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El hijo del hombre [Son of Man - es]

Электронная книга - «El hijo del hombre [Son of Man - es]». Краткое содержание книги:

Clay, el protagonista, despierta en un futuro muy lejano donde los descendientes del hombre adoptan formas de vida muy diversas y alucinantes. En su entrada a ese tiempo es acogido por Hammer, una criatura que tanto puede adoptar formas sexuadas como asexuadas, y también macho y hembra, y en cuya compañía vive asombrosas experiencias de percepción y explora todas las posibilidades de la sexualidad.
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¿Puede ponerse en contacto con la mente de los Intercesores? Clay trata de hacerlo, pero no toca nada. Los Intercesores no se han dignado abrir sus mentes para él. ¿Tienen mente? ¿Son realmente humanos, de acuerdo con la actual definición de «humano»? El miedo que inspiran a Clay se esfuma.

—Estúpidas montañas de carne, sólo eso —dice—. Enterrados vivos, pudriéndose con el barro hasta el cuello. ¡Horribles! ¡Inflados! ¡Vacíos!

Los Intercesores rugen al unísono. Los pesados muros del edificio tiemblan. Cae otra losa. Clay recula, se protege la frente con el brazo. Los monstruos continúan bramando.

—¡No! —explica Clay—. No pretendía… Yo sólo quería… Por favor… mis amigos, mis amigos, mis pobres amigos…

Clay apenas resiste el agudo y cortante hedor de la rabia de esas criaturas, y piensa que los alaridos de los Intercesores causarán la ruina final del destrozado museo. Pero hace un esfuerzo para quedarse donde está.

—Me someto a vuestra voluntad —afirma, y espera.

Los monstruos se calman. Vuelven a su retraimiento, ignoran al intruso, se arraigan en el barro con lenguas y dientes. Clay sonríe inciertamente. Se arrodilla de nuevo. Se postra totalmente.

—¿Por qué deben morir los Deslizadores? —pregunta—. Para prevenir. Para persuadir. Para sacrificarse en favor de…

Clay oye redobles de distantes tambores, un sonido noble y alentador… ¿o quizás es un trueno, o monstruosos eruptos de los Intercesores? Sin levantarse, Clay se retuerce hacia la puerta, de espaldas. ¿Qué hacer? ¿Qué hacer? Encuentra la respuesta en su mente y, puesto que no podía estar ahí hace unos instantes, es obvio que la han puesto ahí los Intercesores. Clay irá al Pozo de las Primeras Cosas. Cederá. Aceptará cualquier cosa. No hay otro camino. Clay se levanta y da las gracias a los Intercesores. Los monstruos rezongan y gruñen. Sus oscuros ojos miran a otra parte. Están echando a Clay, que sale del edificio dando tumbos y se aleja bajo el deprimente ocaso.

33

Pequeños animales ayudan a Clay en cuanto la mañana se abre paso. Llegan junto a él de dos en dos y de tres en tres.

—Por aquí —le indican suavemente—. Por aquí, por aquí.

Y Clay los sigue, confiado, ciegamente, contento de estar libre de apariciones durante un rato. Sus guías son simples bestias: pájaros, murciélagos, lagartos, ranas, serpientes, peludas criaturas de diversos tipos. Ninguna pertenece a una especie que Clay recuerde de los viejos tiempos, pero hay correspondencias, todas parecen cubrir un estado evolutivo equivalente: esta podría ser un conejo, esta un tejón, esa una iguana, esa un gorrión, aquella una tanagra, aquella una ardilla. Pero todas las especies han cambiado prodigiosamente. El sapo tiene un semicírculo de múltiples y engalanados ojos. El murciélago posee luminosas alas que se mueven con un fino fulgor violeta. El conejo, si bien cariñoso, lleva una cola con púas, por si acaso. Y todos hablan el idioma de Clay, o él el de ellos.

—¡Síguenos, síguenos, síguenos! ¡Por aquí! ¡Hacia el Pozo! ¡Hacia el Pozo!

Clay los sigue.

Una jornada dulce, pero larga. Clay se aleja de los torvos Intercesores y camina, hasta mediodía, por un terreno cada vez más tierno: flexibles árboles, rizadas hojas, flores cubiertas de pelusa, aromáticos perfumes, tonos pastel, el retintín de etérea música en el horizonte… Irreal, un lugar de recreo. Ascensos y descensos de gentiles colinas, suaves como senos de mujer. Vadeos de cálidas y someras lagunas en las que no acecha monstruo alguno.

—¡Por aquí! ¡Por aquí!

Incluso descansar es lírico: Clay toma asiento bajo un sol vertical en la entrada de un gran valle que se prolonga aseadas leguas hacia un posible río. Cuando decide proseguir, los animales le empujan cantando. La hierba del valle es apretada y gruesa, las briznas poseen firmeza plástica. Cuando Clay baja el pie, los tallos se apartan y continúan inclinados diez minutos o más, de modo que el viajero pueda controlar su avance en el prado volviendo la cabeza hacia las brechas que se cierran lentamente en la verde alfombra.

El sol asciende. Es el día más caluroso, aunque el calor queda mitigado por la suavidad del ambiente.

—Nada aquí —le dice un anfibio de doce patas.

—Trepa a esta roca para mirar el paisaje —insiste un fragante animal cónico.

—No te pierdas estas flores —dice un purpúreo topo mientras levanta una piedra plana con su larga nariz para dejar al descubierto un jardín en miniatura de exquisitas rosetas.

Amables animales. Una delicia viajar con ellos.

—¿Queda mucho para el Pozo? —pregunta Clay, deteniéndose para pasar la noche.

—Sólo hay una ruta —replica una espinosa salamandra que se retuerce en una minúscula cueva.

Clay decide que está viajando hacia el sureste, aunque ha olvidado en qué continente se halla y desconoce la posición de este lugar respecto a la legión de su despertar. El cuarto día el paisaje empieza a perder su afectado y azucarado tono. El dulzor sangra con rapidez y la naturaleza de la ruta sufre un cambio total en una hora. Los hongos amarillos, las sonrientes ardillas, las altas y rosadas orugas, los árboles de dorados caramelos dejan de verse: Clay se adentra en una vasta y austera sabana recorrida por inmensas manadas de caza mayor.

En los límites de la visión del viajero se extienden lisos campos de cobriza y alta hierba en la que pastan voluminosos animales. En primer plano hay macizos cuadrúpedos, parecidos a caballos con la cabeza recortada, con pellejos salpicados con diversos dibujos rojos y dorados; semejan diez mil puestas de sol libres en la llanura. Interrumpen su ronzadura y miran fríamente al caminante. Clay descubre que sus menudos guías han desaparecido.

—Busco el Pozo de las Primeras Cosas —explica, y los ru mian tes rojo y oro resoplan, extienden sus pezuñas y miran hacia el horizonte.

Clay prosigue la marcha. En un bosquecillo de puntiagudos árboles grises encuentra una tropa de cuellilargos ru mian tes de diez metros de altura como mínimo. Cubren el nicho ecológico de las jirafas, comprende Clay, aunque han nacido en un momento de indigestión evolutiva, porque son tan desgarbados como nobles las jirafas. El rasgo más absurdo es que sólo tienen tres patas, dispuestas en forma de triángulo isósceles como puntales para un saco, el cuerpo, de cuyo centro brota el interminable cuello. Las patas son rígidas y angulosas, con tres rodillas equidistantes entre polaina y espolón, pero el cuello es serpentinamente flexible, y el contraste de la nudosidad inferior y la fibrosidad superior compone un diseño de anormal vulgaridad. La cabeza de estos animales es poco más que una boca gigantesca, rematada por oscuros e inquietos ojos. Diligentes, arrancan untuosas hojas de los imponentes árboles que les sirven de alimento. Y cuando los animales siguen su camino, brotan nuevas hojas con indecente celeridad. Las bestias no prestan atención alguna a Clay. En un arrebato de abstracta curiosidad, el viajero trata de asustarlas con gritos, simplemente para ver cómo corre un animal de tres patas, pero los titanes continúan comiendo.

—¡Corred! —grita Clay—. ¡Corred!

Uno de los animales de mayor tamaño levanta la cabeza, observa a Clay un instante y, de forma evidente, ríe. Clay decide proseguir. Pasa junto a una rechoncha criatura similar a un tanque, un rinoceronte doble con blindado pellejo. En la depresión que forma el prado al otro lado de una suave pendiente, Clay ve una manada de miles de narigudos animales que podrían ser cerdos con patas de antílope. Clay se extraña de no ver leones, y los encuentra más allá de la manada, tan cenceños como árboles, tostados carnívoros con severas cabezas en forma de cuña, fieras patas delanteras y potentes cuartos traseros que recuerdan los de un canguro. Gruñen y tienen la boca llena de sangre entre un montón de mordisqueadas costillas. Una hembra y dos cachorros: alzan la cabeza y enseñan a Clay ojos tan brillantes como estrellas rojas, con raras antenas retorcidas en lo alto. Pero no reflejan deseo alguno de atacar al recién llegado. Clay da un prudente rodeo. Manteniendo la luz de la tarde en su espalda, el viajero deambula diligente entre una sucesión de fauna y, atontado por el empacho de extrañeza, apenas se molesta en analizar lo que ve, aunque denomina elefante a un gran montón de carne, gacelas a unas retozonas manchas, leopardo a una veloz flecha dentuda y jabalí verrugoso a un cómico deambular de protuberancias, aunque su conocimiento le indica que los paralelismos son inexactos. Al llegar la oscuridad, Clay acampa al pie de una montaña enana, una pila del tamaño de un barco, quizá de veinte metros de altura, que se alza precipitadamente en la llanura, y pasa la noche sentado, impaciente, tratando de superar la fija mirada de los relucientes ojos que le acechan.

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