aeropuerto.
Aquél no era el camino más rápido y directo a su destino, pero era una carretera muy concurrida, sin peajes, y, por consiguiente, la más segura para él.
No tardó en dejar atrás la ciudad, y los vehículos comenzaron a aumentar la velocidad.
Llevó sus pensamientos a otros asuntos. Lo primero que se le ocurrió fue que aquel día 15 de abril había empezado bien, y que para entonces, en Trípoli, el Gran Líder sabría ya que Asad Jalil había llegado a América, que cientos de personas habían sido asesinadas para vengar aquel día y que en los próximos días morirían muchas más.
El Gran Líder se sentiría complacido, y muy pronto toda Trípoli y toda Libia sabrían que se había asestado un golpe que redimiría el honor de la nación. Malik estaría despierto, aun a aquella temprana hora en Trípoli, y ya estaría enterado, y bendeciría a Asad Jalil y rezaría por él.
Jalil se preguntó si los norteamericanos tomarían represalias contra su país. Era difícil adivinar qué haría el presidente americano. Al menos, el Gran Satán, Reagan, había sido predecible. Este presidente era a veces débil, a veces fuerte.
En cualquier caso, incluso la represalia sería buena. Despertaría a toda Libia y a todo el islam.
Jalil encendió la radio y oyó a gente que hablaba de sus problemas sexuales. Sintonizó una emisora de noticias y escuchó durante diez minutos antes de que se informara de lo sucedido en el avión. Escuchó atentamente al locutor y luego a otras personas que comentaban lo que ellas llamaban la «tragedia». Para Jalil estaba claro que las autoridades o no sabían qué había sucedido o lo sabían y lo estaban ocultando. En cualquier caso, aunque la policía se hallara en estado de alerta, la población en general permanecía inadvertida. Esto le facilitaba mucho las cosas.
Asad Jalil continuó hacia el sur por la carretera 1-95. El reloj del salpicadero señalaba las 20.10. Todavía había suficiente tráfico como para que su coche no llamara la atención. Pasó de largo ante varias salidas que llevaban a zonas de descanso, lugares brillantemente iluminados en los que se veían automóviles, personas y surtidores de gasolina. Pero su indicador de combustible se mantenía por encima de la mitad, y no tenía hambre. Cogió del maletín la segunda botella de agua, la terminó y luego orinó en ella, volvió a enroscar el tapón y la depositó bajo el asiento del copiloto, Se daba cuenta de que estaba cansado pero no tanto como para quedarse dormido. Había dormido bien en el avión.
En Trípoli le habían dicho que condujera durante toda la noche, que cuanta más distancia pusiese entre él y lo que había dejado atrás, más probabilidades tendría de no ser detenido. Pronto estaría en otra nueva jurisdicción -Delaware-, y cuantas más jurisdicciones lo separasen de Nueva York y Nueva Jersey, le habían dicho, menos probable sería que la policía local estuviese alertada.