El hijo del hombre [Son of Man - es]
- Автор: Силверберг Роберт
- Год: 1985
- Язык: испанский
- Год: Ediciones Mart
- ISBN: 84-270-0930-5
- Переводчик: Cesar Terron
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «El hijo del hombre [Son of Man - es]». Краткое содержание книги:
El día siguiente abandona la sabana. El terreno se vuelve más apocalíptico. Se trata de una zona de desórdenes termales. Brotan géiseres, burbujean cálidas fuentes y gran parte del suelo está escaldado, convertido en húmeda y descolorida desnudez. Clay examina gredosas terrazas, similares a bañeras amontonadas, que contienen capas de agua con algas corrompidas, rojas, verdes, azules y multicolores. El viajero se detiene para observar negro vapor que se alza decenas de metros de una fumarola en forma de monedero. Cruza una muerta meseta de vítreos sedimentos, zigzaguea para evitar los respiraderos que despiden hediondos gases putrefactos. Aquí, por segunda vez, Clay consigue menudos guías.
—¿Es este el camino del Pozo de las Primeras Cosas? —pregunta a un animal parecido a un búho agarrado a una rama de un árbol marchito, y el búho le contesta que siga andando.
Un róseo culebreador de múltiples patas le conduce graciosamente entre una compleja disposición de charcas termales que gorgotean, se agitan, gimen y parecen a punto de anegar al viajero con hirvientes fluidos. El cielo tiene el tono gris azulado del humo incluso durante el mediodía. El ambiente contiene un tufo químico. La piel de Clay queda rápidamente cubierta de oscuras exhalaciones. Cuando se pasa las uñas por el pecho, quedan señales.
—¿Puedo bañarme aquí? —pregunta a un amistoso y saltarín animal mientras señala con la punta del pie un estanque del que no brota vapor.
—No es prudente —dice el saltamontes—. ¡No es prudente, no es prudente, no es prudente!
Y al instante la charca brilla con un peligroso color escarlata, como si ácido de una trampa de su panza la hubiera inundado. Clay conserva su capa de suciedad.
Un lecho de roma roca delimita la frontera del paraje de géiseres, extendiéndose hacia el norte y hacia el sur. Escalar el obstáculo requiere cierta pericia, porque se alza casi verticalmente y hay numerosas rocas sueltas, pero Clay consigue ascenderlo tras preferir esa dificultad al desvío de interminable apariencia alrededor de los bordes. Para él es un alivio comprobar que la pendiente es mucho más suave en la otra cara del peñasco. Mientras desciende, Clay observa la zona que se extiende delante y contempla una vista tan extraordinaria que está convencido de haber llegado a su destino. Gracias a la oscura luminosidad, que parece proceder de un sol filtrado, Clay ve una llanura totalmente desnuda: ni un matorral, ni un árbol, ni una roca, sólo una extensión uniforme de tierra de izquierda a derecha que se curva en la lejanía sobre el vientre del mundo. El suelo, tan pelado como en Marte, es de color rojo ladrillo. En línea recta, a varios días de marcha, hay una columna de luz que brota de la llanura y se alza con perfecta rectitud, igual que un gran pilar de mármol, hasta perder el extremo superior en la encumbrada atmósfera. La columna debe de tener un kilómetro de anchura, supone Clay. Posee el brillo de piedra pulida, aunque él está seguro de que no se trata de una sustancia material sino de un brote de pura energía. El movimiento es patente en las entrañas de la columna. Inmensos sectores del pilar remolinean, chocan, se mezclan, se funden. Los colores varían caprichosamente, primero predomina el rojo, luego el azul, después el verde… Algunas partes de la columna parecen tener una composición más densa que otras. Hay chispas que se separan y flotan hasta perecer. En lo alto, la incierta cima de la columna se mezcla con las nubes, oscureciéndolas y manchándolas. Clay oye un silbido, un crujido, como el de una descarga eléctrica. Esa solitaria y potente vara de brillo en el centro de la desolada llanura consterna a Clay. Se trata de un cetro de poder, un foco de cambio y creación, un eje de poderío alrededor del cual podría girar el planeta entero. Clay entrecierra los ojos para protegerlos de parte del esplendor.
—¿El Pozo de las Primeras Cosas? —pregunta.
Pero carece de guía y debe responderse él mismo: sí, sí, sí. Este es el lugar. Clay avanza vacilante. Cederá. Aceptará cualquier cosa. Se entregará al Pozo.
34
Clay llega al borde del Pozo. Un amplio círculo calcificado, blanco como un hueso, liso como porcelana. A pocos metros de distancia la columna luminosa brota de un abismo inmensurable. Desde tan cerca, Clay se sorprende por no percibir más de un efecto. Hay calor, y cierta sequedad eléctrica en el ambiente, y quizá la crepitación del ozono. Pero Clay espera prodigios de sensación de una fuerza que sale disparada del suelo, y no los percibe. La columna parece intangible, igual que el rayo luminoso de un colosal faro. Clay se acerca un paso más. Ha avanzado poco a poco, pero no por miedo o vacilación, porque el camino ya está decidido. Antes de entrar, él desea entender tanto como sea posible. El borde describe una pendiente que se aleja del viajero, hacia abajo. Clay aún está en la parte plana, pero en cuanto se arrastra hacia adelante el dedo gordo de uno de sus pies toca el principio de la curva. Un simple gesto que desequilibre su peso bastará para hacerle caer. Clay está ansioso. Soy el sacrificio. Soy el chivo expiatorio. Soy el instrumento de la redención. Entraré. Clay se inclina. Extiende los brazos con fuerza. Abre las manos, con las palmas hacia la luz. La superficie de la columna parece de plata, brillante como un espejo: Clay ve su cara, ojos oscuros y con ojeras, labios un poco apretados. La punta de su nariz toca la columna. Se zambulle en ella, cae. No tiene peso, se siente extasiado. Su descenso cesa en seguida. Igual que una mota de ceniza atrapada en una corriente ascendente, el cuerpo de Clay remolinea hacia la cima de la columna, flota libremente, sufre sacudidas, se remonta sin control. El cuerpo físico de Clay está disolviéndose. Lo que queda es una simple red de vibraciones eléctricas. Clay ya no sabe si está subiendo o bajando. Se halla en el interior de la columna, pasa de zonas de gran densidad a zonas luminosas, cambia de nivel según el capricho de la fuerza que le retiene, y lo único que él sabe es que gira, remolinea y va de un lado a otro en el fulgurante chorro del Pozo de las Primeras Cosas.
Hay formas dentro de la columna.
Algunas son extrañas. Muchas son familiares. Son los modelos de la creación. Clay distingue los rasgos de gatos, perros, focas, serpientes, ciervos, ovejas, cerdos, vacas, mapaches, nutrias, bisontes, osos, camellos y otras criaturas del remoto pasado. Ya tuvieron su oportunidad, han desaparecido, permanecen aquí tan sólo en esencia, como residuo. Luego Clay ve las siluetas de los animales de esta época, los que ha encontrado en la sabana, y muchos otros que ha conocido durante su viaje. Entre ellos hay nebulosas réplicas de grotescos seres nuevos. Revolotean junto a Clay alocadamente y se esfuman, dejándole con la boca llena de arenosas preguntas. ¿Se trata de formas futuras? ¿Son animales que nacieron y desaparecieron entre su época y ésta? ¿Constituyen la deforme fauna del Mioceno, el Oligoceno y el Eoceno, esa fauna olvidada incluso en la época de Clay?
La columna lanza a Clay entre el fantasmagórico bestiario, lo arroja junto a pezuñas, cuernos y abiertas fauces. Aquí está la fuente de la invención. Aquí está la fuente de la invención. Aquí está el manantial de la vida. ¿Cómo diferenciar sueño de realidad? ¿Qué son estas quimeras, esfinges, gorgonas, basiliscos, grifos, krakens, hipogrifos, jerigonzas, orcos, toda esta horda de desesperadas maravillas? ¿Pertenecen a tiempos pasados? ¿A épocas aún por llegar? ¿Son los turbulentos sueños, simplemente eso, de la Fuente de la Vida?