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Gris de campaña

Электронная книга - «Gris de campaña». Краткое содержание книги:

Corre el año 1954 y las cosas no son sencillas para Bernie Gunther. El Gobierno cubano le ha obligado a espiar a Meyer Lansky, y cualquiera puede imaginarse que meter las narices en los asuntos de un conocido mafioso no puede ser bueno para la salud. Así que, harto de ese engorroso trabajo, Gunther consigue una embarcación con el objetivo de huir a Florida. Sin embargo, la suerte no está de su lado, ya que tras la fuga es arrestado y devuelto a Cuba, donde es encarcelado. En su estancia en prisión conoce a personajes curiosos, como Fidel Castro o Thibaud, un agente que ejerce de enlace entre la CIA y el servicio de inteligencia francés. Thibaud no es buena compañía para Bernie y no tarda en demostrarlo al hacerle una propuesta que el detective no tiene más remedio que aceptar: debe volver a Alemania para alojarse en una prisión y hacer allí un trabajo sucio que puede acabar costándole la vida.
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Mientras lo miraba, se sentó de nuevo a la mesa, cogió una estilográfica y comenzó a escribir, llenando las hojas de papel con una escritura furiosa y barriendo cada página de la mesa y arrojándola al suelo cada vez que acababa, y yo las recogía y leía lo que había escrito. Al principio las frases no tenían ningún sentido; pero poco a poco se hicieron más coherentes, ofreciendo atisbos del extraordinario fenómeno que era la mente de Hitler. Todo lo que escribía estaba basado en su incontrovertible lógica y servía como una perfecta guía para la ejecución del mal, elaborada hasta el último detalle. Era como estar sentado en la misma celda de manicomio que el enloquecido doctor Mabuse, junto con los fantasmas de todos aquellos que había exterminado, mirando cómo escribía su testamento criminal.

Por fin dejó de escribir y, reclinado en la silla, se volvió hacia mí. Con la sensación de que ésta era mi oportunidad de ponerlo en la picota, intenté formularle alguna pregunta del tipo de las que Robert Jackson, el fiscal americano de Nuremberg, podría haberle hecho. Pero era más difícil de lo que había imaginado. Pero fui incapaz de formular ni una sola pregunta que fuera más allá de un simple «por qué»; y aún estaba luchando con esta idea cuando él me habló.

– Entonces, ¿qué pasó después?

Intenté contener un bostezo.

– ¿Se refiere a cuando dejé Le Vernet?

– Por supuesto.

– Regresamos a Toulouse. Desde allí nos dirigimos a Vichy y entregamos a nuestros prisioneros a los franceses. Luego fuimos hasta la frontera de la zona ocupada -creo que era Bourges- y esperamos a que los franceses nos los devolviesen. Un arreglo ridículo, pero que parecía satisfacer la hipocresía de los franceses. Entre los prisioneros estaba el pobre Herschel Grynszpan. Desde Bourges fuimos a París, donde los prisioneros fueron encerrados antes de trasladarlos por avión a Berlín. Bueno, es probable que usted sepa mejor que yo lo que le pasó a Grynszpan. Sé que estuvo internado un tiempo en Sachsenhausen. Y que nunca se celebró el juicio, por supuesto.

– El juicio era innecesario -afirmó Hitler-. Su culpabilidad era evidente. Además, podría haber sido vergonzoso para Pétain. Como ocurrió con el proceso de Riom, cuando aquel judío, Léon Blum, declaró contra Laval.

– Sí, lo comprendo -asentí.

– No sé nada más de lo que pudo pasarle a él -añadió Hitler-. En todo caso, no lo recuerdo. En definitiva, tenía muchas cosas en que pensar. Probablemente, Himmler se ocuparía de él. Me atrevería a decir que fue uno de esos a los que les ajustaron las cuentas en Flossenburg en los últimos días de la guerra. Pero usted ya sabe que Grynszpan se lo tenía bien merecido. Después de todo, no cabía duda de que asesinó a Ernst von Rath. Ninguna duda en absoluto. Aquel judío sólo quería matar a algún alemán importante, y von Rath fue la desafortunada víctima. Hubo numerosos testigos de aquel crimen que se presentaron y contaron la verdad de lo ocurrido. No es que usted sepa lo que significa la verdad. Su conducta en Le Vernet fue un flagrante acto de engaño y traición. Hacia mí y hacia sus compañeros oficiales.

– Sí, lo fue -admití-, pero puedo vivir con ello.

– ¿Regresó a Berlín?

– No. Me quedé en París durante un tiempo, fingiendo que llevaba a cabo nuevas investigaciones acerca de Erich Mielke. Un montón de comunistas alemanes y hombres de las Brigadas Internacionales se habían ofrecido voluntarios para incorporarse a la Legión Extranjera con tal de escapar de la Gestapo en Francia. La Legión no prestaba demasiada atención al pasado de sus hombres. Te alistabas en Marsella y servías en las colonias francesas, sin que nadie te hiciese preguntas. Fue fácil sugerir en mi informe a Heydrich que ésta fue la manera en que consiguió escapar de nosotros. La verdad es mucho más interesante.

– No para mí -dijo Hitler-. Lo que más me interesa es saber qué hizo usted con el oficial que intentó asesinarlo.

– ¿Qué le hace suponer que hice alguna cosa?

– Porque conozco a los hombres. Adelante. Admítalo. Se cobró la revancha, ¿verdad? Con el teniente Nikolaus Willms.

– Sí, lo hice.

Hitler se mostró triunfal.

– Lo sabía. Se sienta allí con su falso tribunal, pretendiendo formular preguntas al estilo Robert Jackson, pero en definitiva no es tan distinto a mí. Eso lo convierte en un hipócrita, Günther. Un hipócrita.

– Sí, es verdad.

– ¿Entonces qué hizo? ¿Lo denunció a la Gestapo? ¿De la misma manera que ayudó a denunciar a aquel otro hombre? Al capitán de la Gestapo de Würzburg. ¿Cómo se llamaba?

– Weinberger. -Sacudí la cabeza-. No, no fue así como pasó.

– Por supuesto. Hizo que Heydrich se ocupase de él. Heydrich siempre era muy bueno liquidando a las personas. Para ser un Mischling, era un excelente nazi. Supongo que debía hacerlo con más ahínco para demostrármelo a mí. -Hitler se rió-. Era la única razón por la cual lo teníamos con nosotros.

– No, tampoco fue así. No involucré a Heydrich.

Hitler giró la silla para mirarme y se frotó las manos.

– Quiero oírlo todo. Hasta el último sórdido detalle.

Bostecé de nuevo. Me sentía cansado. Se me cerraban los ojos. Lo único que quería hacer era irme a dormir y soñar con algún lugar diferente.

– Le ordeno que me lo diga.

– ¿Es una orden del Führer?

– Si le gusta más así.

Me sobresalté unos segundos, como cuando viajas en sueños y de repente se te ocurre la loca idea de que acabas de morir. Esa pequeña muerte es una sensación maravillosa. Te recuerda por qué respirar te hace sentir tan bien.

22

FRANCIA, 1940

En el verano de 1940 se estaba muy bien. No había mejor lugar para respirar el aire que París. Sobre todo si además tenía a mi disposición a aquella pequeña doncella del Hotel Lutétia para mantenerme entretenido. No es que me aprovechase de ella. Es más, era bastante escrupuloso en lo que se refería a Renata. Era una de las maneras de convencerme a mí mismo de que no era una rata, tal como el color gris de campaña que mi uniforme parecía sugerir. Me refiero a que esto no es el sermón de Oneguin. La deseaba. Y por fin la tuve. Pero me tomé mi tiempo. Del mismo modo en que actúas cuando te gusta tanto lo que hay entre las orejas de una muchacha como deseas lo que tiene entre sus piernas. Cuando ocurrió, fue algo moldeado por un motivo superior al simple deseo. Aunque no fuera precisamente por amor. Ninguno de los dos quería casarse. Pero hubo romance: el cortejo, el deseo, el miedo y el terror. Sí, hubo miedo y terror, porque Renata siempre supo que me iría, y que mataría al dragón del extintor de incendios tan pronto como supiese por qué había querido matarme. Mientras estuve en el sur de Francia, Renata había registrado la habitación de Willms y lo siguió en varias ocasiones, para descubrir que cenaba en Maxim's casi todas las noches. Con el sueldo de un general esto ya hubiese sido algo inusual, pero para un simple teniente resultaba casi milagroso, de modo que decidí visitar el restaurante en persona, con la intención de detectar alguna pista de por qué había intentado matarme. En este aspecto tuve la suerte de que Maxim's estuviese dirigido por Otto Horcher, propietario de un restaurante en Berlín-Schöneberg. En la primavera de 1938, Otto había sido mi cliente cuando yo dirigía una empresa de éxito como investigador privado. Trabajé de modo encubierto como camarero en su local durante un par de semanas para descubrir quién le estaba robando. Resultó que todos le robaban, pero había un hombre, el mayordomo, que le robaba más que todos los demás juntos. Después de aquello nos hicimos amigos y, pese a que era nazi y buen amigo de Göring -razón por la que le encargaron dirigir el más famoso restaurante de París-, siempre podía contar con él para que me reservara una mesa cuando necesitaba impresionar a alguien, porque después del Borchartt, el Horcher era el mejor restaurante de Berlín.

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