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El juego del León

Электронная книга - «El juego del León». Краткое содержание книги:

Desde un puesto especial de observación en el aeropuerto JFK de Nueva York, miembros de la Brigada Antiterrorista esperan la llegada de un pasajero desde París: Asad Khalil, un terrorista libio conocido como «El León» que va a pasarse a Occidente. Todo se está desarrollando conforme a lo previsto; el avión con sus centenares de pasajeros, incluido Khalil y sus escoltas del FBI, llega puntual a su destino. Sin embargo, pronto queda claro que algo marcha mal, terriblemente mal, y que lo ocurrido en este vuelo es sólo un preludio del terror que se sucederá a continuación…
John Corey, que sobrevivió a tres heridas de bala mientras fue miembro de la policía neoyorquina, sabe que ha agotado su cupo de buena suerte. No obstante, se alista como agente contratado al servicio de la Brigada Antiterrorista del gobierno federal y es asignado a la peligrosa sección de Oriente Medio. Kate Mayfield, su compañera en esta misión, tiene mayor graduación que John y menos edad, lo que constituye una combinación desastrosa para ambos. Aun así, ella consigue mantenerse firme frente al estilo temerario de John. Ahora, Corey y Mayfield deberán unir sus fuerzas y enfrentarse a un ser sin escrúpulos, un asesino cuya maldad no tiene límites.
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– Bueno, no estoy seguro de la secuencia de acontecimientos pero… supongo que Jalil estaba en el lavabo cuando escapó el gas. El lavabo podría ser menos tóxico que el aire de la cabina.

– No lo es -replicó Koenig-. Pero el sistema de ventilación del lavabo proyecta directamente el aire fuera del avión, y por eso es por lo que desde la cabina no se huele nada cuando hay alguien sentado en el trono.

Interesante. Me refiero a que una vez hice con AeroMéxico un vuelo a Cancún en el que sirvieron un almuerzo consistente en veintidós platos distintos de judías, y me sorprendió que el avión no estallara en el aire.

– O sea, que el lavabo es tóxico, Jalil respira lo menos posible y quizá se tapa la cara con una toalla de papel mojada -dije-. Haddad tiene que actuar con rapidez y acercarse a Jalil, o bien con su propia botella de oxígeno, o con una de esas botellas pequeñas que llevan los aviones para atender emergencias médicas.

Koenig asintió con la cabeza pero no dijo nada.

– Lo que no entiendo -dijo Kate- es cómo sabían Haddad y Jalil que el avión estaba preprogramado para aterrizar por sí mismo.

– Yo tampoco estoy seguro -respondió Koenig-. Lo estamos comprobando. -Me miró y dijo-: Continúe.

– Bien, pues al cabo de unos diez minutos sólo quedan con vida dos personas a bordo del avión, Asad Jalil y su cómplice, Yusef Haddad. Haddad coge las llaves de las esposas que guardaba Peter Gorman y libera a Jalil en el lavabo. El gas venenoso desaparece finalmente, y cuando están seguros de que el aire se puede respirar, después de unos quince minutos, por ejemplo, prescinden del oxígeno. Kate y yo no vimos por allí la botella de oxígeno de emergencia del avión, por lo que supongo que Haddad o Jalil la volvieron a dejar en su sitio. Después colocaron la botella de Haddad en el armario de la clase business, donde la encontramos.

– Sí -asintió Koenig-, querían que todo pareciese normal cuando subieran a bordo las primeras personas en el JFK. Suponiendo que Peter o Phil hubieran muerto cerca del lavabo, llevaron también el cuerpo de esa persona a su asiento. Prosiga, señor Corey.

– Bien -continué-, Jalil no debió de matar inmediatamente a Haddad, porque el cuerpo de éste estaba más caliente que todos los demás. Así que ambos arreglan un poco las cosas, registran quizá las pertenencias de Phil y Peter, cogen sus pistolas y seguidamente bajan a las clases primera y turista y se cercioran de que todo el mundo está muerto. En un momento dado, Jalil ya no necesita compañía y le parte el cuello a Haddad, como descubrió Kate. Lo coloca junto a Phil, lo esposa y le pone el antifaz. Y en algún momento corta los pulgares.

– Exacto -corroboró Koenig-. Los del laboratorio han encontrado en la despensa de la clase business un cuchillo con restos de sangre y han encontrado también, oculta en la basura, la servilleta utilizada para limpiar el cuchillo. A la primera persona que hubiera subido a bordo le habría llamado la atención un cuchillo ensangrentado. Si usted o Kate lo hubieran visto habrían llegado antes incluso a la conclusión a que han llegado.

– Cierto. -Lo primero que ves cuando llegas a la escena de un crimen suele ser lo que el criminal quiere que veas. Pero una investigación ulterior revela la tramoya existente detrás del escenario.

Koenig nos miró y prosiguió:

– En algún momento, mientras el avión estaba siendo remolcado, el sargento Andy McGill, del Servicio de Emergencia de la Autoridad Portuaria, realizó una última transmisión a sus compañeros.

Todos asentimos con la cabeza.

– McGill y Jalil debieron de encontrarse por casualidad -dije.

Koenig miró sus fax.

– Las pruebas preliminares, sangre y tejidos óseos y cerebrales, sugieren que McGill fue muerto entre la despensa y el lavabo, mirando al lavabo -añadió-. Parte de tejido estaba esparcido por la despensa y parte reposaba sobre el cadáver del ayudante de vuelo, aunque alguien intentó limpiarlo, que es por lo que ustedes quizá no lo hayan visto. De modo que tal vez McGill abrió la puerta del lavabo y descubrió a Asad Jalil. El forense encontró también una manta de viaje con un agujero y rastros de quemadura, lo que indica que la manta fue utilizada para amortiguar el sonido del disparo.

Asentí con la cabeza. Siempre es sorprendente lo que los forenses te pueden decir al cabo de muy poco tiempo, y lo rápidamente que un detective puede hacer deducciones y reconstruir el crimen. No importaba que aquello fuese una acción terrorista. Un escenario de un crimen es un escenario de un crimen. El asesinato era asesinato. Lo único que faltaba era el asesino.

– Por lo que se refiere a la huida de Jalil del avión -prosiguió Koenig-, podemos suponer que conocía el procedimiento que se seguiría en el JFK. Muertos los pilotos, cualquier miembro del Servicio de Emergencia que entrase en el avión apagaría los motores. En ese momento se llamaría a un camión remolque y el avión sería transportado al área de seguridad. El resto, ya lo conocen.

En efecto, lo conocíamos.

– Hemos encontrado también lo que suponemos que era el portatrajes de Yusef Haddad -añadió-. Debajo de un traje había un mono azul de mozo de equipaje de Trans-Continental destinado al señor Haddad. En el mismo portatrajes, sin duda había un segundo mono para Asad Jalil, y se lo puso en algún momento, sabiendo que los mozos subirían a bordo para recoger los equipajes de mano. -Miró a Kate, luego me miró a mí y preguntó-: ¿Alguno de ustedes vio a alguien que pareciera sospechoso? Sabían que algo marchaba mal, y, sin embargo, Jalil escapó.

– Yo creo que ya se había ido cuando llegamos nosotros -repliqué.

– Tal vez. Y tal vez no. Quizá se tropezaron con él.

– Yo creo que lo habríamos reconocido -dijo Kate.

– ¿De veras? No, si llevaba un mono de mozo de equipaje, iba peinado de forma distinta y llevaba gafas y bigote postizo. Pero quizá él sí los vio a ustedes. Quizá en algún momento se dio cuenta de que había agentes o detectives federales a bordo. Piensen en ello. Traten de recordar qué sucedió y a quién vieron en el avión y en aquella área de seguridad.

Muy bien, Jack, pensaré en ello. Gracias por mencionarlo.

– En cualquier caso, Jalil montó en una furgoneta de equipajes vacía y se alejó -prosiguió Koenig-. Entonces, la mayoría de los hombres que acabaran de llevar a cabo una de las acciones más audaces de la historia del terrorismo llegarían a la terminal internacional, se quitarían el mono que cubría la ropa de calle y subirían a un avión que despegara rumbo a Arenalandia… disculpen mi caracterización de Oriente Medio. Pero no, Asad Jalil no se vuelve a casa. Todavía no. Primero tiene que pasar por el Club Conquistador. Lo demás, como se suele decir, es historia.

Durante un minuto, todos permanecimos en silencio.

– Se trata de un individuo audaz -observó Koenig-, inteligente y con muchos recursos. Actúa con rapidez, sin dudar y sin miedo a ser apresado. Confía en que los demás estén distraídos o ignoren que hay un asesino sicópata entre ellos. Rapidez, ferocidad y sorpresa. Decisión, audacia y engaño. ¿Comprenden?

Todos comprendíamos. Si hubiera estado de humor, podría haberle hablado a Koenig de unos diez o quince asesinos de ese tipo con los que me había tropezado al cabo de los años. Los asesinos sicóticos realmente buenos eran tal como Koenig los describía. Parecía mentira las cosas que hacían. Parecía mentira lo estúpidas y confiadas que eran sus víctimas.

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