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El aprendiz de guerrero [The Warrior's Apprentice - es]

Электронная книга - «El aprendiz de guerrero [The Warrior's Apprentice - es]». Краткое содержание книги:

La primera aventura de Miles Vorkosigan, un genio de la estrategia dotado de gran inteligencia pero encerrado en un cuerpo defectuoso. Un personaje entrañable e inolvidable, protagonista de la serie de mayor éxito de la moderna space opera. Sus azañas son un agradable retorno a los temas y al tono ameno de la ciencia ficción campbelliana, y componen la más famosa creación de una de las mejores escritoras de la ciencia ficción de aventuras que ha aparecido en los últimos años.
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Miles se mostró entusiasmado y procedió a explotar esta inesperada fuente de reminiscencias por lo que pudiera ser útil. Trozos de frutas se convirtieron en planetas y satélites, migajas de proteínas de diferente forma pasaron a ser cruceros, correos, bombas y transportes de tropas. Las naves vencidas eran comidas. La segunda botella de vino introdujo otras famosas batallas mercenarias.

Miles estaba pendiente, sinceramente, de las palabras de Tung, ignorando la incomodidad de la situación.

Tung se reclinó hacia atrás al fin, con un suspiro de satisfacción, lleno de vino y comida y vacío de historias. Miles, consciente de su propia capacidad, se había cuidado — hasta donde la cortesía lo permitía — de no beber demasiado. Hizo girar el resto de vino en el fondo de su vaso y probó un cauto sondeo.

— Parece un gran desperdicio que un oficial de su experiencia se pierda una buena guerra como ésta, encerrado en una celda.

Tung sonrió.

— No tengo intenciones de permanecer en esta caja.

— Ah… sí. Pero quizás haya otras maneras de salir de ella, ¿no cree? En este momento, los Mercenarios Dendarii son una organización en plena expansión. Hay mucho espacio en la cima para el talento.

Tung sonrió amargamente.

— Usted tomó mi nave.

— Y también la del capitán Auson. Pregúntele si está descontento al respecto.

— Buen intento… señor Naismith, pero tengo un contrato. Un hecho que, a diferencia de otros, yo sí recuerdo. Un mercenario que no hace honor a su contrato, tanto en las buenas como en las malas, es un ladrón, no un soldado.

Miles casi se desvaneció de amor no correspondido.

— No puedo censurarle por eso, señor.

Tung le miró con entretenida tolerancia.

— Ahora bien, a despecho de lo que ese asno de Auson parece creer, le tengo a usted por un brillante oficial joven que no valora bien el carácter de sus cualidades… y se está hundiendo rápidamente. Me parece a mí que es usted, y no yo, quien pronto estará buscando un nuevo empleo. Usted parece tener una comprensión promedio de la táctica y ha leído a Vorkosigan, lo cual está bien pero no es nada extraordinario. Sin embargo, cualquier oficial que pueda hacer congeniar a Auson y a Thorne para que aren juntos un surco recto demuestra un genio en el manejo de personal. Si sale vivo de ésta, venga a verme… Tal vez pueda encontrar algo para usted en el área ejecutiva.

Miles miró a su prisionero con la boca abierta, estimando la descarada apreciación a que se había hecho merecedor. En realidad, sonaba bien. Suspiró.

— Usted me honra, capitán Tung. Pero me temo que yo también tengo un contrato.

— Basura.

— ¿Perdón?

— Si su contrato es con Felice, me hace reír, dudo que Daum estuviera autorizado para firmar ningún acuerdo. Los felicianos son tan tacaños como su contraparte, los pelianos. Podríamos haber terminado esta guerra hace seis meses si los pelianos hubieran aceptado de buen grado pagar al gaitero. Pero no…, eligieron «economizar» y sólo compraron un bloqueo y algunas instalaciones como ésta… y, por eso, actúan como si estuvieran haciéndonos un favor. ¡Pe…!

La frustración segó con disgusto su voz.

— Yo no he dicho que mi contrato fuera con los felicianos — dijo Miles suavemente.

Los ojos de Tung se entrecerraron con perplejidad; bien. Las evaluaciones del hombre estaban tan cerca de la verdad como para alegrarse.

— Bueno, mantén tu cola baja, hijo — le aconsejó Tung —. A la larga, a la mayoría de los mercenarios les han disparado en el culo más quienes les empleaban que sus enemigos.

Miles se despidió cortésmente. Tung le escoltó con aire de genial anfitrión hasta la puerta.

— ¿Hay algo más que necesite? — le preguntó Miles.

— Un destornillador — respondió rápidamente Tung.

Miles sacudió la cabeza y sonrió con pesar cuando la puerta se cerró en la cara del euroasiático.

— Maldita sea, si no me siento tentado de mandarle uno — le dijo a Bothari —. Me muero por ver qué es lo que podrá hacer con esa instalación de luz.

— ¿Para qué ha servido todo esto exactamente? — preguntí Bothari —. Consumió tu tiempo con historias antiguas y no reveló nada.

Miles sonrió.

— Nada que no sea importante.

14

Los pelianos atacaron por la eclíptica, en dirección opuesta al sol, aprovechando la protección que brindaba el cinturón de asteroides. Llegaron desacelerando, telegrafiando su intención de capturar sin destruir; y llegaron solos, sin sus empleados oseranos.

Miles sonreía encantado mientras cojeaba entre el revuelo de hombres y equipos en los pasillos de la estación de desembarco. Los pelianos difícilmente hubieran seguido más cerca de su guión favorito de haber dado las órdenes él mismo. Había habido algunas discusiones cuando inisitió en instalar los piquetes de guardia y las armas principales, desplegándolos sobre el lado de la refinería que daba al cinturón y no sobre el que daba al planeta. Pero fue inevitable. Impedir la evasión, una táctica actualmente agotada, era la única esperanza de los pelianos de poder sorprenderlos. Una semana antes podría haberles dado resultado.

Miles esquivó a algunas de sus tropas que corrían a sus puestos. Rogó a Dios no tener que hallarse nunca en un refugio; antes prefería ser voluntario en la retaguardia, a salvo de quedar atrapado entre sus propias fuerza y las del enemigo.

Se arrojó por el tubo flexible adentro del Triumph. El soldado que estaba esperando cerró la compuerta de inmediato y soltó rápidamente las conexiones del tubo. Como había imaginado, era el último en abordar la nave. Mientras el acorazado maniobraba para alejarse de la refinería se encaminó hacia la sala de tácticas.

La sala de tácticas del Triumph era notablemente más grande que la del Ariel. Miles se acobardó ante el número de sillas giratorias vacías. Una mitad de la tripulación de Auson, incluso aumentada por algunos voluntarios — técnicos de la refinería —, apenas alcanzaban a conformar un esqueleto de tripulación para la nueva nave.

Exhibidores holográficos operaban en toda su brillante confusión. Auson estaba tratando de coordinar el control de deos estaciones al mismo tiempo. Miró con alivio a Miles.

— Me alegra ver que lo lograra, mi señor.

Miles se sentó en una silla de comando.

— Yo también. Pero, por favor…, sólo «señor Naismith», no «mi señor».

Auson pareció confundido.

— Los otros le llaman así.

— Sí, pero… no es por cortesía nada más. Denota una relación legal específica. Usted no me llamaría «esposo mío» aunque escuchara a mi mujer hacerlo, ¿no? Bueno, ¿qué tenemos ahí fuera?

— Parecen quizás unas diez naves pequeñas… todas basura local peliana. — Auson estudió las lecturas de su pantalla; la preocupación le marcaba arrugas en su ancho rostro —. No sé dónde están nuestros muchachos. Este tipo de cosas sería justo su estilo.

Miles interpretó, correctamente, que «nuestros muchachos» significaba para Auson sus antiguos camaradas, los oseranos. El desliz no le molestó; ahora Auson estaba comisionado. Miles le miró de soslayo y creyó saber exactamente por qué los pelianos no habían traído a sus pistoleros alquilados. Hasta donde los pelianos sabían, por el contrario, una nave oserana se les había vuelto en contra. Los ojos de Miles brillaban ante la idea del desmayo y la desconfianza que debería estar reverberando en este momento entre el alto mando peliano.

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