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Los Caballeros de Neraka

Электронная книга - «Los Caballeros de Neraka». Краткое содержание книги:

Аннотация

Han transcurrido casi cuarenta años desde la devastadora Guerra de Caos, cuando los dioses abandonaron Krynn. Dragones crueles y poderosos se han repartido el dominio del continente de Ansalon y exigen tributo a los pueblos que han esclavizado.
Sin embargo, para bien o para mal, un cambio se avecina en el mundo. Una violenta tormenta mágica azota Ansalon y ocasiona inundaciones, incendios, muerte y destrucción. En medio del caos desatado surge una joven misteriosa cuyo destino está estrechamente vinculado al de Krynn, ya que sólo ella conoce la verdad sobre el futuro. Un futuro que está relacionado de manera inextricable con un misterio aterrador del pasado de Krynn.
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Abrena tenía razón. Targonne no soportaba la batalla y jamás habría soñado disputar a Abrena el liderazgo en un combate honorable. Ver sangre le revolvía el estómago. En consecuencia, hizo que la envenenaran.

Como jefe de los Caballeros de la Calavera, Targonne anunció en el funeral de Abrena que era su legítimo sucesor. Nadie se opuso. Quienes podrían haberlo hecho —amigos y seguidores de Abrena— mantuvieron cerrada la boca para no ingerir la misma «carne en mal estado» que había acabado con su cabecilla. Con el tiempo, Targonne hizo que los mataran también, de modo que en la actualidad se hallaba bien afianzado en el poder. Él y los caballeros versados en el mentalismo —la disciplina de manipulación mental— usaban sus poderes para hurgar en los pensamientos de sus seguidores a fin de descubrir a traidores y descontentos.

Targonne provenía de una familia rica, con extensas propiedades en Neraka. Las raíces familiares se asentaban en Jelek, una ciudad al norte de donde antaño se alzaba la capital de Neraka. El lema de la familia Targonne era el del ideal de superyó, combinado con el igualmente importante ideal del «superbeneficio». Habían aumentado su poder y su riqueza con la ascensión de Takhisis, primero suministrando armas y pertrechos a los líderes de sus ejércitos, y después, cuando pareció que su bando perdería, suministrando armas y pertrechos a las fuerzas enemigas de Takhisis. Con el dinero obtenido gracias a la venta de armas, los Targonne compraron tierras, en especial los escasos y valiosos terrenos agrícolas de Neraka.

El vástago de la familia Targonne había tenido incluso la increíble suerte (él afirmaba que era presciencia) de sacar el dinero de la ciudad de Neraka sólo unos días antes de que el templo explotara. Después de la Guerra de la Lanza, durante los días en que Neraka era una país derrotado, plagado de grupos errabundos de soldados humanos, goblins y draconianos, él era el único que poseía las dos cosas que la gente necesitaba con más desesperación: grano y acero.

La ambición de Abrena había sido construir una fortaleza para los caballeros negros, al sur de Neraka, cerca de la ubicación del antiguo templo. Hizo que se dibujaran planos y puso a trabajar cuadrillas en la construcción. Era tal el terror que inspiraban el valle maldito y su espeluznante Canto de los Muertos que las cuadrillas no tardaron en huir. La capital se trasladó a la zona septentrional del valle de Neraka, un lugar que seguía estando demasiado cerca del extremo meridional para que algunos se sintiesen cómodos.

Unas de las primeras disposiciones de Targonne fue trasladar la capital. La segunda fue cambiar el nombre de la Orden. Estableció el cuartel general de los Caballeros de Neraka en Jelek, cerca de los negocios familiares. Mucho más cerca de lo que la mayoría de los caballeros imaginaba.

Jelek era entonces una ciudad sumamente próspera en la que bullía una gran actividad, localizada en la intersección de dos calzadas principales que atravesaban el país. Ya se debiera a un increíble golpe de suerte o a tratos astutos, la ciudad había escapado de los estragos de los grandes dragones. Mercaderes procedentes de todo Neraka, incluso del lejano Khur al sur, se apresuraron a viajar a Jelek para emprender nuevos negocios o para expandir los ya existentes. Siempre y cuando se pararan para pagar las tasas establecidas a los Caballeros de Neraka y ofreciesen sus respetos al Señor de la Noche y gobernador general Targonne, los comerciantes eran bienvenidos.

Si esa presentación de respetos a Targonne tenía un fondo frío y sustancial, así como un claro sonido tintineante cuando se depositaba, junto con otras demostraciones de deferencia, en el gran cofre de dinero del Señor de la Noche, los mercaderes se guardaban mucho de protestar. Quienes lo hacían o los que consideraban que las muestras de respeto verbales bastaban, descubrían enseguida que sus negocios sufrían graves y repentinos reveses de fortuna. Si persistían en sus ideas erróneas, por lo general se los encontraba muertos en la calle por haber resbalado de manera accidental y haberse clavado una daga en la espalda al caer.

Targonne proyectó personalmente la fortaleza de los Caballeros de Neraka que se alzaba, prominente, sobre la ciudad de Jelek. Hizo que se construyese en el promontorio más alto de la urbe, desde el que ofrecía una estampa imponente y dominaba la ciudad y el valle.

La fortaleza era práctica en configuración y estructura: innumerables cuadrados y rectángulos encaramados unos sobre otros, con torres esquinadas. Las ventanas que había, no muchas, eran aspilleras. Tanto la muralla exterior como la interior tenían un estilo sencillo, sobrio. Tan austera y severa era su apariencia que a menudo quienes la visitaban la tomaban por una prisión o una contaduría, si bien la presencia de las figuras de armadura negra patrullando por las almenas enseguida corregía su primera impresión, que, después de todo, no era muy equivocada. El primer subterráneo de la fortaleza albergaba una extensa mazmorra; dos niveles más abajo, y mucho más protegida, se encontraba la tesorería.

El Señor de la Noche Targonne tenía su cuartel general y su alojamiento en la fortaleza. Ambos eran de estilo sobrio, estrictamente funcional, y si la fortaleza se confundía con una contaduría, a su comandante se lo confundía a menudo con un funcionario. Cualquier visitante del Señor de la Noche era conducido a un despacho pequeño, sin apenas espacio, con las paredes desnudas y escaso mobiliario, para que esperara; en él, un hombrecillo calvo y con lentes, que vestía ropas sobrias pero de buena confección, trabajaba anotando cifras en un libro contable de gran tamaño.

Creyendo encontrarse en compañía de un funcionario de segunda fila que finalmente lo conduciría en presencia del Señor de la Noche, a menudo el visitante paseaba, intranquilo, de un extremo a otro del cuarto mientras su mente vagaba de un pensamiento a otro. Aquellas ideas eran atrapadas, como mariposas en una telaraña, por el hombre sentado detrás del escritorio. Utilizaba sus poderes mentales para escudriñar hasta el fondo la mente del visitante. Tras pasar un buen rato, durante el cual la araña absorbía información hasta dejar seca a su presa, el hombre alzaba la calva cabeza, atisbaba a través de las lentes y ponía al corriente al estupefacto visitante de que se hallaba en presencia del Señor de la Noche Targonne.

Pero el visitante que se encontraba en el despacho ahora sabía muy bien que el hombre de aspecto modesto que ocupaba el asiento frente a él era su señor y gobernador. Sir Roderick ocupaba el puesto de asistente de lord Aceñas, y aunque no se había entrevistado nunca con Targonne, lo había visto en ciertos actos oficiales de la Orden. El caballero permaneció firme hasta que el señor se diese por enterado de su presencia. Advertido sobre las habilidades mentales de Targonne, el caballero intentó mantener a raya sus pensamientos, aunque no tuvo mucho éxito. Antes incluso de que hubiese hablado, lord Targonne sabía ya gran parte de lo ocurrido en el asedio de Sanction. Sin embargo, no le gustaba hacer gala de sus poderes, de modo que pidió al caballero que se sentara con un tono afable.

Sir Roderick, que era un hombre alto y musculoso y podría haber alzado en vilo a Targonne por el cuello de la chaqueta sin apenas esfuerzo, tomó asiento en la otra silla que había en el despacho, al borde, tenso, rígido.

Tal vez debido al hecho de que había llegado a parecerse a lo que más amaba, los ojos de Morham Targonne semejaban dos monedas de acero: inexpresivos, brillantes y fríos. Al mirar aquellos ojos no se veía un alma, sino números y cifras en el libro contable de la mente de Targonne. Todo cuanto examinaban quedaba reducido a débitos y abonos, beneficios y pérdidas, pesado en la balanza, contado al céntimo y reflejado en una u otra columna.

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