El juego del León
- Автор: Демилль Нельсон
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El juego del León». Краткое содержание книги:
John Corey, que sobrevivió a tres heridas de bala mientras fue miembro de la policía neoyorquina, sabe que ha agotado su cupo de buena suerte. No obstante, se alista como agente contratado al servicio de la Brigada Antiterrorista del gobierno federal y es asignado a la peligrosa sección de Oriente Medio. Kate Mayfield, su compañera en esta misión, tiene mayor graduación que John y menos edad, lo que constituye una combinación desastrosa para ambos. Aun así, ella consigue mantenerse firme frente al estilo temerario de John. Ahora, Corey y Mayfield deberán unir sus fuerzas y enfrentarse a un ser sin escrúpulos, un asesino cuya maldad no tiene límites.
En el aire flotaba una niebla húmeda que reducía la visibilidad a unos pocos metros. Jalil salió del parking sin faros y no los encendió hasta haber recorrido cincuenta metros por la carretera.
Regresó por la dirección en que había llegado por la noche y se aproximó a la Capital Beltway. Antes de entrar en ella se detuvo en el amplio aparcamiento de un centro comercial, encontró un sumidero de aguas de lluvia e introdujo por la rejilla metálica las tarjetas de inscripción, los recibos y la casete de vídeo. Sacó el dinero de la cartera del recepcionista y la arrojó al sumidero.
Volvió al coche y enfiló la Capital Beltway.
Eran las seis de la mañana, y por el este emergía un débil resplandor que iluminaba la niebla. Había poco tráfico en aquella mañana de domingo, y Jalil tampoco vio ningún coche policial.
Siguió la autopista en dirección sur. Luego, la carretera torcía hacia el oeste y cruzaba el río Potomac y continuaba después en la misma dirección hasta volver hacia el norte y cruzar de nuevo el Potomac. Estaba girando en torno a la ciudad de Washington, como un león, pensó, acechando su presa.
Programó el navegador por satélite con la dirección que necesitaba en Washington y salió de la autopista por la avenida Pennsylvania.
Continuó por ésta, enfilando directamente al corazón de la capital enemiga.
A las siete, subía por Capitol Hill. La niebla había levantado, y el enorme edificio del Capitolio se erguía con su blanca cúpula bajo el sol de la mañana… Dio la vuelta a su alrededor y luego se detuvo y aparcó cerca del ala sureste. Sacó la cámara del maletín y tomó varias fotos del edificio bañado por el sol. Observó que a unos cincuenta metros había un matrimonio joven haciendo lo mismo. Sabía que esta fotografía no era necesaria, y podría haber pasado el tiempo en otro lugar, pero pensó que aquellas fotos divertirían a sus compatriotas en Trípoli.
Se veían varios coches policiales dentro de la zona cercada en torno al edificio del Capitolio pero ninguno en la calle en que él se encontraba.
A las 7.25 montó de nuevo en su coche y avanzó a lo largo de unas cuantas manzanas en dirección a Constitution Avenue. Condujo despacio por la calle de casitas bajas flanqueada de árboles y localizó el número 415. Había un automóvil aparcado en el estrecho camino particular, y vio luz en la ventana del tercer piso. Continuó avanzando, dio la vuelta a la manzana y aparcó a poca distancia.
Se puso las dos Glock en los bolsillos de la chaqueta y esperó, observando la casa.
A las 7.45 salieron por la puerta principal un hombre y una mujer de mediana edad. La mujer iba bien vestida y el hombre llevaba el uniforme azul de un general de las Fuerzas Aéreas. Jalil sonrió.
Le habían dicho en Trípoli que el general Terrance Waycliff era un hombre de costumbres, y su costumbre era asistir todos los domingos por la mañana a los servicios religiosos de la Catedral Nacional. El general asistía casi siempre al servicio de las 8.15 pero se sabía que en ocasiones lo hacía al de las 9.30. Esta mañana iba al servicio de las 8.15, y Jalil se sintió complacido por el hecho de no tener que esperar una hora.
Jalil observó cómo el general acompañaba a su mujer hasta el coche. El hombre era alto y delgado, y, aunque tenía el pelo gris, caminaba como un joven. Jalil sabía que en 1986 el general Waycliff era el capitán Waycliff, y la denominación en clave de su F-l 11 había sido Remit 22. El cazabombardero del capitán Waycliff había sido uno de los cuatro integrantes de la escuadrilla de ataque que bombardeó Al Azziziyah. El oficial de armamento del capitán Waycliff había sido el coronel -entonces capitán- William Hambrecht, que había encontrado su final en Londres, en enero. Ahora, el general Waycliff encontraría un destino similar en Washington.
Jalil contempló cómo el general abría la puerta para que subiese su mujer, daba luego la vuelta al coche, se instalaba ante el volante y, dando marcha atrás, salía del camino particular.
Jalil los habría podido matar allí mismo y en aquel momento, en aquella tranquila mañana de domingo, pero decidió hacerlo de otra manera.
Se arregló la corbata, se apeó y cerró con llave la puerta del coche.
Caminó hasta la puerta delantera de la casa del general y tocó el timbre. Lo oyó sonar en el interior.
Oyó pasos y se apartó de la puerta para que se le pudiera ver la cara por la mirilla. Oyó el roce metálico de lo que supuso que era una cadena de seguridad al ser enganchada, y luego la puerta se entreabrió, dejando ver la cadena y la cara de una joven. Ésta empezó a decir algo pero Jalil golpeó la puerta con el hombro. La cadena saltó y la puerta se abrió, haciendo caer a la mujer al suelo. Jalil entró rápidamente y cerró la puerta a su espalda mientras sacaba su pistola.
– Silencio -ordenó.
La joven yacía sobre el suelo de mármol con una expresión de terror en los ojos.
Le indicó con un gesto que se pusiera en pie, y ella obedeció. Jalil la miró un momento. Era una mujer menuda, vestida con una bata, descalza y de tez morena. Según sus informaciones, era el ama de llaves, y no vivía nadie más en la casa.
– ¿Quién está en casa? -preguntó para asegurarse.
– General en casa -respondió ella, con marcado acento extranjero.
Jalil sonrió,
– No. El general no está en casa. ¿Están los hijos del general en casa?
Ella negó con la cabeza, y Jalil observó que estaba temblando. Percibió olor a café.
– Cocina -le dijo.
La mujer se volvió con movimientos vacilantes y atravesó el largo vestíbulo hasta la cocina, situada al fondo, seguida por Jalil.
Éste recorrió con la vista la amplia cocina y vio dos platillos y dos tazas de café sobre la mesa redonda instalada ante el curvo ventanal de la parte posterior.
– Sótano. Abajo -le dijo Jalil, al tiempo que indicaba con la mano.
Ella señaló una puerta de madera existente en la pared.
– Baja -le ordenó Jalil.
La mujer fue hasta la puerta, la abrió, accionó un interruptor de luz y bajó la escalera del sótano. Jalil la siguió.
El sótano estaba lleno de cajas de madera y de cartón, y Jalil miró a su alrededor. Encontró una puerta y la abrió, dejando al descubierto un pequeño receptáculo que contenía la caldera de calefacción. Indicó con un gesto a la joven que entrara y cuando pasaba junto a él y ponía el pie en el cuarto de la caldera, le pegó un tiro en la nuca, en el punto donde el cráneo se unía a la columna vertebral. Ella cayó hacia adelante, muerta ya antes de llegar al suelo.
Jalil cerró la puerta y subió a la cocina. Encontró una caja de leche en el frigorífico, bebió todo su contenido y la tiró después a un cubo de basura. Encontró también varios botes de yogur, sacó dos, cogió una cucharilla de la mesa y se comió rápidamente los dos. No se había dado cuenta del hambre que tenía hasta que olió comida.
Cruzó de nuevo el vestíbulo hasta la puerta de la calle. Retiró la placa metálica de la cadena y volvió a sujetarla con sus tornillos en el marco de madera del que había sido arrancada. Dejó la puerta cerrada pero sin echar la cadena, a fin de que el general y su mujer pudiesen entrar.
Examinó la planta baja y encontró solamente un amplio comedor contiguo a la cocina, un cuarto de estar al otro lado del vestíbulo y un pequeño lavabo.
Subió la escalera hasta el segundo piso, donde una amplia sala de estar ocupaba toda la superficie, y vio que no había nadie allí. Continuó subiendo la escalera hasta el tercer piso, donde estaban los dormitorios. Los examinó uno a uno. Dos de ellos eran evidentemente para los hijos del general, un chico y una chica, y Jalil se encontró deseando que estuviesen en casa y durmiendo. Pero las habitaciones estaban vacías. La tercera habitación parecía ser para invitados, y la cuarta era el dormitorio principal.