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Los Caballeros de Neraka

Электронная книга - «Los Caballeros de Neraka». Краткое содержание книги:

Аннотация

Han transcurrido casi cuarenta años desde la devastadora Guerra de Caos, cuando los dioses abandonaron Krynn. Dragones crueles y poderosos se han repartido el dominio del continente de Ansalon y exigen tributo a los pueblos que han esclavizado.
Sin embargo, para bien o para mal, un cambio se avecina en el mundo. Una violenta tormenta mágica azota Ansalon y ocasiona inundaciones, incendios, muerte y destrucción. En medio del caos desatado surge una joven misteriosa cuyo destino está estrechamente vinculado al de Krynn, ya que sólo ella conoce la verdad sobre el futuro. Un futuro que está relacionado de manera inextricable con un misterio aterrador del pasado de Krynn.
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—No encontramos a nadie llamado Mina en las listas, excelencia. Ni siquiera un nombre que se parezca.

Targonne despidió al ayudante con un ademán y el hombre salió.

—¡Brillante, excelencia! —exclamó sir Roderick—. Es una impostora. Podemos arrestarla y ejecutarla.

El Señor de la Noche resopló con desdén.

—¿Y qué crees que harán los soldados en esas circunstancias. Roderick? —instó—. ¿Esos a los que ella ha curado? ¿Esos a los que ha conducido a la victoria contra el detestado enemigo? Para empezar, las tropas de Aceñas estaban bajas de moral. —Targonne señaló con un gesto un montón de papeles—. He leído los informes. El porcentaje de deserciones entre las tropas de Aceñas es cinco veces superior al de cualquier otro comandante del ejército.

»Dime una cosa —instó el Señor de la Noche, observando al caballero con astucia—. ¿Te sientes capaz de arrestar a esa tal Mina? ¿Tienes guardias que obedezcan esa orden? ¿O crees más probable que arresten en cambio a lord Aceñas?

Sir Roderick abrió la boca y volvió a cerrarla sin haber pronunciado una sola palabra. Recorrió con la mirada el cuarto, la alzó al techo, la dirigió hacia cualquier parte salvo a aquellos ojos acerados que las gruesas lentes aumentaban de tamaño de un modo horrible, pero aun así los sentía perforando su cráneo.

Targonne pasó las cuentas de su abaco mental. La chica era una impostora que se hacía pasar por una oficial de caballería. Había llegado en el momento en que más se la necesitaba. Ante lo que se perfilaba como una terrible derrota había alcanzado una aplastante victoria. Realizaba «milagros» en nombre de un dios desconocido.

¿Sería un activo o un pasivo?

En caso de ser pasivo, ¿se la podría cambiar como activo?

Targonne aborrecía el despilfarro. Excelente administrador y astuto negociador, sabía dónde y cómo se gastaba hasta la última moneda de acero. No era un avaro. Se aseguraba de equipar a la caballería con armamento y armaduras de la mejor calidad, y que los reclutas y mercenarios recibieran buena paga. Se mostraba inflexible respecto a que sus oficiales llevaran un libro con anotaciones exactas del dinero que gastaban.

Los soldados querían seguir a la tal Mina. Muy bien. Que la siguieran. Targonne había recibido esa misma mañana un mensaje de la gran Roja Malystrix exigiendo saber por qué se permitía que los silvanestis desafiaran sus edictos manteniendo un escudo mágico sobre su reino y negándose a pagar tributo. Targonne había preparado una misiva en respuesta, en la que explicaba a la hembra de dragón que atacar Silvanesti sería una pérdida de tiempo y de recursos humanos que podían utilizarse en cualquier otra parte con mayor provecho. Los exploradores enviados a investigar el escudo habían informado que era imposible de atravesar, que ningún tipo de arma —ya fuera de acero o mágica— le hacía mella. Según los exploradores, aunque se lanzara todo un ejército contra él no se lograría nada.

A ello se añadía el hecho de que un ejército que marchase hacia Silvanesti tendría que atravesar previamente Blode, el país de los ogros. Antiguos aliados de los caballeros negros, los ogros se habían enfurecido cuando los Caballeros de Neraka se expandieron hacia el sur y ocuparon sus mejores tierras, obligándolos a retirarse a las montañas y matando a centenares de ellos en el proceso. Existían informes de que los ogros estaban persiguiendo a la elfa oscura Alhana Starbreeze y a sus fuerzas, en algún punto cercano al escudo. Pero si los caballeros entraban en las tierras de los ogros, éstos se sentirían más que satisfechos de abandonar el ataque a los elfos —cosa que podrían reanudar en cualquier momento— y cobrarse venganza del aliado que los había traicionado.

La carta se hallaba sobre su escritorio, a falta de su firma. Llevaba allí varias horas. El Señor de la Noche era plenamente consciente de que esa misiva de rechazo enfurecería al dragón, pero estaba mucho mejor preparado para afrontar la ira de Malys que para desperdiciar recursos valiosos en una causa perdida. Cogió la carta y lenta, cuidadosamente, la rompió en pedacitos.

El único dios en el que Targonne creía era uno pequeño y redondo que podía apilarse en ordenados montones en la tesorería. No había creído ni por un momento que esa chica fuera una mensajera de los dioses. No creía en sus milagros curativos ni en el otro milagro de su don de mando. A diferencia del maldito e imbécil sir Roderick, Targonne no sentía la necesidad de entender cómo había hecho esa chica lo que había hecho. Lo único que necesitaba saber era qué hacía en beneficio de los Caballeros de Neraka, porque lo que era beneficioso para éstos también lo era para Morham Targonne.

Le daría una oportunidad de realizar un «milagro». Enviaría a la impostora y a los cabezas huecas de sus seguidores a atacar y tomar Silvanesti. Así, con una pequeña inversión de soldados, Targonne complacería a Malys, la tendría contenta. La peligrosa Mina y sus fuerzas serían aniquiladas, pero la pérdida se compensaría con la ganancia. Que muriese en tierras agrestes, que algún ogro masticara sus huesos para cenar. Ello pondría fin a la mocosa y a su dios anónimo.

Targonne sonrió a sir Roderick e, incluso, se levantó para acompañar al caballero hasta la puerta. Lo siguió con la mirada hasta que la figura con armadura negra se perdió de vista por los vacíos pasillos de la fortaleza, en los que resonaban sus pisadas. Acto seguido llamó a su ayudante.

Le dictó una carta a Malystrix en la que explicaba su plan para la conquista de Silvanesti. Despachó una orden al comandante de los Caballeros de Neraka en Khur para que marchara con sus fuerzas hacia el oeste, al sitio de Sanction, y sustituyera a lord Aceñas en el mando. Cursó órdenes de que el jefe de garra Mina y una compañía de soldados, cuidadosamente seleccionados, marcharan hacia el sur y atacaran y conquistaran la gran nación elfa de Silvanesti.

—¿Y que pasa con lord Aceñas, excelencia? —preguntó el ayudante—. ¿Se le asigna un nuevo destino? ¿Adónde se lo envía?

Targonne meditó sobre ello. Estaba de un humor excelente, una sensación que normalmente experimentaba al cerrar un trato comercial extraordinariamente bueno.

—Envía a Aceñas a informar personalmente a Malystrix. Así podrá contarle la historia de su gran «victoria» sobre los solámnicos. No me cabe duda de que la gran Roja se mostrará muy interesada en escuchar cómo cayó en una trampa del enemigo y por ello estuvo a punto de perder todo por lo que habíamos luchado con tanto empeño y teníamos ganado.

—Sí, excelencia. —El ayudante recogió sus papeles y se dispuso a regresar a su escritorio para despachar los documentos—. ¿Borro a lord Aceñas del rol de alistamiento? —preguntó, como una ocurrencia en el último momento.

Targonne había regresado a sus libros de cuentas. Se ajustó las lentes cuidadosamente sobre la nariz, cogió la pluma, hizo un ademán despreocupado de aquiescencia y se enfrascó de nuevo en sus activos y pasivos, sus sumas y sus restas.

11

El cántico de Lorac

Mientras Tasslehoff se hallaba a punto de morir de aburrimiento en la calzada que conducía a Qualinesti y al tiempo que sir Roderick regresaba a Sanction, completamente ignorante de que acababa de enviar a su superior a las fauces del dragón, Silvanoshei y Rolan iniciaban su periplo para sentar al joven príncipe en el trono de Silvanesti. El plan de Rolan era aproximarse a la capital, Silvanost, pero no entrar en ella hasta que se hubiese propagado por la ciudad la noticia de que el verdadero Cabeza de la Casa Real regresaba para reclamar su legítimo puesto como Orador de las Estrellas.

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