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El hijo del hombre [Son of Man - es]

Электронная книга - «El hijo del hombre [Son of Man - es]». Краткое содержание книги:

Clay, el protagonista, despierta en un futuro muy lejano donde los descendientes del hombre adoptan formas de vida muy diversas y alucinantes. En su entrada a ese tiempo es acogido por Hammer, una criatura que tanto puede adoptar formas sexuadas como asexuadas, y también macho y hembra, y en cuya compañía vive asombrosas experiencias de percepción y explora todas las posibilidades de la sexualidad.
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Clay se precipita hacia la orilla.

Los seis Deslizadores están tumbados en una duna con penachos de hierba, cien metros tierra adentro. Parecen agotados, relajados, igual que maniquíes de cera que han estado demasiado cerca de un incendio. Todos han adoptado una forma sexual intermedia: unos tienen senos y el bulto del escroto, otros nervudos cuerpos varoniles y la ranura pseudovaginal, pero ninguno pertenece claramente a un campo. Y además Clay no consigue distinguirlos con facilidad. Las caras son idénticas. Clay comprende que si ha podido distinguir a Hanmer de Ninameen, a Angelon de Ti o a Bril de Serifice es más por la naturaleza del espíritu que irradian que no por sus especiales rasgos, y ahora los Deslizadores no irradian nada que él consiga detectar. Es posible que no sean sus Deslizadores, sino otro grupo. Clay duda mientras se acerca. Al caer su sombra sobre dos de ellos, retrocede avergonzado, como sí fuera un entremetido. Permanece inmóvil junto a ellos durante largo rato. Los ojos parecen abiertos, pero… ¿le ven?

—¿Hanmer? —dice Clay por fin, temeroso—. ¿Serifice? ¿Nina…?

—…meen —termina ella mientras se estira perezosamente—. ¿Te has divertido nadando?

—Qué extraño. ¿Habéis visto… las cosas que han pasado?

—¿Qué cosas? —La voz es la de Hanmer.

—Las trombas marinas. Los tambores. El sol. Las estrellas.

—Ah, eso. No, no mucho.

—¿Pero qué era?

—Efectos secundarios. —Un bostezo. El Deslizador se da la vuelta, expone al sol su delgada espalda.

Clay permanece inmóvil, con los brazos colgados estúpidamente. ¿Efectos secundarios?

—¿Ninameen? —dice—. ¿Ti?

—¿Estás triste? —pregunta un Deslizador.

—Aturdido.

—¿Sí?

—Las trombas. Los tambores. El sol. Las estrellas.

—Cosas que pasan. Hemos completado el ciclo.

—¿El ciclo?

—El quinto rito. El Modelado del Cielo.

—¿Hecho?

—Hecho, y muy bien. Y ahora estamos descansando. —La voz es la de Hanmer—. Échate con nosotros. Descansa. Descansa. Descansa. El ciclo está acabado.

28

Los Deslizadores no le dan respuestas satisfactorias. Se sumen de nuevo en su estupor. Clay se siente abandonado y traicionado. Le han dejado participar en los otros cuatro ritos; ¿por qué no en éste? Le han cercenado una experiencia de su vida. Y están aburridos de él. Clay se aleja, enojado y avergonzado. No ha colaborado en un acto de importancia decisiva, así lo cree. Ha perdido, quizá, la oportunidad de hacerse con la llave que abre la caja donde están las respuestas a los enigmas. Y ellos, tan tranquilos. Y ellos, tan tranquilos.

Irritado, Clay sube brincando la pendiente de la duna y echa a andar con rapidez tierra adentro.

La arena se retuerce bajo sus pies, le hace perder velocidad. Clay observa además que hay pequeñas carreteras en el suelo, huellas de oscuras y lisas criaturas semejantes a escorpiones. Los animales no prestan atención al viajero y, en varias ocasiones, al cruzarse con uno, Clay está a punto de dar un traspiés. La situación le preocupa: él no quiere toparse con un ser colérico. Pero pronto la arena cede el paso a gruesa arcilla rojiza, adornada por azuladas plantas de bulboso aspecto, y Clay deja de ver a las criaturas que se arrastran por el suelo.

¿Adonde iré?, se pregunta Clay.

Aún no está seguro respecto a si su deserción representa un disgusto pasajero o una ruptura permanente. La irritación que le causan los Deslizadores podría decrecer; al fin y al cabo, esos seres le han proporcionado extraordinarios instantes. Es posible que él no tarde mucho en ansiar volver con ellos. Por otra parte, él no desea forzar su presencia entre gente que le considera insulso. Podría esforzarse en cimentar su independencia. Al parecer no precisa comida y cobijo en este mundo, y él imagina que encontrará otros compañeros cuando este solitario vagabundeo pierda su encanto. Clay cree que no tiene esperanza alguna de regresar a su época.

Durante buena parte de la mañana, mientras camina por una calurosa y seca región de lisos yermos e inquisitivos caracoles purpúreos, Clay acaricia la idea de sobrevivir sin ayuda. Cuanto más lo piensa, más atractivo le parece. Sí. Explorará todos los continentes. Buscará ciudades subterráneas de épocas no muy posteriores a la suya. Tratará de coleccionar artefactos y otras curiosidades de los hijos del hombre. Pondrá a prueba cuantas nuevas facultades pueda haber adquirido bajo este hinchado sol. Tratará, quizá, de elaborar algún tipo de papel para redactar un informe de su aventura, tanto para su personal esclarecimiento como para ilustrar a posibles miembros de su especie desplazados en esta dirección. Conversará con cualquier Respirador, Devorador, Destructor, Esperador o Deslizador que encuentre en su camino, y con los Intercesores si tiene la suerte de encontrarlos, y además con los seres de épocas anteriores arrojados a este lugar por el capricho del flujo temporaclass="underline" hombres cabra, esferoides, moradores de los túneles y similares. Un extraño éxtasis se apodera de su ser conforme Clay saborea la libertad del tipo de vida que ansia. ¡Sí! ¡Sí! ¿Por qué no? El gozo se infla como un globo en su alma y, del mismo modo que un globo, explota bruscamente y le tira al suelo, consternado y solitario.

Clay lamenta haber dejado a los Deslizadores.

Debe volver con ellos y rogarles que le acepten de nuevo.

Raramente confuso, Clay permanece inmóvil, se agacha, se arrodilla e hinca los codos en el suelo, con el trasero levantado y los ojos siguiendo a una gran babosa globular que está pasando por delante de él. La inercia da un rodillazo a su espalda. Arriba: da media vuelta, busca a tus amigos. Clay se levanta poco a poco. La suave y cálida brisa alza el mantillo y cubre la sudorosa piel de Clay. Echa a correr, sin preocuparse por los caracoles que le rodean por todas partes. ¿Dónde está el mar? ¿Dónde están los Deslizadores? Clay sigue al sol. La tierra cede el paso a la arena, los caracoles a los escorpiones. Oye el oleaje. Sube las dunas. Este es el lugar. Clay sigue sus huellas. Recuerda la retozona jovialidad de Ninameen, la solemne servicialidad de Hanmer, las místicas profundidades de Serifice, la belleza de Ti, la viveza mental de Angelon, la ternura de Bril. ¿Cómo ha podido abandonarlos? Son sus amigos. Y más que eso: son parte de él, y él, así lo espera, parte de ellos. En el camino del septeto. Hemos compartido tantas cosas… Mi enfado momentáneo. Infantil. Mis hermanos, mis hermanas: un poco descuidados a veces, pero es lógico, nos separa un abismo de tiempo. ¿Podría yo comprender los sentimientos de un Cro-Magnon? ¿Sería él capaz de interpretar una décima parte de las cosas que yo digo? Pero es absurdo separarse por eso. Hay que ser amorosos. Debemos estar unidos.

Clay pasa la última duna y ve la costa, y encuentra las señales dejadas por los Deslizadores en el lugar donde han descansado, pero no los ve.

—¿Hanmer? ¿Serifice? ¿Ti?

No están por ahí.

Clay grita. Agita los brazos. Corre a lo largo de la playa. Busca pisadas. Inútil, inútil, inútil. No han dejado rastro. Han alzado el vuelo, han cruzado la estratosfera como un rayo en dirección a Saturno, quizá. Se han olvidado de él. Se lo tiene bien merecido. Clay grita los nombres de los Deslizadores sin esperanza alguna. Rueda desesperadamente en la arena. Entra corriendo en el agua, esperando encontrar a su sirena por lo menos. Nadie. Nada. Abandonado. Solo.

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