El hijo del hombre [Son of Man - es]
- Автор: Силверберг Роберт
- Год: 1985
- Язык: испанский
- Год: Ediciones Mart
- ISBN: 84-270-0930-5
- Переводчик: Cesar Terron
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «El hijo del hombre [Son of Man - es]». Краткое содержание книги:
Clay examina su incolora mano. Saca su incolora lengua. Toca los descoloridos pétalos de un desteñido arbusto. Si es posible que haya color sin prolongación física, ¿podría existir también prolongación física sin color? Naturalmente puede admitirse que existe el concepto de color absoluto. Es posible imaginar el rojo, ¿no es cierto?, sin imaginar un objeto rojo. ¿Verdad? ¿Verdad? Muy bien. Color en abstracto, no relacionado con masa. Ahora imagina masa sin color. Mera forma, falta de la perturbación de resonancias en el espectro visual. ¿Que no es tan fácil? Bueno, cierto, pero ¡inténtalo, amigo mío, inténtalo!
Clay grita a la voz, monótona y pedante, que salga de su cabeza. La voz obedece, en medio del ruido de alambres que se parten. Una incolora lagartija brota de repente del incoloro suelo: Clay considera el hecho como un choque de texturas. Hay un rasgo muy japonés, decide, en esta forma de percepción. Hay que basarse en la forma pura para identificar los objetos. El mundo posee la sutilidad de una sinfonía en una sola clave, de un jardín de negros guijarros, de una rielante pincelada caligráfica. Clay se goza en este estrechamiento de la paleta. Avanza con enorme calma, temeroso de que un paso en falso devuelva repentina vida al espectro. Qué lugar tan pacífico, cuan deliciosamente vacío. Incluso el sonido carece de color.
—¡Hola! —grita Clay—. ¡Hola! ¡Hola! ¡Hola! —y las palabras son varillas de vidrio, castas, asexuales—. ¿Puedes decirme dónde están los Intercesores?
Clay ve rocas, árboles, pájaros, flores, hierba, insectos. Éste es el fantasma del mundo. La sombra de una sombra. Él podría permanecer aquí por siempre, sin responsabilidades, purificando su mente, limpiándola de posos de antiguos colores, de las gredosas y secas acumulaciones de apagados verdes, amarillos, azules ultramarinos, escarlatas, azules de mirto, bistres, vermellones, sepias, bronces, esmeraldas, carmines, azules, grises, anaranjados, índigos, púrpuras, lilas, cerezas, dorados y pizarras. Ver una incolora puesta de sol extendida pacíficamente sobre el incoloro cielo, observar el sosegado corazón de un bosque sin color, imaginar descoloridas ideas mientras el viento agita las temblorosas e incoloras hojas… Pero Clay recuerda a los Deslizadores. Prosigue su marcha, atraviesa una arenosa franja y un lugar donde millones de fragmentos de reluciente vidrio, con los bordes pulidos por el tiempo, chispean en silencio por todas partes, y entra en una región de espesas zarzas; inicuos y ganchudos espinos brotan de gruesas lianas que se levantan y se agitan. Entre suspiros y siseos, las lianas rodean a Clay como taciturnas serpientes, pasan tentativamente ante sus ojos, genitales y pantorrillas.
—Adelante —dice él—. ¡Heridme, si es que debéis hacerlo, y apartaos de mi camino!
A pesar de todo, las lianas vacilan. Clay se ríe de ellas. Luego una se desliza rápidamente por su cadera en fugaz beso y extrae cuentas de sangre. Y las gotitas que brotan son también incoloras al principio, pero de repente cobran insistente rojez, Gracias a la sorprendente llamarada de su piel, Clay comprende que ha cruzado la frontera. El color surge de todas partes, obscenamente profuso. Clay está deslumbrado. Sus retinas se contraen y se tensan con la andanada. ¡Rojo! ¡Naranja! ¡Amarillo! ¡Verde! ¡Azul! ¡Índigo! ¡Violeta! Las estructuras se pierden en el furioso alarido del espectro. Separarse de la ausencia de color es triste. Clay vuelve la cabeza hacia el lugar con la esperanza de tener un último vislumbre de su extraordinario blanqueo, pero sus heridos ojos ya no pueden captar ese rasgo de ausencia y Clay, tras encogerse de hombros, se enfrenta al intenso bombardeo. Los canales de su mente vaciados de residuos de color vuelven a llenarse como pozos, emitiendo sedientos ruidos de succión mientras la violenta luz se introduce. ¿Cómo puede existir tanto brillo? Todo vibra. Todo está radiante. Del centro de una simple hoja brotan mil graduaciones de tono. El cielo es un prisma, y Clay brinca bajo el espantoso rayo de luz. Su piel refleja las indescifrables y cavernosas confusiones de luz y sombra. Sus globos oculares flotan, se deslizan en su cráneo. Clay está conociendo los límites de sus sentidos: si no disminuye de algún modo su receptividad, sufrirá una sobrecarga y arderá. ¡Cierra los ojos! ¡Cierra los ojos! ¡Cierra los ojos!
—¡Cerrar los ojos es morir un poco! —responde violentamente Clay, y mira fijamente el sol.
¡Adelante! ¡No te resistas! Clay extiende los brazos. Hunde los talones en el cálido y húmedo suelo. Su virilidad se yergue. Absorbe la multicolor radiación y, jadeante, encuentra espacio para ella en su interior, y agita las caderas y cierra los puños, y desafía al gigantesco prisma; ¡Destrúyeme! Y triunfa. Y absorbe. Y se sacia de rojos y verdes. Y entra en el éxtasis, lanza chorros de su semilla que forman un encumbrado y espléndido arco. El fluido centellea, púrpura, azul y dorado en su desplazamiento, y en el punto que cae crea ardientes homúnculos ataviados con sinuosos pliegues de llamas. Clay ríe. Una nube pasa por delante del sol. Clay se arrodilla y contempla un universo que descubre en una sola gota de grasienta agua y en una gruesa hoja azul y redondeada. Las minúsculas criaturas que sufren, aman, se levantan, caen, pelean, pierden: Clay les envía su bendición.
—¿Dónde están los Intercesores? —pregunta—. Mis amigos están en peligro. ¿Dónde? ¿Dónde? ¿Dónde?
Los colores se apagan. El mundo recobra las esperadas tonalidades. Clay se ve asaltado por dudas, fantasmas, brujas, arpías, fobias, nieblas, flaquezas, decadencias, tabúes, rigideces, duendes, infecciones, impotencias, hipocresías, temperaturas extremas y angustias espirituales. Vadea estas miasmas como si recorriera un océano de cloacas y sale cubierto de lodo que se marchita y desprende con el primer toque del sol. Por delante se extiende un rocoso promontorio, una espectacular escarpa que brota de una vulgar llanura y sube como un cohete hasta alcanzar varios centenares de metros de altitud; en lo alto hay un alargado y liso pedestal que domina un sombrío panorama. En la base de este promontorio, al otro extremo de la llanura, se encuentran las ruinas de una inmensa construcción, una enorme estructura de piedra que incluso en su desordenado estado conserva extraordinaria fuerza y presencia: se trata de un edificio apoyado en columnas según la costumbre clásica, gris, impasible y seguro de sí mismo, apropiado por su estilo y su grandeza para haber sido el mejor museo de la Tierra, el depósito de todos los logros del planeta. Numerosas columnas están destrozadas, el magnífico portal pende de marmóreos goznes, los frontones están en desorden, los ventanales son boquetes… Sin embargo, Clay comprende que no se ha topado con una obra secundaria, sino con un lugar de duradera importancia, y tiene la curiosa seguridad de que aquí va a encontrar a los seres que está buscando. Clay se arrastra hacia la colosal estructura igual que si fuera una hormiga.
32
Clay llega al edificio desde el oeste. La fachada que tiene delante es una enorme y continua losa de granito, sin perforaciones de ventanas, casi intocada por el tiempo. Tan sólo el desgarro de la hilera de relieves ornamentales próxima al techo indica las heridas causadas por los años. Verdes y escamosos líquenes se aferran a las asperezas del muro, creando dibujos de apagado color, continentes que brotan de la antigua piedra. La maleza ha comenzado a extraviarse por el pórtico. La puerta ha desaparecido, pero Clay, al mirar por el umbral, ve únicamente oscuridad en el interior del edificio. Precavidamente, Clay camina alrededor de las ruinas. Conforme avanza, legiones de ruidosos insectos guardan receloso silencio, abandonando el susurrante coro en grupos a cada paso que da el recién llegado. Hay punzantes cardos de color castaño de casi un metro de altura que proyectan sus deformes ramas hacia el desnudo cuerpo del intruso. Clay se halla ahora ante el edificio. Él no se había percatado, desde lejos, de la altura de la construcción: sube, sube y sube, oculta tanto cielo que Clay se extraña de que no se desmorone simplemente de vértigo. Pero no se trata de un rascacielos, de un edificio fálico por su verticalidad. Posee la maciza mole de un verdadero museo. Nueve escalones de mármol, enormes, conducen a la entrada principal; todos rodean enteramente el edificio. Clay sube el primer escalón, y el segundo, y acto seguido le falla el valor y decide completar antes la inspección del exterior.