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Электронная книга - «La piel del tambor». Краткое содержание книги:

Un pirata informático irrumpe clandestinamente en el ordenador personal del Papa. Entretanto, en Sevilla una iglesia barroca se ve obligada a defenderse matando a quienes están dispuestos a demolerla. El Vaticano envía un agente, sacerdote, especializado en asuntos sucios: el astuto y apuesto padre Lorenzo Quart, quien en el curso de sus investigaciones verá quebrantarse sus convicciones e incluso peligrar sus votos de castidad ante una deslumbrante aristócrata sevillana… Estos son solo algunos de los elementos que conforman esta laberíntica intriga donde se dan cita el suspense, el humor y la Historia a lo largo de un apasionante recorrido por la geografía urbana de una de las ciudades más bellas del mundo.
«Arturo Pérez-Reverte es el novelista más perfecto de la literatura española de nuestro tiempo.»
El País
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Vísperas estaba dentro de VOIA, y durante un desconcertante momento los tres jesuítas estudiaron angustiados el monitor para ver en cuál de los dos archivos, real o ficticio, había terminado por colarse. A medida que aparecía la clave, Cooey empezó a leer con voz crispada:

– Uve-Cero-Uno-A-Te-Ese.

Después inició una sonrisa grande, orgullosa, satisfecha. Vísperas había infiltrado su fichero pirata en la trampa saducea, y el ordenador personal del Papa estaba fuera de su alcance.

– Alabado sea Dios -dijo el padre Arregui.

Había arrancado por fin el botón de la sotana. Con él en la mano se inclinó a leer el mensaje que aparecía en la pantalla del ordenador:

El enemigo ha arrasado tu santuario.

Rugían los agresores en medio de la asamblea

y levantaron sus propios estandartes.

En la entrada superior abatieron

a hachazos el entramado.

Después, con martillos y mazas

destrozaron todas las esculturas.

Prendieron fuego a tu lugar sagrado

y profanaron la morada de tu nombre.

¿Hasta cuándo nos va a afrentar el enemigo?

Después de aquello. Vísperas cortó el contacto y su señal desapareció de la pantalla.

– Imposible localizarlo -el padre Garofi punteaba inútilmente con el cursor del ratón en su ordenador-. En cada bucle deja detrás una especie de cargas de demolición que destruyen las huellas cuando se va. Ese hacker conoce bien lo que se trae entre manos.

– Y también conoce los Salmos -dijo el padre Cooey, poniendo en marcha la impresora para obtener una copia del texto-. Ése es el 63, ¿verdad?

El padre Arregui negaba con la cabeza.

– 73. Salmo 73 -corrigió, y aún miraba preocupado la pantalla del ordenador de Garofi-: Lamentación ante el Templo Devastado.

– Algo más sí sabemos de él -dijo de pronto el padre Cooey- Es un pirata con sentido del humor.

Los otros dos sacerdotes miraron el recuadro iluminado. En su interior, pequeñas bolitas rebotaban ahora como pelotas de ping-pong, reproduciéndose cada vez; y al encontrarse dos de ellas se producía una pequeña deflagración nuclear, un pequeño hongo de cuyo centro salía la palabra bum.

Arregui estaba indignado.

– Ah, el canalla -decía-. El hereje.

De repente reparó en el botón de la sotana que tenía en la mano, y lo arrojó a la papelera. Atentos a la pantalla, los padres Cooey y Garofi se reían por lo bajo.

VII La botella de Anís del Mono

En el tiempo ya lejano en que, estudiando la sublime Ciencia, nos inclinábamos sobre el misterio repleto de pesados enigmas.

(Fulcanelli. El misterio de las catedrales)

Eran poco más de las ocho de la mañana cuando Quart cruzó la plaza en dirección a Nuestra Señora de las Lágrimas. El sol iluminaba la espadaña deslucida, sin desbordar todavía la línea de aleros de las casas pintadas de almagre y blanco. Aún gozaban de sombra fresca los naranjos, cuyo aroma lo acompañó hasta la puerta de la iglesia donde un mendigo pedía limosna sentado en el suelo, con las muletas apoyadas en la pared. Quart le dio una moneda y franqueó el umbral, deteniéndose un instante junto al Nazareno de los exvotos. La misa no había llegado al ofertorio.

Caminó hasta los últimos bancos y fue a sentarse en uno de ellos. Una veintena de fieles se hallaba delante, ocupando la mitad de la nave. El resto de bancos con sus reclinatorios seguían apilados contra el muro, entre los andamios que cubrían las paredes del recinto. La luz del retablo sobre el altar mayor estaba encendida, y bajo el abigarrado conjunto de tallas e imágenes, a los pies de la Virgen de las Lágrimas, don Príamo Ferro oficiaba la misa con el padre Óscar como acólito. La mayor parte de sus feligreses eran mujeres y gente mayor: vecinos de apariencia modesta, empleados a punto de acudir al trabajo, jubilados, amas de casa. Algunas mujeres tenían al lado las cestas o los carritos para la compra. Dos o tres ancianas iban vestidas de negro, y una, arrodillada cerca de Quart, se cubría con uno de aquellos velos de misa caídos en desuso veinte años atrás.

El padre Ferro se adelantó a leer el Evangelio. Sus ornamentos eran blancos, y Quart observó que por el cuello, bajo la casulla y la estola, asomaba el borde del amito: la antigua pieza de tela que, en recuerdo del lienzo que cubrió el rostro de Cristo, los sacerdotes ponían sobre sus hombros al vestirse para la misa antes del Concilio Vaticano II. Sólo los oficiantes muy viejos o muy tradicionalistas recurrían ya a esa prenda; y no era éste el único anacronismo en la indumentaria y actitudes del padre Ferro. La vieja casulla, por ejemplo, era del tipo llamado de guitarra, el peto dejando aberturas completas a los lados, en lugar del modelo usual, próximo a la dalmática, que había venido a sustituirlo por más cómodo y ligero.

– En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos…

El párroco leía el texto cientos de veces repetido a lo largo de su vida sin mirar apenas el libro abierto sobre el atril, absorto en algún lugar indeterminado del espacio entre él y sus fieles. No había micrófonos -tampoco la pequeña iglesia los necesitaba- y su voz recia, tranquila, desprovista de inflexiones o matices, llenaba con autoridad el silencio de la nave, entre los andamios y las pinturas ennegrecidas del techo. No dejaba lugar a la discusión ni a la duda: todo, fuera de aquellas palabras pronunciadas en nombre de Otro, carecía de valor o de importancia. Aquél era el verbo de la fe.

– En verdad os digo que vosotros gemiréis y lloraréis, mientras el mundo se alegrará. Vosotros estaréis tristes, pero Yo os digo que vuestra tristeza se convertirá en gozo. Y Yo volveré a veros, y se alegrará vuestro corazón. Y nadie podrá quitaros ya este gozo…

Palabra de Dios, dijo regresando tras el altar; y los fíeles rezaron el Credo. Entonces, sin sorprenderse demasiado, Quart descubrió a Macarena Bruner. Estaba tres bancos delante de él, con gafas oscuras, tejanos, el pelo recogido en cola de caballo y la chaqueta sobre los hombros, inclinado el rostro en la oración. Después, al volver al altar, los ojos de Quart encontraron los del padre Óscar que lo observaban, inescrutables, mientras don Príamo Ferro seguía oficiando, ajeno a cuanto no fuese el ritual de sus propios gestos y palabras:

– Benedictas est. Dómine, deus univérsi, quia de tua largitáte accépimus panem…

Atónito, Quart prestó atención a lo que decía el sacerdote: estaba celebrando en latín. De hecho, todas las partes de la misa que no iban directamente dirigidas a los fíeles o no podían ser recitadas de modo colectivo, el padre Ferro las pronunciaba en la vieja lengua canónica de la Iglesia. Aquélla no era una infracción grave, por supuesto; algunas iglesias con fuero especial poseían ese privilegio, y el propio Pontífice oficiaba a menudo la misa en latín, en Roma. Pero las disposiciones eclesiásticas establecían, desde Pablo VI, que la misa se hiciese en las respectivas lenguas de cada parroquia para mayor comprensión y participación de los fieles. Resultaba evidente que el padre Ferro asumía sólo a medias el espíritu de modernidad eclesiástica.

– Per huius aquae et vini mystérium…

Quart lo estudió con detenimiento durante el ofertorio. Puestos los objetos litúrgicos sobre los corporales, el párroco elevó al cielo la hostia colocada en la patena y luego, mezclando unas gotas de agua en el vino aportado en las vinajeras por el padre Oscar, hizo lo mismo con el cáliz. Después se volvió a su acólito, que le ofrecía una pequeña jofaina con jarra de plata, y procedió a lavarse las manos.

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