Domada por Amor
- Автор: Лоуренс Стефания
- Язык: испанский
- Жанр: Исторические любовные романы
Электронная книга - «Domada por Amor». Краткое содержание книги:
Los hombres del Bastion Club han demostrado su valor luchando secretamente por su país. Ahora su líder se enfrenta a la más peligrosa de todas las misiones: encontrar una novia.
Actuando como el misterioso líder del Bastion Club conocido como «Dalziel», Royce Henry Varisey, X duque de Wolverstone, ha servido a su país durante décadas, enfrentándose a innombrables peligros. Pero como poseedor de uno de los títulos de nobleza más augustos de Inglaterra, ahora debe cumplir con la labor más crucial de todas: el matrimonio.
No obstante, las jóvenes y las grandes damas que podrían ser apropiadas son predeciblemente aburridas. Mucho más tentadora resulta la terca y distante ama de llaves de su castillo, Minerva Chesterton. Bajo su sereno exterior se esconde una mujer de ardiente sensualidad, que colmaría sus días de comodidades y sus noches de puro placer. Decidido a reclamarla, se embarca en una seducción para demostrar su maestría sobre cada centímetro de su cuerpo… y cada fibra de su corazón.
– Al menos alguna gente mantiene la cabeza fría durante las crisis.
Se refería a Anne. Royce la miró, y sonrió.
– Así es.
Arthur y Henry, junto al resto de invitados que no habían llegado a mojarse, habían vuelto para recoger las cañas y los aparejos.
Mientras Royce y Minerva subían la pendiente, las damas restantes, aparentemente decidiendo que el alboroto había terminado definitivamente, se reagruparon y emprendieron la vuelta al castillo.
Con Minerva caminando a su lado, Royce estaba casi en la retaguardia del grupo, y deseó que pudieran caminar más rápido. Necesitaba seguir moviéndose, o comenzaría a tiritar como Phillip. Ya tenía la piel helada, y el frío estaba introduciéndose en sus huesos.
Margaret lo miró sobre* su hombro un par de veces; Royce asumió que era para asegurarse de que no se desmayaba.
No se sorprendió del todo cuando se separó del grupo y esperó hasta que Minerva y él llegaron hasta ella.
Pero fue a Minerva a quien habló.
– ¿Podemos hablar un momento?
– Sí. Por supuesto.
Minerva se detuvo.
Royce siguió adelante, pero aminoró el paso. No le gustaba la mirada que había visto en los ojos de Margaret, ni su expresión, y mucho menos su tono. Minerva no era una criada, ni siquiera para la familia. No era un familiar pobretón, ni nada por el estilo.
Era su ama de llaves, y mucho más, aunque Margaret no lo supiera aún.
– ¿Sí?
Minerva miró a Margaret, que hasta entonces había permanecido en silencio.
Margaret esperó hasta que Royce dio dos pasos más antes de decir, en un susurro:
– ¿Cómo te atreves? -Había furia y un terrorífico veneno en su voz. -¿Cómo te atreves a poner a todo el ducado en riesgo por el hijo de un granjero?
Royce se detuvo.
– Los Honeyman son los arrendatarios de tu hermano, pero, a pesar de eso, salvar a esa niña era lo correcto.
El duque se giró.
Vio a Margaret tomando aliento. Enrojecida, con los ojos fijos en Minerva, gritó:
– ¡Por una estúpida, por una tonta niña, has arriesgado…!
– Margaret -Royce caminó de vuelta hacia ella.
Margaret se giró para mirarlo.
– ¡Y tú! ¡Tú no eres mejor! ¿Te paraste a pensar un momento en nosotras, en mí, en Aurelia y en Susannah? ¡En tus hermanas! Antes de…
– Ya es suficiente.
Su tono era gélido acero; hizo que ella apretara los puños y se tragara el resto de su retahíla. Se detuvo ante ella, lo suficientemente cerca para que tuviera que levantar la cabeza para mirarlo a la cara… lo suficientemente cerca para que se sintiera intimidada, como debería sentirse.
– No, no he pensado en ti, ni en Aurelia, ni en Susannah… todas tenéis maridos ricos que os mantienen, a pesar de mis continuadas retribuciones. No te he puesto en peligro salvando a esa niña. Su vida estaba en la cuerda floja, y me hubiera sentido tremendamente decepcionado si Minerva no me hubiera avisado. Estaba en disposición de salvarla… a una niña que ha nacido en mis tierras.
Miró el intransigente rostro de su hermana.
– Lo que Minerva hizo estuvo bien. Lo que yo hice estuvo bien. Lo que pareces haber olvidado es que mi gente (incluso las niñas pequeñas y tontas) es mi responsabilidad.
Margaret tomó aire profundamente.
– Papá nunca habría…
– Así es -Esta vez su voz era cortante. -Pero yo no soy papá.
Por un momento, mantuvo a Margaret en silencio con su mirada, y después, lenta y deliberadamente, se giró hacia el castillo.
– Vamos, Minerva.
Rápidamente se puso a su altura, y comenzaron a caminar.
Royce apresuró su paso; el resto de damas no estaban demasiado lejos.
– Necesito quitarme estas ropas mojadas -Habló coloquialmente, intentando dejar la escenita de Margaret atrás, tanto metafórica como físicamente.
Minerva asintió, con los labios apretados.
– Exacto -Pasó un segundo, y después continuó: -En realidad, no sé por qué Margaret no ha podido esperar un poco para chillarme… no es que no fuera a estar cerca. Si realmente estaba preocupada por tu salud, hubiera hecho mejor no retrasándonos -Miró a Royce. -¿Puedes ir más rápido? ¿No deberías correr un poco?
– ¿Por qué?
– Así entrarás en calor -Estaban acercándose al molino. Minerva levantó una mano y empujó su hombro. -Ve por allí… a través del molino. Es más rápido que bajar hasta el puente y cruzar.
Generalmente evitaba tocarlo, aunque ahora seguía empujándolo, así que Royce se desvió hasta el camino pavimentado que guiaba al molino.
– Minerva…
– Tenemos que llegar al castillo para que puedas quitarte esas ropas mojadas y darte un baño caliente lo antes posible -Lo empujó hacia la plancha. -¡Así que muévete!
Royce casi le hizo un saludo militar, pero hizo lo que le ordenó. De Margaret, que no había pensado en nadie más que en ella misma, a Minerva, que estaba totalmente centrada… en él.
En su bienestar.
Le llevó un instante asimilar eso.
La miró mientras, con las manos ahora sobre uno de sus codos, lo apresuraba a salir del molino. Estaba concentrada en el castillo, en llevarlo allí tan rápido como fuera posible. Su intensidad no era solo la de un ama de llaves cumpliendo con su deber; era bastante más.
– No voy a coger una fiebre mortal por un remojón en el río -Intentó aminorar el paso hasta un paseo rápido.
Minerva apretó la mandíbula y le metió prisa.
– Tú no eres médico… no puedes saber eso. El tratamiento prescrito tras la inmersión en un río helado es un baño caliente, y eso es lo que vas a tener. Tu madre nunca me perdonaría si te dejo morir porque no te has tomado algo así con la suficiente seriedad.
Su madre, que nunca había pasado un momento preocupándose por su salud. Los hombres Varisey se supone que deben ser duros, y, efectivamente, lo son. Pero cedió a la petición de Minerva y volvió a caminar rápidamente.
– Estoy tomándomelo en serio.
No tan en serio como ella.
O, como resultó, no tan en serio como su personal de servicio.
En el momento en el que Minerva lo empujó a través de la puerta que daba al ala norte, Trevor se abalanzó sobre él.
– ¡No! -Su ayuda estaba totalmente aterrado. -Otro par de Hobys arruinados… Dos pares en tres días. Y, ¡oh, por Dios! ¡Estás empapado!
Se abstuvo de decir lo que ya sabía.
– ¿Está el baño preparado?
– Eso espero -Trevor intercambió una mirada con Minerva, aún junto a Royce. -Subiré y me aseguraré -Trevor se giró y salió corriendo por las escaleras de la torre.
Royce y Minerva lo siguieron, tomando el atajo hasta sus habitaciones.
Minerva se detuvo en el exterior de la puerta de su salón; él siguió caminando, y la práctica nueva puerta hasta su vestidor y el baño más allá que Hancock, el carpintero del castillo, estaba probando en ese momento.
Hancock asintió.
– La nueva puerta que ordenaste, su Excelencia. Justo a tiempo, parece -Hancock abrió la puerta. -El baño te espera.
Royce asintió.
– Gracias -Miró la puerta mientras entraba en el vestidor, y asintió de nuevo a Hancock. -Es exactamente lo que quería.
Hancock hizo una reverencia, cogió su caja de herramientas y se marchó. Minerva apareció en la puerta… miró con sorpresa la puerta, y después su marco. A continuación miró a Royce.
– Ahora Trevor y los lacayos no tienen que atravesar el dormitorio para llegar a estas habitaciones.
– Oh -Se quedó allí, digiriéndolo, mientras Royce comenzaba la difícil tarea de desatar su empapado pañuelo.
Trevor apareció en la puerta opuesta, desde la que el vapor manó cuando el lacayo vertió el que tenía que ser el último cubo de agua hirviendo en la enorme bañera; si la llenaba más, rebosaría cuando Royce se metiera dentro. El duque hizo una señal al lacayo para que parase.