La torre de la golondrina
- Автор: Сапковский Анджей
- Язык: испанский
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «La torre de la golondrina». Краткое содержание книги:
La acción comienza con Ciri llegando a una cabaña de un ermitaño al que va contando su historia, y así en un enorme flashback nos pone al día de sus andanzas. A lo largo de los recuerdos de Ciri tendremos momentos llenos de acción, de crueldad, Ciri lo pasa mal, muy mal, de ternura, de humor. Todo esto esta narrado, no solo por Ciri, sino por los numerosos personajes que van apareciendo en sus andanzas, conformando un complejo puzle, que a veces es difícil de seguir, pero que consigue recrear un fresco de las aventuras de la joven en el que una vez que todo encaja asistimos a un final tan climático y abierto que nos dejará ansiosos por comenzar a leer La dama del lago, última entrega de la serie, donde suponemos que asistiremos a un final a la altura de las novelas, en realidad una sola, que conforman la serie.
Como en todas las entregas anteriores destaca la habilidad de Sapkowski para dotar de voces personales a todos y cada uno de los personajes que aparecen, tanto a los viejos amigos como a los nuevos que se incorporan en esta entrega, como el ermitaño o algunos de los bandidos,merito compartido con la excelente traducción, entrelazar una estructura narrativa alambicada en la que las distintas lineas de acción van concordando con la precisión de un reloj, aunque en esta ocasión flojean un tanto las historias de Geralt y Yennefer, mas que nada por lo poco que aportan al destino final de la serie, en comparación con la importancia del personaje de Ciri, lo que lastra el resultado final de esta entrega, que aun así es sin duda uno de los títulos imprescindibles de la fantasía.
Graznaron los cuervos que volaban sobre la abra.
– Todo apunta a que Ciri está muerta. Hace dos noches, en el equinoccio, recibió la muerte. En algún lugar lejano, sola, entre enemigos y gente extraña.
»Y a nosotros no nos queda más que la venganza. Una venganza terrible y cruel, de la que todavía circularán leyendas dentro de cien años. Leyendas que la gente temerá escuchar cuando caiga la noche. Y a aquéllos que quisieran repetir tal crimen, les temblará la mano al pensar en nuestra venganza. ¡Daremos un ejemplo por el miedo que los atemorice! El método de don Fulko Artevelde, el sabio don Fulko que sabe cómo hay que tratar a los miserables y a los canallas. El ejemplo por el miedo que daremos le asombrará hasta a él.
»¡Así que comencemos y que el infierno nos ayude! Cahir, Angouléme, a los caballos. Vamos a ir Neva arriba, a Belhaven. Jaskier, Milva, Regis, vosotros os dirigiréis hacia Sansretour, a la frontera con Toussaint. No os perderéis, el camino os lo marca la Gorgona. Hasta la vista.
Ciri acariciaba al gato negro, el cual, con la costumbre de todos los gatos del mundo, volvió a la choza en los pantanos cuando el hambre, el frío y las incomodidades vencieron a su amor por la libertad y la golfería. Ahora estaba tendido en las rodillas de la muchacha y ponía el cuello bajo su mano con un ronroneo que evidenciaba su intenso placer.
Lo que la muchacha estaba contando no le importaba un pimiento al gato.
– Aquélla fue la única vez que soñé con Geralt -siguió Ciri-. Desde aquel momento, desde que nos separáramos en la isla de Thanedd, desde la Torre de la Gaviota, nunca lo había visto en sueños. Por ello juzgaba que no vivía. Y de pronto llegó aquel sueño, uno como hacía tiempo que no tenía, un sueño de los que Yennefer decía que son proféticos, precognitivos, que muestran o bien el pasado o bien el futuro. Fue el día anterior al equinoccio. En una ciudad cuyo nombre no recuerdo. En el sótano en el que me había encerrado Bonhart. Después de que me torturara y me obligara a reconocer quién soy.
– ¿Le reconociste quién eras? -Vysogota alzó la cabeza-. ¿Le contaste todo?
– Por mi cobardía -tragó saliva- pagué con vergüenza y desprecio por mí misma.
– Cuéntame ese sueño.
– En él vi una montaña, enorme, escarpada, angulosa como un cuchillo de piedra. Vi a Geralt. Escuché lo que decía. Exactamente. Cada palabra, como si estuviera allí mismo. Recuerdo que quería gritar que no era así, que no era verdad, que se había equivocado terriblemente… ¡Que había equivocado todo! Que no era el equinoccio en absoluto, que incluso si había sido así que yo moría en el equinoccio, no debía decir que estaba muerta antes, cuando todavía estaba viva. Y no debía acusar a Yennefer y decir aquellas cosas de ella…
Se calló por un instante, acarició al gato, sorbió las narices.
– Pero no pude alzar la voz. No pude siquiera respirar… Como si me ahogara. Y me desperté. Lo último que había visto, que recordaba de aquel sueño, fue a tres jinetes. Geralt y otros dos, galopando por una garganta por cuyas paredes caían cascadas…
Vysogota guardaba silencio.
Si al caer la noche alguien se hubiera deslizado hasta la cabaña del hundido tejado de bálago, si hubiera mirado a través de la rendija en los postigos, habría visto en su interior escasamente iluminado a un viejecillo de barba blanca escuchando concentrado el relato de una muchacha de cabellos cenicientos con la mejilla destrozada por una terrible cicatriz.
Hubiera visto a un gato negro que yacía en las rodillas de la muchacha, ronroneando perezosamente, dejándose acariciar para alegría de los ratones que correteaban por la habitación.
Pero nadie pudo haber visto aquello. La choza del hundido tejado de bálago cubierto de musgo estaba bien escondida entre la niebla y los vapores, entre los cañaverales impenetrables, en los cenagales de Pereplut, donde nadie se atrevía a adentrarse.
Capítulo sexto
Sabido es que el bruxo, cuando otorga tormento, sufrimiento y muerte, recibe similísimos placeres y gustos cual el hombre piadoso no más tiene en tanto que coyunda con su legítima cónyuge, ibidem cum eiaculatio. De esto despréndese que y hasta en esta materia es el bruxo monstruo contrario a natura, inmoral y malévolo degenerado, nacido del fondo del más oscuro y apestoso infierno, puesto que del sufrimiento y el tormento sólo el diablo puede lograr placer.
Anónimo, Monstrum o descripción de los bruxos
Se salieron de la carretera principal que iba hacia el valle del Neva, cabalgaron por un atajo a través de las montañas. Iban tan deprisa como les permitía el sendero, estrecho, retorcido, pegado a unas rocas de fantásticas formas, cubiertas de una alfombra de líquenes y musgos. Cabalgaban entre despeñaderos de rocas verticales desde los que caían las cintas quebradas de cascadas y saltos de agua. Atravesaron gargantas y barrancos, a través de puentecillos que se balanceaban tendidos sobre precipicios en cuyo fondo burbujeaba la blanca espuma de unos arroyos.
La espada de granito de la Gorgona parecía alzarse justo por encima de sus cabezas. No se podía ver la punta de la Montaña del Diablo, estaba sumergida entre nubes y nieblas que encapotaban el cielo. El tiempo, como suele suceder en las montañas, empeoró en unas pocas horas. Comenzó a lloviznar, a lloviznar de forma viva y molesta.
Cuando fue acercándose el ocaso, los tres empezaron a mirar a su alrededor con impaciencia y nerviosismo, buscando un chozo de pastor, un redil arruinado o aunque fuera una cueva. Algo que les protegiera durante la noche del agua que caía del cielo.
– Creo que ya ha dejado de llover -dijo Angouléme con esperanza en la voz-. Sólo cae agua por los agujeros en el techo del chozo. Mañana, por suerte, andaremos ya aprés Belhaven y en los arrabales siempre se puede pernotar en alguna choza o establo. -¿No vamos a entrar en la ciudad?
– Ni hablar de entrar. Unos forasteros a caballo resaltan demasiado y el Ruiseñor tiene en el pueblo un montón de informantes.
– Estábamos pensando en meternos voluntariamente en la trampa…
– No -le interrumpió-. Es un mal plan. El que estemos juntos levanta sospechas. El Ruiseñor es un rufián astuto, y de seguro que la noticia de mi captura ya se ha extendido. Si algo le quita el sosiego al Ruiseñor, también el medioelfo se enterará.
– Así que, ¿qué propones?
– Arrodearemos la ciudad por el este, desde la salida del valle de Sansretour. Allí hay unas minas. En una de esas minas tengo un compadre. Iremos a verlo. Quién sabe, si tenemos suerte, puede que esta visita nos valga la pena.
– ¿Puedes hablar más claro?
– Lo diré mañana. En la mina. Para no dar mala suerte.
Cahir añadió al fuego unas hojas de abedul. Había llovido todo el día, otras maderas no ardían. Pero el abedul, aunque mojado, sólo chasqueó un poco y enseguida comenzó a arder con un poderoso fuego azulado.
– ¿De dónde eres, Angouléme?
– De Cintra, brujo. Es un país junto al mar, en la desembocadura del Yaruga…
– Sé dónde está Cintra.
– Entonces, ¿por qué preguntas si tanto sabes? ¿Tanto lo precisas?
– Digamos que un poco.
Guardaron silencio. La hoguera chasqueaba.
– Mi madre -dijo por fin Angouléme, mirando al fuego- era una noble de Cintra y al parecer de alto linaje. En el blasón, el linaje éste tenía un gato de mar, te lo enseñaría, pues un medalloncito tenía con ese gato de mierda, de mi madre, mas lo perdí a los dados… Mas el tal linaje, me cagüen su perro marino, me mandó a freír gárgaras, pues al parecer mi madre se había arrejuntado con no sé qué bellaco, paréceme que mozo de cuadra, y yo era una bastarda, una cagada, vergüenza y mancha en el honor. Me entregaron a unos parientes lejanos para que me cuidaran, éstos, todo sea dicho, no tenían en el blasón ni gato ni perro ni puta alguna, pero no fueron malos conmigo. Me mandaron a la escuela, me pegaban poco… Aunque muy a menudo me recordaban quién era, una bastarda concebida en el pajar. Mi madre vino a verme igual tres o cuatro veces cuando era pequeña. Luego dejó de venir. A mí, al fin y al cabo, me importaba una puta mierda…