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Los Caballeros de Neraka

Электронная книга - «Los Caballeros de Neraka». Краткое содержание книги:

Аннотация

Han transcurrido casi cuarenta años desde la devastadora Guerra de Caos, cuando los dioses abandonaron Krynn. Dragones crueles y poderosos se han repartido el dominio del continente de Ansalon y exigen tributo a los pueblos que han esclavizado.
Sin embargo, para bien o para mal, un cambio se avecina en el mundo. Una violenta tormenta mágica azota Ansalon y ocasiona inundaciones, incendios, muerte y destrucción. En medio del caos desatado surge una joven misteriosa cuyo destino está estrechamente vinculado al de Krynn, ya que sólo ella conoce la verdad sobre el futuro. Un futuro que está relacionado de manera inextricable con un misterio aterrador del pasado de Krynn.
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—¿Cuánto tardará en saberse? —inquirió Silvan con la impaciencia y la impetuosidad propias de la juventud.

—La noticia viajará más deprisa que nosotros, majestad —contestó Rolan—. Drinel y los otros Kirath que estaban con nosotros hace dos noches ya han partido para divulgarla. Se la comunicarán a todos los Kirath con los que se encuentren y a cualesquiera de los Montaraces en los que crean que pueden confiar. En su mayoría, los soldados son leales al general Konnal, pero hay unos pocos que empiezan a dudar de él. Todavía no manifiestan abiertamente su oposición, pero la llegada de vuestra majestad debería influir de manera notoria en que eso cambie. Los Montaraces siempre han jurado lealtad a la Casa Real. Como el propio Konnal no tendrá más remedio que hacer... O al menos fingir que lo hace.

—Entonces, ¿cuánto tiempo tardaremos en llegar a Silvanost? —quiso saber el joven príncipe.

—Dejaremos el camino y viajaremos en bote por el Thon-Thalas —dijo Rolan—. Me propongo llevaros a mi casa, que se encuentra en las afueras de la ciudad. Calculo que llegaremos en un par de días. Dedicaremos un tercero a descansar y a recibir los informes que para entonces habrán empezado a llegar. Si todo marcha bien, majestad, dentro de cuatro días entraréis triunfante en la capital.

—¡Cuatro días! —Silvan parecía escéptico—. ¿Se puede conseguir tanto en tan poco tiempo?

—Antaño, cuando luchábamos contra la pesadilla, los Kirath podíamos enviar un mensaje desde el norte de Silvanesti hasta los lejanos confines meridionales en una sola jornada. No exagero, majestad —añadió Rolan, que sonrió ante el obvio escepticismo de Silvanoshei—. Realizamos tal hazaña en muchas ocasiones. Por entonces estábamos muy bien organizados y éramos muchos más que ahora, pero, aun así, creo que quedaréis impresionado, majestad.

—Ya lo estoy, Rolan —repuso Silvan—. Me siento en deuda con vosotros. Hallaré el modo de compensaros por ello.

—Liberad a nuestro pueblo de este terrible azote, majestad —dijo Rolan, con los ojos ensombrecidos por la pena—. Eso será recompensa más que suficiente para nosotros.

A despecho de su elogio, Silvanoshei seguía albergando dudas, aunque se las guardó para sí. A pesar de tener su ejército bien organizado. Alhana hacía planes sólo para ver cómo se malograban. Mala suerte, un fallo en la comunicación, mal tiempo; cualquiera de esas cosas u otra de las numerosas adversidades posibles bastaba para convertir en desastre un día que parecía destinado al triunfo.

«Ningún plan subsistió jamás a los imprevistos», era una de las máximas de Samar; una máxima que había resultado trágicamente cierta.

Silvan preveía desastres que los retrasarían: el bote prometido por Rolan, si existía, tendría agujeros o habría sido presa del fuego; el río llevaría poco caudal o se habría desbordado por las crecidas; la corriente sería demasiado rápida o demasiado lenta; el viento los empujaría aguas arriba en lugar de aguas abajo, o aguas abajo si querían ir aguas arriba.

El joven elfo se quedó inmensamente sorprendido al encontrar el pequeño bote en el río, varado en la orilla, donde Rolan había dicho que lo hallarían, y en perfectas condiciones. Y no sólo eso; el bote estaba cargado con comida, metida en sacos impermeables y apilada ordenadamente en la proa.

—Como podéis ver, majestad, los Kirath han pasado por aquí antes que nosotros —comentó Rolan.

El río Thon-Thalas serpenteaba plácidamente en esa época del año. El bote, hecho con corteza de árbol, era pequeño y ligero y tenía tal estabilidad que uno habría de esforzarse para volcarlo. Consciente de que a Rolan jamás se le ocurriría pedir ayuda al futuro Orador de las Estrellas para remar, Silvan se ofreció a colaborar por propia iniciativa. El elfo mayor puso reparos al principio, pero tampoco podía discutir con su futuro soberano, de modo que finalmente accedió y le entregó a Silvanoshei un zagual. Silvan reparó en que se había ganado el respeto del otro elfo con aquel acto; fue un agradable cambio para el joven, quien, al parecer, nunca había conseguido lo mismo de Samar, sino todo lo contrario.

Silvanoshei disfrutó con el ejercicio, que quemó parte de su energía acumulada. El río discurría plácidamente y atravesaba la verde frescura de las florestas. Hacía buen tiempo, pero el joven no podía decir que fuese un día hermoso. El sol brillaba a través del escudo; Silvan alcanzaba a divisar el cielo azul, pero el astro que brillaba sobre Silvanesti no era la misma esfera ardiente de fuego anaranjado que brillaba sobre el resto de Ansalon, sino que era de un color amarillo enfermizo, el de una piel ictérica. Era como si estuviese mirando el reflejo del sol sumergido en una balsa de aguas estancadas y grasientas. El astro amarillento alteraba el color del éter de un azul celeste a otro azul verdoso con matices metálicos. Silvan apartó los ojos del cielo, prefiriendo contemplar los bosques.

—¿Sabes alguna canción que haga más ligero nuestro trabajo? —preguntó a Rolan, que iba delante.

El Kirath bogaba con paladas rápidas y fuertes, hundiendo profundamente el zagual en el agua. Silvan, mucho más joven, tenía que esforzarse de lleno para mantener el ritmo del elfo mayor. Rolan vaciló y echó una ojeada hacia atrás.

—Hay una canción que es la favorita de los Kirath, pero me temo que podría molestar a vuestra majestad. Es un canto que relata la historia de vuestro honorable abuelo, el rey Lorac.

—¿Acaso empieza «Corre la Era del Poder, la del Príncipe de los Sacerdotes y sus fanáticos adeptos»? —preguntó Silvan, entonando la melodía, titubeante. Sólo había oído la canción una vez.

—Así empieza, majestad.

—Cántala para mí —pidió el joven—. Mi madre me la cantó el día que cumplí treinta años. Fue la primera vez que oí la historia de mi abuelo. Mi madre no había hablado de él hasta ese momento ni volvió a hacerlo después. Por respeto a ella, ninguno de los otros elfos se refería a él nunca.

—También yo respeto a vuestra madre, que cogía rosas en los Jardines de Astarin cuando tenía vuestra edad. Y comprendo su dolor. Lo compartimos cada vez que entonamos esa canción, pues si Lorac, atrapado por su orgullo desmedido, llevó a su país a la destrucción, también nosotros, que optamos por el camino fácil, que huimos de nuestra tierra y lo dejamos solo en la lucha, somos culpables.

»Si todo nuestro pueblo se hubiese quedado para combatir, si todos nosotros, desde la Casa Real hasta la Casa de la Servidumbre, los de la Protectoría, la Casa de Mística, la Casa del Alarifazgo, si todos nos hubiésemos unido y hubiésemos cerrado filas, hombro con hombro, sin reparar en castas, contra los ejércitos de los Dragones, creo que podríamos haber salvado nuestro país. Pero oiréis toda la historia en la canción:

Cántico de Lorac

Corre la Era del Poder, la del Príncipe de los Sacerdotes y sus fanáticos adeptos. Celoso de los magos, el Príncipe dice: «Rendiréis vuestras altas torres, me temeréis y me obedeceréis». Y los magos capitulan y las rinden, la de Palanthas la última.
Llega a Istar Lorac Caladon, rey de Silvanesti, para someterse a la Prueba de magia antes de que se clausure la torre. En la Prueba, un Orbe de los Dragones, temeroso de caer en manos del Príncipe y sus secuaces, le habla a Lorac: «No debes dejarme aquí, en Istar. Si lo haces, pereceré y el mundo sucumbirá». Lorac obedece a la voz, oculta el Orbe de los Dragones y lo saca a escondidas de la torre, lo lleva a Silvanesti, lo guarda en secreto y encubre su secreto, sin revelárselo a nadie.
Llega el Cataclismo. Y llega Takhisis, la Reina Oscura, con sus dragones, imponentes y poderosos. Llega la guerra. Alcanza a Silvanesti. Lorac convoca a su pueblo, le ordena que parta, que huya lejos de su patria, Y le dice: « Yo seré el salvador del reino. Yo solo detendré a la Reina Oscura».
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